Día del escritor

HERMANA REPÚBLICA | El día del escritor

Mérida, Yucatán, 22 de diciembre (MaremotoM).-  Tundeteclas de oficio, arrastra lápices de profesión, artífices de las letras: Escritoras y escritores. Gente dedicada a la literatura en todo y contra todo, que hacen novela, cuento, ensayo, dramaturgia, poesía -abundan los poetas, son legión- y, bueno, hasta quienes dibujan monos con su respectivo texto. Esas y esos dedicados a la creación, bien merecen celebrarlo un día al año, y por tal motivo en Yucatán se inventaron el Día del Escritor.

Han pasado 38 años desde que dos mujeres yucatecas pensaron que el 20 de diciembre era fecha propicia para instaurar una celebración que honrase a los escritores (el género no importaba tanto en esa época). Era el año de 1981 cuando la editora Elvia Rodríguez Cirerol y la escritora Nidia Esther Rosado de Figaredo promulgaron -por sus fueros y ovarios-, que era necesario celebrar el arte de las letras. Según cuentan los que saben, eligieron ese día porque era próximo a las fiestas navideñas y había más oportunidad de una convivencia. Así de llano y simple.

Este festejo tiene su peculiaridad por ser único en México. No se trata de una efeméride nacional o internacional, como es el Día del Libro o el de la Libertad de Expresión. El Día del Escritor es netamente local, para autores de terruño y agregados culturales. Existen tradiciones similares en Argentina, donde celebran el 13 de junio en el aniversario del natalicio de Leopoldo Lugones; también hacen lo suyo en Venezuela el 29 de noviembre, en atención al nacimiento de Andrés Bello. En nuestro país, por el contrario, esa cuestión festiva como que no es prioritaria ni necesaria ni nada. A final de cuentas: para ser escritor solo hace falta sentarse y escribir, ya que te publiquen es otra cosa.

Día del escritor
A final de cuentas: para ser escritor solo hace falta sentarse y escribir, ya que te publiquen es otra cosa. Foto: Cortesía

En cambio, para los yucatecos de principios de los 80 resultó una gran idea la celebración. Con la efeméride legitimaban el oficio de escribir. Durante los primeros años el objetivo era reunirse para hacer tertulias literarias, compartir entre quienes asistían a distintos talleres, desayunar y simplemente convivir. Subsiste una fotografía en la que se aprecia a las fundadoras de este festejo y demás contertulios que departen, con singular alegría, junto al entonces gobernador Francisco Luna Kan. Y ese es otro detalle: el Día del Escritor nació acompañado y con la gracia del gobierno estatal.

A principios de la siguiente década empezaba el cambio generacional. Los antiguos, forjados en la escuela del modernismo, cedían la estafeta a un grupo de jóvenes que tenían en común el haber pertenecido al taller que dirigía Joaquín Bestard en la Universidad Autónoma de Yucatán. Sus lecturas y estilos eran otros. Algunos se debatían entre las viejas formas y las más actuales tendencias cortazarianas, traían su buen jale. Esa juventud se organizó para fundar una asociación civil: el Centro Yucateco de Escritores (CYE), que durante años tuvo su sede a lado de oficinas gubernamentales del Instituto de Cultura de Yucatán.

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Como agrupación, el Centro tuvo la oportunidad de publicar el trabajo de sus integrantes en el suplemento cultural El Juglar, editado por el oficialista Diario del Sureste. Esa capacidad de publicación, además de les ganó sitio entre la intelectualidad de Mérida. Gracias a circunstancias políticas favorables a sus integrantes, sin demérito alguno del trabajo que realizaban como escritores, lograron que desde el gobierno de Dulce María Sauri se institucionalizara el Día de Escritor cada 20 de diciembre. Le celebración, entonces, pasó a convertirse en un desayuno anual organizado por el sector cultural gubernamental, que en sí mismo no tiene nada de malo ni de bueno; y en esa década de los 90, en su mayoría estuvo restringido a los afines al CYE. Las cosas son como son, porque no son de otra manera ¡ajúa!

El nuevo milenio trajo a México la alternancia partidista y una democracia pujante, que busca consolidarse. Los cotos de poder cayeron uno a uno. Cerraron el Diario del Sureste y con ello El Juglar. Emergieron nuevos grupos de jóvenes que exigían su sitio a la mesa, duchos en el manejo de los blogs y la tecnología. Se ampliaron los talleres de escritura con maestros como Rafael Ramírez Heredia, que hasta unos días antes de su muerte viajó mes a mes a Mérida. Agustín Monsreal capacitó a una nueva horda de cuentistas y minificcionadores yucatecos. La institución del Premio Beatriz Espejo hizo que los locales compitieran con sus pares nacionales. Y bueno, desde 2012 la FILEY acercó a los lectores con los autores nacionales e internacionales, de una manera nunca vista en la Hermana República. Fue así como también se democratizó el Día del Escritor, que cada año se “conmemora” en mi querido Yucatán.

Ya con esta me despido: En la próxima ocasión nos leemos para presentarles a los personajes detrás de esta festiva trama.

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