Navidad de los migrantes

La Navidad de los migrantes

En Estados Unidos no se celebra la Nochebuena, o por lo menos no lo conmemoran quienes suelen ser considerados los “verdaderos estadounidenses.” Lo cierto es que para los inmigrantes mexicanos, en general, el 24 es el día en el que se hacen las llamadas, la posada, la piñata, el ponche, los tamales, la carnita asada, las tostadas, los aguinaldos.

Ciudad de México, 30 de diciembre (MaremotoM).-  No recuerdo bien la primera Navidad que pasé en Estados Unidos o, dicho de otra forma, no recuerdo bien la primera Navidad que pasé fuera de México. Supongo que no fui a Yurécuaro porque, en ese tiempo, un boleto de avión costaba dos quincenas de mi sueldo de cocinera adolescente en un restaurante de comida rápida. Creo, además, que todavía no renovaba mi residencia y, aunque estaba vigente, no quería salir de EE. UU. por un miedo quizás irracional a que a la vuelta las puertas se hubieran cerrado.

Lo que sí recuerdo es que trabajé el 24 y que, aunque en la cocina se sabía que algunas compañeras se habían ido ya de vacaciones, se notaban más las que no. En aquel tiempo, para hacer una llamada de larga distancia había que acudir a El Torito o a La Pasadita, las tienditas mexicanas que había en el pueblo, para comprar tarjetas telefónicas de 5 o 10 dólares.

El saldo valía para una sola llamada, así que era importante marcar cuando se tuviera la certeza de que alguien iba a levantar el teléfono del otro lado. Yo misma tenía un horario establecido con mi familia: los domingos a las 5PM ellos iban a casa de mi abuela, que era poseedora de aquel preciado aparato, y se aseguraban de que nadie ocupara la línea mientras esperaban pacientemente mi llamada.

Navidad de los migrantes
El 24 es el día en el que se hacen las llamadas. Foto: Cortesía

En Estados Unidos no se celebra la Nochebuena o por lo menos no lo conmemoran quienes suelen ser considerados los “verdaderos estadounidenses.” Lo cierto es que para los inmigrantes mexicanos, en general, el 24 es el día en el que se hacen las llamadas, la posada, la piñata, el ponche, los tamales, la carnita asada, las tostadas, los aguinaldos… Esto es algo que nuestro jefe, cuyo nombre no recuerdo pero que podríamos llamar John para ahorrarnos descripciones, no sabía o no acababa de comprender. Por eso, cuando Estela le pidió que ese día le diera su break a las 6PM, le contestó un yes, sure del que no parecía estar muy convencido.

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Con su yes bajo el brazo, Estela se asomó a su bolso a las 5:30PM: ahí esperaban dos tarjetas de $5 dólares. En La Piedad, su familia seguramente se preparaba para salir a esperar la llamada. 5:45PM: Estela avisa que en 15 minutos toma su descanso de 30. 5:55PM: se acerca la hora típica de la cena estadounidense. Hay cola en el mostrador de enfrente. Estela le pide a John que se encargue él de tostar el pan y de condimentar las hamburguesas para que ella pueda hablar con su familia en Michoacán. No way, Estela, it’s peak hour, le contesta el jefe. Please, le suplica Estela, pero para entonces John ya había cerrado la puerta de la oficina.

Estela le pide a John que se encargue él de tostar el pan y de condimentar las hamburguesas. Foto: Cortesía

Quizás alguien se ofreció para relevar a Estela para que ella pudiera hacer su llamada, quizás no, pero no recuerdo que se haya despegado del tostador. Tampoco recuerdo que haya llorado o que se quejara. Solo la recuerdo repitiendo en voz alta cada pedido que aparecía en la pantalla para que nosotras lo preparáramos con la celeridad que requería aquella importante empresa: 15 cheeseburgers, dos quarter-pounders, cuatro big macs, 17 años sin poder ir a México, chingada madre.

Recordé ese 24 la mañana de esta Nochebuena de 2020 cuando mi pareja y yo organizábamos la agenda del día para poder hacer zooms con familiares y amigos en distintas zonas horarias. Mientras él cocinaba y mi hijo insistía en que encendiéramos las luces navideñas recordé, también, a tantos amigos y conocidos que se han perdido nacimientos, bautizos, bodas, adioses, sepelios, abrazos o, simplemente, crecer al lado de sus familias porque salir de este país significaba no poder volver.

Entonces, nuestra cena con los mismos tres platos de siempre y el anhelo de abrazar a nuestros familiares se erigieron ya no como una breve soledad impuesta por la pandemia, sino como la conciencia de que al otro lado de la crisis mundial que atravesamos espera una promesa que reproduce una desigualdad cuyo aplanamiento de curva no parece ocupar ninguna agenda: solo algunos podremos volver a los nuestros. Se hace tarde para encender las luces.

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