Los cinéfilos

La importancia de ser cinéfilo o no mirar solo los estrenos

Claro que es posible también que todo esto no sea más que un compendio de quejas de un romántico extraviado, que no comprende por qué la gente está tan urgida por asignarse el conocimiento de algo, en lugar de entregarse abierta y plenamente a la aventura de conocer.

Ciudad de México, 3 de marzo (MaremotoM).- Me sorprende leer a tanta gente que solamente ve cine del siglo XXI —en el mejor de los casos; en el peor, solamente cine de estreno— considerarse cinéfila.

No es una crítica a lo que ven, entiéndase bien: es obvio que cada quien ve lo que se le da la gana, no hay problema con eso. Nadie es dueño del apelativo, además, ni de un cinefilómetro que permita medir el grado o profundidad de la afición en cada persona. Tampoco tiene importancia alguna la apropiación del rótulo en sí, sea autoadjudicado o no: que cada quien se ponga la escarapela que le pinte.

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Los cinéfilos

Me resulta curioso, simplemente, porque además de ver películas, ser cinéfilo o cinéfila siempre ha involucrado —con distintas orientaciones y grados de implicancia, según el caso— apasionarse, informarse, leer, investigar, estudiar y analizar la producción de cine de diferentes épocas y países, con sus distintas corrientes, géneros y estilos, expresándose en las filmografías de una pléyade de realizadoras y realizadores dentro del vasto panorama histórico (127 años, DL) en el que muchos de sus aspectos se fueron definiendo, consolidando, transmutando, muriendo, a veces resucitando. Por supuesto, ningún cinéfilo o cinéfila ha abarcado jamás todo el espectro ni se supone que lo haga. Pero a mi entender estaría haciendo falta algo más que ver novedades de cine norteamericano.

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No lo sé. Tal vez se trate de una naturalización progresiva de hábitos de consumo cultural pre formateados por algoritmos o de una necesidad, incomprensible para mí, de seguir una agenda trending y estar siempre “al día”. Quizás sea, sencillamente, que en el mundo de las redes sociales lo que más cuenta es la etiqueta. Después de todo, no es un fenómeno tan diferente a quienes firman con “PH” después de haber sacado apenas un par de fotos con un celular.

A mi modo de ver, afirmarse cinéfilo o cinéfila y no mirar más que estrenos en plataformas de streaming, es como decirse melómano y escuchar solamente lo que aparece recomendado en el feed de Facebook, Instagram o Youtube. Es cierto, nadie está obligado a conocer —mucho menos gustar— la música de Gustav Mahler, Herbie Hancock o Michael Kiwanuka, pero nadie está compelido tampoco a asumirse como algo que no es. La sensación que prima es que en esta cultura excluyente, colgarse una etiqueta de especialista en algo, aunque no se tenga idea, es una manera de aferrarse al pasamanos para no quedar afuera del tren, tanto laboral como afectivo.

Claro que es posible también que todo esto no sea más que un compendio de quejas de un romántico extraviado, que no comprende por qué la gente está tan urgida por asignarse el conocimiento de algo, en lugar de entregarse abierta y plenamente a la aventura de conocer.

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