Rompan todo

Larguen todo…

Hay que hacer hincapié en la olímpica y analfabeta omisión de la música brasileña. El rock latinoamericano le debe muchísimo a la bossa nova y a la samba. Como sea, yo no pienso imponer un canon porque da lo mismo lo que yo crea. Cada melómano es capaz de elegir por sí mismo.

Ciudad de México, 29 de enero (MaremotoM).- Finalmente alguien colgó en la red el documental de Netflix sobre la historia del rock en América Latina, Rompan todo, en una plataforma de transmisión digital pirata (detesto usar anglicismos –paradójico porque el mundo del rock está lleno de estos –aunque es peor pagar por contenidos a multinacionales).

Al fin entiendo la algazara y el bullicio que suscitó esta serie. Tanto que tampoco pude reprimir el espontáneo deseo de escribir esto. Por ese motivo tengo que confesar la lectura de opiniones especializadas, artículos periodísticos, críticas de personalidades en el campo cultural, en las redes sociales de mis amigos y en esa zona de sacrificios y abandono, de estrépito sordo, que son las opiniones de cientos, miles de personas, que comentan los comentarios de los comentaristas. Y creo entender qué fue lo que pasó.

En primer lugar el rock es puro sentimentalismo. Los productores de Rompan todo lo saben y se dedican a exacerbar esa nostalgia (por algo presentan abuelitos y adultos maduros como figuras chamánicas que, en una especie de trance, cuentan a las nuevas generaciones los desafíos y obstáculos que vencieron para consagrarse victoriosos y heroicos en su empresa rockera). Y el problema está en eso, en que es una empresa. Esta historia se cuenta desde un punto de vista mercantil. Es el producto quien se narra. Una mercadería que hace la épica de su manufactura desde la materia prima hasta criogenizar la mutación final que padeció la forma de su diseño.

Lo que todos los hombres y las escasas mujeres parecen decir con su testimonio (aunque en algunos casos parecen sentencias antediluvianas), es que hubo un tiempo mejor. Con excepción de Mon Laferte, quien entiende que hay una continuidad que no pasa precisamente por la esencia rockera sino por la música, los protagonistas de la gesta me recuerdan a los abuelos que en mi juventud decían que el bolero, el tango, la canción romántica, el son, las rancheras y los corridos eran los sonidos de tiempos mejores (expresiones que terminaron mezcladas con el rock). Es decir, la música como registro empresarial del tiempo y devenir humano.

Rompan todo
Qué lindo ver a Jorge González. Foto: Cortesía Netflix

Porque sí, fui rockero. En mi defensa puedo decir que a los veinte años comprendí que construir una identidad de reflejo masivo me trastornaba. Mi comportamiento era el de un ente enajenado. En todo caso, no desapreció del todo la parafernalia rockera de mi vida. Las chamarras de piel con cierres plateados, las botas negras, el cabello largo, los percings, los tatuajes, los jeans viejos y sucios aún están en mi placar. Y la música, que es lo único que  importa en este debate, sigue impertérrita en mi vida. El problema es otro: OCESA, SONY, WARNER, BMG. Los festivales donde se cobra el sueldo de tres obreros por siete horas de evento. Los precios asquerosos de los discos. La actitud de semidiós griego y el analfabetismo supino en algunos músicos. Así, me trasladé a la piratería y dejé de asistir a los grandes festivales. Únicamente quedaron los escenarios contraculturales: la farándula punk y subterránea. Lo que tampoco es un consuelo o una mejoría. Al contrario.

Como decía Carlos Monsivais en sus escenas de pudor y livianidad: “Así no se siente el subdesarrollo”. Porque el rock paso de ser algo apestoso al epítome del ascenso social. Los empresarios se percataron que podían venderlo caro, carísimo (en los festivales un vaso con gaseosa o cerveza calientes cuesta diez veces su valor oficial), otra vez. Por supuesto me refiero al rock en español. Los recitales en el mítico Cemento de Buenos Aires, las tocatas en la Blondie en Santiago, los toquines en los estadios de prácticas de la UNAM en Ciudad de México, las primeras ediciones de Rock al parque, el festival gratuito en Bogotá. Todo eso se podía vender con prestigio y ascenso social ¿No es así? Miles de personas atesoran como reliquias los boletos de acceso al concierto de sus ídolos. Se endeudan por seguirlos y comprar toda la parafernalia posible. Aseguran que pueden morir tranquilos después de ver y escuchar en vivo a tal banda. Hasta que se anuncia una nueva fecha de otra banda mítica, de otro festival imprescindible, impostergable. Es cuestión de vida o muerte asistir.

Porque el esquema es Rompan Todo. Este documental lleva en el nombre la explicación. Rompan todo fue la frase con la que un gordo italiano, representante de la “pesada” argentina, llamado Billy Bond, azuzó al público de un recital en Luna Park para que destrozaran el recinto en Buenos Aires. Y como dicen los argentinos: “Ya está”. Porque hasta cierto punto el rock es eso. Sólo se trata de romper y después hacerse el leso. Pretender que nada pasó. Es lo que se busca: que nada pasé. El gordo Bondo (quien por cierto aparece en los primeros capítulos de la serie, con ademanes y orgullo de vándalo, a pasear de su senectud) no iba a expropiar el recinto para ocuparlo y construir un espacio alternativo a la industria capitalista del espectáculo. No. Sólo quería destrozar el inmueble. Drogarse más. Tener sexo e irse a dormir. Hasta dentro de ocho días. Andrés Calamaro lo dice también en el recuento de definiciones: “sexo, drogas y rock and roll”. Los rockeros sólo desean tocar, beber, drogarse, fornicar hasta el hartazgo y creer que porque tienen más de eso que el resto de los mortales son seres especiales, diáfanos. No individuos egotistas dominados por hábitos irrefrenables. Como dice Alex Lora: “¡Qué viva el rockandroll!”.

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La voz de la verdad en la voz de Xavier Batiz. Foto: Cortesía

Para el situacionista francés Guy Deboard la vida social fue sustituida por imaginerías. La mercancía colonizó todas las representaciones de la vida social. El espectáculo es aquella imagen invertida en la cual las relaciones entre mercancías suplantaron las relaciones entre las personas, quienes se identifican pasivamente con el espectáculo que suplanta la actividad genuina. El espectáculo no es una colección de imágenes. Es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes que otra gente decide. De acuerdo con esta lógica todos estamos bajo el influjo secreto de querer consumir una estrella de rock para acercarnos a ella. O por lo menos imitar al artista que admiramos con mayor devoción. Ahora bien, nunca escuché a nadie decir “quiero ser como Charly García”. No. Porque tampoco queremos su talento, la disciplina para componer, su locura, sus letras, el oficio. Lo que deseamos es lo efímero: los aplausos, los gritos de admiración, el orgasmo, las entrevistas, la imagen, el delirio.

Rompan todo
Fuego cruzado entre Gustavo Santaolalla y Charly García. Foto: Cortesía

Por eso creo que el documental fracasa. Quiere ser como Charly García y lanzarse desde el balcón a una alberca, pileta, piscina (en Latinoamerica hay decenas de palabras para referirse a ese estanque artificial). Quiere ser temerario y audaz pero falla. Es como si Charly se hubiera estrellado contra el pavimento: nada más hubieran quedado pedazos sueltos de él. Veamos. Existe una película sobre la FIFA donde Jules Rimet, João Havelange y Sepp Blatter superan todos los obstáculos para hacer de la Copa Mundial de Fútbol una realidad, Pasiones Unidas. Vaya, en esta historia los héroes son los directivos, no los jugadores, ni siquiera el fútbol. Pues así pasa con Rompan todo. Los productores, que representan a las discográficas, es decir, a los capitales de la industria del espectáculo, son los principales protagonistas de esta historia. No los músicos. Tampoco el rock. No voy a repetir sus nombres. Es tedioso escuchar y ver en todos los capítulos a los mismos carcamales hacer mainsplaning disfrazado de epopeya (perdón por el anglicismo).

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Esta cosmogonía de mercachifle es la que desintegra lo que pudo ser el elemento genuino y valioso en los seis capítulos de la serie: la vinculación de esta manifestación cultural (en un sentido antropológico) con la historia política de la región. A pesar de que sucedieron siete décadas desde que comenzó a venderse rock en América Latina y el fenómeno fue estudiado con profundidad por sociólogos, historiadores y antropólogos a ninguno de los productores se le ocurrió buscarse una asesoría decente. No se trata de discutir si el dinosaurio de Monterroso es mejor que los dinosaurios de Charly García. O si Rockdrigo Gonzáles y Luis Alberto Spinetta eran o no poetas (a mí parecer sí lo son). Se trata de entender que en su mayoría los rockeros son señores conservadores que no quieren que nada cambie en lo económico o en lo político. Un ejemplo es el festival Avándaro. Las anécdotas de los asistentes y cierta dosis televisiva quieren ver en este evento organizado para correr autos y escuchar rock una manifestación política. Si Avándaro tuvo un uso político fue el que inventó el gobierno de Luis Echeverria para prohibir estas manifestaciones culturales. Los asistentes únicamente deseaban nadar desnudos, drogarse y perpetuar el frenesí de su hedonismo. Fue una grosería lo que detonó la censura. Un músico se atrevió a decir una palabra prohibida en cadena nacional y se acabó la trasmisión por problemas técnicos. Es decir, los músicos y el público no querían enfrentarse a ningún régimen político sólo querían expresar palabras que atentaran contra las buenas costumbres.

En el caso del cono sur la situación fue distinta. En el documental los testimonios hablan de censura, golpes, cárcel para quien hacía del rock un modus vivendi. La Historia difiere bastante de las imágenes. Las dictaduras militares perseguían sobre todo guerrilleros, comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas, peronistas, montoneros. Por lo tanto, los rockeros sólo tuvieron que exiliarse y continuar su vida en Estados Unidos. Ninguno migró a Europa pues la meca de la industria musical no estaba en aquel continente. Si algún rockero famoso desapareció no se menciona su nombre en el documental. En cambio, otros campos de la cultura argentina, chilena y uruguaya documentaron la persecución, el exilio, la tortura y la desaparición (Un caso aparte es Víctor Jara). Las dictaduras militares perseguían sujetos y movimientos con ideologías políticas definidas. El rock no tiene ideología. O bueno eso pretenden sus acólitos. En realidad sí tiene una ideología: la del consumo ¿Qué no es así? Otra muestra: cuando Sergio Arau recuerda a Rockrigo González enfatiza las canciones de albures y cotorreo. Las otras, “Distante instante”, “Los intelectuales”, “No tengo tiempo” son densas y aburridas. Como el manifiesto comunista declara Arau. Una vez más, lo que importa es el desmadre.

Mención especial merece la constante, repetida, cansada, ridícula y pobre aparición de Javier Bátiz. Incluso lo rockeros envejecen. Y si lo hacen como Bátiz el resultado es lamentable. Recuerdo que hace veinte años hubo un festival en el parque Refinería de Azcapotzalco (el actual parque Bicentenario). Desconozco a quién se le ocurrió que Bátiz debería tocar antes de Riesgo de contagio. Es posible imaginar lo que sucedió. Lo que no se pudo prever fue la reacción del músico. A pesar de que le llovían desperdicios, tierra, lodo, orines y basura el hombre estaba empecinado en hacerse escuchar. Pero no su música, no. Bátiz quería regañar a la audiencia. Augurarle el peor futuro posible por nacos. Por no ser lo suficientemente cultos e inteligentes para apreciar su trabajo. Poco pudo decir porque una piedra le dio de lleno en la cara y tuvo que salir huyendo. Entonces Bátiz pidió a los organizadores que suspendieran el festival. Él tenía que castigarnos de alguna manera. Afortunadamente la gente de la producción entendió que si le cumplían el capricho las cosas resultarían peor. En su reciente artículo “Rompan todo y esa cosa de ser tan argentino” Monica Maristain menciona que parte del talante argentino radica en esa férrea necesidad de saber más que el otro y también en la costumbre de abarcar con el pensamiento casi todo lo que se analiza. Lo digo porque voy a hacer lo mismo que ella. Voy a exhibir cómo funciona esa machista costumbre mexicana de ser más chingón que el otro. Porque tú me la pelas ¿o no? Esa actitud de falsa modestia acompañada de campechanería, bonhomía, sonrisa, buena onda, pero la neta es que yo soy más vergas que tú, es la que exhiben los rockeros mexicanos. O que alguien explique por qué al vocalista de Café Tacuba lo entrevistan por separado (y lo que es peor, el resto de la banda parece llevarlo de maravilla). En fin, de haber hecho más episodios para Rompan todo Bátiz iba a terminar reclamando la invención del fuego como descubrimiento suyo.

Por último, hay que hacer hincapié en la olímpica y analfabeta omisión de la música brasileña. El rock latinoamericano le debe muchísimo a la bossa nova y a la samba. Como sea, yo no pienso imponer un canon porque da lo mismo lo que yo crea. Cada melómano es capaz de elegir por sí mismo. También tengo la necesidad de declarar que soy un hipócrita y un falso al juzgar con tanta arrogancia y altivez lo que en mi adolescencia era ímpetu vital. Pero una cosa es cierta, el Olimpo del rock latinoamericano está agotado. Desde que existen medios digitales a la mano de cualquier músico con oficio despareció la exclusividad y el control de los productores. Ya no existen los discos de cien dólares. MTV se pudrió en un convite de pelafustanes que sólo saben regodearse en lo que la producción ordena. La dictadura de la radio también se esfumó. Sólo queda el mundo extensamente digital. Donde ya no entramos los legos. En fin, me hubiera gustado conocer un poco más las técnicas de producción fílmica para explorar la serie desde ese conocimiento pero yo también me estoy rezagando.

Hace un par de años, antes de la pandemia, circulaba un meme con los rostros de algunos rockeros, considerados clásicos, con el cabello teñido. El texto del meme decía: “cuando tus ídolos se parecen a tus tías arregladas para los quince años de tu hija”. Creo que es tiempo de cortarme el cabello.

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