Max Ehrsam

“La comunidad gay vive en el futuro desde hace un par de décadas”: Max Ehrsam

Una historia de amor contada por un narrador escéptico y que vive el presente del indicativo es la novela La noche se me fue de las manos (Alfaguara), de la cual también publicamos un adelanto.

Ciudad de México, 14 de julio (MaremotoM).- Un hombre es escéptico. No cree en los amores a primera vista ni en el destino que todo lo acomoda. El otro es un hombre soñador que se enamora a simple visión y que encuentra en el azar todos los símbolos.

La historia transcurre entre San Francisco y Chicago, donde dos hombres se miran a través de la ventana de un café en Chicago. Se tocan ligeramente con los ojos, como si se conocieran de antes, de otra vida. No se hablan, sólo se graban la figura del otro y quedan a la espera de que un venturoso azar los haga coincidir de nuevo. Y sí: esa misma noche coinciden.

Max Ehrsam, autor de La noche se me fue de las manos (Alfaguara) habla de una pasión irredenta. No se atreve a llamarlo amor, porque para él el amor requiere de tiempo y esfuerzo. Lo que sí declara es que esta pasión está narrada en presente indicativo, como los alumnos que enseñaba español en los Estados Unidos.

No había pasado. No había futuro. Sólo era ese momento que pasaba ahí. Así decidió narrar la novela, como una pasión vivida en el presente, con muchos estupefacientes e ignorando las consecuencias. Una pasión que poco a poco se va agrietando hasta que llega el final donde la vida, esa vida a veces pesada y casi siempre tremenda, se abre paso para crear su esplendor.

–Es una novela de amor independientemente de que sea entre personas del mismo sexo. Me interesó mucho el protagonista, que lee novelas de Jeffrey Eugenides…

–Un dato autobiográfico que tiene es que cuando llegué a vivir a los Estados Unidos me contrató una editorial como editor de libro de textos para enseñanza del idioma español. Había personajes acartonados, hispanos, que sólo podían expresarse en el tiempo gramatical que los estudiantes estaban aprendiendo en ese momento. Sólo podían hablar en la primera fase en el presente indicativo. Tenían diálogos prácticamente absurdos. Sobre todo no tienen pasado, surgen de la nada, hasta la mitad del libro que pueden hablar en el pretérito. Cuentan donde nacieron y hacia el final hablan del futuro: volveré a México y seré millonario. Yo pensé qué divertido sería escribir una novela donde el narrador se desenvolviera en su vida en los mismos tiempos verbales de los libros que yo editaba.

–¿Cómo surgió la trama?

–La trama surgió un poco a raíz de esa estructura. ¿Cómo funciona una relación que sólo se desarrolla en el presente del indicativo? Incluye nada más objetividades y que no está matizado ni con deseo ni con esperanzas. Tiene que ser una relación exclusivamente pasional en el que estemos viviendo sólo en el presente. Les permite durante el tiempo que permanecen juntos, vivir con ayuda de estupefacientes, en el presente. Viven en un mundo que no tienen consecuencias, sin los bagajes emocionales con los que uno llega a las relaciones. Todo eso hasta que el pasado empieza a irrumpir en su vidas, cuando notamos que esta relación tiene sus bemoles y unas cuantas grietas.

Max Ehrsam
¿Cómo funciona una relación que sólo se desarrolla en el presente del indicativo?. Foto: MaremotoM

–En la narración hablas del “ni modo”

–Sí, en los dos sentidos que lo utilizamos. En el sentido de usar las cosas contradictorias, pero también de rendimiento. No puedo hacer nada al respecto: ni modo. Así es la vida.

–Es la cosa zen de los mexicanos

–Exacto. Me encanta esa descripción, ya nos damos por perdidos y satisfechos. Así somos los mexicanos.

–Al principio es un poco molesta la relación en el presente indicativo. Uno como lector se convierte en esclavo de ese tiempo

–No estoy seguro como lector si la gonorrea es quizás un anticipo de lo que pueda ser la novela en el futuro. Puede ser una grieta en la relación. Sobre todo es que ese presente sin consecuencias es solo una fantasía.

–El tema de las drogas es algo cotidiano

–Es que lo es para ellos, no hay un juicio moral en el texto. En ese universo en ningún momento alguno de ellos se preguntan si lo que están haciendo es bueno o malo.

–Es cierto, hablan del “martes triste”

–Hasta ahí es lo máximo. Para estos personajes forma parte del mundo cotidiano. No estamos pensando lo que pueda pasar mañana. Vivir con estupefacientes implica tener relaciones sexuales sin condón, porque no hay un miedo a tener una enfermedad de relación sexual.

–¿Qué piensas de ese tiempo aplicado a la comunidad LGTB?

–La comunidad gay vive en el futuro desde hace un par de décadas. Después de haber vivido escondida en el clóset metafórico durante tanto tiempo. Hice la presentación del libro, mi madre cumplió 82 años hace poco e hice los comentarios de las escenas sexuales tan abiertas enfrente de ella. Después de la presentación, dije, cuando me fui hace 20 años a los Estados Unidos, si hubiera escrito esa novela la hubiera publicado en fotocopias, no en Alfaguara. La habría presentado en algún sótano oscuro de la Zona Rosa. Esos 20 años que han transcurrido han hecho la gran diferencia. Es una locomotora ahora, aunque hay muertes por homofobia, pero no hay marcha atrás.

Max Ehrsam
San Francisco siempre estuvo a la vanguardia en el mundo. Foto: MaremotoM

–Haces una comparación entre San Francisco y Chicago

–San Francisco siempre estuvo a la vanguardia en el mundo. En términos de los derechos de los gay y lo sigue siendo. En algún momento lo fue de la liberación sexual y en estos momentos es casi conservador, pide entrar al matrimonio. No es entrar a un retroceso, lo que pide es tener los derechos que todos los demás. Chicago, lo que pasa es que ha funcionado como un oasis dentro de estados que son mucho más conservadores en los Estados Unidos. Es un barrio hermano de San Francisco.

–¿Quién es Nate?

–Es una forma idealizada de todos los deseos del narrador. Pondría en tela de juicio si es tan guapo, si es tan perfecto, no sé si son los estupefacientes o la soledad del narrador. La pasión es subjetiva. Da igual lo que nos digan nuestros amigos. Nate reúne la satisfacción de la compañía que necesita este personaje, en algún momento, el personaje menciona que él ve lo que el narrador no veo.

–¿El narrador está muy solo?

–Sí. Además, no nos ha permitido hablar de su pasado y estos conflictos que ha tenido por parte de su madre con respecto a la aceptación. La madre no lo ha aceptado.

–Hablas de pasión y no hablas de amor

–Pues no creo en el amor a primera vista. Me parece que Nate cree en la idea del destino y de las vidas múltiples. Hay un deseo sexual bestial, que se convierte en amor, hasta el final, donde ven que el amor no lo puede todo. Cuando escribí esta novela no dije voy a escribir narrativa gay, la mayoría de las relaciones que he tenido en mi vida, han sido con otros hombres y por eso narré así la historia. Tampoco me molesta que digan que es literatura. Ramón Córdova, que murió hace unos días, el primer comentario que hizo: Es una novela de amor magnífica. Espero que cualquier lector sienta la pasión que ambos están sintiendo.

La noche se me fue de las manos
Portada de una historia de amor magnífica. Foto: Alfaguara

Fragmento de La noche se me fue de las manos, con autorización de Alfaguara.

Andersonville, leí en alguna parte, es un barrio sueco, pero fuera de algunas panaderías que se anuncian como tales, no me parece ni más ni menos sueco que el resto de Chicago. Si las pocas personas que caminan por la calle tienen pinta de suecas —si son rubias como la cerveza clara y tienen la nariz de cochinito— es difícil saberlo, porque todas van abrigadas con gorros y bufandas de lana que casi les tapan la cara por completo. Llevan también abrigos y chamarras que les deforman el cuerpo. Hace un frío polar.

Camino sin rumbo específico. Sobre la calle Clark, la avenida principal, hay establecimientos de ropa usada y muebles de segunda mano. En una tienda encuentro una playera de los años ochenta, tal vez incluso de la década anterior. Es casi toda blanca, con excepción de un toque optimista: franjas horizontales a la altura del pecho que circundan la prenda con los colores del arcoíris. Decido comprarla sin probármela y pago por ella lo mismo que habría pagado por una playera nueva en una tienda cara.

Salgo otra vez a la calle. En la esquina de enfrente está el Starbucks en el que quedé de encontrarme al mediodía con mi amigo Fadi, que esta mañana tiene una clase en la universidad. Entro, me siento junto a la ventana que da a Clark y miro el reloj. Son apenas las once y media. Lamento no haber traído mi libro: una novela contemporánea sobre vaqueros adolescentes que, sin proponérselo, me provoca erecciones a cada rato. Miro a la gente que ocupa las otras mesas: estudiantes la mayoría. Algunos leen libros universitarios de temas áridos, otros escriben en sus computadoras. Descubro, al fondo del café, junto a la puerta de atrás, a una pareja que discute furiosa en voz baja. De vez en cuando se les escapa una sílaba resonante y alguien cerca de ellos se vuelve furtivamente para observarlos. Ella es más o menos bonita, de un tipo de belleza que es genérica en este país. Se ha de llamar Jennifer: facciones delicadas, casi sin maquillaje; pelo castaño claro, recortado a la altura de los hombros. No está peinada con mucho esmero: quizá Jennifer haya perdido ya la ilusión de gustarle al hombre que tiene enfrente. De él —Brad, tal vez— solo puedo ver la parte de atrás de la cabeza y dos centímetros de nuca que quedan al descubierto de un abrigo de lana pesado. Es posible que no se haya quitado el abrigo para evitar que la conversación se alargue; para escaparse, a la primera oportunidad, por la puerta de atrás.

Jennifer levanta un dedo acusatorio y con la cabeza le dice que no; para nada, estás muy equivocado, al tiempo que fuerza una risa sarcástica. Brad alza ambas manos y las extiende con las palmas hacia arriba, tal vez para explicarle algo o para implorar ecuanimidad. Le murmura unas palabras, consciente de que hay gente alrededor que los escucha. Jennifer, exasperada, da un manotazo contra la mesa; un manotazo que da por terminada la conversación y que hace que varias personas del café que no se habían percatado del pleito se vuelvan a verlos. Se pone de pie, recoge su bolsa y abrigo, y sale por la puerta de atrás.

Brad la observa partir sin intentar detenerla; la mira marcharse por la calle y se queda fijo en esa posición dos, tres, cuatro minutos, tal vez con la esperanza de que vuelva, como hacen los perros día tras día cuando el amo los deja solos en casa. Al final, el hombre acepta la derrota: baja la cabeza y se tapa la cara con las manos; los codos sobre la mesa. Después de un rato se pone de pie y sale por la misma puerta que Jennifer, pero en dirección opuesta.

Los clientes del Starbucks vuelven a sus libros de texto, sus computadoras, sus conversaciones templadas. Me quedo sin nada que hacer, más que esperar a Fadi. Observo por la ventana a la poca gente que está en la calle: bultos de ropa que intentan caminar con prisa sobre las aceras cubiertas de hielo. A mi lado, del otro lado de la ventana, pasa un hombre que me llama la atención porque no lleva gorro de invierno y porque, sin detener el paso, vuelve la cabeza para verme la cara. Entra al Starbucks por la puerta principal, que está a tres metros de mí. Una vez que ha entrado, me mira otra vez. Le sostengo la mirada, no tanto por curiosidad o valentía, sino porque —desprevenido— no sé qué hacer con los ojos. Entonces me sonríe: una sonrisa de calendario, de anfitrión de programa de concursos. Su sonrisa es ensayada, pero efectiva: me ha persuadido. Le sonrío también. Abro la boca para decir hola, pero no digo nada.

Lo veo caminar hacia el mostrador y hablar con la cajera. Lleva botas de invierno, jeans y una chamarra de edredón negra. Es perfectamente rubio; tanto, que a la distancia es difícil saber dónde termina su nuca blanca y dónde empieza su pelo, cortado a la usanza de los militares. Tiene las orejas coloradas por el frío.

Mientras habla con la cajera, ambos ríen un poco. Debe de ser un cliente cotidiano, porque se comunican como si fueran grandes amigos. La cajera tuerce los ojos y señala algo en el mostrador de pan dulce. El rubio se ríe con más ganas y la señala a ella. La cajera vuelve a girar los ojos y se tienta la cadera con ambas manos en busca de una gordura imaginaria. Así pasan un rato, hasta que la empleada a cargo de preparar el café le trae al rubio su bebida en un vaso de cartón. El rubio paga, recibe el cambio con una mano y al instante lo deja caer en la cubeta de las propinas. Luego saca otro billete del bolsillo delantero de su pantalón y lo agrega a la cubeta. La cajera le dice, con voz muy entusiasta, gracias, nos vemos mañana; el rubio, creo, le guiña un ojo. En todo este tiempo no ha vuelto a mirarme. Camina hacia la salida de atrás, abre la puerta y gira la cabeza en el último momento. Sabe que lo he estado observando. Me dedica otra sonrisa antes de irse.

Siento que acabo de ver un comercial de pasta de dientes.

Me levanto a comprar un té. La cajera me atiende con cortesía profesional, pero sin alharaca. Regreso a mi mesa junto a la ventana que da a la calle Clark y pongo el saquito de té en el agua a punto de hervor. A la vez que el té se hunde en la taza, se forma en el agua una nube color arándano que poco a poco crece y se apropia del líquido caliente hasta teñirlo por completo. El té se llama Pasión. Absorto, contemplo el proceso sin importarme que el té se enfríe. Fadi llega unos minutos más tarde.

Al día siguiente, le pido a Fadi que me lleve a conocer la escultura abstracta de Picasso que el artista le regaló a Chicago en 1965, cuando la tradición de la ciudad era la de solo exhibir monumentos en honor a personajes y eventos históricos.

En el metro, Fadi va sombrío. Sigue molesto por causa de la conversación que tuvimos anoche.

Nos bajamos en la estación Washington y caminamos la cuadra y media hasta Daley Plaza, donde está la escultura sin título. El viento nos impide caminar a buen paso. Llevo calzones largos, pero esta precaución resulta casi nimia, porque el aire helado se cuela por la parte inferior de mis pantalones.

La escultura es gigantesca; de unos quince o veinte metros de altura. El diseño es intricado.

—¿Es un caballo? —le pregunto a Fadi.

—No, es una mujer.

Observo la escultura otro rato. A pesar de mis buenas intenciones, no me produce emoción alguna. Tras un minuto, Fadi agrega, como si el dato pudiera ayudarme a encontrarle forma al monumento:

—La mujer que posó era francesa.

Me esfuerzo inútilmente por pensar en algo astuto que decir. Me salva el hecho de que Fadi tiene los labios morados.

—¿Tienes frío? ¿Quieres irte?

Fadi asiente, se da la vuelta y se encamina hacia la estación de metro sin decir palabra.

Me lleva a cenar con sus amigos: un grupo de artistas de talento más o menos reconocido. En el coche, camino al restaurante, me describe los logros del grupo. Uno de ellos está por publicar un libro de poemas sobre su infancia turbulenta en Beirut. Otro, pareja del poeta, es contratenor en un coro de cámara. Por último, Layla, que es amiga de la familia de Fadi desde que Fadi era niño, hace teatro performance.

Entramos al restaurante. Los amigos de Fadi ya nos esperan sentados a la mesa. Me presenta con cada uno. Haas, el poeta, tiene los ojos verdes, el pelo negrísimo, las cejas pobladas, pestañas de más. Su barba de cinco días procura ocultar una cicatriz curva que empieza abajo de los labios y termina cerca de la oreja. Me estrecha la mano, pero no dice nada. Apenas sonríe. Es guapo, con un dejo de terrorista. En cambio, Arturo, su pareja, es la felicidad encarnada. Todo le entusiasma: mi suéter, el nuevo corte de pelo de Fadi, el mesero que nos atiende. Es hijo de inmigrantes nicaragüenses, me dice, pero casi no habla español. Mide de estatura lo que un parquímetro. Como sucede con frecuencia cuando conozco a una pareja gay, al instante me los imagino cogiendo: Haas en proceso de penetrarlo, lenta pero resueltamente; Arturo con la mandíbula apretada por un dolor que promete cosas muy buenas.

Aunque tiene rasgos varoniles —la nariz aguileña, la mandíbula cuadrada—, Layla es una mujer hermosa. No es difícil imaginarla sobre un escenario: me da la sensación de que lo lleva consigo a todas partes. Cuando habla, todos callan con deferencia. Tiene el pelo negro, largo, con canas intermitentes, prematuras, y ningún otro adorno. A cada rato se le escapa un mechón de atrás de una oreja y ella lo captura teatralmente con el dedo cordial y vuelve a colocarlo en su sitio. La imagino representando el papel de Hera —celosa, furibunda— en alguna tragedia griega.

Durante toda la cena, Layla se encarga de moderar la conversación: “Arturo, cuéntales a los recién llegados acerca de tu soufflé fallido”, dice. Luego: “Fadi, dinos cuándo vas a acabar esa maldita tesis”. Haas escucha las historias, pero casi no participa en la conversación. De vez en cuando, Layla le hace alguna pregunta y Haas responde con un monosílabo.

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—Amor, ¿leíste la convocatoria del seminario de poesía que te envié? ¿No es perfecto?

—Sí.

Cuando llega el postre, Layla se inclina un poco por encima de la mesa, extiende el brazo y pone su mano sobre la mía.

—Ahora sí, querido, háblanos de ti. ¿De dónde es ese acento tan magnífico?

Les digo de dónde vengo y cuántos años llevo en Estados Unidos. Después de eso, no sé qué más decirles, tal vez por miedo a decepcionar a Layla, que me tiene fascinado. Quién sabe qué les habrá contado Fadi sobre mí, sobre nuestra amistad.

Arturo, entonces, comienza a hacerme una serie de preguntas acerca de mi familia, mis opiniones políticas, la ciudad de San Francisco, la editorial en la que trabajo, la comida mexicana. No he acabado de responder una pregunta, cuando Arturo ya ha formulado la siguiente. No sé si es interés legítimo o un aspecto compulsivo de su carácter de perrito faldero. Después de un rato, Layla le pide con tono adusto, pero maternal, que deje de interrogarme.

Acabamos de cenar y Layla se despide del grupo. Me da dos besos —uno en cada mejilla— y me suplica que vuelva a Chicago durante la primavera o el otoño, cuando el clima es más benévolo.

—Me encantaría que en tu próximo viaje fueras a ver mi espectáculo. Me interesa tu opinión.

Halagado, le digo que a mí también me encantaría, que haré planes para venir en la primavera. Nos damos un abrazo. Me quedo con ganas de abrazarla otro rato, más apretado.

Fadi, Haas, Arturo y yo pasamos unas horas juntos en casa de Fadi. Luego, a eso de las once, nos vamos en el cochecito de Fadi a Boystown, el barrio gay. Las calles están despobladas, pero puede verse que los bares, restaurantes y cafés tienen clientes en abundancia. Los vidrios de los locales están ligeramente empañados.

Encontramos un buen sitio para estacionarnos. Arturo, Haas y Fadi se quitan los gorros, abrigos, suéteres, bufandas, guantes. Fadi me explica que es mejor entrar al antro sin prendas de más, para ahorrarnos la cola en el guardarropa. Sigo el ejemplo de los otros y me quedo en jeans, tenis y la playera del arcoíris que compré ayer en la tienda de segunda mano. Arturo ve mi playera y expresa su entusiasmo con un gritito. Luego saca un paquete de mentas del bolsillo delantero de su pantalón. Lo abre, toma cuatro pastillas que se distinguen de las otras por su tamaño reducido y su color azul, y nos entrega una pastilla a cada uno. La pastilla tiene un trébol de cuatro hojas grabado en la superficie.

—Nos vemos del otro lado —dice Arturo, con la cara de un niño que acaba de robarse una galleta.

Me meto la pastilla a la boca y me la trago con pura saliva, con un poco de esfuerzo. Nos bajamos del coche y caminamos a paso veloz las dos cuadras que nos separan del centro nocturno; las manos en los bolsillos de los jeans.

Media hora más tarde, ya adentro, mientras observo a la miríada de hombres que bailan, sin camiseta, en la pista, siento el primer efecto: una caricia interna que se extiende de la boca del estómago hasta la mollera y deja en su rastro una sensación de omnipotencia bonachona. Al instante, se corrigen los errores de este mundo. Bebo agua de una botella que Fadi me compró cuando llegamos y el agua me sabe a oxígeno. Las luces de colores intermitentes pierden su apariencia aleatoria y adquieren una forma rigurosa, como de soneto barroco. No alucino: esclarezco mi entorno; arranco de las cosas su séptimo velo. Todo es nítido, resplandeciente. Lo más sublime del mundo, sin embargo, es el mar de piel que se agita ante mí al ritmo de la música electrónica, tribal: una selección de hombres que esta noche vino a bailar para complacerme. Pienso: “A huevo”.

Me meto a la pista de baile para verlos más de cerca, uno por uno. Los hay altos y bajos; negros, blancos y de matices intermedios: todos inmejorables en su tipo. Algunos me sonríen, otros se mueven con los ojos cerrados. Bailo a momentos. Me imagino al centro de una hoguera en una tribu mítica, rodeado de caníbales cachondos. Alguien me toca el hombro: un negro de musculatura esculpida. Me da un jaloncito de playera y dice con los labios, sin emitir sonido, “take it off”. Obedezco. Me meto la playera en el bolsillo posterior de los jeans. El negro me pone una mano en el pecho y ahí la deja unos segundos, como si quisiera calcular mi ritmo cardiaco. Luego me pasa un brazo por la espalda, me acerca hacia él y comienza a mover la cadera. Así bailamos un rato. Así bailo con varios.

Una o dos horas más tarde, quién sabe, dejo la pista de baile y voy al bar a comprar agua. Pido cuatro botellas; me tomo la mía a grandes tragos. Camino alrededor de la pista en busca de Fadi, Haas y Arturo. Me muevo con lentitud, con ganas de no perderme un detalle, un músculo, un gesto facial. Encuentro, en un recoveco, una sala oscura en la que los hombres conversan, descansan o de plano se magrean con ruidos zoológicos. Reclinado en un sofá descubro a Haas, sin camisa. Tiene, previsiblemente, el torso cubierto de pelo crespo. También tiene un hombre a cada lado: uno de ellos lo besa en la boca, el otro le soba el abdomen. De pie, junto a ellos, Arturo observa la escena con la boca entreabierta. No alcanzo a leer la expresión en su cara. No quiero averiguar qué es lo que está por suceder: gritos, jalones de pelo, rasguños. Apenas decido darme la vuelta, Arturo levanta la vista y me encuentra ahí, anonadado, con tres botellas de agua en las manos. Me sonríe y agita ambos brazos, como si acabara de dar con el cofre del tesoro. Luego señala con el pulgar a Haas y su pequeño harén y abre los ojos muy grandes, como para decir, míralo tú, qué bárbaro. Me acerco, le entrego su botella de agua y la de su pareja, que está concentrado en los besos y las caricias y nunca se entera de mi presencia, y me voy a buscar a Fadi.

Lo encuentro solo, sentado en una tarima. Me ve venir y me sonríe sin ganas.

—¿Estás bien?

Al instante me arrepiento de haber abierto ese grifo. Fadi quiere discutir algo que me dijo hace un par de noches. Lo miro mientras habla, pero evito escuchar lo que me dice: ya conozco la propuesta; hace dos noches la rechacé. Fadi tiene muchas cualidades, pero la suma de ellas no me despierta sentimientos románticos. Siento lástima por él. En el tiempo que llevo de conocerlo ha demostrado siempre una gran lealtad, a pesar de que hemos sido amigos sobre todo a distancia; amigos telefónicos y por cartas certificadas. Ojalá pudiera corresponder a su lealtad; hacerlo defenestrar de una vez por todas sus expectativas de una relación amorosa entre nosotros. Siento lástima, pero también, debo admitirlo, un poco de frustración. Su discurso de esta noche es de lo más inoportuno. La pastilla del trébol que me tomé hace unas horas quiere llevarme en otras direcciones: a cualquier parte, lejos de aquí. En la pista de baile, por ejemplo, la danza lasciva me invita a gritos.

—Fadi, lo siento mucho, pero no puedo.

Le entrego su botella de agua. Fadi la acepta con cara de crucificado, lo cual me enerva aún más. Le toco la cabeza a manera de despedida y me alejo de él rápidamente.

Del otro lado del antro, separado de Fadi por la pista de baile, me apoyo contra la pared para ver pasar el río de hombres que fluye por el pasillo en ambas direcciones. Me concentro en áreas específicas de los cuerpos, como si estuviera en una carnicería: los bíceps, los hombros, los pectorales, el ombligo. Los hay de pierna, de lomo, de lengua, de pancita; llévese sus tacos. Quisiera tocarlos a todos; degustarlos.

De pronto, lo veo pasar frente a mí y, sin siquiera pensarlo, lo capturo con un apretón de brazo.

—¡Starbucks! —es lo único que se me ocurre decir.

El rubio me mira confundido, pero no intenta soltarse. No parece reconocerme. Al instante empiezo a dudar que sea él. Hay muchos rubios guapos en el mundo; el común denominador los hace indistinguibles. Cuando llegué a vivir a este país, tampoco podía diferenciar a un chino de otro. Todavía.

—Perdón —le digo. Lo suelto del brazo—. Te confundí con alguien más.

No cambia el gesto de la cara, pero levanta una mano y contrae dos dedos repetidas veces para pedirme que me explaye.

—Hace dos días vi a alguien en un Starbucks —le aclaro—. Pensé que eras tú.

Se queda inmóvil unos segundos. Me mira con escepticismo. De pronto, le cambia la expresión y me dice:

—El Starbucks de Andersonville. Estabas sentado junto a la ventana. Llevabas un suéter blanco con rayas negras.

Nos damos un abrazo efusivo, como si fuéramos compadritos de antaño y no completos desconocidos. Nos quedamos frente a frente y conversamos un poco. Para no gritar, nos hablamos al oído. El rubio tiene la barba ligeramente crecida; la siento rozar mi piel cada vez que me acerco a hablarle. Huele a alguna hierba terrosa que no alcanzo a identificar, quizá tomillo. Trae puesta una camiseta gris térmica que no aspira a moda alguna. Por su aspecto desgarbado, recio, me da la impresión de que viene de cortar leña en el bosque. Se llama Nathaniel; sus amigos le dicen “Nate”.

Nos hacemos algunas preguntas básicas. Cuando le explico de dónde es mi acento, Nate me responde en un idioma que pretende ser español. No entiendo palabra alguna de lo que dice. Sin embargo, decido alentarlo:

—Qué bien lo hablas. ¿Dónde aprendiste?

A manera de respuesta, me pone una mano en la verga.

Nos besamos y manoseamos un buen rato, sin tomar en cuenta que estamos a medio pasillo, estorbando el paso. De vez en cuando uno de los dos se separa un instante para salir a la superficie del océano de nuestro faje, pero a los pocos segundos vuelve a sumergirse. Cada reencuentro en el fondo es más y más vigoroso. De pronto, abro los ojos y descubro a Fadi, Haas y Arturo frente a mí.

Les presento a Nate. Fadi y Arturo le dicen qué tal, gusto en conocerte. Haas ha recuperado la camisa y el carácter adusto: no dice nada. Arturo da un paso atrás, mira a Nate y luego me mira a mí, luego otra vez a Nate y otra vez a mí. Finalmente mira a Fadi, quien procura ocultar algún sentimiento desagradable: celos, decepción, disgusto. Sin verme a la cara, me anuncia que todos están listos para irse.

—Tú te quedas conmigo esta noche, ¿no es cierto? —me pregunta Nate enfrente de todos.

Lo pienso unos segundos.

—¿Te importa? —le pregunto a Fadi.

—No, haz lo que quieras. Nos vemos mañana.

Afuera del antro, Nate pide un taxi. Dejé mi abrigo en el coche de Fadi y solo llevo puesta la playera del arcoíris, pero el efecto residual de la pastilla me hace inmune al frío de Chicago. El taxista lleva una ventana entreabierta. Aun así, me suda la frente.

Nate pone la mano izquierda sobre mi muslo; con la otra señala sitios en la calle de interés general o particular: “Esa torre fue, durante mucho tiempo, las más alta del mundo”, me explica. Más adelante: “Ahí venden unas sopas deliciosas”.

Cuando llegamos a su casa, me ofrezco a pagarle al taxista, pero Nate rechaza mi oferta. Saca dos billetes del bolsillo delantero del pantalón, se los entrega al chofer y se sale del taxi sin esperar el cambio.

Entramos a su casa, me pregunta si quiero algo de beber y, antes de que le responda, ya lo tengo otra vez prendido de mí. Nos besamos de nuevo. Sin separarnos, caminamos a tropezones hasta su recámara. Nate se desnuda al instante y comienza a moverse por el cuarto: quita la colcha de la cama, dobla en dos la sábana de arriba, golpea las almohadas para darles forma, saca condones del buró. Está claro que tiene un ritual practicado para situaciones como esta.

Mientras prepara el escenario, observo su cuerpo. Tiene el pecho y los brazos musculosos, pero no tan grandes o marcados que denoten una vanidad excesiva. Tiene, incluso, medio centímetro de panza, lo cual acentúa su masculinidad. Cada uno de sus muslos es un toro de lidia, un toro albino; su verga, más grande que la mía. Lo que más me entusiasma son sus nalgas duras y redondas, del color refrescante de la leche.

Nate se me acerca y comienza a desnudarme. Me baja los jeans y los calzones de un tirón a la vez que se pone de rodillas. Mi erección le pega en la cara. Nate se la pone en la boca sin más preámbulos y me da una mamada de antología. Pongo mis manos sobre su cabeza para acompañar el movimiento. A los pocos minutos siento que estoy por venirme, así que interrumpo la acción: no quiero que acabe todavía. Lo levanto de las axilas y lo empujo hacia la cama. Me echo encima de él. Lo beso. Mi verga se restriega contra la suya. Paso una mano por abajo de su nalga derecha y le rozo el culo con un dedo. Nate gime. Dice: “Cógeme”. Me levanto, me pongo un condón, lo tomo de los tobillos y jalo su cuerpo hasta que los glúteos quedan al borde de la cama, a la altura de mi verga enhiesta. Miro la suave carnosidad de sus nalgas y pienso que no hay paisaje más glorioso en el mundo. En esa posición me lo cojo un rato hasta que Nate se viene con gemidos estentóreos. Luego me lo cojo bocabajo, con mi pecho adherido a su espalda. Al instante de venirme, le muerdo una oreja, la nuca blanca, el nacimiento del pelo perfectamente rubio.

Al día siguiente, Fadi me lleva al aeropuerto. Hablamos muy poco durante el trayecto. No hacemos referencia alguna a los sucesos de anoche.

—¿Cuándo vas a San Francisco a visitarme? — le pregunto.

Fadi sonríe, pero no responde. Entiendo que va a pasar mucho tiempo antes de que nuestra amistad recupere su cauce. Ni modo.

En el avión medito acerca del significado de la expresión ni modo, que es común entre los mexicanos y en algunos países de Centroamérica. Lo sé, porque parte de mi trabajo consiste en detectar y eliminar regionalismos lingüísticos de libros de texto para la enseñanza del español. Es una lástima que la expresión no se use en todos los países de habla hispana, dada su elocuencia y versatilidad.

En su uso más ordinario, ni modo equivale a una interjección de conformismo: ni modo, no hay nada más que hacer, nada más que decir; así es la vida. Su uso más complejo —acaso exclusivo de los mexicanos— está seguido de la conjunción que y, por ende, de una cláusula en subjuntivo, con sentido subordinado. Se dice, por ejemplo: “Fulano no quiere venir; ni modo que lo fuerce”. O bien: “Mengano es a cien leguas gay; ni modo que lo niegue”. En estos casos, ni modo plantea y rechaza —simultáneamente— una propuesta o alternativa. No hay otra expresión en el habla hispana que pueda hacer esto con semejante eficiencia.

En eso pienso hasta que me quedo dormido.

Los libros que edito varían un poco de acuerdo con las modas académicas; sin embargo, todas las metodologías emanan de un principio básico: primero debe enseñarse lo más inmediato y, al final, lo más remoto o abstracto. En términos de vocabulario, la secuencia de campos semánticos sigue, por ende, un orden más o menos determinado por la proximidad física de los objetos, las personas y los lugares; a saber: el salón de clases, los edificios de la universidad, los amigos, la familia, los muebles de la casa, la ciudad, la ecología y, por último, los viajes al extranjero. En cuanto a la gramática, primero se enseña el presente de indicativo, que es el tiempo más concreto. Le siguen los tiempos pasados, los tiempos perfectos y el modo subjuntivo. Hacia el final del libro, se enseñan el condicional y el futuro.

Para hacer el libro menos tedioso y con el pretexto de incluir datos —por lo general inútiles— sobre las culturas hispanohablantes, se incluyen personajes de diversos países: estudiantes universitarios cuyas conversaciones ejemplifican el campo semántico y el tema gramatical en cuestión. Por ejemplo, en el capítulo uno, que es cuando los estudiantes aprenden a contar del cero al veinte, el alfabeto, algunos verbos del presente y el uso impersonal del verbo haber, suele incluirse alguna variante de la siguiente foto: tres estudiantes morenos —un hombre y dos mujeres o dos mujeres y un hombre— están en un salón de clases, sentados ante sendos escritorios. Sobre los escritorios hay una plétora de útiles escolares. Los tres estudiantes se miran con gran regocijo, como si acabaran de abrir sus regalos de Navidad. Abajo de la foto aparece su presunto diálogo:

MAGDA: Raúl, ¿cuántos bolígrafos hay en el escritorio?

RAÚL: Hay siete bolígrafos en el escritorio. ¿Cuántas ventanas hay en el aula de clases?

MAGDA: Hay dos ventanas en el aula de clases.

SUSANA: Magda, ¿cómo se escribe tu nombre?

MAGDA: Mi nombre se escribe: eme, a, ge, de, a.

SUSANA: Gracias, Magda. ¡Vamos a la biblioteca!

En la medida en que los estudiantes de la vida real aprenden vocabulario y tiempos verbales más complejos, las vidas y conversaciones de los personajes del libro de texto se vuelven, hasta cierto punto, …

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