Fanfarrias en el aire

HERMANA REPÚBLICA | Fanfarrias en el aire

Mérida, Yucatán, 13 de enero (Maremoto M). – Gente de todos los signos y clases. Unas emperifolladas con vistosos dijes, otros de huaraches y bermudas. Turistas y locales. Sin importar su filiación, un tumulto de almas caminó más de uno o dos kilómetros, lejos del Remate de Paseo de Montejo, la mítica avenida de Mérida, para llegarse al espectáculo que desde su estreno causó sensación. Fanfarrias en el cielo fue para la ciudad un evento innovador, nunca visto en estas latitudes, algo así muy locochón. Y perdonen, por favor, el provincianismo.

Dirigida por Lóránt Vörös, a partir de una propuesta del director de Cultura del Ayuntamiento de Mérida, Irving Berlín Villafaña, Fanfarrias en el aire fue una presentación multidisciplinaria centrada en música original, compuesta a partir de una fusión de sonidos húngaros, celtas y gitanos. Estrenado el 9 de enero de este año, el evento causó revuelo. El corre la voz, acompañado de una eficiente promoción en medios, logró que en las funciones del fin de semana llegaran a reunirse, en cada una, más de cinco mil personas para ver a 15 músicos suspendidos en las alturas, mientras un conjunto de jóvenes gitanas hacía coreografías sobre un escenario.

Fanfarrias en el aire
Cuerpos y sudores mezclados. Una sinfonía de susurros corría de lado a lado por la calle, las voces hacían pequeñas marejadas cuando anunciaron la primera llamada. Foto: Cortesía

Dueña del horizonte, una grúa elevaba su pluma a 25 metros de altura. Llena en su totalidad, la luna resplandecía como resplandecientes eran las expectativas. El Remate del Paseo de Montejo, un área de más de cuatro mil 200 metros cuadrados estaba llena al tope. Cuerpos y sudores mezclados. Una sinfonía de susurros corría de lado a lado por la calle, las voces hacían pequeñas marejadas cuando anunciaron la primera llamada.

El anuncio recordó que el evento, realizado en el marco del Mérida Fest, formó parte de los festejos por el 478 aniversario de la fundación de la ciudad. Tras la promoción oficial, apareció en escena un clown, quizá el más famoso de estas tierras, Daniel Quesda. De fondo se escuchaba jazz de Big Band. Ataviado con frac negro sin mangas, el artista circense desacralizó el soccer al apoderarse de unos balones para ejecutar malabares. Aplausos. Nuevas evoluciones con mayor dificultad. Jugó con el público. Tragó un globo y después una espada. Más aplausos. Lúdico y preciso, terminó al paso de la segunda llamada.

En las bocinas, como mensaje de ultramundo, el presentador informó que las actrices participantes eran estudiantes y maestras de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY), mientras que los músicos, algunos extranjeros, eran todos residentes en la entidad. Puros datos que resaltaron el esfuerzo de los artistas locales. Y así tocó turno de entrar a escena al director: empuñaba una guitarra eléctrica, en tanto que una joven flautista le acompañaba. Sonaron las primera notas. El Himno a la Alegría de Beethoven daba paso a la melodía de El bueno, el malo y el feo, de Ennio Morricone, y luego retomaban otras con rasgos de The Beatles. Crecía la expectación. El ensamble de músicos tomaba posiciones. Dieron la tercera, tercera, tercera llamada.

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Fanfarrias en el aire
Silencio. Vestida de llamativos tonos naranja, la actriz Silvia Káter impuso su presencia escénica. Recitó versos dedicados a Mérida, la ciudad hecha mujer. Foto: Cortesía

Silencio. Vestida de llamativos tonos naranja, la actriz Silvia Káter impuso su presencia escénica. Recitó versos dedicados a Mérida, la ciudad hecha mujer. Estalló la música. Suspendida en el aire, con telón de fondo el cielo, la agrupación musical interpretó la primera pieza de la noche. La referencia auditiva fue inmediata: Emir Kusturica. Por supuesto, ya Lóránt Vörös, el director general, había declarado que la puesta en escena se basó en la cinta Gato negro. Gato blanco, dirigida por el cineasta y músico serbio. Sostenidos por la grúa, los ejecutantes daban todo con su dotación instrumental de cuatro saxofones; tres trompetas; cuatro percusiones; dos trombones; una tuba y una guitarra. Desde las primeras notas, destacó la dirección musical de Gabor Vörös.

La escena, entonces, quedó dividida entre lo que ocurría desde las alturas en contraste con las danzas a nivel de suelo. Un grupo de jóvenes mujeres, arropadas con los diseños textiles conceptualizados por Agueda León, bailaban a sonrisa batiente al tiempo que giraban sus faldas gitanas, aunque de pronto parecían sacarse pasos de la década de 1920. Volvió Silvia Káter con sus palabras, con esa forma tan suya para declamar. De nueva cuenta, se miraba soterrado cómo fraguaban algo con la grúa. Retornó la música. Y con esa estructura de sierra, prepararon al público para el momento climático.

Continua, abrazadora, compuesta con alegría, la música arrancaba guiños cuando una bailarina empezó a elevarse sujeta a un aro. Su vestido gitano se desdoblaba infinito mientras ascendía. Coloreado de luces semejaba un manto boreal. Suspendida finalmente a unos siete metros de altura, la joven demostró pericia circense con acrobacias. Momentos después, la acompañaron hasta esa elevación otras dos mujeres. Juntas ofrecieron breve danza. Parecía un todo en el que se entregaban los artistas. Los metales subían en espiral guiados por tarola y tambor. La guitarra feliz. Era la fiesta que culminó en inmensa fanfarria. Era el aire meridano que se purificaba.

Ya con esta me despido: Fanfarrias en el aire cumplió sus metas. Bien por Ilaii, la agrupación dirigida por Lóránt Vörös y Karen Bernal, responsable del espectáculo. Impecable técnicamente, y con una propuesta artística interesante. Bien por el Ayuntamiento que apostó por este evento. Esperemos sigan esta senda creativa trazada desde hace unos 40 años por grupos como La Fura dels Baus.

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