El confinamiento

Impacientes cazadores

En mi caso, que de estar revestido de plumas sería lechuza por agorero e insomne, sólo había estado en cuarentena una vez, hace más de siete lustros, y lo pasé un tanto mejor que ahora, también sin trabajo aunque con infancia de sobra. Lo hice leyendo, único acto subversivo que la asfixiante rubeola no me impedía ejecutar sin echar afuera el bofe.

Ciudad de México, 15 de mayo (MaremotoM).- Siempre creí que la palabra “cuarentena” —las comillas parecen, en este caso, instrumentos de asepsia para no pescar un virus al leerla—designaba el aislamiento al cual son confinados enfermos casi muertos a fin de no contagiar su casi muerte a los vivos casi sanos. Hoy debo admitir que esa imagen era parcial desde mi ignorancia con respecto a temas médicos y sanitarios, pues yo pertenezco al grupo de los sanos casi vivos y aun con ello, estoy en cuarentena, igual a tantos otros zombies rozagantes en el mundo.

Coronavirus
El capitalismo, en su versión más depredadora, considera el desastre como una oportunidad para generar nuevas ganancias. Foto: Cortesía

Sabíamos que el veinte veinte, como nos gusta decirle desde el más puro estilo nominal de José José al año que padecemos, sería complicado, pero no a qué nivel. Tal parece que esos dos veintes se sumaron y nos encuarentenaron a todos. En el nombre nos trajo la penitencia el insufrible añito. Pues bien, esta fecha reiterativa y equilátera, se amalditó cuando vino acompañada por el chaperón no invitado al baile, un colado desconocido que tres doritos después reveló su carácter de asesino serial-imprudencial, hoy mundialmente conocido por los alias Covid o Coronavirus.

Y no es en nada presunto sino culpable en flagrancia al romper, además del turbio cristal de nuestra normalidad, la creencia popular acerca de que los años pares son menos difíciles que los impares, sumiéndonos en lo que no queríamos ser o en lo que ya éramos sin querer verlo.

Confucio podría explicar mejor el enredijo, por sabio y por chino, sobre todo por chino, pues si hay algún botón para resetear el mundo está fabricado en su tierra: made in China debe leérsele por algún lado. ¿O no es verdad que ya no es tan divertido aquello de “chino, chino, japonés: come caca y no me des”, que tanto nos hacía reír leyendo Las batallas en el desierto?

Con licencia de José Emilio Pacheco cambiemos las palabras “caca” por “murciélago” y la sonrisa perderá curva al recordar el mito original de nuestra actual situación, porque si algo nos pone la hiel en la boca más que las promesas incumplidas de políticos transformadores resulta ser el encierro impuesto, sentir que se atenta contra la idea de nuestra libertad —incluso si ésta es una ilusión, no importa— con el petate del muerto del cautiverio precautorio, de la reclusión salubre, del sinsentido abstemio, de no respetarnos las garantías de supervivencia, incluso el acotar lo sostenido en el artículo 11 constitucional, el del tránsito libre, a nosotros, tan de la ley observantes.

Recordemos a Francisco Hernández: “Para matar a un pájaro (…) corta sus alas. / La nostalgia del vuelo / hará que se tire por el desfiladero”. Y sí, hay muertes más culeras, sin duda, pero ninguna más triste. Y eso ha sido el #QuédateEnCasa para muchos que son pájaros sin saberlo.

En mi caso, que de estar revestido de plumas sería lechuza por agorero e insomne, sólo había estado en cuarentena una vez, hace más de siete lustros, y lo pasé un tanto mejor que ahora, también sin trabajo aunque con infancia de sobra. Lo hice leyendo, único acto subversivo que la asfixiante rubeola no me impedía ejecutar sin echar afuera el bofe.

El confinamiento
El confinamiento

En estos días he deseado haber consignado aquella reclusión en un diario y contrastarlo con la de hoy, no obstante nunca se me ha dado llevar un registro de ese tipo y no vamos a empezar a estas alturas. Admiro a quienes sí lo consiguen. En mis intentos, el destino final de aquellas libretitas ha sido el de prótesis y víctimas de mi mala memoria. Prótesis porque en ellas apunto las compras a proveer en mis visitas al tianguis o al supermercado; víctimas debido a que su abnegada función protética es insuficiente para recordarme no olvidarlas en casa y termino dando dos o hasta tres vueltas con tal de completar el avituallamiento.

Por eso ahora ni lo intento.

Hay gente dedicada a escribir que ha compartido en sus perfiles sociales su recuento de jornadas durante la nueva peste. Otros se han confesado incapaces de hilar idea alguna, víctimas de bloqueos creativos, dicen. En mi caso, pienso, ¿a quién podría interesarle el periplo de mi cama a mi sillón de lectura, una de las mayores odiseas posibles en estos obsesivos días circulares? (Eso de los días circulares obsesivos lo plagié a Gustavo Sáinz a fin de acentuar el dramatismo de lo aquí escrito.) Pocos compartirán conmigo la idea de que “el placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres” como lo sentencia Xavier de Maistre en su Viaje alrededor de mi habitación. Esta obra, publicada en 1795, es curiosamente producto de otra cuarentena, voluntaria y con afán de explorar la vida del autor al descubrir una manera diferente de viajar: sin salir del dormitorio, método de viaje seguro y con beneficios obvios, afirmaba aquél, para enfermos y cobardes.

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Acaso lo entiendan algunos cuantos y lo critiquen los más, sobre todo aquellos con obligaciones laborales o ansias de sentirse vivos de otras formas. Posiblemente imaginarán que soy de esos instigadores de revoluciones intelectuales que no se levantan de la cama, con mi laptop entibiándome la entrepierna por único calor o de plano desde mi teléfono celular. La imagen suena a caricatura actualizada del Oblomov de Goncharov, cuyo protagonista vive en el enclaustramiento absoluto, anda en bata todo el día y despacha así todos sus asuntos. A esta novela se le ha encontrado ser una crítica a los revolucionarios, críticos y activistas de aposento, como habemos tantos en estos días, practicantes forzados del “oblomovismo”.

El confinamiento
Prótesis porque en ellas apunto las compras a proveer en mis visitas al tianguis o al supermercado. Foto: Cortesía

En un ensayo titulado Historia de las alcobas, Michelle Perrot ve en ese concepto una «epopeya de la vida doméstica (…) (que) ilustra muy bien tanto los atractivos que tiene como los riesgos que entraña el enclaustramiento en una habitación-trampa, la cual, como la guarida de Kafka, acaba por aniquilar a su ocupante». Yo espero que el encierro no nos aniquile, que no agüite nuestro habitual talante dicharachero, sobre todo a quienes son demasiado salidores. Y en especial a los que padecen hambre, pérdidas de seres cercanos o enfermedad. Y que tampoco insane a los sanos con el síndrome de El resplandor, obra imaginada por Stephen King donde la protagonista es la locura, locura a la cual son especialmente susceptibles quienes no están habituados a pasar tiempo con su familia, por los motivos que sean —recordemos el emblemático rostro desquiciado de Jack Nicholson en la película de Kubrick, adaptación homónima de la novela de King—, o quienes no tienen costumbre de reunirse por más de dos horas con sus viejos, presencias infrecuentes en su proximidad de a menudo, o a quienes se les dificulta trabajar desde casa aun agradeciendo la buena suerte de conservar su empleo.

Yo, huraño confeso, todavía no me vuelvo loco, será porque mi vida cotidiana suele ser de reclusión autoimpuesta, por eso creo que el enclaustramiento no me ha pegado tanto en el ánimo e incluso, no sin culpa, puedo decir que he disfrutado momentos imposibles en otras circunstancias, sobre todo en la hora de la comida. Lo que podría enloquecerme no es sólo el confinamiento, sino el confinamiento expuesto, por ejemplo, a los ruidos que se cuelan de la calle, en particular, la algazara de niños jugando a todas horas en plena pandemia, agentes de contagio de tiempo completo, sin más intereses que gritar leales a su naturaleza y amplificar de ese modo, sin saberlo, la fodonga negligencia de sus omisos padres.

También podrían trastornarme las voces de una feria cercana, antes ambulante, con el switch de los juegos mecánicos abajo y el clamoreo diario de sus trabajadores desde el equipo de sonido en el que antes anunciaban juegos y hoy lo usan, entre 11:00 y 20:00 horas, sin pausa, sin falta, con la encomienda de conseguir víveres y cualquier ocupación remunerada. Hay que comer. Se entiende. El verdadero soundtrack de la pandemia no está siendo y no será musical. ¿Como habrá de cambiarnos esta experiencia de aires tan viciados, entonces? Algunos corren verdadero riesgo de morir o de seguir viviendo con sus males todavía más emperrados. Sin embargo, otro gran riesgo se cierne sobre el mundo: que los indolentes de siempre volvamos a las calles como exconvictos salidos de la cárcel con prisa por reincidir, infectados de nosotros mismos, sin haber cambiado nada, tal vez únicamente la apariencia, ese daño colateral por respirar, con el cabello más largo y la rabia ampliada en la mirada a dar caza al tiempo perdido.

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