Ricardo Piglia

La eterna teoría de la prosa, de Ricardo Piglia

Buenos Aires, 23 de agosto (MaremotoM).- Ricardo Piglia fue, tal vez, uno de los escritores argentinos que más profunda huella dejó entre nosotros. No sólo porque escribió la que sin dudas es la mejor novela que existe sobre la dictadura militar (Respiración Artificial), sino porque además se dio el lujo, como crítico, de sacudir el canon de toda la literatura argentina del siglo XX como no lo había hecho nadie antes que él.

En primer lugar, situó a Jorge Luis Borges (de una manera un tanto desenfadada, hay que aclarar) como un escritor del siglo XIX más que del XX, con lo cual le dio un brillo nuevo y revelador y tuvo la virtud de eliminar de un plumazo montañas de falsas discusiones en torno a su figura y su obra Y reconozcamos que sacarle más brillo a Borges del que ya tenía no es moco de pavo.

Después lo puso a Roberto Arlt en la puerta grande de inicios del siglo XX argentino y aplastó con sólidas razones aquel cliché que decía que Arlt era un tipo con grandes argumentos pero… “escribía mal”. Y para completar el enroque, entronizó al difícil y casi olvidado Macedonio Fernández como el otro pilar de entrada de la modernidad literaria del Río de la Plata, dejándolo instalado en el sitio que todos los que admiramos su obra sentíamos que se merecía.

Unos años después, en la década de los noventa, durante sus seminarios en PUAN, Ricardo volvió a hacer gala de osadía y trazó tres líneas (que dicho sea de paso, sólo él veía) en la literatura contemporánea argentina de la segunda mitad de siglo, y colocó al frente de cada batallón a los generales de lo que llamó Las Tres Vanguardias: Rodolfo Walsh, Juan José Saer y Manuel Puig. Digamos que tanto Walsh como Saer no necesitaban del empujoncito de Ricardo para brillar tanto (aunque el lugar que Piglia les dio no deja de ser deslumbrante), pero el sitial alucinante en el que colocó a Puig bien vale toda la aventura. En el camino opacó, sin decir una palabra, los fuegos artificiales del ampuloso Julio Cortázar y los juegos borgeanonovelísticos de Bioy Casares, que hasta ese momento gozaban de más fama. Sólo con no nombrarlos, ya dijo todo lo que tenía que decir sobre ellos.

Te puede interesar:  No sé ver el futuro, sólo veo el pasado: Verónica Murguía
Ricardo Piglia
Teoría de la prosa, editado por Eterna Cadencia en Buenos Aires. Foto: Cortesía

Y cuando ya parecía que no le quedaba mucho más por decir (debo reconocer que sus últimas novelas no me agradaron demasiado – Blanco Nocturno y El camino de Ida no están a su altura, a mi modesto entender); Piglia le dio una vuelta de tuerca (una coda, como le gustaba decir) a su propia historia y produjo dos hechos notables que lo terminaron de colocar en el lugar de los más grandes del siglo:

Publicó Los diarios de Emilio Renzi y nos dejó a todos con la boca abierta, porque no se había publicado nunca algo parecido, no sólo en Argentina, sino en América Latina, en ese género áspero que son los “diarios de un escritor”.

Y ya post mortem, porque no le alcanzó el tiempo para terminar de redondear el dibujo perfecto que había trazado, se metió en las aguas profundas de la literatura de todo el continente latinoamericano, algo que sólo había tocado tangencialmente, y sin destronar a ninguno de los capos del canon (Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes – en ese orden, tal vez?) sacó de las orillas olvidadas de Santa María a Juan Carlos Onetti y lo puso muy por encima de todos ellos, en ese libro alucinante que acaba de publicar Eterna Cadencia y que lleva por título Teoría de la Prosa.

Quien se sumerja en sus páginas descubrirá que el “boom” fue una cosa pero la gran literatura del siglo XX en América Latina se gestó en otra orilla.

Comments are closed.