La tragedia de Macbeth

La tragedia de Macbeth: La obra que no debe nombrarse cobra nueva vida

La cortesía viene en forma de riesgo: ser fielmente infiel a la obra original. Me explico: quiero decir que la película se toma algunas libertades, pero tenemos ante nosotros a un Macbeth completo y auténtico. Todavía estoy tratando de comprender el alcance, el mecanismo, de esta adaptación hecha con mano de orbe por Joel Coen.

Ciudad de México, 15 de enero (MaremotoM).- El mejor Macbeth que he visto en mi vida fue en el Complejo Teatral del Bosque de Chapultepec hace unos años. Laura Almela y Daniel Giménez Cacho representaban ellos solos a todos los personajes y la experiencia demostraba la magia de la convención teatral. Si los actores son buenos, si el director sabe qué hacer con ellos, una sala oscura se puede convertir en un campo sembrado de muertos y un vestuario de camisolas militares y botas de trabajo en los fastos de un rey.

Era un atrevimiento, aquella adaptación. Dos actores solos, un texto adaptado como un juego. Un éxito que hacía de la obra que no debe nombrarse (¿por qué se le conoce así? Porque se dice que decir la palabra Macbeth en un teatro traerá grandes desgracias a quien esté en el escenario) algo memorable, que me atrajo a la obra de Shakespeare como solo lo había hecho la adaptación fílmica de Enrique V que dirigiera Kenneth Branagh en los años 90.

Bueno, pues ahora puedo sumar una experiencia soberbia más con la obra escocesa de William Shakespeare. Grandes actuaciones, un guion preciso y una dirección que conjunta todo es el logro de La tragedia de Macbeth, la nueva adaptación del clásico disponible en la pantalla de Apple TV+.

La tragedia de Macbeth
Frances McDormand. Foto: Cortesía Apple TV

La cortesía viene en forma de riesgo: ser fielmente infiel a la obra original. Me explico: quiero decir que la película se toma algunas libertades, pero tenemos ante nosotros a un Macbeth completo y auténtico. Todavía estoy tratando de comprender el alcance, el mecanismo, de esta adaptación hecha con mano de orbe por Joel Coen.

Todo en La tragedia de Macbeth parece suceder en gran angular y en noche cerrada. Es de noche cuando la tres brujas visitan a Macbeth. Es de noche cuando Macbeth consuma su traición. Y es de noche cuando los árboles caminan hacia el castillo y cumplen la profecía de las brujas: cuando el bosque se mueva, entonces Macbeth caerá.

En blanco y negro, en estricto celuloide y con un reparto que merece todo tipo de caravanas, Joel Coen—la mitad de esa fábrica de hits de crítica y de público conocida como los hermanos Cohen—da nueva vida al clásico de Shakespeare.

La tragedia de Macbeth
Todo en La tragedia de Macbeth parece suceder en gran angular y en noche cerrada. Foto: Cortesía Apple TV

Hacer la obra escocesa, que tan mala suerte (dicen) trae a los que la representan, es solo uno de los desafíos a la tradición de Coen. Con Denzel Washington en el papel protagónico y Frances McDormand como una Lady Macbeth inolvidable (uno deseo que Lady Macbeth tuviera más tiempo en pantalla, pero ese comienzo con el monólogo célebre de: “Unsex me here/And fill me from the crown to the toe topful/ Of direst cruelty!” es regio y luego la escena de la reina sonámbula y carcomida por la culpa habría caído en la autoparodia en manos menos afortunadas que las de McDormand), la cinta tiene resonancias que convierten a los personajes shakespereanos en seres que completamente puros, hasta ingenuos en su verdad.

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Otra osadía: el guion comprime la obra de cinco actos en apenas hora y media de duración. No necesita más; la economía de la historia es notable. Hay espacio para los momentos ligeros, como aquel famoso en el que se inventan los chistes muy anglosajones del “knock-knock” (lo sabrán cuando lo vean).

Ah, cómo sufren los personajes de Shakespeare, pero qué gozoso es su lenguaje, ese inglés antiguo que Coen, quien también ejerce de guionista, decidió conservar, hace que quien mira empiece sin querer a hablar en verso.

La historia es bien conocida: Lord Macbeth es uno de los barones del rey Duncan, soberano de Escocia. Una noche, regresando del campo de batalla, a Macbeth lo detienen voces extrañas, fruto de la magia de la hora: “Tú serás rey, tú serás rey”, le repiten. La semilla de la traición ha sido sembrada, ahora Macbeth y su esposa serán cómplices en el asesinato de Duncan.

Como pasa en las tragedias de Shakespeare, la acción sucede en varios lugares simultáneos, aunque en escena solo veamos a ciertos personajes. Coen hace énfasis en esa característica y el escenario es prácticamente uno solo (el castillo del rey de Escocia). Los apartes entre personajes suceden en lugares oscuros, lo que es perfecto para entender que ahí lo que vemos son crímenes de estado.

Muertes, batallas, murmuraciones, duelos de espadas, intrigas en los salones reales: poesía. Puede sonar muy pretensioso y aburrido, no lo es. Coen sabe cómo hacer cine dinámico, que intriga al espectador. Su Macbeth, gracias al gran trabajo de Washington, es un hombre tirado a la mitad del camino que quiere hacerse con un reino de barro, un perdedor de antología. La puesta en escena deriva de esta simpleza dinámica: no hay escenas larguísimas ni trucos visuales, todo goza de una sencillez a lo neorrealista. Qué diferente de otras adaptaciones de Shakespeare que se van por lo fastuoso en un intento de ser verdaderas. En este caso, la contundencia de las escenas es la que se imprime en la memoria del público.

Puede decirse que es teatro filmado, pero esa afirmación sería miope: es gran cine inspirado por gran teatro.

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