El año de mi graduación

La vida también está llena de cliché

Si la vida de cada uno de nosotros es una película y si Dante no se equivocó, a mí me faltan dos años para llegar a la mitad de la mía. Quiero pensar que es alrededor de esta cifra cuando nos llega esa rebanada de sabiduría, es decir, de paz auténtica, que tanto buscamos todos los días. Creo que ahora mismo me encuentro, como Dante, en algún punto de mi propia selva oscura. (Llámenle crisis de los treinta, si gustan.)

Ciudad de México, 13 de junio (MaremotoM).- Hoy andaba con ganas de olvidarme de la vida un par de horas y me dije: “Para eso, nada mejor que una película ligerita, una comedia”.

Entré a Netflix y, antes de perder esas dos horas y hasta dos extra buscando la opción más meditada, pronto le di clic a una de las primeras recomendaciones algorítmicas: Mi año de graduación (Senior Year), una película muy reciente, protagonizada por Rebel Wilson, una comediante que –a mi juicio, claro– parece ser la misma en todas sus películas.

Ya sabía más o menos de qué iba Mi año de graduación: la protagonista, tras un accidente, queda en coma por veinte años y al despertar, ya arañando los cuarenta, desde luego se descubre en un mundo muy distinto y al que tendrá que adaptarse sí o sí. Para mis estándares, esta información era excesiva, suficiente para negarme a verla; pero en este caso no me molestaba tanto spoiler; incluso podía aguantar muchos más. “Apágate, cerebro; pon a trabajar en segundo plano todas tus funciones”: ése era el plan.

La película es un cliché tras otro cliché, por supuesto. Pero la vida también está llena de clichés. Por más incómodo que sea reconocer que en el fondo nadie es tan especial como cree serlo, la película que cada uno de nosotros protagoniza, si la reducimos a sus ingredientes más básicos, se parece a la de millones y millones. Sin duda a eso se debe que uno puede identificarse, aunque sea un poco, con las ficciones que leemos o que vemos en el cine –o en las pantallas de nuestros celulares–, por más absurdas, ridículas o simples que éstas sean.

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Desde luego, las excentricidades sólo están en la superficie de las ficciones, mientras en el fondo yace aquello que nos es común a todos o a una buena cantidad del público. En las películas como Mi año de graduación, esto último suele salir a flote en el momento en que las cosas se ponen serias, cuando los chistes se suspenden para darle paso a una revelación que le permitirá al protagonista alcanzar eso que él ni siquiera sabía que necesitaba, una lección trascendente, una rebanada de sabiduría que lo hará más libre, más auténtico, más generoso, alguien mejor, etcétera.

Ya iba por la mitad de Mi año de graduación cuando me pareció claro que yo también, como su protagonista, he cometido el error de concederle demasiado espacio en mi cabeza a la melancolía y a la añoranza, a los pensamientos de lo que ya fue y de lo que no será nunca. A ella, igual que a la protagonista de Chicas pesadas, esta revelación le llega cuando obtiene la corona y el título de reina del baile de graduación: suponiendo que ésa era la meta, una vez que la alcanza descubre un horizonte aún más amplio frente a sí.

El año de mi graduación
Si la vida de cada uno de nosotros es una película y si Dante no se equivocó, a mí me faltan dos años para llegar a la mitad de la mía. Foto: Cortesía

Si la vida de cada uno de nosotros es una película y si Dante no se equivocó, a mí me faltan dos años para llegar a la mitad de la mía. Quiero pensar que es alrededor de esta cifra cuando nos llega esa rebanada de sabiduría, es decir, de paz auténtica, que tanto buscamos todos los días. Creo que ahora mismo me encuentro, como Dante, en algún punto de mi propia selva oscura. (Llámenle crisis de los treinta, si gustan.)

Si también este cliché existe, tarde o temprano me encontraré con la primera fiera, con la puerta sin retorno, con Virgilio. Tarde o temprano me será concedida mi corona de plástico. Tarde o temprano descubriré mi nuevo horizonte. Estoy ansioso, la verdad. Entusiasmado. Ojalá que por entonces también adquiera la habilidad de ver una película como una simple película y no como un espejo donde escrutar mi propia y tan poco singular vida. Cruzo los dedos.

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