Antonio Ortuño

La Armada Invencible: el ojo eléctrico en la panza de la bestia

No entro en detalles sobre la trama de La Armada Invencible, de la cual ya hemos escuchado en las sabias palabras de Verónica López García y Luis Muñoz Oliveira y en las numerosas entrevistas que ha concedido el autor, pero sí quiero decir que, por lo menos para mí, es la novela más divertida de Antonio y que al leerla, ya numerosas veces, me ha transportado a distintas épocas y espacios no sólo de nuestra roquera juventud —con sus interminables aventuras—, sino de nuestra muy presente adultez.

Ciudad de México, 17 de septiembre (MaremotoM).- En algún momento de tu vida escuchas rock y enloqueces. Algo se mete en tu cabeza y no puedes dejar de pensar en ello. Al poco tiempo habrás conseguido una bocina, unos audífonos o un reproductor que te permita oír cuanto quieras ese conjunto de notas engarzadas en melodías y ritmos, en cualquier formato que hayas conocido o estés por conocer, para dejar de ser un extraño en este universo antes incomprensible. Puede ser en tu tierna infancia, frente a un televisor donde los KISS dan un espectáculo explosivo y sorprendente; puede ser en tu adolescencia, mientras en la limpieza sabatina tu carnal pone un disco de Motörhead; o más tarde, cuando al término de esta presentación consultes la lista de reproducción que da cuenta de los sonidos alojados en La Armada Invencible (Seix Barral, 2022) de Antonio Ortuño y digas:

¡Ay, cabrón! ¡Qué chingados acabo de escuchar!

Comienzas a coleccionar discos y datos —muchos datos— sobre tus rolas y bandas favoritas. Tu mundo es ahora un lugar diferente. Es, por fin, tu mundo, y cuando los riffs de la guitarra, los contundentes golpes de la batería y el envolvente ritmo de un bajo llenan tu mente sabes que, efectivamente, estás en casa.

El metal entra con todo a tu vida —tu mente revuelta por paraísos o tierras distópicas, bestias infernales y diosas cibernéticas—, y una de dos: te vuelves músico o melómano, frentes reversibles e intercambiables en este camino de pasiones y demasiados extremismos. Y aprendes a detectar, y a procurar, a otras locas y locos como tú, que se entienden sin hablar mientras contemplan auditivamente eso que los hace felices, mientras brindan en la nueva comprensión del universo, aderezada con gritos feroces y guitarras estridentes. A la menor provocación, escaparás de la escuela o del trabajo para refugiarte en la panza de la bestia y oír música —y beber y reír y cantar y contar historias de heroísmo con tu familia musical.

Antonio Ortuño
Presentación de La armada invencible en Guadalajara. Foto: Cortesía Valeria Dimanche

Antonio Ortuño no eligió ni el camino casi monástico de la extrema melomanía ni la ejecución musical: prefirió convertirse en escritor; aunque más tarde, como todos sabemos, se transformó en uno de esos bateristas que pueden poner a cantar hasta un bote de basura.

Quizás como Robert Johnson pactó con el diablo —probablemente en el cruce de la calzada Independencia y Revolución, en Guadalajara— y por eso cada uno de sus libros es tan encabronadamente bueno. He tenido la dicha de leerlos todos y cada uno supera al anterior, plantea retos distintos y te envuelve en mundos detallados y con problemáticas muy particulares, pero siempre está ahí el sentido del humor, que Antonio ha refinado con cada página escrita y que a mi parecer es la mejor manifestación de su inteligencia.

Si superponemos los espacios geográficos y lingüísticos que Antonio ha creado en sus cuentos y novelas, incluido los libros infantiles y juveniles, yo no tengo reparos en decir que me gustaría vivir en el Ortuñoverso, particularmente en La Armada Invencible, que es ya una de mis novelas favoritas de todos los tiempos.

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La Armada, este novelón de Antonio Ortuño, es un gozo de principio a fin. No sólo da cuenta del metal con erudición y gracia, sino que termina por ser una historia sobre la amistad y la relación de las personas con la música, con el pretexto de un género que, reitero, suele arrastrarte a la locura.

Esta es la historia del Barry Dávila y su sueño por revivir la banda metalera de su juventud; es la historia del Yulian y de toda una galaxia de personajes cuyas voces nos llevan a un lugar privilegiado, ese que únicamente han observado las y los marginados que gustan del rayo y del trueno. Y como todas las canciones que nos gustan hablan de lo mismo, La Armada Invencible es también, como otras obras de Antonio, una apología de la vagancia y un alegato contra el trabajo.

“Nosotros no cantábamos rolas de romance, sino mamadas sobre guerras nucleares, policía golpeadora, megaempresas contaminantes, historias de terror. Parecíamos un puto periódico de denuncia”, se dice en la novela, y es casi imposible no sonreír, porque, cito nuevamente: “Si el rock no ofendes no es nada. El rock es un arte marcial, puta madre. No musiquita”.

No entro en detalles sobre la trama de La Armada Invencible, de la cual ya hemos escuchado en las sabias palabras de Verónica López García y Luis Muñoz Oliveira, y en las numerosas entrevistas que ha concedido el autor, pero sí quiero decir que, por lo menos para mí, es la novela más divertida de Antonio y que al leerla, ya numerosas veces, me ha transportado a distintas épocas y espacios no sólo de nuestra roquera juventud —con sus interminables aventuras—, sino de nuestra muy presente adultez.

“Los cuentos, hermanas y hermanos míos, tienen mil comienzos y pocos de ellos alcanzan un final. Pero vale la pena seguir atentos a todos mientras la música nos taladre el oído”, se lee en La Armada, en una suerte de manifiesto o declaración de principios, y no podría estar más de acuerdo con él, porque cada historia, hasta la más mínima o marginal, adquiere una fuerza atronadora y eléctrica en las manos de Antonio, enorme escritor y compañero irrompible de aventuras.

Entonces, un buen día de tu vida lees a Antonio Ortuño, cualquiera de sus libros, y enloqueces.  Puedes ser en tu juventud, cuando alguna amiga o amigo te pase un libro suyo por debajo de la mesa —digamos Ánima o El Matarratas—, o más tarde esta noche, cuando al término de la presentación le hinques el ojo por primera vez a La Armada Invencible y te descubras pronto en la última página diciendo:

¡Ay, cabrón! ¡Qué chingados acabo de leer!

¿Mi recomendación? Lean todos los libros de Antonio Ortuño, así se apacigua la locura, y compren La Armada Invencible, que la exacerba. No se van a arrepentir. Muchas gracias.

Texto leído durante la presentación de La Armada Invencible  en Guadalajara, el 15 de septiembre de 2022.

 

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