La cuarentena

La cuarentena, de Víctor Cuchí Espada

Una bocanada de aire le rozó la cara como queriendo entrar en la oficina. Tras de sí salió el teporingo, que nada ya tenía que hacer allí. Ya en la banqueta ilógicamente limpia, apenas lo soltaron, pudo al fin estirar las piernas.

Ciudad de México, 29 de julio (MaremotoM).- Tan pronto terminó el examen, se dirigió al baño a vomitar. No pidió permiso; en otros empleos había desarrollado una familiaridad a la que no iba a renunciar mientras durase en este empleo. ¿Cuánto sería? Miró la cabina y pensó que, por la limpieza que le rodeaba y la falta de grafiti en las paredes, se quedaría hasta que lo echaran.

O terminara el proyecto, lo que sucediera primero, por inercia.

En aquel examen hubo de seleccionar la opción correcta de tres reactivos que se referían al tiempo. Qué tarea haría primero y cuál después: la más fácil o la más difícil; ¿modificaría el plan de obra o los procedimientos con tal de concluir a tiempo? ¿Es el tiempo sinónimo de pronto?

La voz del coordinador editorial denotaba su preocupación. Dos ojos azules le rogaron que editara dos cuadernos de actividades, que los dejase listos para la imprenta en tres meses. Está dentro de lo posible; seguro que sí, cómo no.

Pero tendría que trabajar aquí adentro; bien, estaba de acuerdo. Todo quedaba en sus manos, sus dedos, su tiempo. Sólo faltaba la última condición: el espacio. Las entrevistas se lo habían dosificado; las únicas señales eran los carteles de promoción editorial colgados en las paredes como los paisajes que adornan las de un hospital. Esto le sosegó; al cabo de los años ya no distinguía una editorial de otra. Así que se dejó llevar a su escritorio; sabía que le ofrecerían una estación de trabajo; de todas maneras, se aferraba a su laptop como a una mascota. Caminaba a paso veloz, a una distancia que le llevaba a perseguir a la asistente editorial, sin romper el silencio. Mientras esperaba a que del almacén le mandaran los insumos, oyó un estornudo.

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Caminaba a paso veloz, a una distancia que le llevaba a perseguir a la asistente editorial, sin romper el silencio. Foto: Cortesía

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Se dio cuenta de que había sido instalado en un mal lugar. Infirió que, en alguna otra época, primigenia, aquel escritorio había estado expuesto a la vista de todos los demás, como ahora el de las recepcionistas, que parecían módulos de atención. Nadie supervisaba a nadie, por lo que era natural que se le hubiera insertado en una especie de cubículo por el cual se podía asomar. La oficina consistía en hileras de mamparas debajo de un montón de diccionarios y galeras, cual vallas y muros de ladrillo. No podía por menos que imaginar qué sucedía al otro lado.

De vez en cuando iba a las impresoras y de vez en cuando a la biblioteca. Extrañamente, sólo ahí se rompía el silencio. De vez en cuando se escuchaba el tintineo de un teléfono, a veces el rumor de una conversación, pues más de uno tenía la costumbre de platicar por teléfono en lugar de levantarse de su asiento. En ocasiones, los pasillos se llenaban con accidental unanimidad. Y entonces una de las recepcionistas la hacía de prefecto. Y mientras la gente regresaba a sus estaciones de trabajo bajaba el volumen de la algarabía. Verla podía cansar, así que sería viable, algún día, establecer rutinas simultáneas con horarios predeterminados, o, mejor aún, mantener a todos sentados alimentados por un catéter y una sonda para que sus cuerpos se drenen periódicamente… o mandarlos a trabajar a sus casas. Nada de esto formaba parte del contrato de trabajo, así que permanecía encerrado en la imaginación.

En fin, sacar copias cuando hiciera falta, con límite de diez al día, ir al baño al menos cuatro veces diarias y comer económicamente a las dos de la tarde durante una hora.

Entonces la oficina quedaba vacía. Algunos monitores permanecían encendidos mostrando dos clases de protectores de pantalla: los que lucían el logotipo de la empresa y los personalizados, que acababan asemejándose entre sí; los primeros iban bien con los mensajes de bienvenida que a diario se enviaban por el correo electrónico, así como con el desayuno, sólo uno, con el cual se estrenaba al empleado nuevo, y le servía para conocer al director general y al coordinador.

Cuando el espacio se volvía a llenar para el segundo turno, se escuchaba en el sonido de ambiente la obertura de Orfeo en el infierno.

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Cuando el espacio se volvía a llenar para el segundo turno, se escuchaba en el sonido de ambiente la obertura de Orfeo en el infierno. Foto: Cortesía

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El primer cubrebocas anticipó el futuro. Se discutió si era una nueva moda o una medida preventiva. Lo de la epidemia ya no era un rumor.

A su juicio, la gente podía comentar lo que deseara siempre que la producción no se interrumpiera. Pero le mortificaba que no llegasen a su buzón los archivos de los ejercicios corregidos de la unidad II. Había editado ágilmente la primera unidad, aunque tuvo que replantear la actividad sobre el paso de la Edad Media a la Modernidad. Eran demasiados dos ejercicios para identificar iglesias góticas y trovadores. Buscar la relación entre el pasado y el presente demandaba examinar la Muerte Negra. Lo ideal, le parecía, era que el alumno —como el espécimen de educando que debía ser— dijera lo que le provocaban unas cuatro ilustraciones que hubo que seleccionar de una base de imágenes y un par de viejos libros. Fue una búsqueda intermitente; ocasionalmente tenía que mirar al monitor; cuando no era el archivo, era la lista de imágenes registrada en una hoja de Excel, o su buzón, éste cada vez más como a un termómetro a punto de estallar.

No conocía al autor, pero sabía que era un papanatas. Siempre lo son, pensaba con entera seguridad; quien sino un papanatas desperdicia su talento u oficio enseñando historia por medio de recordatorios e incitaciones a la asociación de ideas. Le cansaba revisar las preguntas y, más aún, rehacerlas, repitiéndose para sus adentros que el autor era un papanatas.

Lamentaba que ya no se usaran aquellos anteojos antirreflejantes que le hacían parecer una mosca. En teoría la pantalla no le deslumbraba, pero desde hace mucho que sus ojos prácticamente no lagrimean. De su casa traía un cojín que cabía muy bien en su mochila. Ya le pagaban con puntualidad, aunque seguía esperando su contrato como los apestados del siglo XIV aguardaban la salvación. No podía sino confiar. Del otro lado de la ventana corrían gotas de lluvia, así que se levantó a verlas.

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Lamentaba que ya no se usaran aquellos anteojos antirreflejantes que le hacían parecer una mosca. Foto: Cortesía

Cuando regresó, el archivo no había llegado. Lo que le esperaba era un mensaje del director general acompañado de otra hoja de Excel, que le informaba las nuevas fechas de entrega: tendría una semana más por unidad. En cambio, las catorce líneas del mensaje narraban en tono muy positivo la experiencia del CEO del corporativo en el Foro de Davos, que se podía resumir en que todos juntos venceremos a la pandemia.

Este mensaje motivó una que otra carcajada… No le daba risa, porque lo había leído con cuidado. El optimismo del jefe de todos ocultaba, revelándolo y viceversa, algo muy serio. En verdad que sí, no cabía la menor duda: su contrato pudiera no estar listo cuando todo esto concluyera. Y el autor podía recurrir a la epidemia como excusa para seguir demorándose. Volvería a casa, de nuevo, con otra fracción de libro, y al día siguiente se repetiría el ciclo.

De todas maneras, archivo o no, era libre de continuar su trabajo. Avanzaba con la decisión de un escarabajo.

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El guardia le apuntó a la cabeza y oprimió el gatillo. Su temperatura era normal.

El archivo llegó al buzón, si bien con ello no terminaron los errores. Hubieran sido nimios, pero había un plan de obra de por medio; su antecesor en el puesto le había heredado su visión de cómo debía ser el libro. Muchos odian los planes de obra; sin embargo, olvidan que los libros y la vida consisten de estructuras. Sólo que debía reconocer que el autor había enviado textos demasiados largos. Clarísimo le había indicado que en cada página únicamente caben mil seiscientos caracteres incluyendo los espacios entre las palabras. Ahora esto significaba que en esta especie de prensa de Pascal el agua se derramaba. No quedaba salvo frotarse los ojos y seleccionar qué se iba y qué se quedaba. A fin de cuentas, algo tan sencillo como que cada actividad debía iniciar con una introducción al tema debajo del recuadro de Propósitos y Aprendizajes esperados, cada pregunta debía terminar con cinco plecas y en los márgenes, al lado de cada ejercicio, en todas las páginas pares, otro recuadro debía contar una anécdota de 330 caracteres u ofrecer algún consejo útil para la vida.

Un libro de texto es un ser inexorable. En este caso, si la historia se alimenta de la duda, en el libro ésta suele estar notoriamente ausente. Argumentos contundentes. Verdad es certeza. Certeza hasta en las celdas, plecas y espacios en blanco. Era ese libro de historia un rompecabezas con todas las piezas. Completarlo llevaba a que el alumno fuera bien evaluado y con un poco de buena fortuna conducir a una vida donde, acaso en alguna ocasión, alguien le solicite buscar un dato… Para eso alguna vez completó los ejercicios de este libro.

La vida es cuestión de práctica…

Con esto en mente, recortó lo que tenía que recortar y envió los temas editados a la corrección de estilo y a formación, de acuerdo con el cronograma.

Luego, recibió su contrato de manos de la recepcionista muy cariacontecida cual gato de regreso del arenero.

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Luego, recibió su contrato de manos de la recepcionista muy cariacontecida cual gato de regreso del arenero. Cortesía

5

Aquella frotada de ojos fue la última antes del desastre. Con un gajo de naranja en la boca reflexionó sobre cómo debió de haberlo anticipado. Afuera se observaba cada vez menos tránsito. Le tomaba menos tiempo llegar a la oficina. La toma de temperatura ya era rutina. Se preguntó adónde se almacenaría la información. Supuso que en alguna gran memoria en Recursos Humanos. No estaba asentado en el contrato, pero claramente a todos los empleados los hermanaba los 36 grados.

Estornudar constituía un problema, un acto destructor de la reputación de cualquiera. De improviso, advirtió que faltaba gente para escuchar los estornudos y desde hacía tiempo quien estornudara. Seguían los rumores de que en la calle la gente tosía y luego se moría. Por su correo recibió la noticia de que se le había recortado su cuota de pruebas impresas. Por suerte sus carpetas de trabajo estaban llenas. Consultó su cronograma: en tres semanas debía enviar a formación la primera unidad del segundo libro. El primer cuaderno de actividades ya estaría en la imprenta. Todo perfectamente conforme al calendario.

El sonido de ambiente ahogó un poco el barullo. En su buzón cayó otro mensaje. Avisaba que debía dejar lo que estaba haciendo para leer el nuevo protocolo de medidas sanitarias. Destacaba que al momento en que alguien enfermase o fuese declarado sujeto de transmisión por un médico competente —esto último en mayúsculas—, la empresa procedería a cerrar las instalaciones de inmediato, a evacuar al personal, que en adelante desempeñaría sus funciones en sus casas.

No fue preciso leerlo dos veces. Sudó frío.

6

A pesar de que sucedió de repente, estaba preparado.

Como siempre, los hechos fueron anunciados por decenas de rumores. Quizá lo inevitable se hubiera evitado de no haber sido falsa la noticia de una vacuna. Notó cómo la desazón embargó a todos. Era, pues, cuestión de tiempo. ¿Cuándo? El día estaba fuera del cronograma, en un futuro siempre inminente.

Lo presentía cada cuando veía a sus colegas pasear nerviosos por los corredores. Se chismorreaban renuncias; se consultaban buzones en busca del anuncio que los mandaría a todos a casa, el que se negaba una y otra vez hasta que todos empezaron a vaciar sus escritorios en anticipación.

Fue a la mitad de un cumpleaños. No sonó la alarma. En tiempos de la plaga un grupo de encapuchados hubiera pintado la puerta. Esta vez la orden corrió con sigilo. De tal forma, nadie se asustó. Un empleado había sido declarado enfermo y eso bastó. El correo llegó después; un mensaje que no anunciaba, sino que justificaba la evacuación. Ante sus ojos, todos abandonaron la sala de juntas, algunos se dirigieron a sus escritorios y de ahí a las escaleras. Sucedió en minutos.

Entonces, salió de debajo de su escritorio y de uno de los cajones extrajo su mochila. Aunque ya sabía su contenido, lo sustrajo y volvió a contarlo para asegurarse de que con cuanto había llevado a la oficina, tenía más que suficiente para transformar su árida estación de trabajo en un oasis. Era extraño que nadie se hubiera preguntado por qué había cargado consigo tantas latas y bolsas. Ahora vio que le restaban espacio sobre su escritorio. Desconectó, pues, el teléfono; al fin y al cabo, no lo necesitaría. Anticipó días y días de silencio e invisibilidad.

Curiosamente, no obstante lo mucho que deseaba proseguir su trabajo, tan sólo pudo merodear por los escritorios abandonados. Pocos se molestaron con llevarse sus cosas, o ¿acaso sus compañeros también tenían doble personalidad? Era tal vez indicio de que regresarían. Ilusos, ilusos e ingenuos. Perderían sus postales. Destacaba una que, sabía, fue comprada en Bucarest. Los lápices se quedaron donde estaban antes de la hora de la comida. Columnas de galeras marcadas y subrayadas en tinta roja lucían desparramadas. Le sorprendió la propensión de algunos a llevar juguetes al trabajo. Y una que otra fotografía, hasta de algún bebé. En los estantes yacían libros y libros de color pastel, magenta, rosa y azul, que ya no remitían a nada. Por el ventanal se asomaba el crepúsculo.

Una vez alguien le prometió una vida de lectura sin fin. Y al menos esa promesa había sido cumplida.

7

En adelante podría trabajar con gran parsimonia. Trabajaba más lentamente que antes porque había perdido el sentido de la urgencia. También le dolía la región lumbar más a menudo. Para no presionarse por un tiempo dejó de consultar sus mensajes y su celular. Tuvo que disciplinarse para volver a sentarse ante su estación de trabajo, aun cuando no con la misma intensidad y premura que eran su sello y su orgullo.

Para tomar sus tres comidas diarias tuvo que disciplinarse. En ocasiones, las había obviado ante la carga de los proyectos; ahora era imperativo comer tres veces diarias si quería sobrevivir la contingencia. Faltaba terminar un cuaderno de actividades. Recordó que aún esperaba la copia de su contrato ya firmado por sus jefes. De seguro los estaría esperando aquí cuando volvieran a la normalidad, con todo el cuaderno editado y listo para corrección. Entonces podría reclamar.

Antes de dormir debía haber revisado al menos una plana. Tal era su programa. Dormía con facilidad, si bien tal vez la ritualidad que precedía al sueño le cansaba aún más. Su agotamiento se notaba en sus ojos hinchados ante el espejo del único baño que podía usar —porque los demás estaban sucios—, en sus suspiros al meterse en la bolsa de dormir, en la persistencia del sabor de la mandarina que había cenado, en el ulular de la ambulancia que ocasionalmente le sobresaltaba. Y volvía a pensar en lo que debía hacer mañana para terminar el libro a tiempo.

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Despertaba cuando el horizonte se asomaba por detrás de los edificios como una franja gris. Cada día se tomaba la temperatura de cinco a seis veces con la misma regularidad con que muchos oran. Se lavaba las manos constantemente. Sus alimentos estaban, desde luego, racionados; los había seleccionado por su valor nutritivo; por fortuna llevaba suficiente agua; y se sorprendió de que en un closet al menos cinco garrafones llenos le permitirían sobrellevar la contingencia. Sintió una alegría que validaba su optimismo.

8

Le parecía notable que la vigilancia no hubiese revisado el interior de la oficina; de todas maneras, por lo menos en los primeros días se apegó al plan de no salir de un cubículo cerrado, una especie de cápsula con todo lo que necesitaba, en especial tomas de corriente; ahí había tendido su bolsa de dormir e instalado su equipo.

Había previsto hasta el imponderable de que el autor seguiría demorándose, así que cada dos días le reiteraba su solicitud de que concluyera el manuscrito de acuerdo con el cronograma. Contestó éste los primeros y luego las respuestas se volvieron cada vez más escuetas. En verdad que a éste la epidemia le había ablandado. Piadosamente no tuvo que esperar mucho. No obstante, el ejercicio faltante —la elaboración de un gráfico de barras— no cumplía con las expectativas; eran dos: la primera, que llenara el espacio vacío en la página 111; la segunda, que no fuera otra propuesta de actividad para que el alumno usara a la historia para aprender otra cosa. Así que sin vacilar la descartó.

En lugar de que los alumnos conjeturen y conjeturen, era más adecuado que seleccionaran un enunciado correcto de varios incorrectos para que se imbuyeran de la certeza de que existe la verdad. Ya lo había logrado por medio de un ejercicio de interpretación con un mapa de Asia Menor en el cual los estudiantes debían deducir, jugando a serpientes y escaleras, el trayecto de la campaña de Alejandro Magno. Ahora sería incluso más sencillo: a través de la interpretación de una imagen asociarían seis enunciados.

Elegir la imagen no resultó fácil. La empresa imponía restricciones a qué ilustraciones se podían elegir. Por tanto, le tomó toda la noche. Cuando le ganó el cansancio, ya tenía algunos prospectos. Ninguno le convencía. Así que fue al baño a cepillarse los dientes. Pese a la traba de la imagen y el sonido lejano de las ambulancias, creía que podría dormir. Sólo que no apagó la impresora cuya luz de encendido fue lo único que alumbraba el corredor.

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Conforme pasaba el tiempo, por su propensión a tomarse las cosas demasiado en serio, la búsqueda de aquella imagen se dilataba. No le ayudaban el intermitente sonido de las ambulancias y los helicópteros. De vez en cuando repiqueteaban los teléfonos. Se cuidaba de no tomar ninguna llamada; ello implicaba luchar contra su instinto. Una vez que redactaba otro mensaje al autor, instándole de nuevo a que brindara ese esfuerzo final para terminar el manuscrito, con la mayor delicadeza persuasiva, se vio interrumpido por el criminal chirrido del aparato del escritorio que ocupaba. Lo dejó sonar. Minutos después, de nuevo…

¿Y si había sido descubierto? ¿Y si en verdad había sido visto a través de las cámaras y al otro extremo de la línea un guardia esperaba atraparle? ¿Y si después de todo no había sino dado un espectáculo?

Se hincó en busca del conector de la línea, que halló junto a los cables de la computadora. Delicadamente los jaló. Suspiró. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Se lanzó a los escritorios a desconectar todos los teléfonos. De repente, advirtió que alguien podría sospechar si ninguno de los aparatos funcionaba. Le sosegó que, si se creía que la empresa estaba vacía, nadie se le ocurriría llamar.

Entonces, ¿por qué sonaban los teléfonos? Se asomó por el ventanal. Esto lo hacía muy pocas veces, pues temía ser visto desde la calle. Afuera, una mosca no podía entrar. Abajo, no había nadie. Antes, por varios días, circulaba una patrulla. Todo parecía morirse. Sin embargo, era imposible que las casas y los departamentos estuvieran abandonados. Las ambulancias eran señales de vida. Curiosamente, el cielo lucía más claro y en las noches sólo las luces impedían ver el firmamento. Y la música, la música que intempestivamente emergía de los altavoces, anodina, monótona, tenebrosamente didáctica.

Sabía que en la oficina del director general no entraba sonido alguno. Recogió sus cosas sin pensarlo más. El despacho se encontraba a lo alto de una escalera espiral. Entró. El panorama se componía de un puro metido en una cápsula de vidrio descansando sobre un aparador chino de laca negra, encima del cual se encontraban desplegadas al menos quince figuritas de porcelana. La habitación emitía un engañoso olor a madera. Tres columnas de papeles impresos se erguían entrelazados sobre el escritorio cubiertas por una leve capa de polvo y rodeadas por esquirlas de goma de migajón. Una taza con el logo esmaltado de la empresa lucía sola. En un librero que abarcaba el muro, hilera tras hilera de libros y panfletos se extendían como nichos en un mausoleo, heredados por una genealogía de directores generales, que rodeaban lo único que parecía referirse a aquel ocupante en turno: los tres tomos de la Crónica de la Segunda Guerra Mundial de Reader’s Digest.

Puso sus cosas alineadas en una esquina; extendió su bolsa de dormir; se dispuso a despejar el escritorio perfectamente alumbrado por la luz que atravesaba el ventanal. Con cuidado depositó los paquetes de papel bond, que vio que eran galeras, con renglones muy marcados de rojo y amarillo, libros atrapados in media res, ahora suspendidos. Iba a sacudir el polvo. Junto al escritorio, en el piso se encontraba un libro. Lo recogió, lo desempolvó. Con sus dedos tiesos y adoloridos, lo hojeó. Una fotografía tras otra en láminas impresas sobre papel cuché mate. Eran tantas las pinturas del Museo Estatal Ruso que se le perdieron entre los ojos. Una, que ocupaba media página, pasó fugazmente; de modo que se refrenó, se detuvo un momento, para volverla a examinar más detenidamente.

El pie de la imagen describía a la perfección el tema del cuadro. Una cuadrilla de hombres batidos, mustios, atados entre sí, arrastraba una barca a lo largo de un río, cuyas aguas reflejaban los colores del cielo. Todo en la vida sirve para algo, pensó de repente. Cuadriculó la imagen en catorce partes, en ocho de las cuales pudo formular una pregunta de opción múltiple, la más general de las cuales era qué hacían los trabajadores y por qué: si actuaban obligados por las circunstancias, si la barca no estaba atascada en el fango, si no eran náufragos, o si no se estaban ganando la vida, la cual era, desde luego, la opción correcta, la que subrayó con una línea magenta para que en el libro del maestro éste no se equivocara de respuesta.

Al fin, podía cerrar la unidad II y mandarla a la siguiente fase.

Se felicitaba por la mudanza. Las ventanas estaban siempre cerradas. La música de ambiente, invariablemente ballets, no entraba por la puerta.

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Lo que tampoco entraban eran los mensajes del autor. Sus únicos contactos con el exterior eran los comunicados de la autoridad tributaria y las cartas de la Dirección General que con perfecta regularidad avisaban de una nueva prórroga a la pronta, inminente, segura reapertura de la empresa. Éstos no los contestaba. De hecho, a estas alturas le sorprendía que nadie hubiera intentado escribirle o hablarle para enterarse de la suerte del cuaderno de actividades.

Estaba perdiendo la fe. Es increíble cómo al cabo de los siglos seguimos dependiendo de la fe para concebir el futuro. Su anticipación de los tiempos, encarnado en el plan de obra, se deshacía a cada instante que pasaba sin aquel archivo de la unidad III. Interpretando todos los hechos, se explicaban fácilmente: acaso el autor había muerto. Es más: asimismo el corrector de estilo y el diagramador. Por eso nadie se asomaba por la puerta, ni sonaban los teléfonos… ya no se escuchaban las sirenas, sólo a veces algo muy extraño, semejante al aullido de un coyote. De la fe rota, pues, solamente le restaba la seguridad de que en su casa todo sería igual.

Nada podía extrañarle. Trabajaría allá en medio de la vigilia. En verdad, no recordaba cómo era vivir ahí. Y es que solía negar que conocía aquello que olvidaba. En este caso, el ruido, el caos… que una mañana en duermevela erradicó en un sueño en que, sintiéndose un niño, brincaba en su cama hasta que una voz le mandó a ponerse un pantalón rojo y, descalzo, se metió en un auto que lo llevó muy lejos.

Le sorprendió un mensaje del autor pidiéndole encarecidamente una prórroga. Al parecer estaba enfermo. No dio detalles, pero tal vez era grave, tal vez le manipulaba porque en verdad se había ido de vacaciones.

Mientras tanto, se quedaba sin comida. Aunque anticipó esto, a consecuencia de la demora del autor, tenía miedo. Podía salir, buscar alguna tienda, una miscelánea, y comprar alimentos, pero temía aún más. Moriría si lo intentaba. Nadie lo había engañado; el virus era realmente letal. Si salía, no sería como caer luego de un paseo por la luna sin traje de astronauta, su piel arrugándose y tornándose gris…, por el contrario, con las manos vacías, agonizaría temeraria e inútilmente, solo, tras una fiebre incandescente, ahogado en su flema cual un tísico del siglo XIX, y después… ¿quién lo encontraría?

Recordó que, en un entrepiso, al lado de la escalera y del comedor, había unas máquinas expendedoras de botanas. Desde hacía mucho que no se cuidaba de las cámaras de vigilancia; de todas maneras, para no hacer ruido fue a ellas con los pies cubiertos con calcetines. No dejaba de asombrarle el tamaño de cada una; eran como grandes vitrinas que mostraban al deseo bolsas de papas, dulces y latas de refresco. Se hurgó ávidamente los bolsillos… Insertó unas monedas en la ranura y seleccionó del amplio menú aquello que mejor lo mantendría vivo. De pronto, se dio cuenta de que hoy se daría gusto, pero en una o dos semanas, si el autor no le enviaba el archivo de la unidad III con todo y bibliografía, se hallaría ante una máquina llena con los bolsillos vacíos. Buscó si alguna de las máquinas tenía un lector para tarjeta. Eran máquinas antiguas.

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Periódicamente tenía que desinfectar. Al principio, procuraba limpiar su escritorio e incluso matar, en especial a una elusiva cucaracha que merodeaba por el área de recepción. Tuvo que desistir puesto que o trabajaba o mataba al bicho.

Una noche corta soñó que un insecto masticaba los cables y le cortaba la electricidad. No podía salvo pedir ayuda. Sin más, despertaba. A través de la ventana la ciudad se veía limpia. Hacía tiempo que cesaron las sirenas. Las nubes se mostraban separadas entre sí. Antes de azularse, el cielo había cobrado una tonalidad anaranjada y amarillenta. En el horizonte volaba una parvada. No era la primera vez que veía una, sólo que ahora volaban muy bajo y cerca. Las aves eran mayores que las palomas que, por lo común, viajaban a lo largo del paisaje, llevándolas a curiosear en los tejados y azoteas, ahora vacías. Y aquellas aves daban giros y no trinaban ni gorjeaban, sino que, para su sorpresa, graznaban.

Eran ánades; pensó que patos, si bien algunas tenían otra estampa. Más grandes, más largos. Muchos, hasta casi cubrir el cielo. Repentinamente, el ruido traspasó el grueso cristal de la ventana. Cuando se aproximaron lo suficiente, pudo identificarlos.

Garzas. Las siguió con la mirada. Surcaban el aire como un remolino de hojas en el viento. Quedó tan absorto que cerró los ojos y se perdió un hecho que se ligó con lo que sucedió después, pues las garzas aterrizaron en la húmeda calle, sin que perturbaran a los vecinos. Sí, se suponía que en las casas aledañas alguien debía estar viendo el mismo espectáculo.

Lo único que agitaba los charcos eran unos roedores. Eran demasiado grandes para ser ratas. Ya se había dado cuenta de las ardillas en los postes de luz, también de que ahora en lugar de correr, saltaban. El cristal de la ventana le impedía escudriñar mejor. Le tomó un rato identificar a un grupo de teporingos que jugaba en el agua y se escurría por los coches inmóviles y dejados a su suerte.

12

Uno de ellos entró eventualmente a la oficina. El animalito se escabulló sin ser visto y tal vez permaneció en el vestíbulo antes de subir atraído por el tenue olor a comida. Lo vio fugazmente cerca de las máquinas expendedoras. En lugar de ahuyentarlo, prefirió meterse en el despacho. Por eso no oyó entrar a dos afanadoras que iban detrás del teporingo,

Su descubrimiento era inminente, así que recogió sus cosas. Extendió una última mirada al reloj dorado de pared; marcaba las ocho de la mañana. No se sentó en la silla del jefe; prefirió estar de pie ante la ventana. Todo, entretanto, ocurría a sus espaldas. En un instante dado pensó que a lo mejor encontrarían al teporingo y se marcharían.

Había fallado. No hacía falta que encendiera la computadora para percatarse de que una vez más el autor no le había enviado el archivo. No rehuía su responsabilidad. En todo caso, deseaba esa prórroga, esa otra oportunidad, en especial al cabo de ser visto.

Descendió por la escalera, sin resistirse, con paso calmado. El teporingo seguía ambulando por el pasillo. En cambio, el vestíbulo se llenaba de guardias de seguridad. En el rellano de la escalera, exclamó “Aún no he terminado”. Sus palabras llevaron a que uno de los guardias hablara por un radio. Se resignó a bajar. Apenas llegó al pie de la escalera, fue rodeado de inmediato por cubrebocas. Abrazando su laptop, caminaba como en puntillas, cada pie aferrándose al piso. En el vestíbulo vio más cubrebocas, en fila, equidistantes entre metro y medio.

“No me corren, me largo. ¡Esto es un acto voluntario!”

De repente, se activó el sonido de ambiente con Orfeo en el infierno. La puerta se abrió, junto a las filas que se rehusaban a manifestar la menor curiosidad. La melodía se agitaba.

Una bocanada de aire le rozó la cara como queriendo entrar en la oficina. Tras de sí salió el teporingo, que nada ya tenía que hacer allí.

Ya en la banqueta ilógicamente limpia, apenas lo soltaron, pudo al fin estirar las piernas.

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