Juan Forn

Juan Forn, el autor que cumplió un sueño: vivir al lado del mar

Creí mucho más en sus columnas de los viernes, que en los cientos de libros que llegan a casa. Cuando decía en alguna nota que le gustaba tanto el libro De vidas ajenas, de Emmanuel Carrere, yo sentía un sentimiento de amigo. Hablaba de Vivian Gornick, de Lucia Berlin y en casi todas las notas hablaba de su nuevo destino de vida.

Ciudad de México, 21 de junio (MaremotoM).- La rutina no existe con tanta tristeza. ¿Hoy empieza el invierno? ¿Aquí el verano? No lo sé. Pero de pronto sé que hoy es el primer día sin Juan Forn.

A veces he defendido tanto que Roberto Bolaño, en un destino más feliz de su vida, hubiera dado clases, como las que dio Ricardo Piglia, el intelectual que tanto defendía fuera precisamente de la academia. La creatividad fuera de la academia.

No es que Forn no creyera en la academia, sino que había llegado a la literatura fuera de ella. Como Bolaño. Como Nabokov. Nombro a unos cuantos novelistas y escritores absolutamente grandes, como él, para decir como él que “hay que derribar fronteras” en cualquier tiempo, en cualquier lugar.

Siempre lo he visto en un horizonte a la distancia. Quizás con algo de mayor miedo que respeto. Pude entrevistar y hablar de él a amigos de él, pero tal vez por ese viaje al mar que había hecho para curarse, lo borré un poco de mi vista. Ahora que veo que miles de muchachos iban a su casa y lo entrevistaban, me digo a mí: ¿por qué?

Juan Forn
No es que Forn no creyera en la academia, sino que había llegado a la literatura fuera de ella. Foto: Cortesía

Creí mucho más en sus columnas de los viernes, que en los cientos de libros que llegan a casa. Cuando decía en alguna nota que le gustaba tanto el libro De vidas ajenas, de Emmanuel Carrere, yo sentía un sentimiento de amigo. Hablaba de Vivian Gornick, de Lucia Berlin y en casi todas las notas hablaba de su nuevo destino de vida:

“Lo primero que encontré fue precisamente la posibilidad de vivir el sueño de mi vida que era vivir al lado del mar; después se trató del aspecto más convencional y doméstico de la cuestión: que era un pueblo que tenía la suficiente infraestructura en el invierno para vivir. Nosotros teníamos una hija chiquita y había escuela, hospital, vecinos y estaba relativamente cerca de Buenos Aires y yo tenía que seguir trabajando con Buenos Aires, así que cada tanto tenía que ir. Pero, como pasa siempre, lo que más te gusta del lugar lo descubrís después y a mí lo que más me gusta de Gesell es que es un pueblo de renegados, un lugar donde a nadie le gusta que le digan cómo se tienen que hacer las cosas. Cuando todos los demás lugares se van poniendo producidos, Gesell sigue bardo. Hay una combinación de cosas que me gustan acá, pero sin duda lo que más me gusta es el mar, que lo tenemos a 15 metros…”, le dijo al escritor Aníbal Saldívar en La boya.

“Seguir bardo” es explicar un poco: seguir sin orden, sin que nadie te diga lo que tienes que hacer. Como en esta mañana donde escribo algo relacionado con Juan Forn y nadie me señala con el índice para decirme hacia dónde tendrán que ir mis palabras.

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Era un poco el que le seguía a Piglia. Sí, sin duda era él. Era como él un hombre cercano, a veces más joven de lo que era: con su pelo todavía rubio, con sus playeras sin hombro, vestido siempre como para ir al mar.

Era también “un viento fresco”, como dicen ahora, de la literatura argentina y había encontrado en la literatura “la posibilidad de ser un poco mejor como persona”.

Ahora bien. Todo eso y lo decimos mexicanamente: le valía madre.

No le interesaba guiar a la literatura, aunque enseñó a leer y a escribir a miles de argentinos. Sus amigos en Gesell no leían un solo libro, pero aceptaban sus confesiones y permitían ser llamados “mejores amigos”. Lo que le interesaba era la literatura sin tiempo. “Cuando era jovencito y leía a los surrealistas no me importaba que yo haya llegado 50 años más tarde. Sentía que era parte de ese mundo y los leía como si estuvieran vivos a mi alrededor”, le dijo al periodista Agustín Cassano. Le importaba no ser dark para ser luminoso a la luz de la playa y el mar.

Narrador, traductor, editor, publicó a fines de los 80 su primera novela, Corazones cautivos más arriba, que significó un cambio de rumbo estético para muchos autores jóvenes. A cargo de ediciones en Emecé, fundó luego en Planeta la mítica colección Biblioteca del Sur, la de las tapas blancas, que resultara una fuerte apuesta a la literatura argentina. Creó el Suplemento Radar en Página 12 y prosiguió construyendo su obra narrativa con Nadar de noche (1991), Frivolidad (1995), Puras mentiras (2001), María Domeq (2007), además de la compilación de sus crónicas en La tierra elegida (2005), Ningún hombre es una isla (2010) y El hombre que fue viernes (2011), entre otros.

Se fue antes y se fue con una pirueta de fantasma. Espera al hombre que dentro de 50 años se detendrá en sus textos y dirá: “soy parte de este mundo”.

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