Copa Libertadores

Hoy Bolsonaro no viene

Quizás, como ocurre con el arquero, los noticieros el día en que se vaya lo recordarán como el presidente que negó la pandemia más grande del siglo XXI. Por eso, se queda afuera. Mejor: la pelota no se mancha.

Ciudad de México, 30 de enero (MaremotoM).- Ni egocéntricos ni eurocéntricos. La lupa estará en el fútbol brasileño. Por alguna razón que nadie explica, los derechos de la pelota vecina los tiene -obviamente- ESPN. La cadena prefiere emitir la liga francesa o la holandesa antes que a las gambetas de acá al lado.

La final de la Libertadores entre Palmeiras y Santos, hoy a las 17, es una invitación a ver una liga que, a fuerza de dólares y de la herencia de infraestructura que quedó del Mundial 2014, cada día crece más.

Acababa de anunciar su retiro, cuando tiró una daga al corazón: “Pienso que el día en que me muera, dentro de mucho tiempo, el noticiero dirá: Muere Julio César, el arquero del 7-1”. Era su primer día fuera del fútbol y el arquero campeón de la Champions League con el Inter de Milán en 2011 ya se trompeaba con su propia sombra.

El camino de la desgracia se había escrito en otro hito y en estas tierras. Doce años después de que hubiera terminado el partido, a Moacir Barbosa le obsequiaron uno de los palos del arco del Maracanazo, donde los uruguayos les habían dado vuelta una final imposible. Lo prendió fuego. Eduardo Galeano describió el acontecimiento: “Hasta el 15 de julio de 1950, Moacir Barbosa fue el hombre más querido del Brasil, pero a partir del 16 de julio, Moacir Barbosa pasó a ser el más odiado”. En el Fuerte de Copacabana, donde el amor y el atardecer se asumen como sinónimos, hay todavía un graffiti que recuerda la eliminación de la semifinal de 2014 en la que los alemanes empezaron a arrollar contra Sudamérica. En Río de Janeiro, sin público, se juega hoy la tercera final internacional en la historia entre dos equipos brasileños y la ciudad de la pelota abre sus venas al amor y al odio.

“La final entre Palmeiras y Santos es una constatación de que el fútbol brasileño está mejorando lentamente. Tenemos el campeonato más equilibrado del mundo, lo que no significa que sea mejor que Europa”, escribió Tostao, crack de Brasil del ’70, el equipo al que los abuelos catalogan como el mejor de la historia.

El Brasileirao tiene una virtud que le da la inmensidad del territorio y la federalización del país: hay doce equipos grandes. En Río: Flamengo, Vasco da Gama, Fluminense y Botafogo -está al borde de descender-. En San Pablo: Corinthians, Sao Paulo, Palmeiras y Santos. En Belo Horizonte: Cruzeiro -en segunda división, sin poder subir y acaba de echar del cargo de entrenador a Luiz Felipe Scolari, campeón del mundo con Brasil en 2002- y Atlético Mineiro. En Porto Alegre: Gremio e Inter.

Según el informe global de traspasos de futbolistas de FIFA, en 2020, de los diez equipos que más dinero invirtieron en Sudamérica apenas dos no son brasileños. No entran ni Boca ni River en ese escenario: son Libertad y Olimpia. El top lo encabezan Flamengo -el último campeón-, Atlético Mineiro -de Jorge Sampaoli- y Palmeiras. La novedad es Red Bull Bragantino, una institución paulista que se mueve con el dinero de la corporación productora de bebidas energizantes, propietaria también del Red Bull Leipzig -semifinalista de la Champions- y del Red Bull Salzburgo. Como y quien sea, los brasileños se imponen en el continente por tener una relación más cercana con el dólar que Argentina, aunque en 2020 el gobierno de Jair Bolsonaro haya sufrido la mayor devaluación de la moneda en la historia.

La Libertadores se transformó en un diálogo verdeamarelo y celeste y blanco. Quizás, el punto de encuentro cultural más cercano entre ambas naciones, que ignoran popularmente sus literaturas, su cine y su música. Las últimas cuatro finales no tuvieron otros protagonistas: en 2017, Gremio y Lanús; en 2018, River y Boca; en 2019, Flamengo y River; en 2020, Palmeiras y Santos. Brasil, especialista en parir jugadores, encabeza la tabla de futbolistas vendidos en el último mercado de pases en el mundo: 2008. El segundo país más exportador es Argentina con 889. Atrás dejan a los británicos y a los franceses. De Brasil a Portugal se da la relación más intensa. De Argentina a Chile es nuestro punto más alto, con 69 transferencias en un año.

Suele citarse el desacertado pronóstico del escritor Graciliano Ramos que, en 1921, publicó un artículo llamado Trazos al Azar donde aseguró: “El fútbol en Brasil será como una hoguera de paja que generará una corta excitación y se irá”. Río de Janeiro respira el juego en el futvoley de Copacabana, en los picados sobre arena seca de Ipanema, en las canchitas de pasto sintético en Aterro do Flamengo, en el mito de las escuelas formativas de Fluminense, en el estadio de Sao Januario de Vasco da Gama en el que luce detrás del arco una estatua de Romario porque ahí convirtió su gol número mil -ayer cumplió 55 años, ahora se dedica a ser senador de Podemos, un partido centrista-, en el graffiti gigante que luce Sao Cristovao “aquí nació el Fenómeno”, porque de ahí surgió Ronaldo, en el legado de Marta que obtuvo cinco veces el premio a mejor jugadora que entrega la FIFA. O en el Maracaná, llamado oficialmente Mario Filho, en honor a un mítico periodista carioca, hermano de Nelson Rodríguez, un cronista futbolero como pocos. La relación del estadio gigante de Río de Janeiro con la literatura es inagotable. Sobre él, escribieron Galeano, Mario Benedetti, Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Eduardo Sacheri, Arthur Dapieve y hasta el cantante Tabaré Cardozo.

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Así como estas tierras han creado futbolistas por doquier, Brasil vive un momento de pocos entrenadores. A diferencia de Argentina que exhibe a Diego Simeone, a Mauricio Pochettino y a Marcelo Bielsa en ligas top, no hay DTs que se impongan en el mundo. Eso generó una revolución interna. Al igual que la Premier League, que optó por la globalización para mejorar su propio sistema, el Brasileirao se abrió a las mentes extranjeras. Flamengo salió campeón bajo el mando del mítico portugués Jorge Jesús, sucedido por el catalán Domenec Torrent. Palmeiras ahora es conducido por Abel Ferreira, también luso. Santos tiene al local Cuca, pero comenzó la copa con el europeo Jesualdo Ferreira. Sampaoli clasificó al club donde nacieron Pelé y Neymar a esta Libertadores. Inter, líder del campeonato local, arrancó la temporada con un gran trabajo de Eduardo Coudet, que utilizó el club como vidriera para aterrizar en el Celta de España. Cuando acabe el torneo, al rojo de Porto Alegre llegará Miguel Ángel Ramírez, exentrenador de Independiente del Valle, la institución ecuatoriana que obtuvo la Sudamericana en 2019, contra Colón, en la inolvidable noche de Los Palmeras. Hace dos semanas, asumió en Curitiba el paraguayo Gustavo Morínigo. La apertura a nuevos cerebros le dio un salto a la liga. Que, además, a diferencia de Argentina, tiene un campeonato como el que recomiendan las buenas costumbres: 20 equipos, ida y vuelta.

Al Palmeiras le tiembla el piso. Antes de disputar la semifinal contra River, en el Allianz Parque, dibujaron en una platea dos Libertadores. Un exceso de confianza, ya que por ahora solo tiene en sus vitrinas la del ’99. El equipo de Marcelo Gallardo lo pasó por arriba y pasó raspando. Ahora le cae la presión de haber sobrado la instancia.

Al Santos el cielo le apareció demasiado de cerca. Quebrado económicamente, intervenido políticamente, con un presidente que tuvo que renunciar a su cargo por corrupción y por mala administración, de repente, se encontró protagonizando la Libertadores. Su camino no fue fácil: en octavos, limpió a Liga de Quito en la altura; en cuartos, a Gremio; en semis, a Boca. El protagonismo de sus extremos transformó la historia. Yefferson Soteldo mide 1,60 y tiende a tener sobrepeso -aunque no le importa y la leyenda cuenta que más de una vez se clavó un pancho en el aeropuerto camino a disputar un partido-. Forma parte de la mejor generación venezolana de la historia: subcampeón del mundo en el sub 20, en 2017, en Corea del Sur. Nació en la pobreza de Acarigua y faltó a su primera prueba como jugador porque no tenía botines y le daba vergüenza. Lo llevaron al Caracas FC, pero en inferiores lo expulsaron por problemas de conducta. Tuvo suerte: a los 15, había decidido abandonar el fútbol, pero lo encontraron en un picado y lo convocaron al Zamora de Barinas. El presidente de esa institución era uno de los hermanos de Hugo Chávez. De la mano de Noel Sanvicente, lo cagaron tanto a pedos que se acomodó. Él admite: “Me retaban todos los días”. El día en que murió Diego salió a la cancha con una casaca con la 10 y con el nombre de Maradona. “Yo era muy pequeño de estatura, pero Messi me sirvió como ejemplo para no abandonar. Ojalá pase eso conmigo y otros niños”, confiesa el gambeteador al que el Manchester United le puso el ojo.

Río de Janeiro es una ciudad donde el sol aparece temprano y se oculta antes de las 19. El partido será a las 17 y habrá por encima de los treinta grados. La explicación tiene que ver con la televisación: se emitirá en 191 países en el mundo y la dará en vivo la BBC. Incluso hay un acuerdo con cinco aerolíneas para que se transmitan en los vuelos en vivo.

A la final estaba invitado Bolsonaro. Piedra angular de su manera de administrar la popularidad es haber aparecido en los últimos cinco años con la camiseta de Flamengo, de Santos, de Palmeiras y de Gremio. En la Copa América de 2019, le entregó el trofeo a su amigo Dani Alves. Avisó que no estará presente hoy. La CONMEBOL, dueña del evento, obliga a quienes concurran a realizarse un test de PCR y a usar barbijo quirúrgico durante el encuentro. El mandatario se opone al distanciamiento social, asegura que el coronavirus es una gripezinha y que las máscaras no sirven para nada. Quizás, como ocurre con el arquero, los noticieros el día en que se vaya lo recordarán como el presidente que negó la pandemia más grande del siglo XXI. Por eso, se queda afuera. Mejor: la pelota no se mancha.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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