El club del infarto

HISTORIAS DE CORRER | El club del infarto

La rehabilitación comienza con una prueba de esfuerzo en la que el cardiólogo identifica tu condición física. Luego son 12 sesiones de “cardio” y finalmente otra prueba de esfuerzo para ver tu evolución.

Ciudad de México, 7 de marzo (MaremotoM).- Como parte de mis rehabilitaciones por el atentado que sufrí, voy cada tercer día a hacer “cardio”.

La sesión consiste en subirse a la caminadora o en una bicicleta fija e ir elevando poco a poco las pulsaciones mientras el cardiólogo te monitorea, para que no se te pase la mano…

Somos cuatro personas las que entramos al mismo tiempo a nuestra rehabilitación cardiaca. Mis tres compañeros son mayores de 50 años, sobrevivientes de infarto.

Cuando llegué se me quedaron viendo extrañados. Era más joven que ellos y era el único flaco en el cuarto.

¿Y a ti qué te pasó, te infartaste? Me preguntó Gustavo, uno de los “renacidos”. No, me dieron una cuchillada que atravesó pulmón y corazón, pero la libré, le contesté.

El resto de los compañeros abrió los ojos con sorpresa. Les conté los detalles del ataque mientras nos quitábamos las playeras y nos colocaban los parches para los electrodos.

La rehabilitación comienza con una prueba de esfuerzo en la que el cardiólogo identifica tu condición física. Luego son 12 sesiones de “cardio” y finalmente otra prueba de esfuerzo para ver tu evolución.

En otras palabras, se trata de ejercitar al corazón. A excepción de mi caso, las personas que llegaron por infarto estuvieron “forzando la máquina” durante muchos años hasta que ya no pudo más y se les “desbieló”.

Confesiones de los renacidos

Cuando el doctor llega un poco tarde platicamos en la sala de espera sobre nuestras experiencias al borde de la muerte. Cae bien darte cuenta que no has sido el único en la vida a quien la muerte le besó los labios.

Gustavo iba en el transporte público, hacía un trasbordo en el metro. Todos los días viaja hasta tres horas de su casa al trabajo y lo mismo de regreso.

Iba hacia su casa cuando comenzaron los síntomas: opresión en el pecho, sudoración intensa, brazo izquierdo entumecido. El dolor en el pecho era cada vez más fuerte así que buscó una clínica del ISSSTE.

Llegó, entregó su credencial y anotaron su nombre. Se sentó soportando el dolor empapado en sudor. “Recuerdo a una viejita en silla de ruedas que lloraba de dolor y no la atendían. ¡Así cuando me van a pasar a mí, pensé”.

Con ese panorama Gustavo regresó a la recepción y les explicó su dolor y síntomas. Le pidieron que fuera con el policía de la puerta para que le llamaran a un doctor. Así lo hizo y un doctor lo atendió.

“Ya no me dejaron moverme, me dijeron que estaba a punto de un infarto. Me comenzaron a hacer el cateterismo y me dio el primer infarto.

“Comencé a ver la luz, ya me estaba yendo, pero los doctores me gritaban y daban cachetadas para que regresara y pues no me fui”, recuerda.

A otro compañero, Martín, le dieron tres infartos mientras lo atendían, lo resucitaron con desfibrilador. También vio la luz al final del túnel.

La dieta, el verdadero reto

Ahora que están en rehabilitación coinciden que lo más difícil es dejar los antojitos. Gustavo me confesó que antes de llegar a la rehabilitación pasó por una quesadilla de tortilla azul. “Pero la pedí de flor y sin grasa”.

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Me contó su debilidad y afición por la comida. Le encanta cocinar y sabe dónde comer las mejores gorditas, quesadillas y todo tipo de antojito en cada zona de la ciudad.

“Desde niño me gustaba ir a comer en la calle”, confiesa mientras se le hace agua la boca.

“El trago lo puedo dejar, pero el pan… eso sí está difícil”, agrega Martín.

México, el país de los infartos

Todos los días mueren 200 personas en el país por infarto al miocardio y una de las principales causas es el consumo de alimentos con altos contenidos en colesterol. O sea, que solitos nos estamos matando.

Realmente este punto fue el que más me ha hecho reflexionar. A mi me iban a matar, no es que llevara una vida de alcohol, sobrepeso y cigarro; mi caso es todo lo contrario: deporte, delgado, no fumo… Pero bueno, la vida es la vida y la muerte llega en cualquier momento por más sano que seas.

El punto clave es que mientras tengas vida, te puedas sentir bien, respirar profundo, que no te sofoques por subir escaleras, que te sientas mentalmente despejado y si de paso te evitas un infarto, mucho mejor.

Sin embargo, estadísticamente no es así. Como se señala en un artículo del portal El Informador, el 70 por ciento de los habitantes de México tiene un factor de riesgo a padecer una enfermedad cardiovascular.

Es decir, que mientras unos eligen llevar una vida saludable, el 70 por ciento se ha ido descuidando poco a poco, a cuentagotas hasta llegar al punto de morir.

El club del infarto
El club del infarto. Foto: Cortesía

Ciudades infarto

Cuando Gustavo me platicaba de su rutina diaria pensaba lo difícil que sería pedirle que cambie sus hábitos. Claro, ahora tiene que cambiarlos porque ya estuvo al borde de la muerte, pero cómo haces para que el resto de la población que debe viajar más de dos horas diarias o viven con el salario mínimo tenga tiempo para hacer ejercicio y comer bien.

Las ciudades se han expandido de tal forma que la vida se reduce a madrugar para salir a tiempo de tu casa, comer algo en el camino (un tamal con atole, un pan de dulce con un “café” que en realidad es agua con azúcar) y hacer el mismo recorrido de regreso.

Andar en bicicleta al trabajo es una fantástica idea para ejercitarte mientras vas al trabajo, pero en las grandes ciudades como en la CDMX, la mayoría vive en las periferias, en lo más lejano y menos accesible para salir y regresar en bici.

Mientras tanto ciudades que están creciendo como Querétaro, San Luis Potosí siguen optando por un modelo de ciudad que llevará a sus habitantes a la muerte.

No es exageración. Mientras más tiempo dediques a ir sentado en cualquier tipo de transporte (público o privado), acumularás más estrés, harás menos actividad física y tendrás más posibilidades de una afección cardiovascular.

Si nuestras ciudades dejaran de diseñarse para llevar una vida sedentaria podríamos escapar de la muerte, literalmente. Si todos los días caminaras al trabajo o llegaras en bicicleta, quizás esa torta de tamal no sería una membresía para unirte al club del infarto.

Fuente: Blog Historias para correr. Original aquí.

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