Reseña

HERMANA REPÚBLICA | Érase un país de valientes

El valiente ve la muerte solo una vez ofrece la oportunidad de asomarnos a la historia reciente del país, desde la mirada de hombres que lo han sufrido y, en algunos casos, buscan transformarlo. Una buena elección para su lectura en estos días de Covid-19.

Mérida, Yucatán, 19 de marzo de 2020 (MaremotoM).- Los temerarios, dicen, son aquellos que acuden al peligro sin medir consecuencias, buscan el riesgo por el riesgo; ignoran advertencias de fauces abiertas y se lanzan ciegos al abismo. En cambio, cuando se habla de valientes, suele hacerse referencia a quienes están conscientes de que se juegan la suerte y, sin aventurarse de más, enfrentan el reto con resolución, determinados a salir airosos o, al menos, luchar con gallardía y honor.  Así, resulta cierta la sentencia: El valiente ve la muerte solo una vez, de Diego Enrique Osorno.

La crónica posee múltiples virtudes. La más apreciable, acaso, es la que le permite rescatar en el tiempo las noticias de antaño. Hace de las noticias viejas temas de actualidad. En eso, Diego Enrique Osorno es virtuoso, como lo demuestra en esta entrega publicada por Ediciones Era y la Dirección de Literatura de la UNAM. El volumen reúne, además de la pieza que le da nombre, otras cinco narraciones en las que los protagonistas poseen esa cualidad de valientes. Son, hay que mencionarlo, personas forjadoras del norte mexicano, región que ha resentido en grado superlativo la violencia de los últimos años.

El libro abre con la historia de Alejo Garza Tamez, el ya legendario hombre que defendió su rancho en Tamaulipas, cuando en noviembre de 2010 un grupo delictivo pretendía apropiarse de este. La narración encuentra su nombre en una cita de la obra teatral Julio César, de William Shakespeare: “Los cobardes mueren muchas veces. El valiente ve la muerte solo una vez”.

Durante febrero y marzo de 2019, a la par que se preparaba el lanzamiento de un documental homónimo, dirigido por el mismo Osorno, el periódico Milenio publicó en varias entregas esta crónica de largo aliento. A través de la letra reviven voces que dan testimonio sobre la vida de don Alejo, porque de su muerte hablaron en su momento los medios. La historia, entonces, toma una nueva dimensión, todavía más humana que alcanza la cúspide en palabras de Leticia, la viuda de Garza Tamez. “¿Para qué sirve a mí que me digan que es un héroe y que pasó a la historia y que internacionalmente lo conoce el mundo, si yo no lo tengo aquí?”, sentencia.

Un salto de páginas nos lleva a otro tiempo, que sirve al autor para que, paradójicamente, retorne sobre sus pasos en una especie de revisionismo sobre la personalidad de Mauricio Fernández Garza, “un antipolítico, aunque ése sólo sea un eufemismo que significa otra forma de hacer política”. El personaje, en este caso, proviene de acaudalada familia y no escatima en sus pasiones paleontológicas ni de cacería. Su nombre tomó relevancia cuando asumió la alcaldía de San Pedro Garza García, considerada una de las ciudades más ricas de América Latina.

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Entre monólogos y viajes, la crónica El Excalde nos llega con declaraciones contundentes, ideas controversiales y pormenores sobre un estilo de gobernar que, en medio del punto más alto del conflicto entre el gobierno y grupos delictivos como los Zetas, reveló ser la única manera de lidiar con los malandros, porque, según confiesa Fernández Garza “el crimen organizado tiene contacto con cualquiera que aspira a un cargo de elección en México, o cuando se sienta en la silla”.

Quizá de tono más relajado, aunque luctuoso, Diego Enrique nos presenta a José Inés Cruz en su crónica Ha muerto el inventor de la arrachera. Y vaya que vale la pena leerla, sólo para quitarnos la duda sobre la parte de la que sale ese delicioso, suculento, suave y arrugado corte de carne. Pasen a leer para saber sobre deleites gastronómicos nacidos en Nuevo León.

En Así se mata un diputado en Sonora, encontramos que la estupidez forma parte del patrimonio cultural de los mexicanos, sobre todo cuando se trata de planear un crimen de matices políticos. El texto, estructurado en brevísimos apartados, permite al lector asistir a las maquinaciones post adolescencia de Manuel Fernández, quien era suplente de Eduardo Castro Luque, legislador por el Distrito XVIII. Sobre el asesinato de ese último, especulan “sobre quien fue el funcionario o capo que le dio permiso a Manuel de matar a un diputado electo”.

Reseña
El valiente ve la muerte solo una vez, de Diego Enrique Osorno, editado por ERA. Foto: Cortesía

Los pininos de la lucha contra la corrupción fueron seguidos a detalle por Osorno, cuando decidió entrevistarse en varias ocasiones, a lo largo de un año, con los personajes que emprendieron las primeras cacerías anticorrupción. Los fiscales están solos deja un sabor agridulce, triste y esperanzador a la vez. En el retrato que se hace sobre Odracir Ricardo Espinoza Valdez y Ernesto Canales Santos, el primero sonorense y el segundo neolonés, quedan explícitos los problemas que, como sociedad, tendremos que sortear para cambiar la certera apreciación de Gabriel Zaid de que, parafraseo, en México la honestidad es tragicómica porque el sistema es la corrupción.

Diego Enrique Osorno
Diego Enrique Osorno. Foto: Universidad Veracruzana

La selección de textos cierra en lo más alto con la inclusión de una crónica imperdible: Venga a comer el coctel de camarón más grande del mundo en la tierra de las masacres más terribles de México. Esta pieza, publicada también en Vice, podría interpretarse como un viaje iniciático en el que Diego Enrique Osorno hace de Virgilio en los infiernos, y nos lleva de la mano hasta las entrañas de Tamaulipas.

El valiente ve la muerte solo una vez ofrece la oportunidad de asomarnos a la historia reciente del país, desde la mirada de hombres que lo han sufrido y, en algunos casos, buscan transformarlo. Una buena elección para su lectura en estos días de Covid-19.

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  1. Interesante como siempre, invita a la lectura en este momento que se puede y se requiere