“La novela “Loba” no fue fácil de escribir”: Orfa Alarcón

Tanto la protagonista como la abuela, porque cuentan la historia y son mis favoritas. En la abuela recreé el habla de los pueblos del sur de Nuevo León, son pueblos donde fui educada y pude recrear esta habla, cuenta la escritora nacida en Tampico, Tamaulipas, en 1979.

Monterrey, 17 de marzo (MaremotoM).- Orfa Alarcón ha escrito Loba (Alfaguara), una gran novela que –dice- “me tenía atorada”. Nada podía hacer si no terminaba esa historia contada por mujeres, entre ellas una abuela que pierde el control de su mente y revela los secretos de su familia, donde la violencia y el destino juegan una partida más allá del azar.

Las mujeres buscan la libertad. No es fácil ese camino para un mundo que es obstáculo siempre para los más débiles, en un mundo donde “tal vez su vaga esperanza de escapar no se concrete. Tal vez su manada es más grande de lo que ella se imagina. Tal vez no hay escape”.

Es la primera novela para Orfa en Alfaguara, donde ha encontrado en Mayra González Olvera y en Ramón Córdoba unos editores muy avezados que han recibido a Loba como lo que es, una gran novela de mujeres, tal vez inspirada en Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, pero donde las situaciones se resuelven con la violencia y no con la comida.

–Tu primera novela, Perra Brava, fue la primera narconovela escrita por mujer

–Sí sé que se me clasificó como una de las voces femeninas en tratar esos temas. Han sido pocas las mujeres que han escrito sobre esto.

–¿Cómo se ha dado la edición de Loba, luego de Perra brava?

–Intenté hacer una segunda parte de Perra brava, no funcionó. Luego hice una novela juvenil, pero tenía atorada esta novela y mientras no la concluyera, no iba a poder hacer otra cosa. Me puse a trabajar de lleno en Loba, la terminé a principios de 2018, tardé más de 10 años en escribirla. Como si fuera un acto de magia y en un mes y medio escribí otra novela.

–¿Desatorarte por qué?

–Porque son historias muy fuertes. En Loba se cuenta la historia de dos generaciones, bueno de tres si contamos a la abuela. Tiene una carga muy grande de violencia, que van desde el incesto hasta feminicidios, hasta trata. Para mí no fue una obra fácil de escribir, siempre le estuve sacando la vuelta, pero tenía que llegar a completar la novela.

–La historia la cuentan las mujeres, algo complicado y que llama la atención

–Sí, las historias la cuentan las mujeres de la familia, me gusta mucho la voz de la abuela, quien tiene guardado en el pecho ese secreto de familia y cuando se pone senil lo saca totalmente. Es un secreto vergonzoso, que ella se pone a contarlo todo sin tapujos. Creo que es una voz muy cálida, lo intenté hacer así.

–La voz de la mujer es una búsqueda de la libertad

–Sí, Lucy está tratando de huir, de su padre, de su familia, de un montón de situaciones y está tratando de reinventarse. Esta la búsqueda de la libertad, que la busca en el amor, en los espacios abiertos, al encontrarse con el desierto queda sobrecogida. Queda devastada.

–Ahora la búsqueda del amor es como una idealización

–El amor real puede ser que ella tiene, con todas sus fallas, con sus hombres. Ella sigue buscando el amor ideal y dentro de sus sueños, está también el amor ideal que ella siente que lo va a tener cuando tenga un hermano mayor. Es un sueño imposible, pero luego sabemos que esos sueños van a tener una gran importancia en su vida.

–¿No puede ser que ella acceda al amor ideal por sí misma cuando conoce el desierto?

–Sí. Y accede a ese amor por sí misma cuando accede a su hermano. Porque a pesar de que conoció a una hermana y hay un parecido físico con ella, se encuentra en el hermano. Se busca en el hermano, en el desierto, en el sexo, en la abundancia, pero pocas cosas encuentra allí.

­–Cuentas cosas de mujeres, pero eres enemiga del feminismo

–Para estar compenetrada con el alma femenina no hace falta ser feminista. No soy antifeminista, sólo no soy feminista. Me parecen acertados los discursos y las luchas de las feministas, pero la acción es completamente distinta. Los discursos de odio contra los hombres que muchos grupos feministas están manejando no los comparto, por eso no podría declararme feminista.

–¿Qué piensas de estas novela?

–Me gusta mucho. Tanto la protagonista como la abuela, porque cuentan la historia y son mis favoritas. En la abuela recreé el habla de los pueblos del sur de Nuevo León, son pueblos donde fui educada y pude recrear esta habla, lo de la abuela fue un discurso natural, siempre poniendo el dedo sobre la llaga, así como yo tenía atorada la novela, ella tenía atorada la historia.

–La novela recuerda a Como agua para chocolate, ¿qué piensas de esta comparación?

Como agua para chocolate fue un gran parteaguas en la literatura mexicana, porque comenzamos a prestar atención en las obras escritas por mujeres. Fue un éxito de ventas, se hizo la película, la figura de la escritora se hizo importante. Ocurre en el norte del país, está situada en el desierto, la historia de dos generaciones y de amores imposibles. No había visto las referencias, pero creo que sí, hay muchas coincidencias con Como agua para chocolate.

–Pero tú lo resuelves con la violencia

–Sí, es cierto. Como agua para chocolate, tiene todo ese realismo mágico que la mía no tiene.

–Aunque a ti también te interese la comida

–Claro que me interesa la comida, sobre todo entre los otros personajes. Lucy casi no come, ella tiene que ser talla cero, porque esa es la imposición. El señor gobernador tiene que tener las tortillas calentitas en la mesa y el asunto de la comida está presente en la historia.

Loba, una novela de mujeres, escrita por una mujer. Foto: Alfaguara

Fragmento de Loba, de Orfa Alarcón, con autorización de Alfaguara.

1.

El amor ha de ser de desierto, o no será, porque amor que no es de frío y de calor no es amor.

Yo sólo era una chica, sin más. Era una chica en medio de la nada, de la arena. Veía caer el sol y sentía pasar el frío junto a mí. Era una chica solamente. Sin historia. Era una chica delgada, con un short y un suéter, maquillada, sentada sola en ese columpio en medio del desierto. Una chica con botas que reía y estiraba las piernas para balancearse más alto y más lejos cada vez. Yo era una chica como cualquiera. Sin deudas ni efectivo, sin citas en ninguna agenda ni motivos para vivir o morir. Sin necesidad de ser, pero era. Sin necesidad de personificar a nadie.

Ah, chingá, si a ti nunca te han impuesto un modelo de conducta, dijo Rosso cuando traté de explicarle por qué me sentía tan feliz.

Rosso estaba parado a pocos pasos de mí. Fumaba. A lo lejos se oía a Bob Marley. Yo no podía más que reír. Reír y sentir el corazón estrujado porque sabía que no había manera de que ese momento fuera eterno. Había pasado siete horas en un autobús sólo para estar ahí con él, en un columpio, solos. Y fue tanta mi dicha que quise llorar y que nos muriéramos ahí mismo para no tener que regresar a casa.

Era una felicidad que se inflaba de tal manera que me oprimía el corazón, no lo dejaba latir. Una asfixiante felicidad que me obligaba a tomar aire a tragos pequeños.

Que este momento fuera eterno.

No, wey, cómo que eterno. Me estoy muriendo de hambre.

Rosso comenzó a caminar hacia el pueblo.

El amor ha de ser de desierto, o no será. Por eso me llevé a Rosso al frío, a la nada, al polvo en los ojos y en la boca. Él se había metido en ese silencio extraño, patético, que lo rodeaba como un capullo durante días enteros. Rosso se encerraba en su casa y no había fuerza humana que lo sacara de ahí. Si mis muchachos iban por él para llevarlo conmigo, era peor que haberlo dejado donde estaba. Mirando al techo, apenas atinaba a decir que tenía sueño y acto seguido se quedaba dormido. O al menos lo fingía.

Esa última vez me tomé la molestia de ir en persona a sacarlo del cuarto que compartía entre semana con su primo, yo, que todos los días fantaseaba con volarme la cabeza, que cada mañana quería enfermarme para poder quedarme en cama. Yo que nunca me había encargado de nadie. No le pregunté ni qué tenía porque me iba a contestar ridiculeces que yo no sabría curar. Sólo lo besé y le dije que ya nos íbamos. Cuando me preguntó a dónde, le dije que tenía que acompañarme o la ciudad me caería encima. Le gustaba sentir que yo necesitaba ayuda y que él podía salvarme. Rosso, ángel guardián.

Dijo que nos fuéramos pero si era de una manera definitiva. ¿Qué podría negarle yo a Rosso?

Nunca había viajado en autobús. El corazón me latía tan fuerte que me dejaba sorda. En cuanto tomamos carretera, Rosso se quedó dormido. Me recargué en él mientras escuchaba Tú me estás dando mala vida… en su reproductor de mp3.

Despertó una hora después para renegar.

¿No pudimos tomar un camión más pollero? Uno que hiciera más paradas hubiera estado más chido.

¿Qué es pollero? ¿Los que llevan a la gente a Estados Unidos?

Ésos son los coyotes, gruñó y volvió a dormirse.

La piel de Rosso siempre estaba helada, sobre todo sus manos. Acurrucada junto a él y su chamarra de los Cowboys, me recriminaba por no haber llevado algo encima del suéter. No imaginaba que fuera de Nuevo León el clima cambiara tanto. Nunca había escapado de casa, tal vez porque nunca supe bien hasta dónde llegaba mi casa. Aun en otro continente, papá estaba enterado de dónde me encontraba, a qué hora salía o entraba, a dónde iba, con quién. Pero Treviño jamás sospechó que me subiría en uno de esos autobuses hediondos, por eso cuando le dije que iba a despedir a Rosso, se quedó tan tranquilo fumando.

Las montañas azules y de rato doradas como si se estuvieran incendiando. Los caminos vacíos, los terregales. Jamás habría para mí un paisaje más hermoso. Rosso y yo en la nada, como si fuéramos algo el uno para el otro.

Lo desperté para que bajáramos. Modorro y malhumorado cargó con su mochila. Yo iba apenas con lo que llevaba puesto. Se dio cuenta de que estábamos en medio de ninguna parte.

Puta madre, Lucy, ya nos pasamos de Matehuala.

Entre calles vacías y ojos que se asomaban a descifrar nuestros pasos huecos, atravesamos el pueblo.

¿Y ahora para dónde?

Así, arreados por las miradas acusatorias, llegamos a esos columpios en medio de pura tierra.

Que este momento fuera eterno.

Pinche romántica, de dónde te salió lo pinche cursi, mejor piensa cómo nos vamos a ir de aquí.

Mi dicha era del tamaño de su tedio.

Era un pueblo de gente huraña. Éramos un par de intrusos al que todos rehuían la mirada pero espiaban de reojo. Vimos a lo lejos un local abierto, parecía un depósito o una tienda de abarrotes y hacia allá nos dirigimos.

Paloma, me dijo una anciana sujetándome del brazo.

Quise soltarme. Me confundía, me asustaba.

Qué bonita paloma, acariciaba mi mano.

Me volví a mirar a Rosso.

A esta paloma le van a cortar las alas.

Las mujeres pueden maldecir porque están malditas. Me aferré a Rosso y seguimos caminando. Rosso nada más se rio de mí y se puso a cantarme: Una palomita blanca de piquito colorado.

Alguna vez me habían dicho que yo podía ser modelo de manos. Mucha gente se me acerca a decirme cosas para quedar bien. Miré mis manos y por primera vez me parecieron hermosas. Rosso me llevaba del brazo, impaciente, no entendía que a pesar del miedo ese pueblo era para mí el descubrimiento de la belleza. Que lo único que me había deslumbrado después de él era tanta arena, tanto silencio.

Oiga, ¿aquí se puede conseguir peyote?, dije al entrar en el tendajo cuando al fin pude alcanzar a Rosso.

Él me miró impaciente. Salimos de ahí con dos paquetes de galletas asquerosas y unas cocas, me dijo que no volviera a abrir la boca.

No quiero comer esto.

Eres insufrible. No hables con la gente. No les caes bien.

Probé las galletas pero eran puro químico. Las aventé. Rosso se apresuró a recogerlas y me pidió que no estuviera haciendo más numeritos.

¿Cuánto dinero nos queda?

Siempre hacía preguntas así de ordinarias. Usaba palabras que yo odiaba, como “dinero”, cuyo sonido me sabe a cobre en la boca. Es una palabra muy fea, barata, como “aretes” o “anillos”. Son de esas palabras que no pronuncio porque suenan corrientes.

Todo.

¿Todo?

Pues sí. Ni que nos lo fuéramos a acabar.

De nada sirvió que le explicara que no usaba efectivo nunca porque me parecía lo más sucio del mundo, peor que tocar pasamanos, picaportes, o dar la mano a desconocidos.

Serás puños, Lucy. Aquí de nada nos sirven tus pinches tarjetas, y se puso a soltarme un rollo de que mi realidad y la de los demás, por primera vez, era la misma.

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Estaba tan entretenido hablándome de lo que él llamaba “la realidad”, de lo pésima que había sido mi idea de irnos en autobús, y de lo maravillosa que era su vida antes de mí, que no vio que desde el otro lado de la plaza unas chiquillas nos miraban y cuchicheaban caminando despacito hacia nosotros fingiendo que se acercaban casualmente.

No me miraban a mí. Rosso manoteaba, fumaba, entrecerraba los ojos, mejor se quedaba callado ante tanta frustración. Perdía la vista en la nada. Luego me recriminaba por haber comprado los boletos con tarjeta de crédito.

Para estas horas toda la Policía Federal nos busca en Matehuala.

Ni que fuéramos delincuentes, dije más concentrada en las chicas que se acercaban que en la verdad de sus palabras.

La belleza de un hombre se puede medir por cuántas mujeres lo ven, y cuántas lo desean.

Bonitas las cuatro, evidentemente dos de ellas eran hermanas. Vestían pantalones de mezclilla y suéteres de mala calidad. El cabello suelto a la cintura y ojos que refulgían aun de lejos.

Rosso era objeto de codicia. Su presencia poseía un halo de inaccesibilidad, era un recordatorio de la belleza del mundo, esa que puede contemplarse en una escarpada montaña, en la aurora boreal, en los ojos enormes de un animal libre. Su presencia era la prueba de que la belleza no puede aprehenderse. Como ente indiscutible de luz, la presencia de Rosso acercaba a la idea de la fragilidad, de la realidad de lo inmediato, el temblor ante lo que inevitablemente terminaría, tal vez en un par de años o en pocos segundos. Este descubrimiento de fugacidad hacía necesaria la contemplación de Rosso con el fervor y el asombro que sólo puede poseer un creyente.

Yo te venero.

Simulando ir envueltas en estruendosas carcajadas, las chicas pasaron frente a nosotros y siguieron de largo.

Rosso dejó de regañarme para seguirlas con la mirada.

¿Es domingo, o por qué estas pendejas están dando vueltas a la plaza como estúpidas?

Costumbres de rancho, dijo Rosso, en lugar de recriminarme por criticar a las adolescentes.

El tiempo se contaba a pasos: los pasos eran los de las chicas. Se alejaban para volver a acercarse.

Estoy cansada. Vámonos.

Ahorita.

Las hermanas tenían la piel de las mejillas tan seca que lucía tostada, quemada, les otorgaba un rojo doloroso de piel resquebrajada que no dejaba de tener su encanto. Tendrían quince o dieciséis años, sonrisas perfectas y cinturas minúsculas. Ahora sí miraban fijamente a Rosso.

Mi amigo Max, en su etapa heterosexual, solía repetir a cada momento You can’t buy it, you don’t dream it, para referirse a sus mujeres. Era una de esas cosas molestas que irritan de los amigos y que hacen desear no volver a verlos. Y aunque había renunciado al inglés muchos años antes, no podía dejar de repetir en mi mente You can’t buy it, entre más se acercaban las niñas. Ellas no podían pagar por Rosso. Ellas simplemente podían tomarlo y llevárselo gratis.

Fue en el taller de periodismo donde lo conocí. Era un grupo de veintitantas personas y él se integró al tercer día. En cuanto llegó, las chicas se le fueron encima abrazándolo y besuqueándolo. Era un grupo de décimo semestre, todos tenían casi cinco años de conocerse, excepto yo, que estaba ahí como oyente.

Cuando todas dejaron de ensalivarlo, me miró extrañado de que conformara parte de ese grupo. No sabía qué hacer porque no entendía si con su mirada quería excluirme o interrogarme.

Sólo pude preguntarle quién era.

Rosso.

Rojo.

Rosso, repitió, porque creyó que no le había entendido, porque seguramente desde ese instante ya pensaba que yo era tonta.

Y en lugar de preguntar mi nombre, lo que dijo fue:

¿Y qué dicen las cosas en El Cielo?

Como parecía un ángel, bien podría ser producto de un parpadeo. Por eso le tomé la mano, la apreté, y quiero pensar que lo solté inmediatamente, que resistí mi impulso de llevarme a los dientes la punta de cualquiera de sus dedos, que sólo le dije:

Mucho gusto.

Estoy tranquila porque sé que hasta la última letra de tu nombre olvidaré.

2.

Tomé su mano cuando las chiquillas estaban a pocos pasos. Esta vez sí hablarían. Me senté pegadísima a él. Las miré con fiereza a los ojos. Mi mirada no las hizo inmutarse, mi mirada no podría competir con la alegría de Rosso al verlas acercándose.

Le preguntaron cómo se llamaba y contestó que Mario o cualquier nombre aleatorio y común. Le preguntaron si yo era su novia y volvió a mentir. Aburrida pero sin soltarlo, volteé hacia otro lado. Solamente dos de las chiquillas se presentaron, las otras eran demasiado tímidas para hablar. Se llamaban Clara y Elisa y, efectivamente, eran cuatas. Habían nacido con pocos minutos de diferencia. Quince años. Ninguna de las dos tenía novio. Elisa aventajaba a su hermana en soltura y gracia. Aunque las dos eran idénticas, si tuviera que elegir sólo a una, Rosso se llevaría a la menor. Era avispada y coqueta de manera natural.

Contaban que iban a la secundaria. Me aburrieron tanto que preferí pensar en nuestro problema inmediato: ¿dónde dormiríamos? Justo cuando se me ocurrió preguntarles si sabían de un hotel, Elisa le dijo a Rosso que su mamá podía alquilarnos un cuarto de su casa.

¿Completamos para pagar?, le pregunté a Rosso al oído y él me dijo una cifra.

¿En euros cuánto es?

Qué increíble.

¿Sí tenemos?

Son como dos euros, no me avergüences con esas preguntas.

Sentada en la cama miraba mis botas llenas de tierra, sin decidir si me las quitaría. Rosso me había contagiado su nulo entusiasmo, o tal vez era esa cama. No quería dormir en el colchón que nos habían cedido, con sábanas que había usado quién sabe quién.

Un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús lleno de polvo nos miraba. Siempre me ha dado miedo ese corazón espinado bajo un rostro impertérrito.

Agradece que no vamos a dormir en una banca del parque, Rosso había adivinado mi decepción.

Lo conseguiste. Querías que viera que este es un pinche viaje mierdero. Lo conseguiste.

Seguramente era el cuarto de las cuatas, no me sorprendería que compartieran una sola cama. Me acosté así, vestida, mirando hacia la pared sobre un cobertor hecho hilachas en un colchón desvencijado. ¿Mi felicidad tenía que ser así, molesta para todos a mi alrededor? ¿Mi felicidad era tan chocante, tan impostada, tan ridícula?

Un año antes, pocos días después de mi tercer intento de suicidio, Ferrán me había llevado al campo a descansar varios días, y abandonada en un corral, descubrí a una pequeña oveja café. Su madre la rechazaba y se negaba a alimentarla. Estaba sarnosa, nadie se había preocupado por ella. La nombré Gretel. La besuqueé aunque Ferrán me pidió que no lo hiciera. La adopté. Era tan bebé, dormía conmigo. Ferrán, asqueado, se iba a otra habitación. Pero antes de Gretel yo no despertaba por las mañanas hasta que a media tarde el peso del hambre me hacía pedir un pedazo de fruta, trataba de ver una película, y volvía a quedarme dormida antes de llegar a la mitad. Con Gretel fue todo distinto, me despertaba para alimentarla, acicalarla, veíamos películas, ella tomaba de un biberón que yo misma le preparaba. Ferrán ya se había mudado de habitación.

Guarda questi occhi di bambolina, le decía yo tratando de que quisiera a la borrega tanto como yo.

¿Para eso sobreviviste?, ¿para andar agarrando animales de granja como si fueran tus hijos? Mejor te hubieras matado, me dijo en español porque no podía negar su lengua materna cuando rabiaba.

Ese día lloré tanto que volví a quedarme dormida durante tres días. No podía simplemente liberarme de Ferrán. Nuestro amor era verdadero, vívido y, por lo tanto, imperfecto.

Y después de tener una villa preciosa en Roma y una de las mejores casas del norte del país, ahora debía dormir en un cuarto de muebles viejos y humedad en las paredes. ¿Qué estaría haciendo Ferrán? ¿Cepillaría a Gretel antes de irse a dormir como yo le había pedido que lo hiciera? Hasta mi Gretel estaría más cómoda que yo en ese momento. El cuarto no era digno ni de un animal. Quise preguntarle a Rosso cómo era posible que hubiera gente que viviera así, pero preferí ahorrarme su discurso sobre cómo el mundo existe a pesar de mi ignorancia al respecto.

Al colchón se le sentían todos los resortes. Me senté en la cama.

¿En serio crees que sea buena idea que durmamos aquí?

Me puse de pie.

¿Prefieres dormir en la plaza con los coyotes?

No creo que bajen coyotes.

Entonces dormimos afuera y que nos encuentren más pronto.

Ya no quise contradecirlo, él deseaba sentir ese miedo de persecución, sufrirlo. Para mí esa sensación era una novedad. Como quien pertenece a una secta, nunca se me había ocurrido que tenía la posibilidad de irme. Cuando se me ocurrió no lo dudé. Nos fuimos y ya. Que Rosso dijera que tenía miedo a las represalias, a los hombres armados, al fuego, era tan ridículo como si me estuviera contando una película de acción tratando de hacerla pasar por un hecho real.

Cuando dijo que me acostara, me resistí y se levantó a abrazarme.

Estás morada.

Estoy congelada, quise repegarme contra él, contra la tierra de su cara, contra su aliento modorro, pero pensar en dormir en esas cobijas rasposas que no habían sido cambiadas me lo impidió.

Tengo frío y el colchón está helado.

Ya duérmete, dijo mientras me atraía hacia él, pasaba sus manos por mi espalda, las bajaba a las nalgas y las llevaba a mis caderas.

Me desnudó mientras yo seguía parada junto a la cama. Su piel siempre fue muy helada, pero su boca era tibia, un refugio entre la niebla que me atemorizaba. Me gustaba sentir el peso de sus manos frías sobre mi cuerpo, su mirada cuando, después de desnudarme, me sujetaba de la cintura, me impedía acercarme a él para contemplarme un rato.

Rozaba su lengua contra mi pubis mientras me hacía permanecer de pie y él, acostado boca arriba, acomodaba la cabeza entre mis piernas. Hacia arriba me miraba.

Desnuda eres perfecta.

Ya me lo había dicho antes: que todo me ensuciaba, me alejaba de él, pero sin ropa que mostrara mi identidad o mi origen, era sólo una chica al alcance de su mano. ¿Qué tanto mi ropa era yo, y qué tanto mi yo le molestaba? Él mentía: mientras yo siempre había estado a su alcance, él era quien no estaba al mío.

Y mi perfección al desnudarme también era mentira: no podría ser perfecto un cuerpo abierto y luego cicatrizado.

Todo, quítate todo.

Dejé caer al piso un par de anillos que llevaba en la mano izquierda, no los traía porque fueran caros, simplemente me gustaban, eran dos argollitas muy delgadas de oro rosa. Los había comprado en un mercado de antigüedades el primer día que salí con Ferrán, tal vez por eso me gustaban tanto. También la cadena con la medallita de la Virgen que me había regalado el arzobispo y que mi abuela me pedía que nunca me quitara (ya ni la usaba, hasta ese día que supe que nos iríamos lejos). Una placa de oro que decía “Rich Bitch” y que tenía pequeños diamantes cayó al suelo. Era una manifestación de pleno mal gusto, la había comprado para molestar a Rosso, y ese día la traía por si en algún momento necesitábamos efectivo.

Todo, Lucy, todo.

Eran los símbolos religiosos los que más le molestaban. Sin ser creyente, me gustaban los objetillos supersticiosos esos que contaban historias. No me quitaría la delgadísima cadena de oro blanco que rodeaba mi muñeca derecha, ni su pequeña inscripción: “Santa”, y un crucifijo tan pequeño que cabía en la uña de mi dedo pulgar. Papá me lo había regalado.

No podía confiar en la protección de un Dios imaginario, pero sí en la protección de mi padre.

Estábamos ahí, como habíamos estado en cualquier otro lado: para mí cada encuentro era el primer descubrimiento de los helados destellos de su piel, su piel que me parecía cubierta de hielo.

La pistola, wey. Quítate la pinche pistola aunque sea por una vez mientras cogemos.

Tiene seguro, maricón, le contesté al besarlo.

No iba a desarmarme el frío, ni el amor. No iba a desarmarme Rosso. No iba a desarmarme el desierto.

Me congelaba. Rosso desnudo estaba parado junto a mí. Le pedí que me levantara para rodearlo con las piernas y me sujeté de su cuello. Sobre su piel ya no existían las sábanas sucias ni la tierra del camino.

¿Quieres venirte arriba?, me preguntó.

Cabalgándolo al ritmo de tanta furia, ¿llegaría a mi libertad? ¿Me acercaría siquiera?

Rosso apretó con fuerza mi cintura, solía hacer eso cuando iba a terminar. Miré sus párpados porque ya tenía los ojos cerrados, ¿pensaría en Clara o en Elisa? Como en tantas ocasiones, me vi tentada a pedirle que no se acostara con nadie más que conmigo. “No seas débil”, me repetía en esos momentos. “No te venzas, no seas…”, no concluí la frase en mi mente, porque lo que se venció fue la puerta de nuestra habitación y entraron varios hombres.

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