Diario Liminal: La persecución

Mexicali, 17 de marzo (MaremotoT).- Los días de viento cargan aromas y situaciones inquietantes en esta ciudad. Todo puede suceder cuando las hojas de árboles y las envolturas de dulces revolotean indecisas. Platicaba con un compañero de trabajo cuando comenzó la persecución. Dos oficiales, cuya denominación de seguridad desconocí en su momento, corrían tras un muchacho de procedencia extranjera. Descendencia africana, un cuerpo ajetreado pero a la vez decidido. Corrían tras él con lentes oscuros, rostros decididos y una mueca burlona dibujándose en las comisuras de sus labios. Presa fácil, supongo que decían. Un día divertido en medio de una rutinaria existencia.

El muchacho zigzagueaba en las áreas verdes del edificio de la escuela de artes. Detuvimos mi compañero y yo la charla. El muchacho pasó cerca de nosotros, se dirigió a la parte trasera. Se detuvo, titubeó, animal insólito que no quiere ser insólito en busca de opciones. Su gorro y su indumentaria revelaban posibles aires caribeños, su aroma y jadeo alojaban una vida interrumpida por un presente en el que su cuerpo huía de la ley. La persecución se convirtió en un baile desesperado, en otra clase de viento. El muchacho corría para atrás, para delante, burlaba a uno de los oficiales como delantero en aprietos ante dos defensas programados para detener el gol a toda costa. Una parte de mí quería que metiera gol, que huyera triunfante, con los brazos al aire.

Sus rizos eran largos, así como sus piernas. Tenis eficientes, para corredores astutos, tenis que trepan bardas y burlan oficiales, tenis que habían amortiguado su cuerpo por varios cientos de kilómetros hasta llegar con sus suelas delgadas a este sitio que llamamos frontera.

Nadie hablaba, paralizados por la idea colectiva de atestiguar una persecución de película. La coreografía era intensa, pasó del zigzag a los círculos, a las volutas y espirales, al salto imprevisto, el paso por las bancas donde un grupo de estudiantes captaba con risa nerviosa la acción. Podía sentir la respiración del muchacho, podía sentir la respiración de los otros muchachos que querían ayudar a este tipo, sin ayudarlo. Quise ponerle el pie a un oficial pero mi cuerpo reprimido lo dejó en el puro deseo. Ellos, los oficiales, el muchacho que corría por su vida, cuerpos cruzados en una historia que puede ser de otra manera.

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El muchacho se sintió acorralado en la parte trasera de la escuela, burló con una finta al oficial más próximo a su cuerpo y cambió de dirección. Soltó una caja de mazapanes que traía en su mano. Alguien especuló robo después del incidente. Yo especulo que estaba en la calle vendiendo mazapanes y la presencia de los oficiales lo hizo entrar en pánico. ¿Nadie ha sentido el pánico de ser de otra parte y saberte prófugo por ser de otra parte? ¿Nadie conoce a los cuerpos desesperados del exilio?

Se dirigió a la calle principal. Como buen delantero apretó su paso para cruzar en medio de los dos oficiales que intentaron emboscarlo pero les ganó el peso de sus cinturones. El muchacho –haitiano, nigeriano, boliviano, su origen nublado, muchacho invisible, visibilizado por una historia que puede ser de otro modo—se despojó de su mochila y su chaqueta y ligero corrió porque los cuerpos siempre quieren ser libres. Dos, tres, cinco segundos después, el muchacho detuvo su cuerpo, ya que las unidades del Instituto Nacional de Migración lo acorralaron. El muchacho entregó su cuerpo derrotado a los cuerpos jadeantes de los oficiales. Subieron sus cosas a una Pick up y se escucharon los radios de los oficiales. El viento siguió su danza, pero la danza momentánea de la supervivencia desapareció.

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