La novela, según Luis Felipe Pérez. Foto: Especial

La novela como método de reconocimiento

Este género literario sugiere un concepto conocido y que se apega a la anagnórisis: luego de seguir a Marco Polo por todo el mundo uno siente que debe salir a conquistar y descubrir y fascinarse también.

Guanajuato, 27 de abril (MaremotoM).- Hay momentos que frustran a los seres humanos, que les muestran su condición, un anuncio de la tragedia o de la caída. Dicen que de ahí viene la historia, de buscar la encarnación, en palabras y en relato, del ejercicio de la libertad, es decir, de los errores humanos. Se vive acechado por ése o esos instantes.

A la literatura le interesa escudriñar esos momentos porque son dilemas, subjuntivos, posibilidades, y porque tienen consecuencias y estertores. ¿De qué está hecho el fenómeno literario sino de eso, de encrucijadas puestas bajo la mirada del hermeneuta, del que busca explicaciones, de quien aspira a comprender los hechos? Desde Edipo hasta las canciones de José Alfredo; en el origen de los pecados capitales, la codicia o la lujuria, el deseo de lo otro/de lo de los otros, tan estudiados y diseccionados por Flaubert o Balzac, siempre hallaremos preguntas: “Ser o no ser. De eso se trata”, diría el clásico protagonista que monologa ante el ineludible ejercicio del albedrío.

Hay, también, entre esos conceptos, sensaciones o impresiones que han interesado a los escritores y que constituyen la cara oculta que se viste con las peripecias de un personaje o con el desarrollo de una trama; un momento donde la angustia o el miedo son el ancla de preguntas existenciales, calca de la condición humana, de las que se sirve la literatura para construirse. Esas motivaciones tan particulares identifican a autores con lectores porque son problemas compartidos. El territorio literario sirve como fragua que forja vida y preguntas fundiéndolas. Pienso sin embargo, que la literatura no son los hechos, sino las preguntas. La palabra hecha forma apunta a mostrar, acaso como una fantasmagoría, esos problemas. Y entonces sucede el reconocimiento.

Pensar la novela como método de reconocimiento sugiere, en primer lugar, un concepto conocido y que se apega a la anagnórisis. El personaje la representa y el lector sigue los efectos y las consecuencias de ese tránsito por procuración: ve al protagonista, sufre con él, quiere avisarle del precipicio en su siguiente paso, se emociona con sus triunfos, se conmueve. Por otro lado, también podría significar un efecto donde el lector afirma, mientras lee, ´así suceden las cosas´. Acepta quien sigue las páginas como verdad lo que está contando el narrador, se trata de estar frente algo que despierta en quien reconoce esas acciones o esos dilemas o aquellos pensamientos una experiencia conocida, vivida en primera persona incluso; como si el acto de leerlas las despertara y las colocara en un sitio en el que el lector da testimonio de las cosas, aunque sea por haberlas imaginado o tenido una idea de ellas. La literatura se lo confirma. A veces sucede un acto de extraña mitomanía al estar ante una novela y distinguir ese método de reconocimiento. Luego de seguir a Marco Polo por todo el mundo uno siente que debe salir a conquistar y descubrir y fascinarse también.

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Al atribuirle a la novela su carácter de método de reconocimiento Javier Marías se refiere a ese tipo de autores que cuando se leen da la impresión de que se atreven a mirar las cosas como son y uno a menudo tiene una fuerte sensación de “verdad” porque reconoce lo que dicen. Dejan al lector con la sensación de que no es algo ignoto a lo que se acerca al pasar página tras página, sino algo de lo que quizá no se estaba consciente; un encuentro con algo familiar, pero que no había sido dotado de esa experiencia conocida como “caer en cuenta”. Son hallazgos. Es decir, eso que ya estaba pero que ha sido alumbrado por alguien y que entonces cobra relevancia.

Muchas veces entre intuiciones y vaticinios se pueden hallar aportaciones sorprendentes a partir de textos escritos sin la intención de ser proféticos sino originados por la imaginación. Todos apuntan a desenredar los temores que puede tener cualquiera de nosotros. Hablamos del miedo a lo que vive en el armario, debajo de la cama o afuera, en la calle; al pasado que nos acecha, al futuro que no promete, al presente que es insostenible; hablamos de la angustia de pensar en la muerte, la propia o la del ser querido, la del compañero, del amigo, tanto como la muerte del tirano, de quien sí lo merecía, del indefenso que no. El tema es lo desconocido; el asunto son las consecuencias, los estertores; el límite no son los hechos sino lo que provocan. El asunto es el temor a algo y lo que las novelas nos dicen de éste.

En estas lecturas se puede reconocer, además de otros elementos, la experiencia de otro puesta ante los ojos de quien la lee, que se las apropia. Parte de un hecho personal, una alegoría, un acto de imaginación llevado a extremos que en el acto de lectura llevan a experimentar a la novela o a la obra como un método, no sólo de indagación o conocimiento, sino de reconocimiento. Otra vez: no se llega a un descubrimiento o una conquista de cierta información que no se tenía sino a caer en la cuenta de que algo que ya estaba ahí ha sido alumbrado, ahora visto y admitido como verdad. La literatura nos lleva a creer que hemos visto lo desconocido y a nombrarlo.

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