Insulares o la faz más amenazante de lo insular radica en la fragilidad

Santiago de Chile, 2 de mayo (MaremotoM).- “Insulares” es una autodefinición apenas diferente de un diagnóstico. Me había reunido en una cafetería del Drugstore con un insigne editor chileno. Nunca volví a encontrarlo, pero recuerdo que me habló de la célebre y pasmosa nostalgia de los domingos santiaguinos, donde no había ninguna cosa que hacer excepto perder el tiempo entre amigos. Acto seguido mencionó uno a uno esos amigos en lo que interpreté una presentación de credenciales, aunque sus nombres no me despertaron ningún eco de reconocimiento. En algunas de esas conversaciones dominicales intercambiaban los sueños que tenían o habían tenido con Pinochet. Algún fin de semana particularmente largo se habían propuesto hacer un libro sobre esas pesadillas de pinochismo onírico. “Todos habíamos soñado con Pinochet”, me dijo. Me gustó la idea de un club de hombres jugando las cartas de sus sueños sobre el dictador.

No le había dicho que venía para quedarme, así que el editor fue amable y apenas mostró su capacidad para la mala leche aplicándola al resto del mundo, en particular al “ser chileno”. Un rasgo relevante de esa chilenidad consistía en odiar a Chile y entre los más recientes ejemplos de esa condición militaba el último escritor trasnacional que había dado el país, Roberto Bolaño. Roberto odiaba Chile, dijo el editor y eso es muy chileno. No es rara esa tendencia a considerar que el propio círculo de existencia es un recorte privilegiado de la realidad. Incluso ese día, en el bar, tuve la intuición de que el mozo no odiaba Chile, tampoco los vecinos de la mesa de al lado, ni la rubia que atendía la caja, resoplando cada vez que alguien le acercaba una tarjeta de crédito y tenía que renovar el juego de la conexión que la obligaba a marcar el número tres o cuatro veces hasta que conseguía incorporarse al sistema. La gente que conocí en otras circunstancias de la vida se volcaba más bien al culto de un nacionalismo recalcitrante.

El editor también habló de la insularidad. “Insularidad: condición propia de una isla, hecho de ser isla”. Ínsula, llama Don Quijote al país cuyo gobierno promete a Sancho Panza. Muy lejos de los posibles ecos tropicales y aromas de playa azul, en este caso el diagnóstico rimaba con el mal de la llanura sarmientina o el laberinto de la soledad que barruntó don Octavio Paz. La insularidad es relevante porque asume su componente de determinación geográfica y su necesaria solvencia psicológica. Encaramado sobre esas dos condiciones, el diagnóstico inicial trepa el podio de las definiciones y se corona como metáfora. Las variantes psicológicas de la insularidad promueven, hay que decirlo, una imagen exclusivamente negativa, certifican las raíces del aislamiento con sus productos secundarios de provincianismo, desconfianza y cerrazón. Somos insulares, dijo el editor.

Recuerdo que recién llegada a México, me había dejado engañar por la sesuda definición del primero que me habló de sincretismo. Es difícil resistirse a esas exquisitas simplificaciones de interpretación. La pereza es fuerte y también está el apetito de entender en pocas palabras la carga de desconocimiento que cualquier país ajeno comporta, con esa fuerza que atrae y que ingenuamente intentamos neutralizar. Pero los veinte años que me separan de la experiencia mexicana no pasaron en vano, me han vuelto reacia a las definiciones que huelen a mito.

Del lado de la determinación geográfica de la insularidad está el Pacífico y los Andes, la frontera natural que, según pondera el SAG (Servicio Agrícola y Ganadero), protege los excepcionales recursos de la Nación. En todos los aviones internacionales de línea que aterrizan en territorio chileno se proyecta un video que insta a los pasajeros a declarar frutas y verduras, también los productos que contienen miel, las maderas y los materiales de corcho. Por la pantalla transita un banderín móvil de los objetos prohibidos: una máscara, un insecto, algunas hojas, un jamón, frutas y chorizos. Se dice que la barrera natural de los Andes protegió durante siglos un ecosistema que también impidió o desvió la ruta de víboras y especies venenosas. Toda mi infancia creí que las arañas pollito eran letales, pero en las tierras secas de Chile, el abdomen peludo y sus patas fugaces cruzan los senderos sin causar temor, apenas el estremecimiento de algún aracnofóbico.

El SAG es el brazo militante de la lucha contra la hiperconectividad contemporánea. Entre sus funciones está oponer un escudo a las enfermedades, siempre foráneas, agazapadas en la fruta o en la flor de apariencia más inofensiva, una xenofobia radicada en los materiales vivos más disímiles. Resulta un misterio los motivos por los que la introducción de miel fresca para uso hogareño o las barras de cereal podrían enfermar a las abejas locales, así que la medida posiblemente enmascare una importante dosis de proteccionismo. Esos controles sanitarios existen en diferentes regiones aunque, quién más, quién menos, muchos países se han rendido al torrente de personas y valijas; concentran sus esfuerzos en causas específicas, por no hablar de la circulación humana que es la preocupación dominante en la mayoría de las fronteras. Dime qué buscas y te diré quién eres. Es útil conocer la materia que persiguen los sabuesos de cada país: drogas, inmigrantes, dinero o productos vegetales y animales. Sobre las cintas que trasladan las valijas del aeropuerto chileno, muchas veces se pasean perros simpáticos, con camisa naranja, que en cada vuelo identifican dos o tres equipajes sospechosos. Los amigos a quienes pregunto responden con los mismos referentes, estrictamente ciertos: Un experto en vinos, aunque abstemio, me explica que Chile conserva algunas cepas extinguidas en Europa, el carmenere, por ejemplo, que en el siglo XIX desapareció de Francia por el ataque de la filoxera; además, el abejorro chileno está en peligro de extinción desde que se introdujo el abejorro israelí, vehículo de parásitos letales para el espécimen local.

Lo único claro es que la insularidad chilena erradica las apreciaciones positivas de otras insularidades. Incluso sin sacar el pie del estereotipo: la alegría cubana, el placer de vivir de las Baleares, hasta el orgullo nacional y las tradiciones de las islas danzantes del Pacífico. Pero si de tierra hablamos, incluso a la mirada cartográfica menos aguda se le hace evidente que la supuesta insularidad sostiene sus pilares sobre capas extremadamente oscilantes. La guerra de mapas (y no solo de mapas) entre las naciones del sur de América se retrotrae a un país de la Patagonia, uno de los Pampas, a la capitanía general de Chile, al territorio del Río de la Plata, al territorio peruano y a la salida al mar de Bolivia; es decir que es todo excepto insularidad, fue tierra móvil, fluctuaciones a punta de balas y políticas de ocupación. El loco Sarmiento escribía en sangre negra y, desde Chile, sus imprecaciones contra el rojo punzó.

En los últimos tres años consecutivos he viajado a la Patagonia chilena, muy lejos, donde al cruzar el estuario de Reloncaví se accede a una fauna de cipreses, araucarias y nogales que escaparon de la depredación maderera del otro lado del estrecho. Unos amigos del lugar me explicaron que antes de que las barcazas que cruzan el Reloncaví les permitieran un mejor acceso a Puerto Montt, su circuito de compra y venta iba hacia el Bolsón, donde vendían sus tejidos en telar y compraban alimentos. La ruta se clausuró cuando el SAG y su correspondiente argentino prohibieron el paso de los caballos. Ahora es una senda de mochileros, aunque un camino internacional está en acelerada construcción.

Hacia el Sur hay una especie de conciencia magallánica, hacia el Norte se mantienen los campos minados en la franja fronteriza con Perú: puede que la insularidad sea un producto capitalino, más bien contemporáneo, que irradia sus ansias sobre el resto del territorio, la contracara de una geografía que se concebía constantemente amenazada por sus vecinos (en los últimos años la amenaza vino de la mano de denuncias de Perú y Bolivia ante los tribunales internacionales de La Haya). La falsa insularidad es una insularidad de montaña. Recordé un pueblo remoto de Castilla La Mancha cuyas tasas de malformaciones eran comparables al de las antiguas casas reales europeas en el apogeo de las endogamias. Caminar por ese pueblo era pasear por una fauna zoológica de ojos bizcos y miradas obtusas, un aire de familia que los habitantes compartían en un mismo grado de boca chica, ojos entorpecidos y rictus mezquino, como de quien acaba de chupar un fruto amargo.

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Así que el problema no es la insularidad propiamente dicha, sino más bien la insularidad de montaña. El país largo está mucho más signado por su destino de tierra adentro que por su descarga hacia el mar. Los pescadores lo desmentirían, ni qué decir de los habitantes de la costa, pero sea por el frío del agua o por lo arisco de las costas pedregosas, el vínculo con el placer parece negado y todo posible disfrute de la playa y el ocio se somete aquí al régimen de la necesidad y la subsistencia. Tal vez Chile no le dé la espalda al mar que, junto al bastión de la minería, es una de sus fuentes principales de riqueza, pero sin duda que está excesivamente atraído por la montaña, como si en un sistema de pesas, la varilla se torciera irremediablemente en esa dirección. Es ese efecto de montaña y tierra adentro el que aborta las posibilidades más felices de la costa insular y bajo el mismo impulso recarga sus consecuencias más tremebundas.

Somos insulares, repite el editor chileno, pero su angustia muestra la hilacha por debajo de la ironía. La faz más amenazante de lo insular radica en la fragilidad. Un país atrapado entre las montañas y el mar podría desaparecer entre las aguas, y tengo la idea de llamar por teléfono al editor para preguntarle si ha pensado en una antología de pesadillas catastróficas en que el mar accede a las casas y arrastra todo, deponiendo un caos de ventanas, maderas, objetos varios y barro al por mayor. Llegué a Chile justo antes del gran terremoto del 2010, considerado el tercero más intenso en la historia del país y el octavo más fuerte registrado en el planeta, cuando el maremoto (tsunami según las nuevas denominaciones) arrasó las costas dejando un saldo que superó los 200 muertos. Se acusa el gobierno de descuido criminal en cuanto a advertir a las poblaciones costeras que el mar se les venía encima, pero pese a todo, esos muertos del tsunami aparentan inexistencia en el recuerdo. Las cifras totales superan 500 víctimas. La mañana que siguió al terremoto tuve una visión reveladora. Cerca de mi casa no hubo derrumbes ni mayores desmanes, pero todos parecían haberse puesto de acuerdo para regar las plantas, los jardines y el pasto. En la vereda había una hilera de mangueras chorreando agua en un trazo circular, hombres y mujeres con ropas de entrecasa, las miradas absortas en los arcos de agua que formaban un túnel de arco iris.

Ese punto ciego en los sentimientos colectivos se llama trauma. Un amigo me cuenta que en caso de estar en la costa durante un terremoto mayor, para salvarse de las aguas hay que subir a un edificio alto. Si está lejos de la costa, supongo y si el edificio ha demostrado previamente su fortaleza a la hora de resistir los cimbronazos. Por donde se mire aparecen las huellas de los desastres. A los habitantes de Concepción se los llama penquistas en recuerdo al nombre de la ciudad inicial, Penco, desplazada en la actual Concepción después de un balance de cinco terremotos y tsunamis sólo entre el siglo XVI y el XVIII. Después del terremoto del 2010, el colegio de mis hijos envió una comunicación con consejos para tranquilizar a los niños: debía decirles que era casi imposible que, en caso de tsunami, el agua llegara hasta Santiago. Leí la nota dos o tres veces, mi perplejidad absoluta ante ese casi, que hasta entonces yo había descartado por completo.

La insularidad viene de la disposición geográfica, pero es atizada por el vector del terremoto. En un cuento de González Vera de 1945, el escritor anarquista narra un personaje que sale en busca de su mujer después de un terremoto. Atraviesa un territorio devastado y en un desenlace epifánico encuentra un pequeño grupo cerca del río Tutuven que recoge despojos y alza de nuevo las casas. Vera se conmueve por la fuerza de la reconstrucción, también por la psicología de hombres y mujeres dispuestos a olvidar el horror, en un despliegue de empeño. La perseverancia y el olvido que Vera descubre es la costura ciega de la insularidad expuesta al desastre: “Su persistencia en mostrarse impasibles ante la catástrofe es un ardid”, escribe. Otro amigo me relata una historia que contaba su abuelo, de cómo después del terremoto de Valdivia los locos emergieron de las casas derruidas donde sus familias los habían encerrado. Avanzaban enceguecidos por la luz, trepando los escombros de un aire viciado por el polvo y por el terror, en fin pasmados de que sus pesadillas se hubieran convertido en ese caos que, sin embargo, los había liberado.

Es decir que la amenaza de la insularidad no es la erosión sino la catástrofe, el vuelco repentino hacia la nada, la muerte del territorio, la desaparición de la existencia. La desembocadura es la dispersión, pero la isla concentra, une lo que amenaza diluirse, uniforma, es un milagro de entereza. Por eso la generosidad de Vera es justa, hay que ser anarquista de la vieja escuela para ser tan sensible a la perseverancia y al esfuerzo.

Por otra parte, los efectos políticos de esa compulsión a la desaparición tienen una cara contemporánea particularmente siniestra. La amenaza telúrica cae en la misma bolsa que las grandes consecuencias de la depredación ecológica: las pieles manchadas de cianuro amarillo de la gente del Norte, los incendios de Valparaíso, los aluviones después de las lluvias por el deslave de las mineras en Antofagasta y alrededores, la acidez del mar que presagia la desaparición de los cultivos de mariscos y salmón. La larva de esa otra insularidad crece como un gusano viscoso, salido de la misma fábrica que carga precariedad sobre el 80 % de la población. Para la insularidad, todos los desastres son frutos de la tierra e hijos de la catástrofe. Una isla es un modo de entender el mundo. Cualquiera puede ver en el mapa la falsa cola de serpiente, larga y angosta, que se descompone en una vía láctea de islotes, henchida de existencias minúsculas, fervientes, obcecadas. Es titánica la tarea de imaginar un remo gigante que empuje hacia un lugar feliz esa tierra asentada en las fallas y sembrada de volcanes. El otro sueño es el de una tierra conectada, que reconoce sus lazos. Pienso que mi editor se equivocó y también la insularidad es uno de sus sueños pinochistas: aunque la dictadura no haya inventado la insularidad, parece hecha a su medida.

A unas dos horas de Antofagasta, en el medio de la nada, distinguí un agujero en la ladera. Un vecino me explica que los pirquineros son dueños de un sector de la montaña o de una boca de pozo que arriendan y en la que se pierden cada día durante largas horas. Topos convertidos. La luz en la tierra chilena tiene un resplandor desconocido en otras partes, brilla y refleja como si existiera por primera vez. Cuando un minero no aparece por sus compras, es el vendedor de dinamita o el de víveres quien nota su ausencia. Entonces da la alarma. Visto desde la ruta, el agujero de entrada al socavón es una mancha en una tierra reseca. Parece una isla invertida. Un vacío en la tierra es una tierra en el vacío. Algo que nunca ha existido, ni nunca existirá. Hubo muchos momentos en la historia de Chile en que el país no fue insular. El último fue en 1973, claro. Fabio Zerpa tenía razón: no estamos solos. Me gusta imaginar que lo descubrió cuando actuó en una entrañable película chilena de 1967, Largo viaje, donde un niño recorre la ciudad para llevar a su hermano muerto, ese pequeño angelito, las alas de cartón que le permitan alcanzar el cielo.

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