Juan Villoro

La tierra de la gran promesa: La nueva novela de Juan Villoro

Juan Villoro vuelve a la novela de la mano de La tierra de la gran promesa: una reflexión sobre la for­ma en que el arte influye en la realidad y en que la realidad distorsiona al arte. Es el primer libro de Juan Villoro en Literatura Random House

Ciudad de México, 1 de septiembre (MaremotoM).- El documentalista Diego González se muda a Barcelona con la firme intención de tener una vida tranquila filmando un documental que por primera vez no tenga un tema político, pero la aparición del periodista de Adalberto Anaya, comienza a trastocar su paz cuando descubre que el objeto de sus investigaciones es él.

Anaya lo culpa de haber entregado a un capo del narco sobre el que hizo un documental y de haber matado involuntariamente a un amigo suyo de juventud. Cuando un reportaje publicado por éste sale a la luz, Diego se ve obligado a regresar a México para resolver de una vez por todas las cosas con Anaya y de paso con su propio pasado.

Antes

El estudiante del CUEC Diego González recuerda el día en que se incendió la Cineteca Nacional. Va a ver el suceso con Rigo y Jonás, sus dos amigos de la carrera, acompañando a uno de sus maestros. Al volver a su casa por la noche, encuentra a sus padres muy alterados. Las cajas en las que su madre almacena todo están en la sala. Su padre lo interroga acuciosamente sobre el incendio, que parece haber sido provocado.

Después

Jaume Bonet, productor catalán, ofrece a Diego irse a vivir a Barcelona y filmar un documental allá, para así tener distancia después del reciente secuestro de su suegro. Diego aceptará luego de recordar la intensa paranoia que sufrió después de que entrevistara a Salustiano Roca, el Vainillo, capo de la droga que había hui­do de un penal en una ambulancia, vestido de médico, para su documental Retrato hablado.

La tierra de la gran promesa es una metáfora del México con­temporáneo. Una lectura amplia sobre las entretelas de la corrupción y la vida íntima donde las verdades se pronuncian al dormir. Una novela tan política como personal que mantiene a Juan Villoro como un testigo excepcional de nuestro tiempo.

Escritor y periodista, Juan Villoro nació en la Ciudad de México en 1956. Ha sido profesor en la UNAM y profesor visitante en las universidades de Yale, Princeton, Stanford y Pompeu Fabra de Barcelona, así como en la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez. Es columnista de Reforma (México), ha escrito para medios internacionales como The New York Times (EU), El País (España) y El Mercurio (Chile), entre otros. Fue director de La Jornada Semanal.

En 2012 obtuvo el Premio Iberoamericano José Donoso y en 2018 el Premio Manuel Rojas, ambos otorgados en Chile, por el conjunto de su obra. Entre los reconocimientos que ha recibido en México se encuentra el Premio Mazatlán de Literatura por su libro de ensayos literarios Efectos personales y el Premio Xavier Villaurrutia por su libro de cuentos La casa pierde.

Recibió en España el Premio Herralde por su novela El testigo; en Argentina el Premio ACE por su obra de teatro Filosofía de vida y en Cuba el Premio José María Arguedas por su novela Arrecife. Su trabajo periodístico ha sido reconocido con el Premio Internacional de periodismo Rey de España, Premio Ciudad de Barcelona, Premio Internacional de periodismo Manuel Vázquez Montalbán, así como con el Homenaje Fernando Benítez de la Feria Internacional del Libro.

Juan Villoro
Editada por Literatura Random House. Foto: Cortesía

Fragmentos de La tierra de la gran promesa, de Juan Villoro, con autorización de Literatura Random House

Recorrieron la ciudad repentinamente desierta en total si­lencio.

Al entrar a la taquería, Diego vio las flamas en la parrilla. No era el sitio más apropiado para hablar de incendios, pero nada que fuera de importancia podía terminar sin tacos.

Rojo eligió una mesa al fondo, “el rincón de los conspi­radores”, donde unos búhos de cerámica empotrados en la pared miraban el mundo con sabia indiferencia.

Diego aportó lo que le había dicho Susana: en el mo­mento del incendio se exhibía La tierra de la gran promesa.

—Qué ironía, ¿no? —dijo y se sintió idiota.

—Es algo más que una ironía —comentó el profesor—. Obviamente la película de Wajda se llama La tierra prome­tida, pero ya sabemos que aquí los títulos se vuelven fanta­siosos. La mayor contribución de Ringo Starr a la historia de los Beatles fue el título La noche de un día difícil. ¡Y aquí la película se llamó Yeah! Yeah! Yeah! Es de no creerse —hizo una pausa para pedir un agua de horchata y retomó el hilo de la conversación por otra punta—: La tierra de la gran promesa trata de la ascensión del capitalismo en Polonia. Lo raro es que todo desemboca en un incendio. Tres socios lograr poner una fábrica pero no la aseguran porque no les alcanza el dinero y el rival amoroso de uno de ellos se las in­cendia. Su ambición queda hecha cenizas. Es increíble que estuvieran dando esa película mientras la Cineteca se incendiaba.

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Probó el agua de horchata y dijo que le sabía a humo. Con la mirada fija en la salsa mexicana, comentó algo que no parecía una ocurrencia del momento, una de esas frases que son dichas en el tono grave de lo que se ha repasado una y otra vez:

—Fue una bomba, estoy seguro.

Diego pensó que si los búhos de cerámica que decoraban la pared hablaran tendrían la entonación del profesor:

—Patricia y yo vimos el boquete —continuó Rojo—, un círculo casi perfecto, detrás de la pantalla. El edificio se quemó de manera pareja y había un hoyo gigantesco, un crá­ter. Una bomba —insistió.”

“Jaume se llevó el índice a la sien, como si le doliera la cabeza. Sus labios finos, ideales para la cuidada ironía que acompañaba sus frases, dijeron:

—¿Te enfada que te ayude? Los mexicanos sois muy des­confiados. Mi propuesta es un poco friqui, lo acepto: te vasa Barcelona, te pongo un piso, te adaptas a ese mundo y ve­mos qué sucede. Lo importante es que salgas de aquí después de lo que ha pasado.

Diego no quería volver al tema del secuestro. La tragedia se había convertido en “lo que ha pasado”.

—“¿Dónde está la trampa?”, te preguntas. Lo más raro es que no hay trampa. Los catalanes tenemos fama de tacaños; las reputaciones son un malentendido, ya lo sabemos, pero también estamos un poco locos, y hay que aprovecharlo. El modernismo fue un delirio estupendo patrocinado por la alta burguesía. Estoy invirtiendo en los sueños que vas a tener; no sé qué saldrá de ese pinche desmadre pero a veces me gusta jugar al póker con las pesetas.

El productor estaba orgulloso de sus giros “mexicanos”, no siempre precisos, y de conservar ciertos arcaísmos; hablaba de pesetas en tiempos del euro (“soy de la época de la perra gorda”, decía para certificar la veteranía de sus transacciones, iniciadas en una economía del hambre que ya casi nadie re­cordaba).

¿Qué retenía a Diego en México? ¿Valía la pena exponer su vida y la de su familia en espera de que le otorgaran un Ariel por trayectoria, premio de consolación para quienes ya no tienen películas en el mercado?

Con frecuencia sentía que le negaban apoyos por la carga política de sus documentales. Logró filmar Retrato hablado gracias al sorprendente respaldo de Jaume Bonet. Entrevistó a Salustiano Roca, el Vainillo, capo de la droga que había hui­do de un penal en una ambulancia, vestido de médico, con la complicidad de las autoridades. Diego habló con él en un arrabal de la Ciudad de México al que fue conducido con los ojos vendados. Lo más desconcertante había sido el entorno del narcotraficante, muy distinto a los lujosos vicios que le atribuía la imaginación popular, alimentada por el discurso del gobierno. No se trataba de un villano que colecciona pis­ tolas de oro, desayuna el hígado de su enemigo o le extirpa las uñas a la amante que lo traicionó, sino de un pobre diablo sin gramática, con la mirada perdida, que lo había citado en un cuarto donde el inodoro estaba tapado.

El Vainillo hablaba en tono seco. Tal vez para ordenar decapitaciones alzara la voz, pero la cámara lo amedrentaba y su incapacidad verbal lo hacía ver humilde. Su destino era una suma de precariedades. En la infancia le decían Kung Fu porque siempre tenía los ojos entrecerrados. Sólo se en­teró de que padecía miopía a los veinte años, cuando le costaba trabajo apuntar con armas de fuego. Para entonces, ya estaba al servicio de un jefe de pandilla que le compró lentes.

Diego le preguntó si consumía drogas y Salustiano negó con la cabeza. En su clan nadie probaba la mercancía. Lue-go guardó silencio, alzó los ojos y dijo que había tenido un pastor alemán que se volvió adicto lamiendo rastros de co­caína. “Le decíamos Julio César Chávez”, sonrió al referirse al boxeador que los rumores convertían en cliente y cóm­plice del cártel de Sinaloa. Fue el único momento de la en­trevista en que mostró sus dientes ribeteados de oro.”

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