Hiroshima

Hiroshima

En honor a Sadako, en el Parque hay un Monumento a los Niños. Y hay una Llama de la Paz, encendida el 1° de agosto de 1964 y que se apagará una vez que no haya más armas nucleares en el mundo. También se levanta un muro en homenaje a las víctimas. Y hasta ondea una bandera de los Estados Unidos.

Ciudad de México, 5 de agosto (MaremotoM).- Se están cumpliendo 75 años de uno de los actos más cobardes y horrendos que ha cometido la especie humana. Un 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica. Lo hizo sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, matando a más de 100 mil personas y dejando secuelas físicas y mentales a una cifra incalculablemente mayor. En septiembre del año pasado tuve la conmovedora experiencia de visitar Hiroshima y de recorrer su imponente Parque de la Paz, un lugar bello y prolijo como todo espacio verde en Japón, y que contiene, entre otros monumentos, dos especiales: la Cúpula de la Bomba Atómica,  que fue el Centro de la Exposición  Industrial  y cuyas paredes quedaron en pié, y el Museo Conmemorativo de la Paz, el edificio que guarda el registro de lo que pasó ese día a las 8.15 de la mañana.

Si el viaje a Japón me dejó un sabor a satisfacción que todavía conservo, la posibilidad de ir a Hiroshima es algo que agradeceré toda mi vida. Se lo debo a mi profesión de periodista y al rugby, que me animó, a los 61 años y con un largo recorrido encima, a trasladarme al Asia por primera vez, a volar durante más de un día y a trabajar con el horario cambiado. Fue una de las mejores decisiones que tomé. El Mundial, adonde fui para cubrir para La Nación y TNT las alternativas especialmente de los Pumas, me llevaba, al menos en la primera rueda, a Tokio y a Osaka, con varios huecos entre partido y partido, lo que nos permitía, al menos en esos primeros 20 días, recorrer varias ciudades de Japón a través del Japan-rail pass, un boleto que a cambio de unos 450 dólares por 15 días habilitaba a subirse a cualquier tren en cualquier horario y día. En el itinerario turístico, Hiroshima estaba primera en la lista. Escucho sobre ella desde que tengo uso de razón, pero, como siempre ocurre, todo lo que uno leyó, vio o escuchó durante tantos años cobra otra dimensión cuando se llega al lugar de los hechos.

La mejor alternativa que tenía para ir a Hiroshima era mientras estaba en Osaka, donde los Pumas se alojaron durante varios días para su partido con Tonga. Viví, como en todo el torneo, en el mismo departamento que Alejo Miranda, mi compañero de La Nación. Con él programamos el viaje, y una mañana soleada y calurosa de septiembre abordamos el tren bala (Skinkansen), que tardó dos horas para recorrer 330 kilómetros. En la estación JR nos indicaron –con la amabilidad, paciencia y precisión que se encuentra en todo Japón- que la mejor opción era, porque además estaba incluida en el boleto, la del Hiroshima Bus. Tras 20 minutos y cuatro paradas, nos bajamos en Heiwa-Kinen-Koen, el lugar del Parque de la Paz. En el trayecto tuvimos un pantallazo del centro de la ciudad, amplia y esplendorosa, aunque no con el lujo de Tokio, Osaka o Yokohama, por citar las más importantes.

Cerca de las 10 y media de la mañana, y cuando el calor ya empezaba a sentirse, lo primero que vimos al bajar del colectivo fue el esqueleto del edificio que sobrevivió a la bomba. La Cúpula de la Bomba Atómica, también conocida como la Cúpula Genabku, está ahí, inmóvil, cuidada, blanca, bordeada por hierros quemados, rodeada de verde y resguardada como memoria activa después de más de siete décadas. Al edificio lo construyó en 1915 el arquitecto checo Jan Letzel. La cúpula y las paredes no se derrumbaron como el resto de la ciudad por una sola razón: la bomba –a la que los norteamericanos apodaron siniestramente “Little boy”- estalló 600 metros justo encima de ellas, y como la onda expansiva se produjo hacia los costados, tal como cuando se abre un paraguas, la destrucción no las alcanzó. Ese bloque de cemento y acero tiene voz. Hay silencio, pero se lo escucha gritar.

Seguimos caminando. El corazón se agita, cuesta conseguir el aire, y no se debe solo al calor que cada vez se pega más a la piel. Al fondo del amplio parque está el Museo Conmemorativo de la Paz, moderno y austero. Todo en una sola planta. Se empezó a construir en 1949 y fue sumando salas y refacciones hasta la última reinauguración, en abril del año pasado. El ingreso es como cualquier gran museo del mundo: una sala amplia donde se recogen los folletos, se paga la entrada, se contratan las audioguías, y se puede tomar un café o un té. Pero no bien uno sale de lo formal, ya es recibido por el primer gran estremecimiento: una maqueta con forma de burbuja proyecta una vista de lo que fue la masacre. A la altura de la cintura de alguien de 1.70 metro se ve la ciudad como estaba a las 8.14 de ese 6 de agosto. De pronto, empieza a formarse una nube negra. Es la bomba que está cayendo. La luz se expande, estalla, y, en apenas segundos, lo que se ve es ese mismo terreno totalmente devastado.

Hiroshima
Seguimos caminando. El corazón se agita, cuesta conseguir el aire, y no se debe solo al calor que cada vez se pega más a la piel. Foto: Cortesía

Me quedé petrificado no sé cuánto tiempo mirando la misma secuencia. Cuando levanté la vista había distintos grupos con la misma mirada de angustia. Unos chicos australianos, una pareja francesa, varios orientales. Ahí se inicia el recorrido. La siguiente imagen es otro golpe de nocaut. Es una foto en blanco y negro tomada a las 11 de esa mañana. Es un grupo de chicos, desorientados, desolados, con las ropas ajadas y calcinadas. La foto es borrosa, como si estuviera fuera de foco. Desde la audioguía la voz nos indica que son las lágrimas del fotógrafo que cayeron sobre su lente. El fotógrafo es Yoshito Matsushige, quien esa misma mañana, a 200 metros del epicentro, tomó otra imagen del horror: una mancha negra que dejó alguien que estaba sentado en las escaleras de la entrada de un edificio.

Esa primera parte lleva como título “La devastación del 6 de agosto”. Luego sigue la de los daños producidos por la radiación. Fotos de hermanos que perdieron el pelo, otros con malformaciones, familias destrozadas. En el pasaje llamado “Gritos del alma” aparecen lápices, libretas, uniformes, triciclos, fotos, gorros, cartucheras, objetos que se fueron encontrados. También se exhiben otras fotos con la gente, sedienta, tomando el agua con cenizas que caía del cielo, sin saber que era peor aún. El recorrido es bajo una luz tenue y un silencio incómodo que nadie se atreve a alterar. Por momentos sentía que la angustia me mareaba.

Sobre el final del recorrido se representa la historia de Sadako Sasaki. Tenía 2 años el día de la bomba. Toda su familia murió. Ella se salvó porque la explosión, registrada a casi 2 kilómetros de su casa, la despidió por la ventana. Sadako encontró otra familia, fue al colegio, se empezó a destacar en los deportes, y, con ello, se transformó en un símbolo de la vida después de la muerte. Pero a los 11 años le diagnosticaron leucemia. Por ella, los médicos detectaron que esa misma enfermedad, producto de la bomba, estaba afectado a otros cientos de niños. Sadako murió a los 12 años. En las paredes están las fotos con el andar de su corta vida. En la última yace en el cajón, con la cara limpia y serena. No lo soporté. Me largué a llorar. Lloré y lloré durante largos minutos.

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En honor a Sadako, en el Parque hay un Monumento a los Niños. Y hay una Llama de la Paz, encendida el 1° de agosto de 1964 y que se apagará una vez que no haya más armas nucleares en el mundo. También se levanta un muro en homenaje a las víctimas. Y hasta ondea una bandera de los Estados Unidos.

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Unos meses después de concretada la masacre, la revista The New Yorker, por la que han desfilado los mejores escritores y periodistas de los Estados Unidos, envió a John Hersey a Hiroshima para que retrate lo que había ocurrido. El resultado fue un número dedicado exclusivamente a ese tema y la crónica de Hersey, directa y basada en hechos y datos reales, significó en su momento un paso adelante en las notas periodísticas en revistas. Hoy, The New Yorker reedita aquellos artículos.

Hersey centró su crónica publicada el 24 de agosto de 1946 en seis sobrevivientes, a los que entrevistó después de andar varios días sobre las ruinas de Hiroshima. Así comienza su artículo:

“Exactamente a las ocho y cuarto de la mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japonesa, en el momento en que la bomba atómica estalló sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, secretaria del departamento de personal de East Asia Tin Works, acababa de sentarse en su lugar en la oficina de la planta baja y estaba volviendo la cabeza para hablar con la chica del escritorio de al lado. En ese mismo momento, el doctor Masakazu Fujii se estaba sentando con las piernas cruzadas para leer el Osaka Asahi en el porche de su consultorio privado, de frente a uno de los siete ríos deltaicos que divide a Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina, observando a un vecino derribar su casa porque se encontraba en el camino de una línea de fuego de defensa antiaérea; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, se reclinó en ropa interior en un catre en el último piso de la casa misionera de tres pisos de su orden, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del gran y moderno Hospital de la Cruz Roja de la ciudad, caminó por uno de los pasillos del hospital con una muestra de sangre en su mano; y el reverendo Sr. Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se detuvo en la puerta de la casa de un hombre rico en Koi, el suburbio occidental de la ciudad, y se preparó para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado de la ciudad por temor a la ataque masivo B-29 que todos esperaban que Hiroshima sufriera. Cien mil personas fueron asesinadas por la bomba atómica, y estas seis estaban entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué vivieron cuando tantos otros murieron. Cada uno de ellos cuenta que lo libró fueron muchos elementos pequeños de azar, un paso dado a tiempo, una decisión de ir adentro, tomar un tranvía en lugar del siguiente. Y ahora cada uno sabe que en el acto de supervivencia vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En ese momento, ninguno de ellos sabía nada”.

Hiroshima
Hersey centró su crónica publicada el 24 de agosto de 1946 en seis sobrevivientes. Foto: Cortesía

También en TNY se rescata otro valioso texto. A fines de ese 1945, Eugene Kinkead entrevistó a Paul Warfield Tibbets, Jr., quien comandó el avión de Combate de Escuadrón 509 desde el cual se lanzó la bomba atómica. Tibbets había participado en todo el proceso de elaboración del monstruo. Sabía perfectamente qué era lo que iba a hacer. Kinkead escribe, entre el desgarro y la precisión: “Cuando se arrojó la bomba, todos estiraron el cuello para mirar la enorme nube negra que se elevaba sobre la ciudad, un efecto muy diferente de todo lo que ellos había visto alguna vez. Luego, voló de regreso comiendo bocadillos de jamón”.

Sobre Tibbets se tejieron varias leyendas. La más difundida fue que se había suicidado producto de la culpa que sentía. Todo lo contrario. Tibbets, el hombre elegido por el gobierno del presidente Harry Truman, jamás se arrepintió de lo que hizo. Y vivió hasta los 92 años, muriendo recién en noviembre de 2007. Como buen hijo de su madre, bautizó al avión desde el que se arrojó la bomba nuclear con el nombre de ella: Enola Gay. Fue su madre, Enola Gay Hazard, quien lo alentó a seguir la carrera militar.

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El Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima tiene, además del edificio principal de una planta, el Edificio Este, de 3 pisos, en el que se proyectan videos y se exhiben murales sobre el desarrollo de la bomba atómica y las armas nucleares, la historia de la ciudad y testimonios. También hay espacios para mensajes y desarrollos por la paz. Cerca de las 3 de la tarde me vi en un momento caminando sin sentido. No sabía si volver al Parque o emprender el regreso a Osaka. En el hotel donde se alojaban los Pumas había lo que se da en llamar “atención a la prensa”, que es un sinsentido para cualquier periodista que quiera hacer una cobertura seria de un Mundial y en un lugar como Japón. No había nada que hacer ahí. Había que seguir impregnándose de esto. Un periodista se nutre de estas experiencias. Nos hacen mejores. Cuando había que tomar una decisión nos miramos con Alejo. Ni lo discutimos. Nos habían recomendado la isla Miyajima, a 30 minutos de colectivo y otros 15 de ferry. Ahí fuimos.

Mientras el sol se escondía en el horizonte, pisando el mar celeste y apacible, fui tratando de guardarme en cada neurona lo que había visto y vivido. En Miyajima, adentro del mar, se levanta la puerta del santuario de Itsukushima, patrimonio cultural de la humanidad. El sol jugaba con ella mientras se iba. Es una postal. Intenté imaginarme en esa gente el 6 de agosto de 1945. En una guerra que ya estaba prácticamente terminado. En hasta dónde puede llegar la maldad humana. Agradecí lo que la vida me había dado. Y pensaba, también, que  algún día tenía que escribir Hiroshima.

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