Job

La paciencia del Santo Job

Siglos después de los padecimientos y desventuras de Job, San Pablo afirma que el sufrimiento produce fruto para todos aquellos que perseveran en el amor a Dios. La tribulación, produce paciencia y la paciencia, prueba y la prueba, esperanza y la esperanza no nos defrauda, sentencia el romano.

Ciudad de México, 28 de abril (MaremotoM).- ¿Qué significa que alguien tenga la paciencia del santo Job? La historia de la desventura de Job comienza así: Había en el país de Us un hombre llamado Job; era un varón perfecto que temía a Dios y se alejaba del mal. Tuvo siete hijos y tres hijas. Tenía muchos servidores y poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas burras. Cuando hubo perdido todo, clamó: Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá volveré. Yavé me lo dio, Yavé me lo ha quitado, ¡que su nombre sea bendito! Job poseía becerros, vacas, tierras, hijos y bonanza y, a pesar de ser un fiel creyente y cumplidor de la ley del Señor, había perdido todo por la voluntad de Dios.

Según el relato, Dios, Alfa y Omega, platica casualmente con Satán, saludándolo tan vulgarmente como ¿de dónde vienes?, a lo que el otro le responde: vengo de la tierra, en donde anduve dando mis vueltas. Satán le presta atención a su archienemigo quien parece que trae en mente una idea. Y es entonces cuando Dios le atrae la atención hacia Job: ¿No te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él en la tierra. Dios le enumera a Satán las virtudes de su servidor: es noble, fiel, trabajador y temeroso de Mí. Además, es humilde, generoso y paciente, y que es imposible que reniegue de Él, a pesar de lo que le acontezca. Satán es el adversario, el espíritu que incita a la rebelión y, sin embargo, es Dios quien le hace fijarse y querer tentar a Job, no como se acostumbra que sea el diablo el que divide, el que quiebra, el maldito. Satán sabe que Job es bueno y le dice a Dios: extiende tu mano y toca sus pertenencias. Verás si no te maldice en tu propia cara. Cuando Job pierde todas sus pertenencias y a sus diez hijos, y después de verse arrojado a la más extrema miseria, lejos de maldecir el nombre del Señor, lo bendice. Dios le recuerda al diablo su apuesta, lo que habilita al maligno a retar a Dios: extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; verás si no te maldice en tu propia cara.

Job no se queja, solamente se cuestiona por qué le ha sucedido tanta desgracia y desea preguntárselo directamente a Dios, quien no le responde. A Job se le arrebata de la manera más cruel sus bienes materiales, terrenales, pecuniarios, ganado, casa, terrenos y, aun así, Job conserva la templanza. Sin embargo, en algunas noches de desasosiego, se reúne con sus tres amigos y les relata sus desavenencias. Job siente cierto consuelo en la compañía de sus amigos, aunque las catástrofes se multiplican. La mujer de Job no tiene nombre, sólo se le menciona como la mujer de Job. Ella sí está encolerizada con Dios y le espeta al marido: ¿Todavía perseveras en tu fe? ¡Maldice a Dios y muérete! Éste es el momento en que Job le lanza una reprimenda, a pesar de que ella permanece a su lado: hablas como una tonta cualquiera.

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Desterrado, sin posesiones, maltrecho e impregnado de ampollas, Job implora a Yavé. Foto: Cortesía

Ya sin ganado, ni tierra, ni casa, Dios permite que perezcan sus siete hijos y tres hijas. Dios, mientras tanto, se entretiene durante 38 capítulos en crear y continuar con su exégesis de las hermosas criaturas como el caballo, el cocodrilo, el hipopótamo y presume de sus monstruosidades, tanto del reino marino como terrenal. En uno de esos momentos de ocio, en los que Dios ya había dado vida a los colibríes y a las catarinas y a los colorines y a las jacarandas y a las medusas y los hipocampos, Dios voltea a ver a Job y continúa viéndolo incólume, fiel, bueno, humilde y manso a pesar de sus desgracias. Dios se acuerda de su apuesta pendiente con el maligno y decide poner las cuentas en claro. Satán responde: no le ha acontecido nada directamente a Job. Por ello, Job se hace receptor de una espantosa plaga ampulosa por todo su cuerpo que sufre la invasión de ampollas, llagas, callos y heridas que verdaderamente provocan que Job llegue a su límite, que toque el fondo del pozo de sus desaventuras. Job se aparta de la ciudad y se asienta sobre las cenizas (o la mierda, en algunas interpretaciones) y nada más es visitado por su furiosa mujer. Parece que Job es finalmente derrotado.

Job se aparta de la ciudad, toma un pedazo de cerámica rota para rascarse el cuerpo y se sienta sobre las cenizas. Su esposa lo visita y le reclama su integridad y su fidelidad a un Dios que ha sido castigador con él, hombre bueno. Job le espeta a su esposa que habla como una tonta cualquiera y que, si aceptamos de Dios lo bueno, ¿por qué no aceptaremos también lo malo? En cierto punto, Job maldice el día de su nacimiento y cuestiona el sentido de justicia que tiene Dios, aunque acepta que su miserable condición es la voluntad del Señor, y siente desesperación porque no entiende por qué es víctima de tanto suplicio.

En términos simplistas, fe significa fuerza espiritual. La capacidad para aceptar el designio de Dios, independientemente de la voluntad propia. No nada más creer, sino saber que la decisión de Dios es la correcta, la que conviene, sin importar ni los deseos, ni las expectativas de uno. La pérdida de fe es la perdición de la vida propia y la aparición de monstruos: Leviatán y Behemot. Una vez desvanecida la fuerza espiritual del estado anímico de Job, aparecen voces que claman en el fuero interno del infiel: Llama pues, si quieres; ¿quién te responderá? ¿A cuál de los santos te dirigirás? ¿Rebelarte? Así perece el insensato. ¿Enojarte? De eso mueren los tontos. El hombre engendra su propio castigo; yo, en tu lugar, a Dios recurriría y a él expondría mi causa. A Él, que hace cosas grandes e insondables, maravillas innumerables. El Leviatán y el Behemot han sido equiparados con el hipopótamo y el cocodrilo, que abre sus párpados como el amanecer, aunque para Melville, siempre fue la ballena, el monstruo marino. Job lo describe como un dragón: sus estornudos dan destellos de luz, y sus ojos son como los párpados del alba. De su boca salen antorchas, chispas de fuego saltan. De sus narices sale humo, como de una olla que hierve sobre juncos encendidos. Su aliento enciende carbones, y una llama sale de su boca. Y continúa la descripción del monstruo que nace por la carencia de fe: su corazón es duro como piedra de molino. Cuando él se levanta, los poderosos tiemblan; a causa del estruendo quedan confundidos. Hace hervir las profundidades como olla; hace el mar como redoma de ungüento. El Leviatán es un monstruo desconocido.

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Job se lamenta que su alma está hastiada de la vida, por lo que dará libre curso a su queja. Le clama a Dios su amargura: ¿Acaso te conviene mostrarte duro, despreciar la obra de tus manos y justificar las teorías de los malvados? ¿Tienes tú ojos humanos? ¿Ves al igual que un hombre? Tus manos me han modelado y me han formado y, luego, enojado ¿me quieres destruir? Mi alma está hastiada de la vida, por lo que daré libre curso a mi queja, hablaré de mi amargura. El hombre, como la flor, brota y se marchita y pasa como sombra, sin detenerse. Se deshace como leña carcomida, como vestido que se come la polilla. ¿Y sobre un ser así, pones tú los ojos? Sabiendo que sus días están contados, que de ti depende el número de sus meses, aparta de él tu mirada y déjalo hasta que termine su trabajo diario como un jornalero.

Con el cuerpo plagado de llagas, Job gime: Mi calumniador me acusa a la cara. Su furor encontró a quién desgarrar y me persigue, rechinando contra mí sus dientes. Dios me ha entregado a los injustos y me ha arrojado en manos de los malvados. Yo vivía tranquilo cuando empezó a sacudirme, me tomó del cuello y me hizo pedazos. Ha apartado de mí a mis hermanos, y todos mis conocidos tratan de alejarse. Ya no me ven parientes ni familiares, me olvidaron los allegados a mi casa. Mis sirvientes me tienen por extraño. Hasta los niños me desprecian y hacen burla de mí. ¿Por qué Dios no se entera de lo que sufro? ¿Por qué el Todopoderoso no se entera de lo que sucede y sus fieles no comprueban su justicia? Los malvados se roban el burro de los huérfanos, y confiscan el buey de la viuda. Se arranca al huérfano del pecho materno, se toma en prenda al hijo del pobre. Todos los pobres del país han de esconderse, como los burros salvajes en el desierto, pasan la noche desnudos sin tener que ponerse, sin un abrigo contra el frío. Están empapados por la lluvia de las montañas, andan desnudos sin ropa y sienten hambre, mientras mueven el molino para exprimir el aceite, y pisan la uva de los lagares, pero quedan con sed. En la ciudad gimen los moribundos y los heridos piden socorro, pero Dios no atiende a sus súplicas. ¡Quién me hiciere volver a los meses de antaño cuando rodeaba Dios mi tienda, cuando el Todopoderoso estaba aún conmigo y me rodeaban mis hijos, cuando mis pies se bañaban en leche y corrían de la roca arroyos de aceite!

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¡Quién me hiciere volver a los meses de antaño cuando rodeaba Dios mi tienda, cuando el Todopoderoso estaba aún conmigo!. Foto: Cortesía

Finalmente, Dios decide responder a Job que tanto lo ha buscado y le espeta: El acusador del Poderoso, ¿se da por vencido? Amárrate los pantalones como hombre. Yo que te hice, hice también a Behemot, que se alimenta de hierba como el buey, pero ¡mira qué fuerza en sus lomos, qué potencia en los músculos de su vientre! Behemot es una bestia extremadamente grande y poderosa. Si estornuda saltan chispas, de sus pupilas sale un rayo de luz. De su hocico salen llamaradas, se escapan chispas de fuego. Sus narices echan humo, como caldera hirviente al fuego. Su aliento encendería carbones, salen llamas de su boca. Yavé le pregunta a Job si es capaz de enfrentarse al Leviatán: ¿Puedes tú pescar a Leviatán con un anzuelo, o atarle la lengua con una cuerda? En algunos escritos, se afirma que se tratan de monstruosidades creadas por Dios para representar las fuerzas del caos, cuestión reforzada cuando se cita nuevamente al Leviatán en el Apocalipsis: he aquí un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos. Hay quienes sugieren que nada más es un símbolo de la humanidad en oposición a Dios.

Desterrado, sin posesiones, maltrecho e impregnado de ampollas, Job implora a Yavé: reconozco que lo puedes todo y por esto, hago penitencia sobre el polvo y la ceniza. Una vez que Dios vio el arrepentimiento de Job por haber cuestionado sus acciones y, en ningún momento, haberlo maldecido, Dios restituye a Job todos sus bienes y, aún más, le otorga el doble de lo que tenía. Job vio volver a sus hermanos, y con ellos comía y era compadecido y consolado por todos los males que Yavé le había mandado. Yavé hizo a Job más rico que antes. Le regala catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras. Le compensa con siete hijos y tres hijas más. No se hallaban en el país mujeres tan bellas como las hijas de Job. El anciano vivió todavía 140 años después de sus pruebas y vio a sus hijos y a sus nietos hasta la cuarta generación. Siglos después de los padecimientos y desventuras de Job, San Pablo afirma que el sufrimiento produce fruto para todos aquellos que perseveran en el amor a Dios. La tribulación, produce paciencia y la paciencia, prueba y la prueba, esperanza y la esperanza no nos defrauda, sentencia el romano.

One Comment

  1. Juan Jose Rodriguez Ramos

    Excelente reflexión. Job no olvidemos que no era judio y es el único texto de la Biblia que empieza con una fórmula tipo “Había una vez”… otra detalle es que es el debut del Diablo, que no había aparecido antes en todo el Antiguo Testamento