La Barranca

La Barranca: Una nota que cae en la oscuridad produce una onda

Miro al techo de concreto, como si pudiera mirar una noche de estrellas y agradezco por la oportunidad de estar viva, gozar de mis cinco sentidos y documentar otra noche de abismo.

Por Clars

Ciudad de México, 4 de noviembre (MaremotoM).- Tenía que conseguir un elegante ramo de rosas rojas. Últimamente la ansiedad me truena y se enquista en lo poco que me queda de cordura. Después de los años en pausa, los eventos se dispararon. Colapso semanalmente sin agenda establecida. Vivo al día. Apenas hace un par de meses, uno de los grupos más entrañables a lo largo de mi vida, anuncia gira con motivo de su XXVII aniversario: La Barranca. A Monterrey le toca el turno en las instalaciones del legendario Café Iguana, ubicado en el centro de la ciudad, entre las tradicionales, estrechas y recurrentes calles del Barrio Antiguo.

Con la reactivación de conciertos, festivales y eventos culturales, además de la mejoría económica, celebramos lo malo de lo bueno, la creación en momentos de crisis. Algunas canciones, incluso, suenan por primera vez en público, o al menos, para más de 10 personas, o de los mismos integrantes de la banda.

Como artista invitado de la noche: Círculos de Nada.

Nuestra ciudad ha destacado por su escena musical. Una de las bandas más representativas y de alta trayectoria, son los Círculos de Nada. Que, por cierto, en noviembre de este año, celebran su aniversario número XXIII. Para Jesús Alanís, líder de los Círculos, resulta muy significativo volver a los escenarios como invitado de una de las mejores bandas que pudo dar México.

Y para mí, un honor presenciarlo. A Jesús Alanís lo conocimos años atrás en un concierto de La Barranca. Desde entonces, el aprecio, amistad y admiración han perdurado.

Días antes, Jesús y yo quedamos en coincidir esa noche, poder hacer unas fotos previo a la presentación. Los últimos meses sufro de crisis pre concierto y festival. Esa habilidad de controlar mis emociones se fue con muchas otras habilidades adolescentes que hacen que no te importe nada. Antes de cualquier evento que mi cuerpo detecta como importante, suelo enfermar, o en el peor de los casos, me accidento. Esta vez, quería encontrar el más bonito y elegante ramo de rosas, la idea me azotó al menos lo que duró la jornada laboral. Por años, mi admiración hacia José Manuel Aguilera ha sido notoria. Son sus canciones, es su trabajo. No deja de sorprenderme la habilidad de transportarme desde la cotidianidad de mi aburrida vida hasta los inexplorados y oníricos rincones que retrata cada una de sus canciones. La atmósfera oscura y apasionada en su forma de componer. Una vez pude entrevistarlo, otras dos, pude estar con él frente a frente, intercambiar unas pocas palabras. Eso de preparar previamente algún presente, no se me da. Ese día, rosas rojas y una canción aparecieron en el primer pensamiento del día.

Pedí las flores, terminé el turno, quedé con Chuy para coordinar la entrega personal del regalo. Él me avisaría, en cuanto terminaran el soundcheck y la banda saliera del recinto. Todo salió mal. A veces ser mujer me limita a poder demostrarle mi admiración a cualquier hombre que me pueda inspirar sin parecer una obsesionada o algo por el estilo. Soy fan pero tengo respeto por la línea profesional. En Fin. Todo pudo ser más fácil. C. Reta, encargado de prensa, me encontró al llegar, vio el ramo de rosas entre mis manos y se dibujaron nuestras sonrisas traviesas a la par. Es la misma emoción que si tú ves a Belinda, le dije. De inmediato accedió también a ayudarme para no quedar como “prensafan” frente a los demás colegas. Una risa nerviosa y una especie de mariposillas en el estómago, tal cual adolescente, me recorría.

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La Barranca
La Barranca. Foto: Cortesía de Clars

Odio el término “prensafan”, y podría, sin pensarlo, propinarte un buen golpe, si se te ocurre pronunciarlo en mi cara, pero la violencia no es una opción. Todos pecamos de “prensafan” alguna vez.

Nadie vio nada. Le entregué las flores, no hubo fotos, no hubo palabras.

Tiene una nota, le dije. Ya vi, contestó. Le di las gracias por volver a la ciudad y permitirme otra oportunidad de escucharlos en vivo. Me dio las gracias y salí disparada a la puerta principal.

No pudimos entrar a la presentación de Círculos de Nada, afuera, una larga fila de asistentes, esperaba pasar y cambiar sus boletos digitales. Era caótico. Alrededor de una hora esperamos. Solo una lona pequeña dividía el escenario. En cuclillas, pude verles. El sonido era muy bueno, esos años de ausencia sirvieron. La gente bailaba con la cumbia y el ritmo particular que caracteriza el folclor de los Círculos de Nada.

El acceso llegó una hora y quince minutos después. Entré corriendo y la banda ya se despedía. No tardó mucho en alistarse el escenario para La Barranca.

A paso lento y preciso, cada uno de los integrantes de La Barranca, elegantes, emergen de la oscuridad para deleitarnos con cada una de sus melodías, desde los temas clásicos hasta lo más reciente. José Manuel Aguilera (voz y guitarra), Ernick Romero (bajo), Yann Zaragoza (teclado) y Abraham Méndez (batería). Así fue la alineación que se presentó esta noche en la ciudad y con la que José Manuel Aguilera recorre el país en esta gira de aniversario. A excepción de CDMX donde los afortunados, una vez más, pudieron ver a legendarios músicos que han recorrido La Barranca en sus diferentes etapas. Entre ellos, Cecilia Toussaint, Chema Arreola o Federico Fong.

Fueron alrededor de tres horas, entre virtuosismo, solos de guitarra, interpretaciones bien ejecutadas y un público enardecido.

José Manuel Aguilera, como muchos de nosotros, aborrece volver a esos dos años fatídicos para el mundo. Si bien no es algo que quisiéramos recordar, José Manuel, deja fluir las emociones y sentimientos de perder a seres amados en estos últimos años, entonces, nace una canción. La comparte con su público, somos testigos de que la banda ha conseguido crear una perfecta armonía entre sí, que les permite seguir creando y pisando escenarios.

Un público ya bien conocido, nos reconocemos entre sí, también nos sorprendemos de ver nuevas generaciones entre los asistentes. Disfrutamos por igual. Noche de reencuentro entre viejos amigos. Soy un ente que levita entre cada interpretación de Danzón o de la voz de José Manuel que se funde en sus propios acordes. La noche se convierte y se desplaza hacia una gran fogata, tal vez en medio de un gran bosque, o un inmenso desierto, donde al brindis con mezcal, cantamos con el corazón roto: “no hay placer sin dolor, no es amor si no lastima, no hay pasión que no sea riesgo, no hay rosa sin espinas”. Y entonces, miro al techo de concreto, como si pudiera mirar una noche de estrellas, y agradezco por la oportunidad de estar viva, gozar de mis cinco sentidos, y documentar otra noche de abismo desde La Barranca. “La rosa” fue la canción de mi primer pensamiento por la mañana y la última que quise escuchar esta noche. Otra vez no escuche la última canción del setlist. No la investigaré. Yo decidí, en cual de todas, encontrar un final.

Fuente: Neotraba / Original aquí.

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