Juan Marsé

Juan Marsé: La épica del perdedor

Como al autor, quien dedica unas líneas para hacer notar lo vigente que le resulta la novela después de una relectura, a mí me parece ese lugar relacionado a un pasaje entrañable de la infancia al que se regresa fácilmente. Evoca momentos. Agiganta el recuerdo y teje la espesura de la colina, ese paraíso perdido: el monte Carmelo. El escenario.

Ciudad de México, 21 de julio (MaremotoM).- Quizá hay un riesgo implícito en sugerir la semejanza entre algunas historias, en afirmar que existe algo que las una, como en un reduccionismo idóneo, sólo por asociarlas. Más si ni siquiera es debido a una valoración crítica sino por una azarosa reunión fundada en lecturas cuya cronología e importancia son personales. Pero, también, pienso en algún tópico universal, en cada una de éstas, e intuyo que algunos de los hilos que surcan la tradición literaria coinciden tanto como para hacerlo a uno afirmar, temerosamente siempre, que existen, entre todas, algunas novelas que se convierten en lecturas de referencia, portadoras de un aire familiar, recordatorio de una misma historia.

Esta lista de lecturas, casi accidental (si es que se cree que lo fortuito podría ser lo que gobierna la brecha de las cosas) alinea, al menos, una triada de novelas. Son como ecos para mí. Parto de La educación sentimental de Gustave Flaubert, esa historia contada desde el antes de todo, siempre antes, donde se encuentra la mejor historia de cualquier vida. El recorrido de Frédéric en sus aspiraciones a ocupar un sitio en la ciudad, donde el centro de la historia es su amor platónico por una mujer prohibida.

Leo, a su vez, el derrumbe pasional del monstruo Cuasimodo, una estatua de piedra caída en infortunio, y su Esmeralda, esos ojos con los que se tropezó el campanero. De ella siempre preguntaremos si alguna vez el rey de los feos le inspiró más que ternura. El rumbo de la historia siempre se guarece en la ambigüedad, en la remota sugerencia que le deja algo al lector, como cuando se camina bajo la lluvia cubriéndose con las marquesinas intentando no mojarse. Víctor Hugo en Nuestra señora de París invierte los postulados. Se interesa por el marginal, por la cloaca. Lo encumbra de tal manera que, ante el anuncio de su cenit, también se distingue el inminente desplome, una tensión donde el que fuera la piedra desechada se erige como el centro de la mirada; también la historia donde el amor es sinónimo de sacrificio, de perderlo todo. Veo en el jorobado a alguien que se aproxima al objeto de deseo como en un sueño, meros espejismos de una lentitud que, en ella misma, en su claridad, anuncia su fin.

Juan Marsé
Juan Marsé en sus libros construyó un mundo propio habitado por niños, prostitutas personas derrotadas que han perdido los ideales y muchos anarquistas. Foto: Cortesía

Pienso en Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé. El pijoaparte, su protagonista, es el último arribista del siglo XIX afirma Pere Gimferrer. Los títulos que menciono hacen evidente que tengo afición a ciertas obras que se han quedado como experiencia personal. Volver y convivir con la ya lejana Teresa, en esa novela de la pasión a la española, es hablar, otra vez, como si se hablara de un recuerdo infantil e inaugural, una visita entrañable, pero, también, un comprobante de la falsa cita con el futuro que teníamos, que tenemos.

Las lecturas que invoco son muestra de que la premisa encabezada por el  amor, la devoción o el deseo nos gobierna. A veces, muy pocas, para nuestro solaz, otras, las muchas, para nuestra desgracia. El que traigo a colación es un libro que, a pesar de su anclaje histórico y de su realismo social, escapa a su caducidad tanto como para visitarlo cada verano. Preserva esa ambigüedad, dice lo que dice, a pesar de su data, por encima del barullo de ese imaginario –sin desperdicio tampoco–, que emerge. Hallo uno de los tópicos literarios tutelares del aprendizaje de las emociones: el desengaño. Palia ese tema que nos hace dudar ante la puerta de los sentimientos pero nos empuja, paradójicamente, a seguirlo hasta el final, hasta preguntarnos si hemos o no perdido más al vivirlo. Nos lleva a encontrar motivos para una historia imperecedera y conmovedora. Visita posiblemente la mejor de las épocas para echar a perder todo con la furia del que no tiene nada y, acaso, tener algo por contar tras la resaca, emulando un poco una tormenta perfecta. El derrotado palpa la renuncia con amargura pero sin resentimiento. Porque, aunque el perdidamente enamorado acompañante de la bella desconocida aún no lo sabe  (todavía el verano es un verde archipiélago) siempre existe la superstición de saberse equivocado. La conciencia de esto no hace dudar ante el riesgo, eso sí lo sabemos.

Juan Marsé
Con Juan Carlos Onetti, otro grande. Foto: Cortesía

Juan Marsé nació en 1933, dos años después de iniciada la Segunda República Española. El aprendiz de joyero, emprende la ronda del malogrado a través de Manolo, el pijoaparte, un xarnego y trinxa, joven líder en decadencia de la pandilla del Cardenal, ese viejo sentado en el sillón de mimbres color naranja, con su raído batín y su bastón, decoroso y pulcro. Sugiere la filosofía que reinaba por esos tiempos, el “Nunca llegarás a nada” convencional, consuetudinario, que hacía creer, según el propio Marsé, que eran el culo del mundo. Nos dicta la historia del melancólico embustero, el tenebroso hijo de barrio que en verano ronda la aventura tentadora: Teresa, unos ojos azules que golpean el corazón, una chica de melena rubia y lacia.

Escribe una de sus novelas más reconocidas que en principio destaca por su referencia a una comunidad estudiantil comprometida, de calentura ideológica, a la que su sensación de culpabilidad, su frágil mito solidario, conduce a saciar sus ganas de suburbio, un tema de los preferidos de la época. Lo corroboramos en Duelo en el paraíso o en Juego de manos, de otro Juan, éste, Goytisolo. Los libros que aludo conforman la literatura a la que acudían Teresa y sus compañeros de la universidad, falsos no por mentirosos sino por ilusos, pura nostalgia de arrabal; diletantes como los personajes de esas novelas que leían, cercanos al –soñado‒ parricidio lleno de una aristocracia en declive a la que repudiaban sin poderse escindir de ella.

El espejismo, adolescente, y con ello pusilánime, de hallar, tras la ideología, la manera de ponerse en los zapatos del otro, se aleja de los propios. El tema más de una vez ha sido el punto destacado de la novela y no es gratuito, pues tanto Luis Trías, otro señorito personaje de la novela, y Maruja, una morena, dice Marsé, envuelta en un curioso aire de timidez y de abandono, como si no conociera a nadie, integran esa lucha de clases, esas posiciones que se ocupan en un orden explorado no con intereses de un ideólogo sino porque era lo que había.

Ese panorama social organiza la novela. Sirve de escenario a un centro que llama mi atención. Probablemente porque siempre existe un momento en el que nos vence la curiosidad por enamorarse, mirar o fascinarse con aquel que no nos corresponde. El tema es el amor o, mejor dicho, el desamor, o las consecuencias irremediables frente a éste, en todo caso.

Un melodrama, quizá. Pero profundamente sensible, recordatorio de nuestra condición humana. La historia que comienza con un pasaje la noche de la fiesta de San Juan, se publica en 1965. Le mereció el Premio Biblioteca Breve, Seix Barral. Numerosas reediciones le sucederían. Aparece en el tránsito entre Esta cara de la luna, repudiada por su propio autor, siempre traída a cuento por lo mismo gracias a los críticos, como ahora, y La oscura historia de la prima Montse de 1970.

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Juan Marsé
Últimas tardes con Teresa. Foto: Cortesía

Aún había que esperar unos años para que la editorial Novaro le otorgara el Premio Internacional de Novela México por Si te dicen que caí en 1973, su novela más valorada. La edición se dio fuera de España, ese tránsito ventiló la marginalidad del tema haciéndolo prohibido, mórbido, tasable. Era un fabuloso recorrido por la infancia, una verdad inventada que no pasó la censura del régimen franquista y encontró su cauce al otro lado del mundo.

Como al autor, quien dedica unas líneas para hacer notar lo vigente que le resulta la novela después de una relectura, a mí me parece ese lugar relacionado a un pasaje entrañable de la infancia al que se regresa fácilmente. Evoca momentos. Agiganta el recuerdo y teje la espesura de la colina, ese paraíso perdido: el monte Carmelo. El escenario.

En la portada, la foto cenital de una chica sentada en el asiento delantero de un convertible. Ella mira a la cámara, nosotros leemos el título de la novela que sobresale por su cadencia y cercanía ante lo que cuenta. Su verosimilitud exhibe rigor. Nos aproxima al objeto de interés y lo logra generando una sensualidad inusitada. Hace real esa atractiva nostalgia de arrabal para Teresa, que en otras obras subyace siempre como un fallido intento; captura ese arribismo de los equivocados, un recurso del que ha echado mano en toda su obra el escritor que ha muerto una noche de verano, apenas hace unos días.

Hablo de una novela de amor, escrita con energía, con furia y libertad, pero siempre cuidadosa con su forma. El acomodo tras cada capítulo es redondo aun cuando su final tiende más a expresar una fisura: el final lógico hacia el infeliz destino de los que se equivocan, una contradictoria resignación. La voz narrativa dicta la visión de una mirada cadenciosa, trasciende a la de una cámara que fotografía estampas. Sitúa. Nos lleva a añorar. Despierta los sentidos que acuden con nitidez a lo que se relata. Nos permite penetrar, un salto del marco al cuadro, estar cerca de Manolo con Maruja, la criada, con su piel morena y sus gestos deliciosamente impúdicos, la imagen misma de la vida. Debido un poco a las circunstancias urdidas por la historia, un tanto a que este es el conflicto, Maruja cae en desgracia. Su propio accidente provoca los encuentros de Teresa con Manolo que, dicho sea de paso, desde el inicio quedó herido por los ojos azules de Teresa. Lo coloca ante un torturado intento de dar alguna forma palpable a ciertos sueños, a ciertas promesas de la vida al filo de la que sabemos será su perdición. Vuela un poco más alto de lo que debe. Es Ícaro.

Las impresiones que genera no se detienen en el hecho de mirar ese escenario. El enfoque nos acerca a las acciones y se asemeja a aquella sensación de recorrer con las manos una superficie en la que las yemas de los dedos palpan, de tal manera que el mirón que sigue la trama, toca, si se permite la sinestesia, hasta aprender de memoria con los ojos cerrados, en palabras de Marsé.

La narración subraya estos acercamientos y nos hace abandonar el sitio del espectador. Toma por sorpresa a los sentidos que experimentan la simultaneidad de la imagen cercana a las de la cinematografía. Provoca un eclipse.

Entre las anécdotas que se cuentan sobre el germen de la novela hay una que me interesa. Después de una interpretación en la que se le acusaba de un ajuste de cuentas con la burguesía, Marsé se exasperó y objetó el estudio con una respuesta que parecería un chiste. Dijo, ―mira, nena, la historia que me inspiró es la siguiente: yo siempre me he querido follar a una chica rubia y de ojos azules. Pero como soy feo, no puedo. He creado este personaje para hacer más feliz mi mundo. Para hacer como que el feo folla con la guapa―. Algo de verdad hay en la broma, cierto tino hay en la revelación sardónica. Manolo es nuestro campanero, pero nuestra Esmeralda, inalcanzable, tiene otro contexto, a Teresa le gustaba hablar del amor, como si se tratara de un pariente muerto por el cual nunca había sentido demasiado afecto, se cuenta en la novela. El pijoaparte es el Frédéric de Flaubert y su objeto sigue siendo un imposible después de todo, es cierto, pero habitualmente renueva su eterno interés por alguna razón circunstancial, siempre da la impresión de que todavía se puede guardar la esperanza, como cuando se hace tiempo en algún café para ver si llega quien lo ha dejado a uno plantado.

Nuestra historia es la de los grandes arribistas del siglo XIX, la de los que se pierden. Esto es el pijoaparte. Una historia de todos los días en la que nos procuramos un vuelo con un destino catastrófico, el anuncio de un desastre. Esta es la explosión de la épica que en nuestros días ha construido Hollywood, pero con un final que apunta más hacia la resignación, a lo real y al desgaste de la realidad que a un nuevo comienzo.

Es cierto que he afirmado que la educación sentimental es uno de los temas de esta novela. Es la lección al desorden propiciado por el deseo, el fenómeno detonador de los raptos, de esa actitud donde el que persigue se construye frente a su objeto. La vida se conduce por eso, no por una vocación, sino por codicia.

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Pero Marsé es capaz de manejar las emociones sin ser sentimental. Ser emocionante sin ser cursi. Deja ver cómo los perdedores también tienen mucha golfería, entrampan a la realidad para acercarse a lo que quieren. Incluye en la belleza de la chica caderas anchas y mucho peligro, la seductora presencia del xarnego, que en los negros cabellos, mostraba, dice el autor, un esfuerzo secreto e inútil, una esperanza mil veces frustrada pero todavía intacta, uno de esos peinados laboriosos donde uno encuentra los elementos inconfundibles de la cotidiana lucha contra la miseria y el olvido, esa feroz coquetería de los grandes solitarios y de los ambiciosos superiores. Con esto, persiste en la búsqueda de algo nunca definido del todo pero que tiene que ver con alguna forma de belleza. El del autor catalán es un trabajo con mucha paciencia, que impone el ritmo de una novela, genera imágenes como fogonazos, sí, pero también las enumeraciones que engrosan y tensan esa historia de amor que se nutre de los cuidados elementos del edificio de las Últimas tardes con Teresa, una novela en lo dicho. Se sostiene porque la historia del perdedor siempre tiende a ser ese algo que se puede apropiar cualquiera. Pero sobre todo porque es de una prosa que engancha hasta la presencia del xarnego en aquella cantina donde Luis Trías y él evocan a Teresa, en ésta Manolo, el perdedor, puede imaginar que era ella la que no iba a olvidarlo.

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