Hacks

Jean Smart: risas en pantalla y lágrimas privadas para la extraordinaria actriz de Hacks

La estadounidense vive su mejor año en términos de reconocimientos profesionales. Primero fue su papel como madre de Kate Winslet en Mare of Easttown y ahora es su protagónico en una comedia brillante, en la que despliega todo su talento. Sin embargo, el dolor convive con el éxito en estos días.

Ciudad de México, 3 de septiembre (MaremotoM).- Jean Smart nació en 1951 y es madre de dos hijos. En Hacks su personaje es Deborah Vance, toda una institución en Las Vegas

Jean Smart nació en 1951 y es madre de dos hijos. En Hacks, su personaje es Deborah Vance, toda una institución en Las Vegas

Me habían dado muchas ganas de escribir una nota sobre Hacks, una comedia brillante que me regaló algunas de las mejores horas de mis últimos días. Pero, como suele suceder cuando algo me entusiasma por demás, comencé a leer materiales sobre la serie de HBO y también sobre Jean Smart, su extraordinaria protagonista, un rostro que los que tenemos cierta edad conocemos bien, pero a la manera en que conocemos bien a esos vecinos a los que vemos durante décadas pero con los que nunca intercambiamos una palabra y la verdad es que, conociendo un poco más a Jean y conteniendo las ganas de sentarme a conversar con ella largo rato, lo que quiero ahora es contarte cosas sobre esta mujer que está a punto de cumplir 70 años, que atraviesa el mejor año de su carrera como actriz pero que, en paralelo a la enorme ola de reconocimientos, vive uno de los mayores dolores de su vida y lo hace casi en silencio, diciendo poco, apenas lo necesario. Voy a intentar hacer las dos cosas.

El centro de Hacks es Deborah Vance (Jean Smart), una veterana comediante que comenzó su carrera en TV, que en los 80 estuvo a punto de convertirse en la primera mujer conductora de un late show y que a partir de un penoso episodio de su vida privada -un divorcio inesperado y controvertido y el incendio de la casa de su ex marido por el que la culpan a ella- cae en desgracia y lo pierde todo. Obstinada como pocas y con un gran resentimiento a cuestas, Deborah se levanta de su padecimiento y, aunque no se transforma en la gran estrella nacional que soñaba ser, hace cuarenta años que sube al escenario del Hotel Palmetto de Las Vegas para hacer su show para turistas que la adoran y en el que el incendio marital es uno de los grandes ejes de las bromas. El problema es que esos turistas que la adoran cada vez son menos.

Pese a la edad avanzada, Deborah se mantiene muy bien, sus mejores atributos físicos siguen dándole satisfacciones y convirtió a la cirugía estética en aliada; es millonaria, disfruta de una fama local que le alcanza para que le paguen cien mil dólares por hacer un numerito en la inauguración de una pizzería, vende productos como pastillas de progesterona por TV, pasa sus días en una mansión soñada y tiene un equipo de personas encabezado por Marcus (Carl Clemons-Hopkins) a quienes les paga para que vivan por y para ella y también para soportar sus maltratos diarios y su boca de fuego.

Pero yendo a lo concreto, lo único que realmente brilla en la vida de este personaje es el dorado lamé de su vestuario; está sola, en su entorno la desprecian o le temen, su hermana ya no existe para ella a partir de una traición imperdonable y su hija DJ (Kaitlin Olson) -quien de chiquita la acompañaba en las giras por locales de mala muerte en los que finalmente consolidó su carrera- es una adicta en recuperación que la ama y la odia por igual y que aún tiene muchos reclamos para hacerle.

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Dos personas muy distintas tienen que relacionarse. Foto: Cortesía

Cuando el dueño del Palmetto (Chris McDonald) le anuncia que van a reducir el número de sus shows porque la gente pide “otra cosa”, la diva explota de furia e impotencia. Desde Las Vegas, su agente, Jimmy (Paul W. Downs) ofrece una idea: sumar a una guionista joven para que ayude a Deborah a renovar el viejo stock de chistes efectivos pero gastados. Tiene, también, a la persona indicada para hacerlo, Ava (Hannah Einbinder), otra de sus clientes, una joven de 25 años, bisexual, hija de un padre enfermo y una madre siempre alterada, que comparte con Deborah no solo la profesión -crear humor con la palabra- sino el fracaso como experiencia de vida cuando estaba en pleno ascenso profesional. En el caso de Ava, la razón de su infortunio fue un tuit malhadado, que la convirtió en segundos en víctima de la cultura de la cancelación. Ya nadie quiere contratarla, su nombre apesta.

El encuentro de ambas mujeres es un alucinante choque de planetas y la química entre ambas actrices es una sorpresa encantadora. La risa tiene la edad de los tiempos de la humanidad pero no todos reímos por las mismas cosas. ¿Qué hay detrás del humor de cada cultura y cada generación, cómo se crea aquello que nos hace reír? Por sus edades, Deborah y Ava podrían ser abuela y nieta, no comparten clase ni cosmovisión, tampoco comparten la mirada de género, o al menos eso parece al comienzo, cuando se repelen con violencia mientras compiten a ver cuál de las dos es más inteligente.

Durante diez capítulos de media hora en promedio, estas dos mujeres entregan actuaciones y diálogos plenos de matices, humor y emociones. La desconfianza va dejando paso a la sorpresa, en el caso de Deborah, porque Ava la ayuda a entender el mundo de hoy y en el de Ava, porque descubre que la comediante que ella consideraba una burguesa mediocre, víctima conformista del patriarcado y plena expresión de la decadencia es, en realidad, una mujer valiente y talentosa que construyó su carrera y su vida en una pelea feroz y cuerpo a cuerpo con la adversidad.

Como la propia Jean Smart explicó muy bien a la periodista Rachel Syme en una entrevista con The New Yorker, para Deborah, “vivir bien es la mejor revancha” y es también “su manera de hacerles fuck you a todos los que alguna vez la lastimaron”.

Hacks, una serie que muestra de una manera poco convencional las contradicciones humanas es, entre muchas otras cosas, una reflexión sobre el éxito, sobre el humor y sobre cómo se construye aquello que nos hará reír, pero es también la historia del cruce intergeneracional de dos mujeres que se dedican a escribir guiones de stand up (el nombre, Hacks, juega con la idea de tijeretazos o hachazos pero también con otro significado de esa palabra en inglés, que es escritorzuelo o escritor de poca monta) y es en esos encuentros donde se juegan las mejores escenas de la serie creada por Lucia Aniello, Paul Downs (ambos creadores de Broad City) y Jane Statsky (de Parks and Recreation).

Hacks ya tiene continuidad asegurada, a partir del éxito de audiencia y de las nominaciones para los premios Emmy, que se entregarán el 19 de septiembre. La serie abreva en algo que recuerda por momentos El método Kominsky y tiene claramente que ver con la edad de su protagonista; sin embargo, la contracara de la tirana Deborah Vance, Ava, va ganando en peso a lo largo de la serie, lo que enriquece la propuesta y consigue seducir a diferentes audiencias.

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Hay intercambios extraordinarios entre ambas comediantes, que parecen haber encontrado una fórmula imbatible, y que arrancan con el primer encuentro -que no fue buscado por ninguna- mientras se repelen sin pudor y Deborah le pregunta a Ava cuál fue el tuit que la hundió en el descrédito. Luego de la respuesta que da la muchacha, la vieja comediante le hace saber que no la cancelaron por transgresora sino porque “el chiste era malo”. Para Ava, el humor de stand up de Deborah está basado en una vieja escuela conducida por hombres; para Deborah, la propuesta moderna y conceptual de Ava es aburrida…

Pero claro, si el lector suele frecuentar el mundo de las series, este año seguramente ya se había reencontrado con la vieja vecina cuyo rostro conocemos tanto aunque tal vez ignoramos su nombre. Ocurrió también en HBO: en un papel completamente diferente al de Deborah Vance, Jean Smart brilló como Helen Faye, la madre gruñona, patética y ácida de Kate Winslet en Mare of Easttown, la mujer que juega maniáticamente al Fruit Ninja en su ipad y le hace de espejo amoroso y psicópata a la vez a su hija policía, quien trata de resolver un crimen al tiempo que no consigue superar su propio duelo, el peor de todos.

Ganadora de varios premios a lo largo del tiempo, la actriz que en los últimos años se lució en Fargo, Legion, Dirty John y Watchmen y que supo ser protagonista en Designing Women, 24 y Frasier, como la antigua novia del psicoanalista que protagonizaba Kelsey Grammer (pequeño respiro: qué gran serie Frasier, ¿verdad?) este año le toca ser una de las grandes mimadas de las nominaciones para los Emmys: mientras compite como actriz secundaria por su personaje en Mare of Easttown, lo hace como actriz principal por Hacks, que en total aspira a 15 estatuillas.

Hay quien habla en Hollywood de Jeanaissance, un juego de palabras entre el nombre de la actriz y renacimiento, aunque en realidad, puestos a analizar, Jean Smart nunca dejó de estar ahí. Sabe que se le reconoce una gran capacidad como intérprete y, sin un gramo de arrogancia, tiene una explicación lógica para eso. “Cuando la gente dice que piensan que soy versátil, mi primer pensamiento habitualmente es ‘bueno, ok, ¿no es ese acaso mi trabajo?’”, dijo en una entrevista.

Sabe que el azar y la fortuna siempre juegan fuerte en estos casos, como se le escuchó decir en el Late Night con Seth Meyers, al explicar que a diferencia de otras artes como cantar, o escribir o bailar, más allá de ganar o no dinero con eso, “la mayoría de los actores no tiene la posibilidad de mostrar todas sus capacidades porque para actuar se necesita que alguien te llame o te invite a hacerlo”.

Una actriz profesional, una mujer discreta

Jean Smart nació en 1951, nació y creció en Seattle, en el seno de un hogar con un padre profesor y una madre ama de casa, ambos personas curiosas y entusiastas en materia cultural. Sus primeras grandes actuaciones fueron representando obras de Shakespeare en el Oregon Shakespeare Festival: para entonces, y desde los 13 años, buscaba llevar una vida normal a pesar del diagnóstico de diabetes clase I que la obliga a controlar sus valores de azúcar en sangre varias veces por día.

Investigar su CV es confirmar que su experiencia como actriz no tiene fisuras: luego de trabajar duro en la costa Oeste, llegó a Nueva York antes de los treinta años para actuar en teatro y en 1979 fue el salto a la televisión, donde haría su gran carrera. Fue siempre una actriz disciplinada y una mujer discreta, tanto que se había prometido no hacer desnudos mientras sus padres estuvieran vivos.

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Una mujer inigualable. Foto: Cortesía

Tuvo un primer matrimonio siendo muy joven que terminó en divorcio amistoso y fue mientras filmaban Designing Woman -ella actuó allí durante cinco temporadas- que conoció al gran amor de su vida, el actor Richard Gilliland, con quien tuvieron dos hijos, Connor, en 1989 y Bonnie, que hoy tiene trece años, nació en China y fue adoptada por la pareja cuando era una bebé. Gilliland personificaba en la serie que los reunió al novio de otra actriz, de modo que Smart solía bromear diciendo que había conocido a su marido mientras él se besaba con otra.

Al igual que ella, Gilliland es un nombre reconocido en el mundo del espectáculo, actuó en infinidad de series y películas y en las últimas décadas integró varios elencos aunque siempre como actor secundario. Ambos tuvieron la fortuna de no tener que vivir de otra cosa, es decir, nunca les faltó trabajo. Sin embargo, él es uno de esos actores de los que habla Smart cuando dice que la mayoría de sus colegas llegan al final de su vida sin tener la posibilidad de mostrar todas sus capacidades.

En marzo de este 2021 y mientras Jean comenzaba a vivir el año más brillante de su carrera, el actor murió a los 71 años, luego de un sorpresivo problema cardíaco. Smart estaba a punto de terminar la filmación de Hacks cuando ocurrió su tragedia íntima.

Al regresar a la filmación unos días después, en medio del duelo por la partida del hombre con el que compartió 34 años de carrera y convivencia, le tocó interpretar una escena de un funeral. Allí Deborah/Jean resplandece como actriz y consigue separar su cabeza y sus sentimientos, un don que considera clave en su vida. Se sabe que con profundo respeto los guionistas y productores le ofrecieron suavizar el libreto, sin embargo Smart no lo permitió: “esto es lo que está escrito y esto es lo que voy a decir”, aseguran que dijo.

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La actriz enorme y sutil que vivió toda su vida sin estridencias hoy está en el centro de las miradas y los aplausos. Foto: Cortesía

La actriz enorme y sutil que vivió toda su vida sin estridencias hoy está en el centro de las miradas y los aplausos. Su discreción no cede, pero últimamente se permite reflexionar en voz alta, como cuando señala en la nota del New Yorker que su esposo “realmente sacrificó su carrera por mí, para que yo pudiera aprovechar mis oportunidades. No tendría todo esto si no fuera por él”.

Ahí dice también que no puede acostumbrarse, que le sigue pareciendo extraña la ausencia del compañero de toda una vida: “No es nada de lo que alguna vez pensé que sucedería. No tan pronto”. Es la nostalgia por la presencia de ese hombre y es algo más, aquello que todos sabemos donde encontrar y que nos brinda a los humanos calidad de vida.

“Richard me hacía reír todo el tiempo. Será difícil vivir sin eso“, dice sobre el final. Y dan ganas de salir a abrazarla.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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