La caca

La caca, un devenir de idas y vueltas ligada al pudor medio, la industria y el arte

Además de letrinas de distintas calidades, reyes, reinas y clases populares contaban con diferentes modelos de orinales, bacinillas o escupideras de antiquísima data, especialmente para necesidades nocturnas en el crudo invierno. Los primeros las tenían de oro, plata, fina porcelana decorada. Los segundos, de cerámica, de metales baratos.

Ciudad de México, 9de noviembre (MaremotoM).- Con cierto velo de tabú todavía, la materia fecal que fabricamos diariamente -con suerte y ventosidad a favor- los/as terrícolas de toda edad y condición, sigue chocando como tema de conversación social, escandalizando un toque cuando se la incluye de algún modo en obras de arte o piezas literarias, y -desde los tiempos de Aristófanes y más tarde la commedia dell’arte- sigue provocando risas como sustento de chistes escatológicos de entrecasa o en shows cómicos.

La caca (palabra esta que María Moliner en su admirable diccionario considera de uso infantil, pero que terminó por incorporarse al lenguaje de todas las etapas de la vida) dispone de gran cantidad de sinónimos, aunque menos que el vocablo puta. Arranquemos de frente con el más fuerte: mierda, del latín merda, y sus incontables derivados y aplicaciones, seguido de excremento, defecación, soruyo, deyección, sorete o tereso, popó (para la gente menuda), seceso, heces, menesteres, necesidad… Asimismo, hay verbos y expresiones que derivan de algunos de estos sustantivos: excrementar, etcétera; y otros que se independizan: descomer, soltar, mover el vientre, ir de cuerpo, hacer una diligencia, despedir a un amigo del interior, zullarse… Por cierto, la palabra primero citada, considerada dentro de las “malas” o groseras,  la que se lleva los lauros en materia de descendencia, es mierda: ser algo o alguien una mierda, mandar a, estar hecho una, irse a… Como lo especifica una antigua seguidilla andaluza, que cita Pancracio Celdrán en su exhaustivo Inventario General de Insultos (Ediciones del Prado, Madrid): “Llamadme ustedes mierda,/ no mierdecilla,/ que a veces lo chico chiquillo/ más recio humilla”. Todo lo cual no quita que todavía se le siga deseando “mucha merde” a la gente de teatro cuando estrena (por aquello de que los caballos de los carruajes cerca de la puerta de la sala de espectáculos, si eran muchos, dejaban mucha bosta).

La toilette intime ou La Rose Efeuillée,
de Louis-Léopold Boilly, siglo XVIII. Foto: Wikipedia

Y, casi no hace falta decirlo, el verbo cagar, más allá de su primera acepción, también tiene otras aplicaciones mayormente despectivas: ser cagón, mandarse una cagada, cagarse en las patas, cagarla (por meter la pata), cagarse en tal o cual con gran enfado (en Dios, suelen insultar en España, para espanto de curas y personas pías). El refrán, habitualmente metafórico, avisa: “Quien con niños se acuesta, cagado amanece” (mojado o meado, en la versión soft). Y ya que estamos en esta zona residual de la digestión, no sería justo relegar los subproductos o chaperones: pedos, cuescos, ventosidades, flatulencias, gases intestinales. El primer término se las trae con algunos desvíos: pedorrearse, pedorro (algo trucho), estar en pedo o -un dicho disparatado- cagar a alguien a pedos.

Como quiera que sea, no existe una deposición idéntica a otra, aunque sí las puede haber de aspecto, textura, peso y color parecidos. Que dependen, obvio es señalarlo, del régimen alimentario de quien obró, como se estilaba decir altri tempi. El olor, sobre todo si se ingieren comidas que fermentan, siempre es desagradable, repugnante. Salvo el de las deyecciones propias, como bien advierte un viejo, muy viejo proverbio romano: “Stercus suu cuique bene olet”. Salvo interrupción en casos graves de constipación, todo el mundo caga: papas y monaguillos, estrellas del espectáculo y extras que no pronuncian ni un bocadillo, la reina Máxima y Thimotée Chalamet… Casi siempre, se defeca con la satisfacción del deber cumplido al sacarse de encima un peso de la conciencia intestinal. Sin exagerar, que cada deposición promedio en la gama de los marrones (llegando al beige en oportunidad de diarreas) es de unos 300 gramos, y el intestino está considerado una suerte de segundo cerebro con sus 200 millones de neuronas y su sistema nervioso comunicado estrechamente con el central.

La caca
“Quien con niños se acuesta, cagado amanece”. Foto: Cortesía

Entre los clichés que recaen sobre el cuerpo de las mujeres figuran los temas de constipación, subrayados por la publicidad a veces mediante actrices conocidas vendiendo yogur. Sí: el remanido tránsito lento. Empero, según el gastroenterólogo Jean-Marc Sabaté, autor de El intestino irritable (Larousse, 2016), los varones con este síndrome consultan tardíamente porque el mensaje que se les transmite por diversos medios indica que se trata de una patología femenina. Es cierto que ellas -las constipadas en algún grado- son más que ellos, pero también hay que considerar la incidencia de fuertes condicionamientos culturales: años, siglos de guardar secreto vergonzante sobre sus funciones corporales, específicas y no. La prueba está que en la primera infancia, las estadísticas demuestran que niños y niñas son afectados de constipación en forma pareja. En el artículo Age, Gender and Women’s Health de la revista estadounidense Gastroenterology quedó asentado: “Una de las principales consecuencias de tal aprendizaje (de ocultar las niñas sus funciones corporales) es que la función intestinal deviene fuente de vergüenza y embarazo mucho mayor que para los varones”.

Érase una vez un trono realmente real

Una vez que tiramos la cadena (expresión que quedó del siglo pasado, cuando aún no existía el botón que se aprieta, entre otras maneras de hacer correr el agua) y las heces desaparecen como por arte de birlibirloque, poco y nada nos interesa saber a dónde va a parar, cuál es la ruta de la caca humana debajo del nivel del suelo. Es decir, ese mundo oculto de canales subterráneos acaso semejantes a los que habitaba el Fantasma de la Ópera, de Gastón Leroux, en las profundidades del teatro Garnier de París, tantas veces llevado al cine e inspirador de la exitosa comedia musical. La mayoría preferiría retener esa vaga imagen del lago de Erik antes de entrar en detalles sobre esa zona intestina hecha de canales donde circulan residuos camino de un proceso de saneamiento.

No será precisamente esta nota la que devele los secretos de las cloacas de ciudades y pueblos: este breve bloque tratará más bien de inodoros y retretes, empezando por reconocer que los antiguos egipcios, asirios, griegos, romanos idearon y construyeron desagües funcionales que muy bien les vendrían en el siglo XXI a los millones y millones de personas que en nuestro planeta carecen de sanitarios, de agua corriente. O sea, de un derecho humano elemental.

 La caca
Cloaca, Wim Delvoye. Foto: Cortesía

Pues bien, en los lejanos baños de la ciudad de Ercolano -que desapareció con Pompeya, vía erupción del Vesuvio- ya había grafitis como el que dejó un galeno, que sobrevivió al río de lava y que no necesita traducción: “Apollinaris medici Titi Imperatori hic cacavit bene” (Titi no es otro que Tito Flavio Vespasiano). En cuanto a las instalaciones de los baños romanos, conocidas a través de numerosos grabados y pinturas que las reconstruyen, vale recordar que, según la leyenda cristiana, estaban bajo la advocación de Crepitus, dios de los pedos, y de la diosa Cloacina, que regía la alcantarilla principal de desagüe. (Hay quienes sostienen que la deidad de las ventosidades era originariamente egipcia).

Épocas hubo en que los residuos orgánicos humanos se expulsaban en cualquier sitio obedeciendo al llamado de los intestinos, incluso en público y, más tarde, hasta en el portal de las iglesias. Lo propio sucedía en el interior de las viviendas, pero en cuencos, bacinillas cuyo contenido, junto con aguas servidas, se arrojaba, previo anuncio, por la ventana incluso después de edictos de prohibición desde el siglo XIV en Europa. Pese a que en esas fechas existían en algunas ciudades baños públicos, la higiene respecto de la defecación tenía bastante que envidiarle a la antigüedad romana. Mujeres, hombres, niños, animales dejaban caer en las calles y caminos parte de su producción excremental de alimentos no asimilados, bacterias, moco y células del revestimiento de los intestinos, que junto a desechos de mataderos y pescaderías -cuando no se convertían en abono involuntario- iban a ríos que daban al mar. Había que esperar  grandes celebraciones religiosas o  visitas de la realeza para que se practicara alguna forma de limpieza despejando el empedrado y los frentes de detritos y sus inevitables, para decirlo en modo popular argentino, aromas del Cairo (lejos del romántico vals homónimo que entona cada vez mejor Gardel).

En el siglo XVI, Enrique VIII de Inglaterra contaba en su palacio de Hampton Court con la Sala de Heces donde había un lujoso sitial para defecar en cuclillas, forrado con piel de oveja y terciopelo; Enrique asistido por un exclusivo limpiador del traste real que además tomaba nota  de la regularidad de sus movimientos de vientre por si hacía falta un laxante. Los cortesanos gozaban de menos confort en sus cámaras privadas, provistas de grandes pelelas. No sucedía lo propio con los laburantes que durante las comilonas, entre plato y plato, se aliviaban en los pasillos menos frecuentados, que después debían higienizar. Pero las paredes apestaban a orina, al punto tal que -según la historiadora Lucy Worsley, curadora de ese palacio y conductora de TV- el rey hizo pintar cruces para que frente al símbolo religioso los sirvientes dejaran de desaguar. Finalmente, Enrique les hizo construir cerca del río un edificio inspirado en los baños públicos de Londres con 28 retretes en un espacio común.

Ya en el XVII, asear pompis de monarcas era un puesto codiciado por el relativo poder que confería a estos asistentes, a menudo correveidiles de ministros y gente de la corte. Los limpiadores transmitían pedidos o sugerencias al rey al tiempo que quitaban trazas de caca de los nobles derrières. En Francia, el Groom of the Stoole inglés se convertía en porte-coton; estos trabajadores solían acompañar al amo con un inodoro portátil de bordes mullidos, con tapa, más agua y toallas para que el anus regis quedara impecable en cuestión de segundos…

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En tiempos de Luis XIV, entre los siglos XVII y XVIII, se desconocía el concepto de intimidad para evacuar, el encierro y el disimulo llegaron después. La gente pudiente que poseía inodoro portátil se instalaba encima a solas o en compañía, se recibían a los amigos, se jugaba a las cartas. Y previamente, Luis XIII había sido muy capaz de hacer reuniones de gabinete sobre este tipo de inodoros, tronos para el soberano, anticipo de los baños químicos contemporáneos. Naturalmente, el artefacto real era raudamente cambiado por otro cuando se usaba, previa higienización del deponente. A estas alturas, estaban desapareciendo las letrinas públicas y plebeyas donde se deyectaba y se platicaba.

Además de letrinas de distintas calidades, reyes, reinas y clases populares contaban con diferentes modelos de orinales, bacinillas o escupideras de antiquísima data, especialmente para necesidades nocturnas en el crudo invierno. Los primeros las tenían de oro, plata, fina porcelana decorada. Los segundos, de cerámica, de metales baratos.

Aunque los cretenses, añares AC, crearon inodoros con tanques de agua y se cree que en la Antigua India existían retretes con drenaje al igual que más tarde los romanos, toda la cuestión de defecar y orinar fue para atrás en la era cristiana, entre el V y el XV. La invención del primitivo water closet se adjudica al inglés John Harrington, hacia fines del XVI, con taza, cisterna y manija para activar la caída del agua. Ahijado de la reina Isabel I, JH instaló prontamente su sanitario en el palacio de Richmond. Pero ese inodoro no tuvo difusión, al parecer por una cuestión de decoro real. En el XVII, los franceses se interesaron vivamente en ese objeto y a partir de 1668 comenzó a ser instalado en muchas casas. Inglaterra lo retomaría recién en el XIX, luego de que el siglo anterior, Alexander Cummings patentara su propio diseño. En el XIX, se pusieron de moda los inodoros muy adornados en moradas de acomodados burgueses. Y llegado el XX, se diversificaron los formatos y se tiró mucho de la cadena hasta el surgimiento del botón y de otras innovaciones en la segunda mitad de ese siglo. En la actualidad hay inodoros para todos los gustos, fantasías y bolsillos, que prestan más servicios que el limpiador de culos reales, con sofisticados detalles de alto confort.

 La caca
Bidé de Madame Pompadour. Foto: Cortesía

Si retrocedemos a Buenos Aires, 1894, podemos asistir a la inauguración del imponente Palacio de las Aguas Corrientes que albergará a grandes tanques de suministro de agua. En la avenida Córdoba y la calle Riobamba hoy día (si no se atraviesa una cuarentena) es posible asistir a visitas guiadas, conocer la historia del saneamiento del líquido elemento y visitar en el primer piso una importante y completa colección de inodoros, que arranca a principios del siglo XX y llega a los años ‘70. También se exhiben bidés, ese invento francés de 1710 que encontró una fan declarada en Madame Pompadour, favorita de Luis XV, que se hizo fabricar uno en madera de haya labrada con escenas de Neptuno raptando a Anfitrite para casarse con ella. Esta pieza sanitaria logró su apogeo en el país galo en los ’60 del siglo pasado, y en 2020 está en tren de ganar terreno en las salas de baño de muchos países del mundo, incluidos los Estados Unidos, que supieron mirarlo con recelo puritano durante mucho tiempo pero que, covid-19 mediante, están cambiando de opinión. En Japón, pululan estos artefactos con el Toto Washlet con tablero electrónico incorporado como favorito. Lejos quedó el caballito bretón de la raza llamada Bidet, morrudo y panzón, de tiro o carga, que en Francia prestó su nombre a este sanitario.

Aun contando con bidé, en la acelerada vida moderna, luego de defecar y/o hacer pis en casa o afuera, la mano suele ir hacia el papel higiénico que antes supo ser hoja de vegetales, pieles de animales, valvas de moluscos, tejidos variados, papel de diario o de estraza liviano, hasta que en 1857, en los Estados Unidos, Joseph Gayett empieza a producir en forma industrial un papel suave y absorbente que se vende hasta comienzos del siglo XX. Hacia fines del XIX, Edward y Clarence Scott, de Filadelfia, lanzan el papel tisú en rollos, y luego el portarrollos para facilitar su uso. Todavía artículos suntuarios, el papel higiénico se populariza a mediados del siglo pasado. Aparte del blanco  en distintas calidades, hoja simple o doble, a este accesorio imprescindible del inodoro se lo puede encontrar en países consumistas decorado con relieves, perfumado, con textos o billetes de dinero impresos.

Fecalizando el arte

En el cine, a partir de los ’70, los excrementos humanos y animales han hecho acto de presencia en, al menos, una veintena de films. Grandes directores como Pasolini, Buñuel, Marco Ferreri los incluyeron en forma directa y significativa. Pero nadie llegó tan lejos como John Waters en la culminación de Pink Flamingos (1973) con la muy osada Divine en reina de la inmundicia quien, luego de una declaración de anarquismo extremo, toma en sus manos la caca que está soltando un perro, se la lleva a la boca, la mastica y traga dos bocados… Lo menos que dijeron algunos críticos muy serios fue que esta película estaba más allá del porno y del mal gusto.

Autor de numerosos documentales para tevé, premiado en reiteradas ocasiones, el francés Raymond Berrod presentó en 2008, en el Canal ARTE de su país, La fabulosa historia de los excrementos, una realización arriesgada que podría haber caído en la pura data científica o en chistes fáciles y vulgares. Pero no, el realizador entra directamente en materia fecal, con decisión, sin inhibiciones y a la vez manteniendo un delicado equilibrio al proponer una muy amplia información sazonada ligeramente con humor pícaro, oblicuo. Este doc se divide en cuatro entregas de 50 minutos que no dejan tema relativo a la caca por tocar, aportando noticias reveladoras, curiosas entre la historia y los detalles científicos. Para muestra: una persona de 70 años ha pasado aproximadamente 6 meses de su vida sentada en el inodoro; si se trata de una con problemas de constipación, cerca del doble de tiempo. Y su producción excrementicia alcanza a esta edad entre ¡las 8 y 10 toneladas!

La caca
Complex Pile, Paul McCarthy. Foto: Cortesía

En un terreno más liviano, aéreo La fabulosa historia… rescata al Pétomane del Moulin Rouge: el panadero marsellés Joseph Pujol que en los años ’40 hizo un oficio casi musical del dominio y la expulsión de gases como exitoso número del burlesque, yendo de los compases de O sole mio a La Marsellesa. Entre los films que narraron sus andanzas y recitales se destaca Il petomano (1983), con Ugo Tognazzi.

Si nos atenemos a las artes visuales contemporáneas, en un repaso somero, cabe citar al italiano Piero Manzoni, que en 1961 se animó a vender sus propias heces, influido por Duchamp y partiendo del principio de que todo lo que sale de un artista puede ser considerado arte. Merda d’artista es el producto que se anuncia en latas de 30 gramos. En 2007, se vendió una en Sotheby’s a 124 mil euros… En los ’70, el belga Jacques Lizene, inventor del “arte nul”, que se autotituló “artista de la mediocridad”, utilizó materia fecal en la composición de cuadros, obras aromáticas descartables que pretendían ser una crítica radical al sistema artístico. Otro belga, Wim Delvoye, muy interesado en las vueltas intestinales, creó en 2000 Cloaca, una laboriosa instalación que reproduce a través de máquinas el proceso que lleva la comida a volverse caca. Como remate final, se envasaban, estampillaban al vacío y se vendían al por menor bolsitas a 1000 dólares.

En 1992, la consagrada y audaz artista estadounidense Kiki Smith, centrada en el cuerpo femenino con clara y orgullosa conciencia de género, realizó una perturbadora escultura (expuesta en 2001 en el museo Whitney) dentro de la serie Tales (cuentos, relatos): una mujer tamaño natural, desnuda, en cuatro patas, expulsando un larguísimo tereso. Más recientemente, el año pasado, en la expo Formula 1: A Loud, Low Hum, en la CUE Art Foundation de Manhattan, que promueve a artistas emergentes, otra creadora zarpada, la canadiense Laurie Kang, presentó, entre varios trabajos, Carrier I, un reluciente zurullo de silicona pigmentada y arcilla polimérica en un cuenco de acero inoxidable.

En 2008 se conocieron dos obras de franca provocación fecal: Complex Pile, del estadounidense Paul McCarthy, una escultura gigante (15 metros de alto) inflable representando una caca perruna que cuando fue expuesta al aire libre en Hong Kong se desinfló por causa de una fuerte tormenta. Por su lado, el descollante fotógrafo neoyorquino Andrés Serrano, un incomodador, eligió autorretratarse mediante una deposición propia.

Y llegamos al cierre no con un broche sino con un inodoro totalmente de oro, el del italiano Maurizio Cattelan, creativo que tanto te hace una obra de teatro como los textos que acompañan a sus obras en una muestra o un artículo periodístico. La escultura, bautizada América, logró atraer multitudes cuando fue mostrada en el Guggenheim de NY, pero su lugar de residencia era -antes de ser robada en septiembre de 2019- el Palacio de Bienheim, Oxfordshire, cerca del sitio donde nació (y tuvo su propio inodoro) Winston Churchill. Cattelan ha declarado que eligió el oro porque considera este metal la esencia misma del capitalismo: el  material más caro en el sitio más cotidiano.

Fuente: Damiselas en apuros / Original aquí.

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