Maestros online

La educación en tiempos del coronavirus: el maestro on line

Quizás, esta nueva situación, considerando que el ámbito educativo es uno de los más sensibles, una especie de termómetro social, ayude a reconfigurar la labor docente para prepararla rumbo a escenarios futuros, sin sacrificar la calidad de vida de los maestros, su preparación, y la oportunidad de aprender de los alumnos.

Ciudad de México, 2 de junio (MaremotoM).- La llegada del llamado Covid-19 alteró la dinámica social de gran parte del mundo. Uno de los primeros sectores en sufrir el aislamiento social fue el educativo. Pasar de las clases presenciales a las sesiones en línea ha sido un experimento que no se había previsto a pesar del uso cada vez más común de internet y los dispositivos electrónicos en el aula. Uno de los primeros retos, sin duda, fue entender que no se puede trasladar la experiencia presencial al ámbito virtual. Tener a un alumno, en el caso de uno que cursa la educación media superior, área en la que tengo experiencia, atado a una pantalla desde las 7 de la mañana a las 2 de la tarde, es un despropósito. Sin embargo, muchas escuelas, sobre todo las privadas, en el afán de mandar un mensaje contundente a los padres de familia de que las actividades no se detendrían, aplicaron ese modelo con el previsible desgaste para maestros y alumnos. Pronto se pasó a planes que combinan horas presenciales con proyectos que se pueden realizar sin necesidad de estar en línea, cara a cara con el maestro. Sin embargo, aún falta mucho por aprender de la educación en línea, sobre todo sus límites.

Una de las problemáticas que, desafortunadamente, no se ha discutido lo suficiente en los medios de comunicación y redes sociales, es la que concierne a los docentes. Confinados en sus casas, están viviendo lo que ya ha pasado con otros trabajos gracias a la flexibilización laboral: el espacio privado se convierte, de la noche a la mañana, en el ámbito de trabajo. Con este cambio han surgido varios problemas que evidencian la realidad de la labor del maestro, al menos en México. En primer lugar tenemos, por supuesto, la falta de experiencia para enfrentar y, sobre todo, diseñar una clase en línea. Más allá de algunas certificaciones que existen como las que ofrecen empresas como Google, las herramientas digitales se han entendido como un complemento importante de la clase, pero no son, de ninguna manera, la llave que puede abrir la puerta a una educación en línea al cien por ciento.

Maestros online
La llegada del llamado Covid-19 alteró la dinámica social de gran parte del mundo. Uno de los primeros sectores en sufrir el aislamiento social fue el educativo. Foto: Cortesía

Otro problema importante que se ha agudizado con las clases on line es el rol verdadero que experimentan muchos maestros de educación media superior: jornadas diarias de 5, 6, 7 o más horas de clase frente a grupo se convirtieron, en la modalidad síncrona, en las mismas horas completas frente a la pantalla. Esa carga, en tiempos normales, impide gestionar al cien por ciento la revisión de tareas, trabajos, planeación de clases, proyectos fuera del aula, actividades administrativas y de promoción. Todo eso, en general, se traslada por inercia a las horas en casa por las cuales no se recibe pago alguno. Ahora esa saturación pasa a un nuevo nivel con la atención simultánea de las labores del hogar y de la familia. Como sucede con plataformas como Uber o Rapid, el proveedor de servicios –la escuela– se vuelve en su mayor parte un ente fantasmal que gestiona los pagos y los ingresos. Sin instalaciones reales, sin actividades deportivas, sin excursiones u otro tipo de actividades, el maestro on line se convierte en la única cara visible de la escuela y en el único responsable de que el alumno aprenda en una situación de confinamiento, en la que hay todo tipo de circunstancias que juegan en contra de los objetivos escolares. ¿Quién se hace responsable del entorno en el que se desenvuelve el estudiante? ¿El maestro que está del otro lado de la pantalla, ignorante de la situación familiar en la que vive su interlocutor o los padres de familia que, en muchos casos, no pueden supervisar a su hijo ya que tienen que atender sus actividades laborales? Este tipo de experiencias, sin soluciones fáciles, son las que aparecen todos los días en el trabajo educativo en línea, sobre todo con alumnos de preparatoria o bachillerato que están formando su personalidad y aprendiendo habilidades que serán fundamentales en su carrera universitaria. En particular, el caso de las maestras es un asunto estresante pues muchas de ellas viven el doble rol de trabajadoras y amas de casa de tiempo completo. La labor del hogar, exigente y no remunerada, comparte el mismo espacio que el trabajo asalariado que no toma en cuenta esa condición.

Te puede interesar:  La parábola de los poderosos y los débiles

Otro punto crítico es la tecnología. En el caso de los maestros que trabajan por hora, tienen que invertir en un equipo de buena calidad que pueda servir para las sesiones virtuales. No son pocos los que se quejan, amargamente, de la inversión cada vez más cuantiosa que tienen que hacer para contratar internet bajo demanda y, así, poder cumplir con todas sus sesiones. Ese dinero, por supuesto, jamás será retribuido o compensado por muchas instituciones, demasiado preocupadas por mantener sus ganancias en época de crisis. Por otro lado, alumnos con una precaria situación económica, que apenas pueden pagar la colegiatura mensual en el caso de las instituciones privadas, se enfrentan a una desventaja creciente con sus compañeros porque no tienen acceso a mejores equipos de cómputo y proveedores de internet. Así, por más esfuerzos que se hagan, la brecha educativa se agrandará aún más.

Naomi Klein, periodista canadiense famosa por su libro No Logo, compartió en abril un texto con un escenario inquietante: personas encerradas en sus departamentos o casas por el Covid-19 o algún nuevo virus que aparezca en el futuro próximo, dependientes casi por completo de la economía digital. Por supuesto, me refiero a las personas que tengan ese privilegio por distintas razones. Las demás se integrarán a un grupo cada vez más numeroso de prestadores de servicios que llevarán comida, ropa, diversión, y casi cualquier cosa a las puertas de los que puedan pagarlo. Klein afirma que el mercado, siempre sediento de utilidades, hará que muchas profesiones o trabajos se devalúen o, incluso, desaparezcan. La exclusión se hará más relevante y se normalizará en nombre de la pandemia o desastres futuros. ¿Acaso los maestros dejarán su rol tradicional para volverse prestadores de servicios educativos en línea bajo demanda? ¿Un alumno en línea tendrá la opción de escoger, como la persona que escoge un servicio de Uber o Didi, a un maestro que esté certificado, que cuente con alguna acreditación en un plan de estudios homogéneo y estandarizado parecido a cualquier producción en serie? ¿Qué relación de aprendizaje se podría realizar en ese contexto? Suena a historia de ciencia ficción, pero últimamente hemos visto hacerse realidad escenarios que no pensábamos cercanos.

La emergencia de salud por la llegada de Covid-19 ha alterado la manera en que nos relacionamos y, por supuesto, aprendemos. En el plano económico y social, ha dejado al descubierto inequidades y problemas que antes pasaban inadvertidos. Quizás, esta nueva situación, considerando que el ámbito educativo es uno de los más sensibles, una especie de termómetro social, ayude a reconfigurar la labor docente para prepararla rumbo a escenarios futuros, sin sacrificar la calidad de vida de los maestros, su preparación, y la oportunidad de aprender de los alumnos.

Comments are closed.