Kamala Harris

La autobiografía de Kamala Harris, el 31 de marzo en librerías

Grupo Planeta publicará la obra en español de forma simultánea en 17 países, incluyendo Estados Unidos. La autobiografía oficial de la primera mujer, primera afroamericana y primera persona de origen asiático, elegida vicepresidenta de Estados Unidos.

Ciudad de México, 24 de marzo (MaremotoM).- “Estoy hablando”. Con esa contundente frase dicha en medio de un debate electoral se daba a conocer la que más tarde acabaría siendo la primera mujer vicepresidenta de Estados Unidos. La primera mujer y la primera afroamericana. Una frase que resume como ninguna otra lo que ella es y, más importante aún, lo que representa su elección.

En estas memorias, Kamala recorre una trayectoria personal que desde sus orígenes está impregnada de la lucha constante por la justicia social y la defensa de los más vulnerables; la de los niños víctima de abusos en su etapa como fiscal, la del matrimonio gay durante su cargo como Fiscal general de California, o la de las familias desahuciadas durante la crisis hipotecaria.

Kamala Harris, criada por su madre india en una comunidad afroamericana muy vinculada a los derechos civiles, reflexiona en este libro sobre la importancia de alzar la voz contra los prejuicios y sobre los personajes, públicos y privados, que la han inspirado.

Un libro emocionante y escrito con honestidad, cuya lectura no solo ilumina la vida de una mujer que ha hecho historia a cada paso de su carrera, sino que además nos permite evaluar los importantes cambios políticos y sociales vividos en las últimas cinco décadas y los desafíos que nos aguardan.

Kamala Harris
Sale el 31 de marzo. Foto: Cortesía

Licenciada en Derecho por la Universidad de California, Kamala D. Harris es la primera mujer  afroamericana, que ha sido elegida vicepresidenta. Líder histórica en materia de seguridad pública y derechos civiles, hasta hace poco era senadora de los Estados Unidos por California. Comenzó su carrera en la Oficina del Fiscal de Distrito del Condado de Alameda y luego fue elegida Fiscal de Distrito de San Francisco.

Como Fiscal General de California, procesó a las bandas transnacionales, los grandes bancos, las petroleras, las universidades con ánimo de lucro y luchó contra los ataques a la Ley de Atención Asequible. Harris también luchó por reducir el ausentismo escolar en la escuela primaria y fue pionera en la iniciativa de open data de EEUU, para dejar al descubierto las disparidades raciales en el sistema de justicia penal e implementó la capacitación sobre prejuicios implícitos para los oficiales de policía.

En sus políticas, Harris ha trabajado para reformar el sistema de justicia penal estadounidense, aumentar el salario mínimo, hacer que la enseñanza superior sea gratuita para la mayoría de los estadounidenses y proteger los derechos legales de los refugiados e inmigrantes.

Fragmentos de Nuestra Verdad, de Kamala Harris, con autorización de Planeta

Prólogo

“Casi todas las mañanas, mi marido, Doug, se despierta antes que yo y lee las noticias en la cama. Según el tipo de ruido que haga —un suspiro, un quejido, un grito ahogado—, sé cómo va a ser el día.

El 8 de noviembre de 2016 había empezado bien: era el último día de mi campaña para el Senado de Estados Unidos. Pasé la jornada reuniéndome con el mayor número de votantes posible y, por supuesto, voté en un colegio del barrio en la calle donde vivíamos. La sensación era buena. Habíamos alquilado un lugar inmenso para la fiesta de la noche electoral, con muchos globos. Pero antes salí a cenar con mi familia y mis allegados, una tradición que se remonta a mi primera campaña. Vino gente de todo el país, incluso desde fuera de él, para estar con nosotros: mis tías y primos, mi familia política, la de mi hermana y muchos más, todos reunidos para lo que esperábamos que fuera una noche muy especial.

Poco después, Associated Press anunció mi victoria. Aún estábamos en el restaurante.

—No sé cómo agradeceros a todos que estéis a mi lado en todo momento, siempre —les dije a mis queridos familiares y amigos, que me apoyan de forma increíble—. Significa mucho para mí.

Estaba rebosante de gratitud, tanto hacia las personas que se encontraban en esa sala como a las que había perdido en el camino, sobre todo a mi madre. […]

Después de la cena, fuimos al lugar de reunión de la noche electoral, donde se había congregado más de un millar de personas para la fiesta. Ya no era candidata. Era senadora electa de Estados Unidos, la primera mujer negra de mi estado y la segunda en la historia del país en conseguir ese puesto. Me habían elegido para representar a más de treinta y nueve millones de personas, más o menos uno de cada ocho estadounidenses de todos los orígenes y clases sociales. Era, y es, un gran honor y una lección de humildad.

«Dije a la multitud que teníamos una tarea por delante. Les dije que había mucho en juego. Teníamos que comprometernos a unir juntos nuestro país, a hacer lo necesario para proteger nuestros valores e ideales fundamentales. Al plantear esta pregunta, pensé en Alexander [su sobrino] y en todos los niños:

—¿Nos retiramos o luchamos? Yo digo que luchemos. ¡Y tengo intención de hacerlo!

Volví a casa con mis familiares, muchos de los cuales se quedaban con nosotros. Fuimos a nuestras habitaciones, nos pusimos ropa cómoda y nos reunimos en la sala de estar. Algunos nos sentamos en el sofá. Otros en el suelo. Todos nos plantamos delante del televisor.

Nadie sabía muy bien qué decir o hacer. Cada uno de nosotros intentaba sobrellevarlo a su manera. Me senté con Doug en el sofá y nos comimos entera una bolsa de Doritos de tamaño familiar. No le dimos ni uno a nadie.

Yo sabía una cosa: había terminado una campaña, pero iba a empezar otra. Una campaña que nos pedía que nos alistáramos. En esta ocasión, la batalla era por el alma de nuestra nación.

En los años sucesivos, hemos visto una Administración que se entiende con supremacistas blancos dentro de nuestras fronteras y queda bien con dictadores fuera de ellas; que arrebata a niños pequeños de los brazos de sus madres en una esperpéntica violación de los derechos humanos; que reduce drásticamente la presión fiscal sobre las empresas y los millonarios mientras ignora a la clase media; que desbarata nuestra lucha contra el cambio climático; que sabotea la sanidad y pone en peligro el derecho de las mujeres a controlar su propio cuerpo; todo ello mientras parece atacar a todo y a todos, incluida la idea misma de la libertad e independencia de la prensa.

Somos mejores que eso. Los estadounidenses sabemos que lo somos. Pero vamos a tener que demostrarlo. Vamos a tener que luchar por ello.

Debemos decir la verdad acerca de las cárceles masificadas: que metemos en prisión a más personas que ningún otro país del mundo, sin motivo. Debemos decir la verdad acerca de la brutalidad policial, de los prejuicios raciales, del asesinato de hombres negros desarmados. Debemos decir la verdad acerca de las empresas farmacéuticas, que introdujeron el consumo de opiáceos adictivos en muchas comunidades, abusando de su confianza; y de los préstamos de salario y las universidades con afán de lucro que han exprimido a estadounidenses vulnerables y los han cargado de deudas. Debemos decir la verdad acerca de la avaricia de las empresas depredadoras que han convertido la liberalización, la especulación económica y el negacionismo del cambio climático en su credo. Y eso es precisamente lo que pienso hacer.

Este libro no pretende ser una plataforma política y mucho menos un programa de cincuenta puntos. Se trata más bien de una recopilación de ideas, opiniones e historias de mi vida y de la de muchas personas que he conocido a lo largo del camino.

Solo dos cosas más antes de empezar: en primer lugar, mi nombre se pronuncia “comma-la” y significa “flor de loto”, un símbolo importante en la cultura india. El loto crece bajo el agua; su flor asoma en la superficie, pero sus raíces están bien firmes en el lecho del río.

Y, en segundo, quiero que sepas que este libro es muy personal. Esta es la historia de mi familia. Es la historia de mi infancia. Es la historia de la vida que he creado desde entonces. Conocerás a mi familia y a mis amigos, a mis compañeros y mi equipo. Espero que, a través de mi narración, los aprecies tanto como yo, pues jamás habría podido llegar donde he llegado yo sola.

POR EL PUEBLO

Aún recuerdo la primera vez que entré, como empleada, en el Tribunal Superior del condado de Alameda, en Oakland, California. Fue en 1988, durante mi último verano en la Facultad de Derecho, cuando a mí y a otras nueve personas nos ofrecieron una beca de formación durante el verano en la fiscalía de distrito. Algo me decía que quería ser fiscal, que quería estar en la primera línea de la reforma de la justicia penal, que quería proteger a los vulnerables. Pero al no haber visto nunca el trabajo de cerca, no me había decidido.»

«Nunca olvidaré la vez que a mi supervisor le tocó trabajar en un caso relacionado con una redada antidroga. La policía había detenido a varias personas durante la operación, incluida una transeúnte inocente que pasaba por allí: una mujer que había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado y se había visto envuelta en el dispositivo. […]»

«Fui a toda prisa a ver al secretario del juzgado y le pedí que se le tomara declaración ese mismo día. Se lo rogué. Se lo supliqué. […].»

«Fue un momento decisivo en mi vida. Fue la materialización de que, incluso en los márgenes del sistema de justicia penal, hay mucho en juego, sobre todo a nivel humano. Entendí que, incluso con las limitadas atribuciones de un becario, las personas que se preocupan pueden hacer justicia. Fue revelador, un momento que demostraba lo importante que era contar con personas compasivas trabajando como fiscales. Años antes de ser elegida para dirigir una importante fiscalía, esta fue una de mis victorias más notables. Sabía que ella se había ido a casa.

Y supe el tipo de trabajo que quería hacer y a quién quería servir.

Mi padre, Donald Harris, nació en Jamaica en 1938. Fue un estudiante brillante que emigró a Estados Unidos después de que lo admitieran en la Universidad de California en Berkeley. Fue allí a estudiar Económicas y llegó a dar clases de Economía en Stanford, donde sigue siendo profesor emérito.

La vida de mi madre comenzó miles de kilómetros al este, en el sur de la India. Shyamala Gopalan era la mayor de cuatro hermanos: tres niñas y un niño. Al igual que mi padre, fue una estudiante con talento, y cuando mostró pasión por la ciencia, sus padres la animaron y la apoyaron.

Se graduó en la Universidad de Delhi a los diecinueve años. Y no se quedó ahí. Presentó una solicitud para un programa de posgrado en Berkeley, una universidad que jamás había visto y en un país que nunca había visitado. Me cuesta imaginar lo difícil que debió de ser para sus padres dejarla marchar. […]

Mi madre tenía previsto regresar a la India cuando terminara sus estudios. El matrimonio de sus padres había sido concertado y se daba por sentado que mi madre seguiría un camino similar. Pero el destino tenía otros planes. Ella y mi padre se conocieron y se enamoraron en Berkeley mientras participaban en el movimiento por los derechos civiles. Su matrimonio, y su decisión de quedarse en Estados Unidos, fueron los mayores actos de autodeterminación y amor.

Mis padres tuvieron dos hijas. Mi madre obtuvo su doctorado a los veinticinco, el mismo año de mi nacimiento. Mi querida hermana, Maya, llegó dos años después. Siguiendo la tradición familiar, en ambos embarazos mi madre siguió trabajando hasta el momento del parto: una vez, rompió aguas mientras estaba en el laboratorio, y la otra, mientras preparaba un strudel de manzana. (En ambos casos, conociendo a mi madre, debió de insistir en acabar antes de ir al hospital.)

La música llenaba nuestro hogar. A mi madre le apasionaba poner discos de góspel y cantar sobre ellos, desde los primeros trabajos de Aretha Franklin hasta los Edwin Hawkins Singers. Ganó un premio en la India como cantante y a mí me fascinaba oír su voz. A mi padre le gustaba tanto la música como a mi madre. Tenía una gran colección de jazz, un montón de álbumes que llenaban todas las estanterías de las paredes. Todas las noches me quedaba dormida al ritmo de Thelonious Monk, John Coltrane o Miles Davis.

Pero la armonía entre mis padres no duró. Con el tiempo, las cosas se pusieron feas. Dejaron de ser amables el uno con el otro. Yo sabía que se querían mucho, pero daba la impresión de que se habían vuelto aceite y agua. Cuando tenía cinco años, el lazo que los unía se rompió bajo el peso de la incompatibilidad. Se separaron poco después de que mi padre aceptara un trabajo en la Universidad de Wisconsin y, unos años después, se divorciaron. No se pelearon por el dinero. Solo lo hicieron por quién se quedaba con los libros.

Mi padre siguió formando parte de nuestras vidas. Lo veíamos los fines de semana y pasábamos los veranos con él en Palo Alto. Pero fue mi madre quien realmente nos crio. Fue la principal responsable de que nos convirtiéramos en las mujeres que somos.

Y era extraordinaria. Mi madre medía poco más de metro y medio, pero para mí era como si midiera un metro noventa. Era inteligente y fuerte, temible y protectora. Era generosa, fiel y divertida. Solo tenía dos objetivos en la vida: criar a sus dos hijas y acabar con el cáncer de mama. Era exigente y tenía depositadas muchas esperanzas en nosotras mientras nos criaba. En todo momento hizo que Maya y yo nos sintiéramos especiales, que supiéramos que podíamos hacer lo que quisiéramos si nos esforzábamos.

[…] Mi abuelo P. V. Gopalan había formado parte del movimiento a favor de la independencia de la India. Con el tiempo, como alto diplomático del Gobierno de la India, él y mi abuela vivieron un tiempo en Zambia tras su independencia y ayudaron a establecerse a los refugiados. […] Mi madre aprendió de ellos que lo que le daba sentido a la vida era servir a los demás. Y de mi madre, Maya y yo aprendimos lo mismo.

Mi madre tenía muy claro que estaba criando a dos hijas negras. Sabía que su patria adoptiva nos vería a Maya y a mí como niñas negras, y estaba decidida a garantizar que nos convirtiéramos en mujeres negras seguras y orgullosas.

Me gustaba estar allí. Pero antes de entrar en el instituto, tuvimos que marcharnos. A mi madre le ofrecieron una oportunidad única en Montreal: dar clases en la Universidad McGill e investigar en el Hospital General Judío. Fue un gran paso en la evolución de su carrera.

Siempre había oído historias sobre lo maravillosa que era la Universidad Howard, en especial por parte de la tía Chris, que había ido allí. Howard es una institución con un legado extraordinario, que ha perdurado y prosperado desde su fundación, dos años después del final de la guerra de Secesión. Perduró cuando las puertas de la enseñanza universitaria estaban en gran parte cerradas para los estudiantes negros. Perduró cuando la segregación y la discriminación eran ley en el país. Perduró cuando pocos reconocían el potencial y la capacidad de los jóvenes negros, hombres y mujeres, para ser líderes. Generaciones de estudiantes han crecido y se han formado en Howard, donde les han proporcionado la confianza para aspirar a lo más alto y los instrumentos para alcanzar la cima. Yo quería ser uno de ellos y, en otoño de 1982, me trasladé a Eton Towers, mi primer colegio mayor.

Durante el verano de mi segundo año de universidad, conseguí una beca de formación con el senador Alan Cranston de California. ¿Quién podría haber imaginado que treinta años después yo sería elegida para el mismo escaño en el Senado?

Después de Howard, volví a casa a Oakland y me matriculé en la Facultad de Derecho Hastings de la Universidad de California. Fui elegida presidenta de la Asociación de Estudiantes de Derecho Negros durante mi segundo año en la Facultad de Derecho. […]

Estados Unidos cuenta con una historia extensa y oscura de personas que han usado el poder de la fiscalía como un instrumento de injusticia. […]

Sabía muy bien que la igualdad ante la justicia era una aspiración. Sabía que la fuerza de la ley se aplicaba de forma desigual, a veces intencionadamente. Pero también sabía que los fallos del sistema no tenían por qué ser inmutables. Y quería formar parte de ese cambio.

Uno de los dichos favoritos de mi madre era: “No dejes que nadie te diga quién eres. Díselo tú”. Y eso hice. Sabía que una parte del cambio provendría de lo que había visto toda mi vida: adultos gritando y manifestándose, exigiendo justicia desde fuera. Pero también sabía que había una misión importante que hacer desde dentro, sentada a la mesa donde se tomaban las decisiones. Cuando los activistas vinieran y aporrearan las puertas, yo quería estar en el otro lado para dejarlos entrar.

[…] Me sentía honrada y era consciente de la inmensa responsabilidad que tenía: el deber de proteger a quienes formaban parte de los más vulnerables y los miembros sin voz de nuestra sociedad. Cuando me llegó el turno, me levanté de la silla en la mesa del fiscal, di un paso adelante hacia el estrado y dije las palabras que pronuncian todos los fiscales:

—Kamala Harris, por el pueblo.

”Por el pueblo” fue mi brújula, y no había nada que me tomara más en serio que el poder que entonces poseía. Como fiscal, tenía la potestad de decidir si presentar cargos contra alguien y, en tal caso, cuáles y cuántos. […]

En la sala de audiencias me sentía como en casa. Comprendía su ritmo. Me sentía cómoda con su idiosincrasia. Al final, pasé a una unidad encargada de procesar delitos sexuales, de meter entre rejas a violadores y pederastas. Era una labor difícil, dolorosa y sumamente importante. Conocí a muchas niñas, y a veces niños, que habían sufrido abuso y maltrato y habían sido abandonados, muy a menudo por personas con las que mantenían relaciones de confianza.

Quienes han sufrido violencia sexual padecen también mucho dolor y angustia. Ser capaz de contener esos traumas emocionales para declarar ante un juez exige un valor y una fortaleza extraordinarios, sobre todo cuando el maltratador también está presente en la sala de audiencias, cuando ese maltratador es un miembro de la familia o un amigo, y a sabiendas de que el abogado defensor hará un contrainterrogatorio cuyo objetivo consiste en convencer al jurado de que no estás diciendo la verdad. Nunca he culpado a quienes no pudieron hacerlo.

A menudo, como sucedía en los casos de los niños más pequeños, obtener una condena dependía tanto de la capacidad del superviviente para testificar, como de su voluntad de hacerlo. Esos eran los casos que más me obsesionaban. Nunca olvidaré a una niña de seis años, callada, que sufría abusos por parte de su hermano de dieciséis. […] Recuerdo que salí de la sala y fui al baño, donde me derrumbé y me eché a llorar. No iba a tener pruebas suficientes para imputar a su hermano. Sin su testimonio, nunca podría probar las alegaciones más allá de una duda razonable. A pesar de toda mi potestad procesal, creo que nunca me he sentido tan impotente.

Pasé dos años en la fiscalía municipal. Empecé cofundando un equipo de trabajo para estudiar todo lo relacionado con las víctimas jóvenes de explotación sexual. Reunimos a un grupo de expertos, supervivientes y miembros de la comunidad para ayudarnos a orientar el trabajo: una serie de recomendaciones que presentaríamos a la Junta de Supervisores de San Francisco.

El trabajo era importante, gratificante, y era una prueba de que podía llevar a cabo una labor política seria sin ser legisladora. También potenciaba mi confianza en que, al ver los problemas, podía ser quien ayudara a encontrar soluciones. Todas las veces que mi madre me había presionado —“Bueno, ¿qué has hecho?”— cobraron mucho más sentido de repente. Me di cuenta de que no tenía que esperar a que alguien tomara la iniciativa; podía hacer cosas yo sola.

Creo que en cuanto lo entendí fue cuando puse la mira en un cargo electivo. De todos los problemas que habían pasado por delante de mí, pocos corría tanta prisa arreglarlos como la fiscalía de distrito. […]

CAMPANAS DE BODA

Durante la semana del Día de San Valentín en 2004, el entonces alcalde de San Francisco, Gavin Newsom, decidió autorizar los matrimonios de parejas del mismo sexo prescindiendo de cualquier otra consideración.

Presté juramento enseguida, junto con varios funcionarios municipales. Estuvimos juntos celebrando matrimonios en el vestíbulo, en un Ayuntamiento completamente abarrotado. La emoción iba en aumento a medida que dábamos la bienvenida, de una en una, a un sinfín de parejas enamoradas, para contraer matrimonio en ese momento y lugar. Nunca antes había participado en nada parecido. Y fue precioso. Pero muy poco después, los matrimonios fueron invalidados. Las otrora felices y esperanzadas parejas recibieron cartas en las que les decían que sus licencias de matrimonio no serían reconocidas por la ley. Fue, para todas y cada una de ellas, un revés devastador.

La resolución [a la Proposición 8, una enmienda a la Constitución de California que privaba del derecho a casarse a las parejas del mismo sexo] llegó en mitad de mi carrera hacia la fiscalía general y enseguida se convirtió en un tema central en la campaña. […].

Pero la mañana del 26 de junio de 2013, recibimos una noticia fantástica. El Tribunal Supremo acordó que los autores de la Proposición 8 no tenían capacidad para recurrir y desestimó el caso por cinco a cuatro. Eso implicaba que la resolución del juzgado de primera instancia seguiría vigente. Lo que implicaba que el matrimonio igualitario volvía a ser ley en California; por fin.

Cuando empecé como fiscal general, le dije a mi equipo ejecutivo que quería que el absentismo escolar en primaria fuera una prioridad absoluta de mi oficina. Quienes no me conocían debieron de pensar que hablaba en broma. ¿Por qué la máxima responsable de hacer cumplir la ley en el estado quería centrarse en si los niños de siete años van o no al colegio? Pero quienes ya me conocían sabían que no me andaba con tonterías. De hecho, instituir un plan a nivel estatal sobre el absentismo escolar era uno de los motivos que me había impulsado a presentarme a las elecciones para el cargo.

Su historia de amor con Doug Emhoff

Seis meses antes, yo tampoco sabía quién era ese tal Doug. Solo sabía que mi mejor amiga, Chrisette, no paraba de llamarme por teléfono. Estaba en medio de una reunión y mi teléfono no dejaba de sonar. Ignoré sus llamadas las primeras veces, pero luego empecé a preocuparme. Sus hijos son mis ahijados. ¿Había ocurrido algo? Salí y la llamé.

—¿Qué pasa? ¿Va todo bien?

—Sí, todo estupendamente. Vas a tener una cita —dijo.

—¿Yo? —Sí, tú —contestó con absoluta certeza—. Acabo de conocer a un tipo. Es guapo, es socio administrador de su bufete de abogados y creo que te va a gustar. Vive en Los Ángeles, pero da igual, porque tú siempre estás aquí por trabajo.

Chrisette es como una hermana para mí y sabía que era inútil discutir con ella.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Se llama Doug Emhoff, pero prométeme que no lo buscarás en Google. No le des más vueltas. Limítate a conocerlo. Ya le he dado tu número. Te va a llamar.

[…] Como mujer soltera, profesional y de más de cuarenta y como personaje público, salir con alguien no era fácil. Sabía que si llevaba a un hombre conmigo a un acto, la gente enseguida empezaría a especular sobre nuestra relación. También sabía que, en política, las mujeres solteras proyectan una imagen distinta a la de los hombres solteros. No tenemos la misma libertad en cuanto a nuestra vida social. No tenía ningún interés en atraer ese tipo de atención a menos que estuviera casi segura de que había encontrado a “mi media naranja”, lo que hizo que durante años mantuviera mi vida privada separada de mi carrera.

Unas noches después, iba camino de un acto cuando recibí un mensaje de texto de un número que no reconocí. Doug estaba viendo un partido de baloncesto con un amigo y tuvo el valor de enviarme un mensaje extraño. “¡Hola! Soy Doug. Solo quería saludarte. Estoy en el partido de los Lakers.” Le respondí con un «hola» y quedamos en hablar al día siguiente. Después, yo también le mandé un mensaje extraño —“¡Aúpa, Lakers!”—, pese a que soy fan de los Warriors.

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La mañana después de nuestra primera cita, Doug me mandó un correo electrónico con su disponibilidad para los dos meses siguientes. “Soy demasiado mayor para andarme con tonterías o jugar al escondite —ponía en su correo—. Me gustas mucho, y quiero ver si podemos hacer que esto funcione! De hecho, estaba impaciente por verme ese sábado, pero yo tenía un fin de semana de chicas planeado desde hacía mucho tiempo.

Doug había estado casado antes y tenía dos hijos, Cole y Ella, llamados así por John Coltrane y Ella Fitzgerald. Cuando Doug y yo empezamos a salir, Ella estaba acabando primaria y Cole estaba en el instituto; Doug tenía la custodia compartida con su primera mujer, Kerstin. Sentía —y siento— una gran admiración y respeto por Kerstin. Sabía por el modo en que Doug hablaba de sus hijos que era una madre increíble y, meses después, cuando Kerstin y yo nos conocimos, congeniamos de verdad y nos hicimos amigas. (A veces bromeamos con que nuestra familia moderna es casi demasiado funcional.)

Era ridículo, por supuesto, pero era uno de esos momentos en los que los malabarismos pueden contigo, unos malabarismos que muchas mujeres trabajadoras, y algunos hombres, conocen muy bien. Al igual que mi madre, tengo interiorizada la idea de que todo lo que hago debo hacerlo al cien por cien, pero a veces los números no cuadran. No es suficiente. Ese era uno de esos momentos. La cabeza me iba a mil después del viaje a México, y había otras mil cosas más si pensaba en el trabajo que se acumularía durante mi ausencia. Mientras tanto, estaba intentando cambiar el chip para irme de escapada con mi pareja, pero la lista de las cosas que tenía que llevar y las que tenía que hacer se lo estaba poniendo difícil a mi cerebro. Estaba machacándome por tratar de hacer demasiado, a pesar de que me preocupaba no estar haciendo lo suficiente, y todo ese estrés se materializó en la búsqueda de mis pantalones negros.

—¿Te importa si pedimos algo para cenar en lugar de salir? —le pregunté—. No me he organizado muy bien y necesito tiempo para preparar la maleta.

—Claro —dijo—. ¿Qué te parece el tailandés que nos gusta?

—Genial —respondí. Rebusqué en un cajón de la cocina y di con un menú de papel hecho trizas—. ¿Qué tal un pad thai?

Doug se volvió hacia mí.

—Quiero pasar mi vida contigo. Fue muy bonito, pero él siempre era igual de tierno. A decir verdad, no capté en absoluto el significado de lo que había dicho. Ni siquiera alcé la vista. Mi cabeza seguía puesta en los pantalones negros.

—Qué bonito, cariño —dije rozándole el brazo mientras miraba el menú—. ¿Quieres pollo o gambas con el pad thai?

—No, quiero pasar mi vida contigo —repitió.

Cuando levanté la vista, se estaba arrodillando. Había urdido un plan detallado para proponerme matrimonio delante del Ponte Vecchio de Florencia. Pero en cuanto tuvo el anillo, no pudo aguantar más. Era incapaz de mantener el secreto.

Lo miré allí, arrodillado, y me eché a llorar. Eso sí, no fueron lágrimas elegantes hollywoodenses cayendo por una mejilla resplandeciente. No, me refiero a sollozos e hipidos, con el rímel corriéndome por la cara. Doug me cogió la mano, contuve la respiración y le devolví la sonrisa. Entonces me pidió que me casara con él, y grité un “¡Sí!” entre lágrimas.

Doug y yo nos casamos el viernes 22 de agosto de 2014 en una ceremonia íntima con nuestros seres queridos. Maya la ofició; Meena leyó a Maya Angelou. Según nuestros orígenes indio y judío, puse una guirnalda de flores en el cuello de Doug y él pisó un vaso de cristal. Y luego ya está.»

«Cole, Ella y yo coincidimos en que no nos gustaba el término madrastra. En su lugar, me llaman su “Momala”.

YO DIGO QUE LUCHEMOS

[…] ¿Me presentaba para sustituir a la senadora Boxer? Sería una oportunidad de abordar las cuestiones que estábamos impulsando desde la fiscalía general de California y llevarlas a nivel nacional. Convertirme en senadora de Estados Unidos era una continuación natural del trabajo que ya hacía: luchar por las familias que padecían la lacra de unos salarios estancados, unos costes de la vivienda abusivos y una reducción de sus oportunidades; por las personas encarceladas en un sistema de justicia penal que no funciona; por los estudiantes estrangulados por los préstamos abusivos y agobiados por unas matrículas cuyo precio no deja de aumentar; por las víctimas de fraudes y delitos económicos; por las comunidades de inmigrantes, por las mujeres, por los mayores. Sabía que era importante que su voz fuera representada en la mesa de negociaciones a la hora de definir las prioridades y las políticas nacionales.

Anuncié mi candidatura el 13 de enero de 2015. También lo acabaron haciendo 33 personas más. […]

Los dos años de campaña pasaron tan deprisa como despacio. Pero pese a que yo estaba centrada en mi estado, en mi campaña y en el trabajo que tenía por delante, algo feo y alarmante estaba envenenando las elecciones presidenciales. Las primarias republicanas se estaban convirtiendo en una carrera hacia el abismo, una carrera llena de indignación, una carrera cargada de reproches, una carrera que avivaba el fuego del nativismo xenófobo. Y el hombre que acabó imponiéndose cruzó todos los límites de la decencia y la integridad: fanfarroneó de haber agredido sexualmente a mujeres; se mofó de personas con discapacidad; acosó a los racializados; demonizó a los inmigrantes; atacó a los héroes de guerra y a las familias con estrella dorada, y fomentó la hostilidad, e incluso el odio, hacia la prensa.

Como resultado de esto, la noche electoral de 2016 no fue una noche de celebración. El tema ya no era la carrera electoral apenas finalizada. El tema era la lucha que obviamente estaba empezando. Parafraseando a Coretta Scott King, recordé al público que hay que luchar por la libertad y ganarla en cada una de las generaciones.

—Forma parte de la naturaleza misma de la lucha por los derechos civiles, la justicia y la igualdad que cualquier logro que obtengamos no sea permanente. Así que debemos estar atentos —dije—. Pero, una vez dicho esto, no hay que desesperarse. No nos dejemos abrumar. No alcemos las manos cuando es hora de arremangarse y luchar por quienes somos.»

«Mi madre era la persona más fuerte que he conocido jamás, pero también he sentido siempre el instinto de protegerla. Supongo que, en parte, se debe al hecho de ser la hija mayor. Pero también sabía que mi madre era un blanco. Yo lo veía, y eso hacía que me enfadara. Tengo demasiados recuerdos de mi magnífica madre siendo tratada como si fuera tonta a causa de su acento. Recuerdo que la habían seguido muchas veces por grandes almacenes, con la sospecha de que una mujer de tez tan oscura como la suya no podía permitirse el vestido o la blusa que había elegido.

Sabía que cada palabra que pronunciase sería juzgada y quería que estuviéramos preparadas. La primera vez que Doug y yo pasamos juntos por la aduana, el músculo de mi memoria se activó. Me estaba preparando de la forma habitual, asegurándome de que lo teníamos todo bien y en orden. Mientras tanto, Doug estaba tan relajado como siempre. Me frustraba que estuviera tan pancho. Él se sorprendió mucho, en su inocencia, se preguntaba “¿Dónde está el problema?”. Nos habíamos criado en realidades distintas. Fue revelador para los dos.»

«Aunque la nuestra ha sido siempre una nación de inmigrantes, siempre los hemos temido. El miedo al otro está incrustado en la esencia de la cultura estadounidense, y personas sin escrúpulos que han ejercido el poder han explotado ese miedo para obtener beneficios políticos. […]

Nuestro país fue creado con muchas manos, por personas procedentes de todos los rincones del mundo. Y con el paso de los siglos, los inmigrantes han ayudado a levantarlo y a impulsar la economía, aportando mano de obra para industrializarlo e inteligencia para crear innovaciones que cambian la sociedad. Los inmigrantes y sus hijos fueron las mentes creativas detrás de muchas de nuestras marcas más conocidas, desde Levi Strauss a Estée Lauder. Sergey Brin, cofundador de Google, es un inmigrante ruso. Jerry Yang, cofundador de Yahoo!, llegó desde Taiwán. Mike Krieger, cofundador de Instagram, es un inmigrante brasileño. Arianna Huffington, cofundadora de The Huffington Post, nació en Grecia. De hecho, en 2016, investigadores de la Fundación Nacional para la Política Estadounidense hallaron que más de la mitad de las empresas emergentes valoradas en miles de millones de dólares de Silicon Valley habían sido fundadas por uno o más inmigrantes.

«Doug y yo alquilamos temporalmente un piso no muy lejos del Capitolio, con los muebles mínimos: un par de taburetes, una cama, un sofá cama para cuando vinieran los chicos de visita y, para Doug, un gran televisor. Todo sucedía tan rápido que no tenía mucho tiempo para ir a hacer la compra o cocinar, aunque una noche preparé chile de pavo y congelé suficientes raciones para que nos durasen semanas.

El 3 de enero de 2017, presté juramento ante el vicepresidente Joe Biden durante su último mes en el cargo y me trasladé a una oficina en el sótano junto con otros senadores recién elegidos. Aunque no había escaños libres en todos los comités del Senado, fui nombrada para cuatro por mi experiencia y formación: Inteligencia, Seguridad Nacional, Presupuestos, y Medio Ambiente y Obras Públicas.

El 20 de enero de 2017, asistí a la toma de posesión del presidente [Donald Trump], junto con otros miembros del Congreso de Estados Unidos. […]

En Washington, la multitud era tal que abarrotó todo el recorrido, de un extremo al otro, una marea viva de personas de todas las edades, géneros y orientaciones con gorros de color rosa. Los manifestantes portaban pancartas hechas a mano que expresaban la gama de emociones que sentían, desde la incredulidad hasta la determinación, pasando por el horror, sus metas y sus esperanzas: “Estamos en 2017. Pero ¿¡qué coño!?”; “A pesar de todo, me alzo”; “Las chicas solo queremos tener derechos fundamentales”; “Los buenos hombres no temen a la igualdad”; “Nosotras, el pueblo”.

TODO EL MUNDO, TODOS LOS CUERPOS

La enfermedad de su madre

Maya dejó de hablar a mitad de frase. Estaba mirando por encima de mi hombro. Y me volví. Mi madre acababa de llegar. Mamá, la persona menos vanidosa que he conocido, parecía venir preparada para una sesión de fotos. Iba vestida de seda brillante, maquillada (cosa que nunca hacía), peinada de peluquería. Mi hermana y yo intercambiamos una mirada.

Y entonces mi madre respiró profundamente y nos dio la mano a las dos desde el otro lado de la mesa. —Me han diagnosticado un cáncer de colon —dijo. Cáncer. Mi madre. No, por favor.

Sé que muchos de los que me leéis conocéis las emociones que sentí en ese momento. Incluso ahora, al recordarlo, siento ansiedad y temor. Fue uno de los peores días de mi vida.

Y la dura realidad de la vida es que todos pasaremos por una experiencia como esta tarde o temprano, ya sea para aceptar la enfermedad mortal de un ser querido o para vivir la nuestra. Como mi madre había entendido muy bien después de toda una vida observando células cancerosas bajo el microscopio, no importa quiénes seamos ni de dónde vengamos; todos los cuerpos son, en esencia, iguales. Funcionan de la misma manera… y se descomponen también de la misma manera. Nadie se libra. […]

A diferencia de muchas otras naciones ricas, Estados Unidos no dispone de sanidad universal para sus ciudadanos. Por el contrario, los estadounidenses necesitan algún tipo de seguro médico privado para cubrir sus costes sanitarios, a menos que sean ciudadanos de la tercera edad, tengan una discapacidad grave o unos ingresos muy bajos; en estos casos pueden acceder a Medicare o Medicaid. […]

A principios de 2011, justo después de ser elegida fiscal general de California, fui a mi dentista para una revisión. La higienista dental, Chrystal, y yo nos conocíamos de visitas anteriores, y hacía tiempo que no la veía. Chrystal me preguntó qué tal estaba. Le dije que había sido elegida fiscal general. Le pregunté cómo estaba. Me contó que estaba embarazada. Eran muy buenas noticias.

Trabajaba como higienista dental para diferentes dentistas, pero no se la consideraba empleada a tiempo completo de ninguno de ellos. Esto fue antes de que la ACA entrara en vigor, por lo que Chrystal tenía un seguro privado con solo una cobertura básica, lo suficiente para cubrir sus revisiones anuales. Cuando Chrystal se enteró de que estaba embarazada, fue a su compañía de seguros para solicitar la cobertura prenatal.

Pero se la denegaron. Le dijeron que tenía una enfermedad preexistente. Me preocupé.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasa? —le pregunté—. ¿Cuál es esa enfermedad preexistente?

Y me dijo que la enfermedad era que estaba embarazada. Por eso la aseguradora la había rechazado. Cuando solicitó el seguro a otra compañía de salud, también se lo denegaron. ¿Por qué motivo? Enfermedad preexistente. ¿Cuál? Estar embarazada. No podía creer lo que estaba oyendo.

Se obligó a esta joven a llegar a su sexto mes de embarazo sin hacerse una sola ecografía. Afortunadamente, había una clínica gratuita en San Francisco donde recibió atención sanitaria prenatal. Gracias a Dios, Chrystal tuvo un bebé fuerte y precioso llamado Jaxxen y ambos están bien actualmente.

Imagina que la cobertura sanitaria de Estados Unidos no se basara en cuánto puedes pagar, sino en tus necesidades de salud. El objetivo del sistema sería maximizar los buenos resultados de la atención sanitaria en lugar de los beneficios económicos. Eso, en sí mismo, sería revolucionario. Enfermar ya no conllevaría el riesgo de arruinarse económicamente. […]

También debemos eliminar las leyes que arrebatan los fondos a los servicios de salud mental. […]»

«La epidemia de los opiáceos ha matado a más de 350.000 estadounidenses en las últimas dos décadas. Pero la crisis sanitaria nacional a la que nos enfrentamos hoy en día es, en sí misma, el resultado de un fracaso a la hora de intervenir en la salud pública, desde el momento en que se aprobó la venta de OxyContin. Es una historia diferente a la que vivimos durante la epidemia de crack: ahora, en lugar de personas que trafican con drogas en las esquinas, tenemos a personas con traje, corbata y batas blancas que se dedican a ello mientras las farmacéuticas encubren los peligros.

En un momento dado, una de las médicas me llevó aparte.

—¿Cómo está mi fiscal? —preguntó.

La pregunta me pilló en fuera de juego. Estaba tan concentrada en el bienestar de mi madre que no había dejado espacio para nada más, pero la pregunta hizo añicos la fuerza que había reunido y no había querido traicionar. Me empezó a faltar el aire. Estaba asustada. Estaba triste. Y sobre todo, no estaba preparada.

Me preguntó si había oído hablar del “duelo anticipado»” Nunca había oído hablar de ello, pero el término tenía mucho sentido. Una gran parte de mí estaba instalada en la negación. No podía permitirme creer que iba a tener que despedirme. Pero, en el fondo, era consciente de esa posibilidad. Y ya había empezado a llorar la pérdida de mi madre. Sentí que comprender lo que me estaba pasando era una forma de validar esa sensación. He aprendido que poner nombre a las cosas puede ayudarte a afrontarlas. No hace que dejes de sentir lo que sientes, pero, si puedes ponerle nombre, puedes hacer algo al respecto. Y eso es lo que me pasó en ese momento.

Una de las últimas preguntas que le hizo a la enfermera de cuidados paliativos, su última preocupación, fue:

—¿Mis hijas van a estar bien?

Estaba concentrada en ser nuestra madre hasta el final. Y aunque la echo de menos todos los días, va conmigo a todas partes. Pienso en ella todo el tiempo. A veces miro al cielo y le hablo. La quiero muchísimo. Y no hay título ni honor en la tierra que aprecie más que decir que soy la hija de Shyamala Gopalan Harris. Esa es la verdad que más aprecio de todas.

TODO LO QUE HE APRENDIDO

[…] La sabiduría esencial de mi madre; el estímulo y la orientación de los miembros de mi familia, amigos y mentores de confianza; y los poderosos ejemplos que he presenciado, tanto buenos como malos, que me han hecho comprender lo que se necesita para dirigir con eficacia, lo que se necesita para alcanzar los objetivos que te has marcado, y lo que nos debemos los unos a los otros en el proceso.

Estas lecciones las he aprendido a través de mi propia experiencia de vida y han ido dando fruto a medida que las aplicaba a lo largo de mi carrera. Hoy las puedo expresar en una serie de frases breves, que los miembros de mi equipo oyen tan a menudo que probablemente se rían cuando lean este capítulo. Un año, mi equipo llegó a hacer pelotas antiestrés de color azul con la frase “Falsas dicotomías, no” impresa en blanco.»

Comprueba la hipótesis

Cuando eres la hija de una científica, la ciencia es una forma de moldear tu pensamiento. Nuestra madre solía hablarnos a Maya y a mí sobre el método científico como si fuera una forma de vida. Cuando le preguntaba por qué algo era así, no se contentaba con darme la respuesta. Quería que yo formulara mi propia hipótesis, que la usara como punto de partida para una investigación más profunda y que cuestionara mis suposiciones. […]

Pero en el ámbito de la política pública, parece que nos cuesta aceptar la innovación. Eso es, en parte, porque cuando te presentas a un cargo público y ante los votantes, no se espera que tengas una hipótesis; lo que se espera es que tengas «el Plan». El problema es que, cuando se introduce por primera vez cualquier innovación, nueva política o plan, es probable que haya fallos, y debido a que eres un personaje público, es muy probable que esos fallos terminen en el titular de alguna portada. […]

La cuestión es que, cuando estás en un cargo público, te arriesgas de verdad mucho si intentas desarrollar medidas audaces. Pero, a pesar de eso, creo que es nuestra obligación hacerlo. Es inherente a los juramentos que pronunciamos.

Pisa el terreno

Era importante visitar a los soldados que esperaban su próxima misión en Irak y a los marineros que se preparaban en San Diego para desplegarse durante meses en un submarino nuclear. Una cosa es hablar de las necesidades de las comunidades militares y de inteligencia en una sala de audiencias del Senado. Y otra muy distinta es pisar el terreno y relacionarse con las personas de carne y hueso, con los hombres y las mujeres que están en acto de servicio. […]

Era importante visitar un campamento de refugiados sirios en Jordania para ver de cerca cómo era la vida de las personas atrapadas allí, el 70 % de las cuales eran mujeres y niños. Recorrimos en coche el campamento, que parecía extenderse hasta el infinito en todas direcciones; cada vivienda improvisada representaba a una familia que había huido de la guerra y las masacres. Insistí en que nos bajáramos de los coches. […]

Valora lo prosaico

La política es un ámbito en el que las grandes declaraciones de intenciones a menudo roban espacio al trabajo minucioso y detallista necesario para llevar a cabo las cosas que realmente importan. Esto no quiere decir que hacer grandes declaraciones sea malo. El buen liderazgo requiere visión a largo plazo y aspiraciones. Articular ideas audaces que lleven a la gente a actuar. Pero a menudo es el ámbito de los detalles aparentemente sin importancia, la ejecución cuidadosa de las tareas tediosas y el trabajo entregado lejos de los focos lo que hace posible los cambios que buscamos.

Valorar lo prosaico también implica asegurarse de que nuestras soluciones funcionan de verdad para la gente que las necesita. […]»

Las palabras importan

«Las palabras tienen la capacidad de empoderar y engañar, el poder de calmar y también el de herir. Pueden difundir ideas importantes, pero también equivocadas. Pueden incitar a la gente a la acción, para bien o para mal. […]

En primer lugar, cómo llamamos a las cosas y cómo las definimos, determina la opinión de la gente sobre ellas. Demasiado a menudo, usamos las palabras para quitar importancia a las impresiones que nos genera un tema, o para menospreciar a los demás. Por eso insistí en usar una terminología más adecuada en mi trabajo con jóvenes víctimas de explotación sexual. No era correcto referirse a estas personas como «prostitutas adolescentes». Eran jóvenes que estaban siendo explotadas y de las que los adultos abusaban.

Y, en segundo lugar, porque quiero decir la verdad. Aunque sea incómoda. Aunque genere inquietud en la gente. Después de escuchar la verdad, las personas no siempre se van a casa de buen humor y, a veces, no te gustará su reacción cuando se la digas. Pero al menos todo el mundo se va sabiendo que la conversación ha sido sincera.

Enseña los números

”Enseñar los números” es algo que he hecho a lo largo de toda mi carrera. En parte, es una metodología que nos ayuda a mí y a mi equipo a poner a prueba la lógica de nuestras propuestas y soluciones. […]

Cuando muestras a la gente cómo llegas a un resultado, les proporcionas los instrumentos para decidir si están de acuerdo con la solución. E, incluso aunque no estén de acuerdo con todo, puede que sí lo estén con gran parte del proceso, una forma de «confianza parcial» en la formulación de políticas, que puede sentar las bases de una colaboración constructiva.

Nadie debería luchar solo

Si tenemos la suerte de estar en una posición de poder, si nuestra voz y nuestras acciones pueden movilizar el cambio, ¿no estamos especialmente obligados a ello? Ser un aliado no puede consistir únicamente en asentir con la cabeza cuando alguien dice algo con lo que estamos de acuerdo, por muy importante que sea hacerlo. También hay que pasar a la acción. Nuestro trabajo es defender a los que no están en la mesa donde se toman las decisiones que afectan directamente a sus vidas. No solo a las personas que se parecen a nosotros. No solo a los que necesitan lo mismo que nosotros. No solo a los que han podido hablar con nosotros. Nuestro deber es mejorar la condición humana, de todas las maneras posibles, para todos los que lo necesiten.

Puedes ser el primero, no seas el último

He pasado por muchas cosas durante mis años de servicio público. Y lo que he aprendido no se puede resumir en pocas palabras. Pero creo firmemente que la gente es en esencia buena. Y que, llegado el momento, echarán una mano para ayudar a sus vecinos.

Permíteme que te diga una última verdad: a pesar de nuestras diferencias, de los enfrentamientos, de las peleas, seguimos formando parte de una única familia estadounidense y deberíamos actuar como tal. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Necesitamos pintar un cuadro del futuro en el que todos puedan verse representados, y todo el mundo salga. Un vivo retrato de unos Estados Unidos vivos, donde se trata a todos con la misma dignidad y cada uno de nosotros tiene la oportunidad de sacar el máximo provecho de su vida. Esa es la idea por la que vale la pena luchar, nacida del amor a la patria.

Mi reto diario es formar parte de la solución, ser una guerrera alegre en la batalla que está por venir. El reto que te propongo es que te unas a este esfuerzo. Para defender nuestros ideales y nuestros valores. No tiremos la toalla cuando llegue el momento de arremangarnos. Ni ahora. Ni mañana. Ni nunca.

Dentro de unos años, nuestros hijos y nuestros nietos mirarán hacia atrás y nos clavarán su mirada. Nos preguntarán dónde estábamos cuando había tanto en juego. Nos preguntarán cómo fue. No quiero que solo les digamos cómo nos sentíamos. Quiero que les digamos lo que hicimos.

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