La mujer de ojos azules y su fraude llamado Theranos

Las mentiras se hacen cada vez más grandes y devoran a quienes las hacen, el precio a pagar es a quién se llevan con cada mentira. Ahora Elizabeth Holmes está al servicio de la Corte de Justicia de los Estados Unidos. Tiene 35 años y tal vez le esperen 20 años de cárcel. Como siempre, un periodista ha descubierto el fraude.

Ciudad de México, 13 de enero (MaremotoM).- Elizabeth Holmes (Washington, 1984) parece un robot. Una de las características físicas es que no parpadea. Uno puede perderse en sus dos ojos enormes, de color azul y dejarse llevar quién sabe hacia dónde. No es su encanto, aunque tiene una voz tan grave que a veces parece resguardada para que nadie la identifique. Es algo que está más allá y que un poco tiene que ver con los milenials: esa cosa de abandonar la universidad, hacer un invento que lo haga millonario a los 21 años y sentir que están salvando el mundo, que están haciendo del universo algo mejor.

Así lo sentía sin dudas Steve Jobs, que funciona como un ídolo para los milenials, un planeta diseñado como su iPod, con cosas que hoy sabemos: para crear sus computadoras utilizan mano de obra barata en países como Tailandia, Perú o Indonesia. El capitalismo a pleno con la forma de una manzana beatle.

Así también lo piensa Mark Zuckerberg, con su Facebook hoy dañado no sólo por haber compartido los datos de los usuarios con todas las marcas y todas las asociaciones de investigación, sino por propiciar la propaganda estadounidense, con Donald Trump a la cabeza. Precisamente hoy se supo que los mensajes de los iraníes defendiendo al militar asesinado, Qasem Soleimani, son censurados. De hecho, también hoy se sabe que Irán no iba a atacar embajadas, según desmentida a Trump por parte de el Pentágono.

Elizabeth Holmes
Elizabeth es alguien por otro lado que “descubrió” algo para mejorar el mundo, se hizo millonaria, luego se hizo pobre y ahora está perseguida por la Corte de Justicia de su país. Foto: Cortesía

Elizabeth es alguien por otro lado que “descubrió” algo para mejorar el mundo, se hizo millonaria, luego se hizo pobre y ahora está perseguida por la Corte de Justicia de su país.

Creó, con unas dosis de nazismo, de fanatismo, de tener fe en su invento más allá de la realidad, Theranos (fusión de ‘therapy’ y ‘diagnosis’). Era la Internet más la biotecnología y hacer posible lo imposible: que una gota de sangre sacada de un dedo, pasado por un equipo llamado Edison (del que nunca se supo sus características), hiciera todos los análisis corporales. No sólo evitaba la aguja intravenosa, sino que el paciente podía hacerse el análisis en una farmacia y los resultados se lo iban a dar en pocas horas.

Elizabeth había dejado Stanford para fundar su propia compañía, que podría ser el argumento de una película de ciencia ficción (¿cómo serán los humanos al servicio de la tecnología dentro de 100 años? ¿Habrá como pensaba Holmes un análisis por Internet sacándose sólo una gota de sangre del dedo mayor?).

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La historia de Theranos, de la mentira enorme creada alrededor y lo mucho que hay para pensar en torno a Silicon Valley, está en el largo y muy detallado documental The inventor, por HBO. Dirigido por Alex Gibney, se estrenó en marzo del año pasado; una de las mejores cosas de la película es haber entrado en la empresa, a cargo de una persona contraria a la compañía y pasar las imágenes de Errol Morris, contratado para hacerle publicidad a Theranos. Es como estar en los intestinos de una mentira que ahogará a su dueña y a todos los que creyeron en ella.

Desde Henry Kissinger, hasta Rupert Murdoch, mucha gente famosa e íntegra confiaron en Elizabeth Holmes. El documental voltea una por una a estos ídolos de barro y uno se pregunta: ¿Es nuestra sociedad inventada bajo una mentira?

Gibney entrevistó a antiguos empleados de Theranos (incluyendo algunos heroicos delatores), académicos, periodistas… Entre estos últimos figura Roger Parloff, quien tuvo que retractarse de un laudatorio reportaje de portada en Fortune, a Ken Auletta, el periodista de The New Yorker, que dice haberle creído todo y el que descubrió las mentiras de Holmes, el ganador del Pulitzer John Carreyrou, cuyas investigaciones para el Wall Street Journal despertaron al mundo al fraude de Theranos.

Elizabeth Holmes vestía siempre de negro, confiaba en las herencias medicinales de su padre y su abuelo, aunque ella no siguió medicina porque le daban miedo las agujas y llegó a tener una empresa de 9 millones de dólares.

Auletta, el periodista que dice haberle creído todo, escribió en su reportaje que a la máquina Edison, Elizabeth la explicaba con una definición “cómicamente vaga”. Lo cierto es que la máquina (muy parecida a una impresora) nunca llegó a funcionar y en la empresa se hacían los análisis con las máquinas usuales y de a poco, la sangre en el dedo mayor pasó a ser una agua introvenosa, como las que nos ponen cuando vamos a hacernos cualquier análisis.

Imitando a Steve Jobs (no sólo en los cuellos tortugas que usaba), Holmes no se hacía problemas por los muchos errores que iba adoptando la compañía. Pensaba que el éxito de su sistema iba a estar al final de la investigación. Así piensan en Silicon Valley. El caso es que aquí no son computadoras con manzanas beatle, son personas aquejadas por problemas de salud el valor de cambio.

Las mentiras se hacen cada vez más grandes y devoran a quienes las hacen, el precio a pagar es a quién se llevan con cada mentira. Ahora Elizabeth Holmes está al servicio de la Corte de Justicia de los Estados Unidos. Tiene 35 años y tal vez le esperen 20 años de cárcel. Como siempre, un periodista ha descubierto el fraude.

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