Fernanda Trías

La escritora del ecoterror: Fernanda Trías y su Mugre rosa

 “Si deseaste o temiste ser huérfano —olvida a tus padres, piensa en el mundo que se descompone enfrente tuyo, en el tiempo que hace años se detuvo, en la esperanza que se escapa— no lo dudes: lee, métete, habita Mugre rosa. Te prometo que cuando hayas cerrado esta novela, cuando empieces a recordar sus escenarios, su clima, sus sonidos y a sus protagonistas, sentirás el peso del vacío, la soledad y el silencio que deja la orfandad más cruel de todas”, ha dicho Emiliano Monge.

Ciudad de México, 20 de agosto (MaremotoM).- Muchas mujeres escriben. Como muchos hombres. Los libros se cuelan en el escritorio. No todos son geniales y algunos, ni siquiera leíbles. Hay que hacer un gran colador, que es un poco la función del periodista, para detectar esas historias que nos cambian el mundo, aunque sea por un minuto.

Uno de esos es Mugre rosa, de Fernanda Trías, una escritora uruguaya, que ahora vive en Colombia y que con sus versos de ciencia ficción pareciera ser que está más allá del género.

“Hay que leer poesía”, me dice en esta charla para el CASUL, de la UNAM, por eso de que los escritores de narrativa muchas veces se quedan en la anécdota.

ENTREVISTA EN VIDEO A FERNANDA TRÍAS

­–¿Eres una escritora de ciencia ficción?

–No me considero una escritora de ciencia ficción, pero sí me reservo el derecho de convertirme en una. Cada libro me saca de la zona de confort de mi propia escritura, me gusta experimentar, no repetir fórmulas. Me gusta sentir que tengo que expandir los límites de mi escritura y meterme en la distopía así de atrevida, a pesar de no pertenecer al género. Tal vez no me salía bien, pero entregarme a la experiencia.

–Cuando uno lee tu novela, en relación con el coronavirus, uno como lector se siente aterrorizado

–Hay un género, me dicen, que se llama ecoterror. No creo mucho en los géneros. Tengo varios amigos que respeto mucho, que son expertos en género, que me dicen que es ecoterror. El tema me parece interesante, cualquier cosa que tenga que ver con algo tan inmanejable, las cosas ecológicas, puede producir un terror de algo que nos sobrepasa completamente. En el libro de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, ella pone ahí un pie o una pierna completa en el ecoterror. Esa nouvelle se lee como una novela de fantasmas.

Fernanda Trías
La vida no se puede parar. Ese es el instinto humano. Foto: Cortesía

–Nosotros somos víctimas de ese ecoterror, de un momento para otro se da el desastre

–De alguna manera cuando se piensa hacia atrás se puede analizar como ciertos cambios, pero en el momento se vive como un cambio drástico, porque no vemos las señales. Con la pandemia nos pasó, se venía gestando y no nos dábamos cuenta. Había un virus en una ciudad china que no era principal, nunca pensamos que eso podría ser el principio de otra cosa. En la novela pasa eso, todo el tiempo que seguimos viviendo normalmente, sin pensar que esos cambios pueden ser un antes y un después en nuestra vida.

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–Hablas también de una normalidad después de la peste, es tan estremecedora porque los escritores predicen un poco el futuro

–En general, dicen que la literatura tiene algo premonitorio. La normalidad después de la peste, tiene que ver con que el ser humano sigue viviendo a pesar de las circunstancias apocalípticas. Los territorios en guerra, los conflictos que se alargan en el tiempo, uno ve que tiene que seguir viviendo a pesar de eso. Ahora hay un punto de agotamiento en la gente, construyendo un poco de normalidad porque la vida no se puede parar. Ese es el instinto humano.

Fernanda Trías

Fragmento de Mugre rosa, de Fernanda Trías, con autorización de Penguin Random House

Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar vueltas sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad. ¿En qué día estoy pensando? Todavía me parece oír el ruido del neón –su vibración eléctrica– y el falso circuito de otra letra a punto de apagarse. Los ocupantes del hotel lo dejaban prendido no por desidia, tampoco por nostalgia, sino para recordar que estaban vivos. Aún podían hacer algo caprichoso, meramente estético, aún podían modificar el paisaje.

Si voy a contar esta historia debería empezar por algún lado, elegir un comienzo. ¿Pero cuál? Nunca fui buena para los comienzos. ¿El día del pez, por ejemplo? Esas cosas minúsculas que marcan el tiempo y lo vuelven inolvidable. Hacía frío y la niebla se condensaba sobre los contenedores desbordados. No sé de dónde salía tanta basura. Era como si se digiriera y se excretara a sí misma. ¿Y quién te dice que los desechos no seamos nosotros?, algo así podría haber dicho Max. Recuerdo que doblé en la esquina del viejo almacén, con su puerta y ventanas tapiadas, y al bajar hacia la rambla sur, la luz verdirroja del cartel luminoso se derramó sobre mí.

Mauro volvería al día siguiente y con él también vendría otro mes de encierro y de trabajo. Cocinar, limpiar, controlarlo todo. Cada vez que se lo llevaban, dormía un día entero hasta recuperar el sueño que él amenazaba o interrumpía. La eterna vigilia. Para eso me pagaban una suma exagerada que nunca alcanzaría a recompensarme, y los padres de Mauro lo sabían. Respirar el aire estancado del puerto, merodear las calles, ver a mi madre o a Max eran los lujos de aquellos días en los que mi tiempo dejaba de tener precio. Eso si tenía la suerte de que no hubiera viento.

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