Héctor Iván González

“La escritura es una necesidad, porque me salva de mi propia demencia”: Héctor Iván González

Héctor Iván González (Distrito Federal, 1980) se suma a toda esta nueva tradición de la digitalización y ha osado publicar en formato ePub un poemario bellísimo cuyo título es Resistencia superficial (2019).

Ciudad de México, 10 de diciembre (MaremotoM).- Existe diferentes formas de leer, algunos lo hacen a la vieja usanza y requieren del libro, la revista o incluso el disco físico para tener la cercanía con el objeto, al cual, sin duda alguna, le transmitimos algo de nosotros y éste, a su vez, nos cubrirá con su halo para crear un vínculo entre ambos. Cuentan las historias que la gente se congregaba en el siglo XVII a escuchar la lectura del Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha y pasaban sendos ratos de divertimento. En otros anales de la historia se cuenta que las grandes novelas como Los bandidos de Río Frío comenzaron a escribirse para periódicos que la gente leía con diligencia y esperaba ansiosamente la próxima entrega para saber qué les ocurría a los personajes.

También hay quien recuerda con nostalgia la música y cómo es que esperaban el nuevo disco de su banda favorita para comprarlo, ver el librito con las letras y fotografías de los músicos. Ahora el tiempo es otro, ya no hay nadie que se congregue para leer, que espere la siguiente entrega de una novela en algún diario y tampoco que se aglomeren en una tienda de discos para adquirir un CD. Ahora tenemos celular, Spotify, Facebook, Netflix y bibliotecas digitales.

Héctor Iván González (Distrito Federal, 1980) se suma a toda esta nueva tradición de la digitalización y ha osado publicar en formato ePub un poemario bellísimo cuyo título es Resistencia superficial (2019), quizá porque sabe que los lectores estamos más cercanos al celular o a la computadora y difícilmente lo olvidaríamos en casa, como podría ocurrir con un libro o una revista. Este poemario cobra vida a partir de un fenómeno físico que ocurre en el agua y se llama “Tensión superficial”, es una suerte de endurecimiento en la superficie del agua, el cual provoca que algunos insectos puedan caminar sobre ella. Además, este elemento se convierte en el leitmotiv de los 44 poemas que lo componen.

Héctor Iván González
Presenta su poemario, Resistencia superficial. Foto: Roberto Feregrino

Héctor Iván además es traductor del francés y busca en cada entrega mayor naturalidad, fue alumno de Daniel Sada y en 2014 —junto con Adriana Jiménez García— compiló un libro de ensayos intitulado El temple deslumbrante: antología de textos no narrativos de Daniel Sada en la editorial Posdata. Y quizá uno de sus logros más significativos, hasta ahora en el campo de la investigación, es haber reflexionado sobre la literatura comprometida y Jean-Paul Sartre en un libro recientemente publicado por la Universidad de Nuevo León: La literatura comprometida y Jean-Paul Sartre. Una reflexión sobre el fenómeno literario y lo político (2018). Aunado a estos aciertos en las letras, González es un especialista en Fernando del Paso, un cinéfilo y un melómano en búsqueda constante, es, digámoslo así, un traductor que se traduce a sí mismo todos los días para lograr brindarse con la mayor naturalidad a las letras y a los que lo rodean. En esta ocasión decidimos hablar con él sobre todos estos temas y esto fue lo que nos contestó. Bienvenidos.

—¿Cómo te acercaste a la literatura, al ensayo y a la traducción?

—La literatura me sacaba de mí y de ciertas circunstancias, creo que a medida de que me daba cuenta que existía un contexto o circunstancia desfavorables —porque soy damnificado de la crisis de 1994 y 1995, el “error de diciembre”— la literatura, la poesía, las novelas de largo aliento, el ensayo, me liberaban de aquello. Se creó en mí la necesidad de la literatura; sigo siendo el que ve películas raras, el que escucha música que nadie entiende, el “viejito prematuro”, como me dicen mis hermanos, y el que está pegado todo el tiempo a los libros, porque mi familia no es una familia de lectores. Conocer a actores como a Arturo Beristáin, a escritores y poetas como Alejandro Aura, fueron detonantes para después desarrollar lo que me interesaba en las letras.

Héctor Iván González
Sigo siendo el que ve películas raras, el que escucha música que nadie entiende, el “viejito prematuro”. Foto: Roberto Feregrino

La literatura comprometida y Jean-Paul Sartre. Una reflexión sobre el fenómeno literario y lo político ya está publicado por la Universidad de Nuevo León, ¿qué es este fenómeno?

—A mí me gusta hablar de lo que conozco, aunque sea para criticarlo, pero conociendo todos los elementos, así que cuando me acerqué a varios poetas —incluso de izquierda— para preguntarles sobre la literatura comprometida, y nadie me decía de dónde salía, ni quién la había escrito, ni en dónde Jean-Paul Sartre hacía mención de ella. Ante esa suerte de pantano me puse a investigar, comencé a leer a Flaubert en español, luego conseguí a una maestra de Bélgica para que me diera clases de francés y leerlo en su idioma, esas lecturas me llevaron a encontrar qué era para Sartre la literatura y cómo se conectaba con el contexto del escritor, en ningún lado dice que la literatura se tiene que supeditar al partido comunista, ni uno volverse socialista o estalinista, sino que hay toda una serie de implicaciones literarias al escribir. Para empezar el escritor está ahí, su tema son los temas del hombre, del ser humano, y a partir de eso puede crear su visión particular. Partiendo de eso hice una tesis a la que después le di una revisión y que conformó un libro que me aceptaron en la Universidad de Nuevo León, fue un proyecto que me costó más de 10 años de escritura e investigación. Mi conclusión es que la literatura comprometida es la que hacía la Generación perdida norteamericana: William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald y no la literatura rusa del realismo socialista, sino la que estaba enfrentando al capitalismo más salvaje en Estados Unidos.

—Eres lector de biografías, de epistolarios, libros de viaje, ¿por qué, es decir, qué te atrae de ellos?

—Me interesa la historia, la vida de los poetas, ver lo que hacen y viven para lograr una suerte de sensibilidad diferente. No tengo una figura paterna culturalmente muy fuerte, así que la he tenido que construir; es decir, crear mi propia cultura, mi propia poética. Lo busqué en salas de concierto, en teatros, en lecturas de poesía, porque no estaba en lo inmediato, pero esa sensibilidad me la he fabricado como lo dice Sartre sobre Baudelaire: “Baudelaire se corregía a sí mismo como se corrige un soneto”. Siento que el poeta se hace a sí mismo a través de varios ingredientes. Soy un lector obsesivo de las buenas biografías (Rimbaud, Flaubert, Rilke) en una suerte de querer emular a los grandes. Cuando era niño y hacía deporte, mi mamá me decía, “júntate con los que son buenos, los más grandes o más fuertes que tú para foguearte”, así que esas lecturas son una especie de fogueo en la literatura.

—Fuiste de los afortunados que tuvo a Daniel Sada como maestro, ¿qué tenía que lo hacía tan admirado?

—Siempre fue muy cálido, ya era un súper star y le importó mucho la poesía a pesar de que brilló como narrador, además tenía un rigor personal impresionante para el trabajo escritural. Con él aprendí que no le puedes enseñar a alguien a escribir, pero sí le puedes enseñar a ser autocrítico; en ese sentido era muy puntilloso. Si iba a explicar un idiotismo del lenguaje, detenía todo el taller y explicaba por qué. Daniel tenía mucho talento, el cual yo no tengo y debo suplir con mañas, por ejemplo, él se podía aprender medio Piedra de sol o “Suave patria” completo; es decir, su oído y musicalidad eran innatos. Al aprender de un maestro tan grande y generoso, observas tus carencias. Nos decía: “tengo muchos talentos y muchas carencias, entonces trabajo en función de mis carencias”, esto es, como sé que no tengo tal facilidad, trato de poner más atención en ella. O al revés, si tengo esta ventaja y alguna desventaja, entonces que mi recurso sea tan brillante que mi carencia se opaque. Trabajar con las carencias resultó toda una de las doctrinas, porque me di cuenta de cuáles son éstas al escribir y al trabajar pongo más cuidado en eso.

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—¿La traducción tiene satisfacciones?

—Muchas, la traducción es una suerte de corsé en el sentido de que no puedes hacer lo que quieras, pero aprendes de los maestros como Pura López Colomé, Miguel Sáenz, Octavio  Paz o Gerardo Deniz. El traductor se mete al lenguaje y encuentra cosas que no imaginaba, comienzas a descubrir más cosas en tu idioma en la medida que estudias con profundidad otro idioma. En mi caso es el francés. Existe satisfacción al saber que la traducción tiene frescura, que puede llegar al lector de una manera asequible, disfrutable. Y hay otra forma de traducción, la cual estoy realizando ahora, y se trata de trabajar el texto como si hubiera sido escrito y concebido originalmente en español. Thomas Bernhard decía que el escritor es “un imitador de voces”; yo creo que el traductor también lo es, porque tenemos que ponernos en los zapatos del otro al traducir. La primera vez que traduje fueron los poemas de Baudelaire y me fascinó el ejercicio.

Héctor Iván González
Es un poema absolutamente sexual y tiene que ver con toda una mitología del encuentro, del amor, los cuerpos. Foto: Roberto Feregrino

—¿Qué es Resistencia superficial?

—Primero, es un poema absolutamente sexual y tiene que ver con toda una mitología del encuentro, del amor, los cuerpos. Recuerdo que fue una maestra de física nos reveló el fenómeno de la “tensión superficial” y advertí que, como dice Gerardo Deniz, hay mucho de poético en la ciencia, porque el explicar un fenómeno físico está lleno de imágenes, de referencias y el lenguaje toma una plasticidad muy importante. Ese fenómeno me llevó a ver el agua como uno de los elementos más fuertes, porque puede vencer al fuego. Incluso pienso que hay poetas de aire como Francisco Hernández, de agua como José Gorostiza, o de fuego como Octavio Paz. En este libro creo que soy un poeta de agua, pues es el origen de la vida, el inicio de la sexualidad; me encanta que Afrodisia sea la diosa para el encuentro de los cuerpos, porque es la diosa de la espuma, entonces que haga emanar espuma de los cuerpos me parece acorde a lo que pasa después. Resistencia superficial, por decirlo de alguna manera, comienza a partir de lo afrodisíaco y del encuentro de estas espumas.

—¿Por qué cambiar el nombre a tu poemario Resistencia superficial y no dejarlo como Tensión superficial, que es el nombre exacto del fenómeno de endurecimiento en la superficie del agua?

—Tensión es el término exacto, sí, pero la resistencia implica ceder, en ella hay un acto también de erotismo y de romance, porque además tiene que haber resistencia para que se dé, si no hay, ¿qué sentido tiene? El agua, al querer inundar, es muy sexual, en querer invadirlo todo hay una sexualidad presente. El agua me resulta envolvente, es como hacer el amor a casi todos los sentidos. Ese tipo de cosas me obsesiona en poesía y ese fenómeno está presente en varios de mis poemas. Otra cosa que me impresiona es que al agua tenga un grado de electricidad, por ello es un excelente transmisor eléctrico; es decir, saber que el agua tiene tantas posibilidades me encantó.

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Me apasiona cómo un cuerpo físico que llega a tener cierto peso puede levantar el vuelo. Foto: Roberto Feregrino

—En Resistencia superficial también hay mucha referencia a las aves, ¿por qué?

—Me apasiona cómo un cuerpo físico que llega a tener cierto peso puede levantar el vuelo. Ahora, también la belleza del plumaje que puedes encontrar en los buitres o en las águilas que de pronto entran en un efecto tornasol, es sorprendente; el efecto me gusta porque soy muy visual. Un día presenté la Obra completa de Pura López Colomé y la relacioné con la ligereza, una de las propuestas para el nuevo milenio de Italo Calvino. La ligereza de la poesía me importaba mucho aunque a Pura, al principio, no pareció gustarle mucho la idea, a ella le hubiera gustado más que la relacionara con alguien más y no con Calvino, pero lo cierto es que yo traté de aportar algo más. En una charla posterior, me dijo que la había convencido sobre lo de la ligereza.

—A lo largo del poemario existen tres dedicatorias: a Pura López Colomé en el poema “Algo”; a Armando González Torres en “Albinoni” y a José de la Colina en “El anófeles viene una vez más hacia ti”, ¿qué importancia tienen estos tres portentos literarios en tu escritura?

—Le debo mucho a Pura, porque en momentos donde creí que nunca iba a publicar o hacer algo, ella me contestaba los correos y me daba consejos imprescindibles para mi vida personal y escritural. He aprendido mucho de sus traducciones, es mi maestra y la admiro profundamente. Armando es un excelente poeta y fue uno de los primeros lectores de estos versos hace más de 6 años. Yo estaba bastante conmovido escuchando unas piezas de Albinoni y surgió el poema. Aunque no tiene mucha relación con él, era una época donde desayunaba con Armando y siempre se mostró muy generoso conmigo. Pepe de la Colina es un extraordinario prosista, un tremendo conocedor del español. Un día, en una comida hablando de un amigo que trabaja en un banco, preguntó, ¿es banquero o bancario? Los comensales contestaban que era “banquero”, pero Pepe corrigió y dijo que no, porque banquero es el dueño del banco, el bancario es que el que trabaja en el banco. Ese tipo de puntualizaciones tan precisas me llevaron a dedicarle un poema.

—En muchas imágenes de tu poemario existe un lugar idílico en la noche que se transforma paulatinamente hasta que llega el día y los amantes deben separse, ¿es consciente esta búsqueda?

—Me gustan mucho las transiciones porque después del acto amoroso el día es diferente. Hay un cuento de Italo Calvino en Los amores difíciles que es bellísimo, de los más conmovedores que he leído, “La aventura de un empleado”. Es un oficinista que va a una reunión en la noche con sus compañeros de trabajo y tiene un desliz con una de ellas, una mujer guapísima, al parecer continuar arruinaría sus vidas, fue sólo una noche y no habrá más, pero al día siguiente él se levanta de la cama y sale a hurtadillas sin que lo vea la servidumbre. Está en Italia, toma un café expreso, va a la barbería, y da muestras de estar en el día más luminoso y más bello aunque sabe que no volverá a estar con aquella mujer. Todo ese encanto que tiene Los amores difíciles me resultó importantísimo a partir de todo lo que estaba viviendo en la época en que lo leí. Ese cuento representa lo que significa cuando te gusta alguien y no esperas que suceda nada, pero pasa, se trastoca todo y al día siguiente te sientes más fuerte, caminas diferente, tu existencia está más presente en el mundo, estás más a gusto en tus propios huesos. Después del acto amoroso, puedes despertar al día siguiente y decir: “Estoy contento, no sé si se repartirá o no, pero es otra la mañana”.

—En Resistencia superficial también existen referencias tanto Dios de respeto como de escarnio, ¿qué significa esta imagen para Héctor Iván González?

—Tengo una relación diferente con Dios, incluso desde la laicidad. Si en público me preguntan por Dios voy a decir que no existe y que debemos regirnos como ciudadanos a partir del entendimiento y la razón como seres libres, muy a parte de los credos individuales o grupales; es decir, que mi credo o mi no-credo no interferirá en el aborto o los matrimonios gays, ese tipo de cosas deben guardarse en lo personal, me queda claro. Sí tengo un vínculo con Dios, sobre todo cuando la gente que quiero esta compungida y se ha enfrentado a la muerte de un ser querido, no me acerco a decirles que después de esto es la nada, es inhumano hacerlo.

—¿Cómo describirías el acto de escritura?

—Creo que uno escribe con todo el cuerpo; Pessoa, por ejemplo, escribía de pie sobre un buró, lo hacía como una especie de compulsión. Me apasiona que el cuerpo siempre está ahí: yo no soy más intelecto que cuerpo o al contrario. La escritura para mí es una necesidad, porque me salva de mi propia demencia.

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