Kelly Loeffler: la Donald Trump del básquetbol femenino

Por si no le alcanzara, como promesa de campaña, puso sobre la mesa una ley que obliga a les deportistas trans a solo poder participar en equipos correspondientes con el sexo con el que nacieron sin respetar el género autopercibido y elegido. La acusaron de ser más conservadora que Atila, el Huno. Ella respondió con un tweet diciendo que se sentía representada.

Ciudad de México, 7 de noviembre (MaremotoM).- No fue un exabrupto que le lanzó a un micrófono que pasaba. Kelly Loeffler, dueña del 49% de las acciones del Atlanta Dream de la liga femenina de básquet (WNBA), senadora republicana por Georgia, le escribió una carta al Comisionado: “Me opongo rotundamente al movimiento político Black Lives Matter, que ha abogado por la desfinanciación de la policía, ha pedido la expulsión de Jesús de las iglesias, promueve la interrupción de la estructura familiar, produce opiniones antisemitas y genera la destrucción del país”. Wow, wow, wow.

Ocurrió el 9 de julio, luego de que la Liga anunciara que la siguiente temporada estaría dedicada a la justicia social, con juegos que honraran el movimiento Black Lives Matter. El 25 de mayo, en Minnesota, la policía había asesinado al manifestante George Floyd. Con LeBron James como figura agitadora, deportistas de todo mundo se plantaban.

“No es un movimiento, es una forma de vida. Cuando te levantas y eres negro, sabiendo que por cada paso que cualquiera dé tú tienes que dar cinco más”, sintetizaba la figura de Los Lakers. Su mirada resonaba en el debut de la Bundesliga, cuando Jadon Sancho y Marcus Thuram festejaban sus goles con una remera con ese lema. Lionel Messi daba su apoyo en las redes sociales. La escalada de compromiso social llegaba a la Premier League, donde los jugadores y algunos entrenadores -incluido Marcelo Bielsa- se arrodillaban antes de los partidos, emulando el gesto de protesta del futbolista americano Colin Kaepernick. La NBA abrazaba de tal manera la causa que los Milwaukee Bucks no se presentaron a un encuentro contra los Magic tras enterarse sobre nuevas represiones raciales a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos. El propietario del club rebelde sorprendía: “Algunas cosas son más importantes que el baloncesto. La posición adoptada hoy por los jugadores y la organización demuestra que estamos hartos. Suficiente es suficiente. Queremos un cambio real”.

Kelly Loeffler
La final de la WNBA. Foto: Cortesía

Quienes siguen el deporte en Estados Unidos aseguran que la WNBA es la liga más comprometida socialmente de la alta competencia. Esta historia lo comprueba. Las jugadoras no sólo asumieron el lema principal sino que se apropiaron de una campaña más intensa: #SayHerName. La propuesta había surgido en 2015 desde la African American Policy Forum (AAPF). Su vocera, Kimberle Crenshaw, precisaba: “Aunque las mujeres negras son asesinadas, violadas y golpeadas sistemáticamente por la policía, sus experiencias raramente aparecen en la primera plana de los medios cuando se habla de la brutalidad policial. Sin embargo, la inclusión de estas experiencias en las redes sociales, las narrativas de los medios y las demandas políticas alrededor de la policía y su accionar, es fundamental para la lucha eficaz contra la violencia estatal racializada para las comunidades negras y otras comunidades de color”. Cinco años después, el compromiso latía como nunca en la arena de la pelota naranja.

A Loeffler la cosa no le gustó nada. Su carta impactó en las deportistas, que respondieron en la misma escala: pidieron a la WNBA que la expulsara como dirigente. Tomaron como ejemplo el caso de Donald Sterling. En 2014, luego de que su novia mexicana publicara en Instagram una foto con Magic Johnson, el millonario dueño de los Clippers le pidió que la bajara, puesto que no soportaba que se mostrara con “minorías”. La historia salió a la luz y, en los playoffs contra Golden State, sus hinchas se pusieron las camisetas al revés y mostraron brazaletes anti racistas. Adam Silver, comisionado de la NBA, decidió expulsarlo de su cargo. Una sanción sin precedentes: en 1996, se había intentado lo mismo con Marge Schott, propietaria de los Cincinnati Reds de la MLS, quien había lanzado comentarios pronazis y antiafroamericanos. Sólo se consiguió dos años de suspensión.

A Loeffler no le aplicaron ninguna sanción. Simplemente desecharon su pedido. No era tampoco este el primer capítulo de esta saga de peleas. Michele Van Grop, pivot de las Minnesota Lynx, en 2004, fue una de las primeras jugadoras que declaró públicamente ser homosexual. Diez años más tarde, Britnney Griner, dueña del récord en juveniles de 2000 puntos y 500 bloqueos, estrella de las Phoenix Mercury, abría una campaña de la WNBA para sumar nuevos públicos explicando: “Ser gay en un deporte no cambia la forma en la que lo juegas”. A la propietaria de las Atlanta Dreams tampoco le sensibilizó este escenario y promovió la ley de “religión libre”, una respuesta de las cúpulas clericales a otra legislación impulsada por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos para que todos los hospitales del país tuvieran herramientas anticonceptivas. Los movimientos LGTBI denunciaban que esa norma desembocaría en legalizar la discriminación homofóbica: “No se puede aceptar que haya lugares donde se prohíba el ingreso de homosexuales”. A eso, la senadora le sumó un proyecto de limitar las semanas en que sería posible abortar.

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Por si no le alcanzara, como promesa de campaña, puso sobre la mesa una ley que obliga a les deportistas trans a solo poder participar en equipos correspondientes con el sexo con el que nacieron sin respetar el género autopercibido y elegido. La acusaron de ser más conservadora que Atila, el Huno. Ella respondió con un tweet diciendo que se sentía representada.

“No reconozco a la persona que está hablando y las palabras que está usando y la postura que está tomando desde que fue nombrada senadora”, dijo Ashley Preisinger, ex directora ejecutiva de Atlanta Dreams. De niña, Loeffler -ahora tiene 49 años- jugaba al básquet en la zona rural de Illinois donde nació. Competía contra su hermano mayor para mejorar, lo que siempre la hizo sentir cerca de Michael Jordan, que tiene una historia similar. Tan fanática que usaba el dorsal 23. Era la más alta de su año, pero tenía un problema que le impidió desarrollarse como deportista profesional: sus piernas eran demasiado flacas y, cuando capturaba un rebote, lo perdía al chocar contra una rival. Se dedicó a estudiar y llegó a su cima profesional cuando la nombraron vocera de Intercontinental Exchange, una financiera de Nueva York. Allí se enamoró del CEO de la empresa, Jeff Sprecher. Juntaron tanto dinero que, al día de hoy, figura como una de las personas más millonarias del Senado de Estados Unidos. Parte de esa fortuna la unió con Mary Brock, esposa del ex presidente de Coca Cola, y compraron el equipo de básquetbol.

En su carrera como empresaria, no hay registros claros de su política partidaria. Hasta que Mitt Romney -candidato republicano en las elecciones de 2012- la convocó, ella repartía su tiempo entre sus negocios y una intensa participación en su club. En 2011 y en 2013, de hecho, las Atlanta Dream ganaron el campeonato del Este, bajo el mando del mítico Michael Coopers, sexto hombre de los Lakers que obtuvieron cinco anillos en 1980, 1982, 1985, 1987 y 1988. Pero el partido y la idea de volverse senadora empezaron a picarle el boleto. Su apoyo a la candidatura de Donald Trump en 2016 fue implacable. Para su campaña, realizó unas producciones de fotos con un fusil en la mano. Se presentó públicamente como pro-segunda Enmienda (el derecho a portar armas), pro-Trump, pro-militares y pro-muro que los separara de México. Sus jugadoras no podían entender qué era lo que realmente le pasaba.

El tiro, sin embargo, le salió por la culata. El 4 de agosto, en medio de la campaña que renovaría su banca como senadora republicana en Georgia, su equipo la traicionó. Sus integrantes salieron a la cancha con camisetas que pedían: “Vote Warnock”. Fue un apoyo directo al pastor progresista del Partido Demócrata que desafiaba el puesto de Loeffler. Mientras en la arena grande se sacaban chispas Joe Biden y Donald Trump, la propietaria obtuvo el 26% y salió segunda. Sin embargo, el primero apenas le sacó 6 puntos de diferencia. Esa distancia no alcanza para definir quién se quedará con la banca. Como en el básquetbol, habrá tiempo extra y la cita del ballotage sería el 3 de enero. Está claro: las Atlanta Dream no acompañarán a su dueña.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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