Las bajas pasiones | I Mathildas y últimos hombres

Xalapa, Veracruz, 27 de marzo (MaremotoM).- La principal preocupación en Vindicación de los derechos de la mujer, ensayo fundacional del feminismo publicado en 1792 por la inglesa Mary Wollstonecraft, es el destino de las mujeres sin educación, sin independencia económica y sin libertad y lucidez para elegir. Proveniente de una familia constituida por una padre alcohólico y golpeador, Mary se integró al mundo laboral como dama de compañía y luego institutriz de señoritas aristócratas, por lo que a muy temprana edad y con la inteligencia que la caracterizó, entendió que no había razón para, como lo dejó escrito también sor Juana Inés de la Cruz en 1691, estuviese vestida de cabellos una cabeza tan desnuda de noticias. Entre los grandes temas de Vindicación de los derechos de la mujer, están, por ejemplo, la idea del matrimonio no como una relación de amo y esclava sino como la oportunidad, a través de la amistad y del cultivo de ambos, de encontrar un aliado de vida. Pondera no la supremacía de la mujer sobre el hombre sino sobre ella misma, la mujer debe educarse, buscar la equidad junto con los hombres y entonces todos disfrutarán de una sociedad virtuosa y armónica (aunque hoy nos suene a utopía).

El servilismo femenino y el rol de “objeto” bello, de ornato y deseo, falsean, desde su perspectiva, los valores de la maternidad y de la familia; condena a la mujer, en particular aquella de posición económica resuelta, a concentrar su ser únicamente a la apariencia y a las futilidades, dejando a otros la crianza de los hijos y al esposo el dominio completo de su albedrío. Y entre los temas de la condición femenina, Wollstonecraft habla también de la interrupción del embarazo como una de las circunstancias dolorosas por las que las mujeres pagan factura. Mary tuvo dos hijas, una fuera del matrimonio concebida con un estadounidense cuya relación desafortunada llevó a la desesperación a nuestra autora e intentó ahogarse en el Támesis (acto que no logró consumar por culpa de sus ropajes que la mantuvieron a flote) y a los 38 años da a luz a Mary Shelley, hija de William Godwin. Diez días después del nacimiento, la causa fue una infección (fiebres puerperales, hoy tratable), Wollstonecraft muere dejando a su esposo con dos niñas a quien educar de la manera en la que ella deseó en su Vindicación de los derechos de la mujer.

Me sigue fascinando la historia de estas dos mujeres, madre e hija, como también me sucede en cada relectura de Respuesta a sor Filotea, que me las imagino –al menos trato- con esas personalidades y efervescencias en sus cerebros, sobreviviendo a sus épocas. “La hiena con faldas”, dicen que le decían a Wollstenecraft y a sor Juana, casi la pasan por la Inquisición. Lo que luego le toca vivir a la autora de Frankenstein no será menos terrible en tanto que, si bien contó con la inspiración de una madre que no pudo abrazar, ese impulso y obstinación de libertad la marcó con uno de los dolores más temidos en la vida, perder a sus hijos. Entre la miseria y el torbellino que fue el poeta Percey Shelley, la novela del moderno Prometeo (1818) nos sigue hablando del abandono, de la soledad del marginado. El ser compuesto de otros en fragmentos es metáfora viva del sentir actual, una desolación e incapacidad de entablar relaciones con los otros. El horror de la criatura implica su apariencia, como el personaje de Bernardo Couto Castillo “¿Asesino?”, un tipo fiero y hosco que termina asfixiando a una niñita, incapaz de soltarla, embriagado por el candor del suave cuerpo que deja de palpitar entre sus manos. La criatura que el Dr. Frankenstein arroja al mundo es el hombre que vislumbra el siglo XX y precede al Último hombre (1826), una novela futurista y apocalíptica de Shelley que en su momento no fue bien recibida. La criatura de Frankenstein, cascajos de masculinidades rotas, acompañará al Último hombre en el 2073. ¿Por qué Shelley eligió personajes masculinos con destinos tan sórdidos? En su novela Mathilda, la protagonista, en su lecho de muerte, relata su vida de desgracia. Al morir su madre cuando era una bebé, igual que su autora, Mathilda debe ser criada por un padre ausente y una tía sin un ápice de ternura, la compasión es lo que la lleva a hacerse cargo de la niña cuando el padre huye dejando una carta de miserables palabras, para buscar con otro nombre y en otro lugar, un motivo de vida. Mientras que Mathilda, como la criatura de Frankenstein, crecerá a la sombra de la orfandad: “Permanecía ligada al recuerdo de mis padres: a mi madre no la vería nunca, estaba muerta; pero la imagen de mi desafortunado padre errante era el ídolo de mi imaginación. Había canalizado todos mis afectos hacia él. Descubrí una miniatura suya que contemplaba sin cesar. Había copiado su última carta para leerla una y otra vez. A veces esto me hacía llorar, y otras repetía estas palabras con entusiasmo: «Algún día quizás pueda reclamárosla». Yo sería su consuelo, su compañera de los años venideros”. (p. 10)

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El fatídico destino hace que padre e hija se reencuentren y terminen uno del otro enamorados sin lograr expresarlo y cuando lo hacen de manera libre y atormentada también, se separan. El incesto es sublimado en ese momento de revelaciones, encubierto en la melcocha de frases al estilo romanticismo puro, sin embargo, las intenciones se cuelan en las radicales acciones del padre que vuelve a huir y luego se arrojará al mar: “No os pido piedad: debéis tener horror de mí. Pero perdonadme, Mathilda, y no permitáis que vuestro odio implacable. No debo volver a veros nunca más, nunca más he de oír vuestra voz, pero dejad que el dulce murmullo de vuestro perdón venga hasta mí y apacigüe el ardor de mi espíritu y de mi corazón enfermos: sabrá alcanzarme hasta el interior de mi tumba”. (p. 39)

En la novela, luego del suicidio del padre, las palabras soledad, infierno, pecado, veneno, dolor, amargura brotan con la prosa de Shelley quien todo esto escribió tras la muerte de sus pequeños hijos. Mathilda intenta suicidarse, hasta invita a un amigo a hacerlo juntos y encontrarse en la muerte con sus amados, finalmente agoniza enferma. Los otros personajes masculinos de Shelley terminan sus vidas al filo de la página final de las novelas, el padre de Mathilda también es un monstruo al que le debe tener horror y repulsión. La filosofía de Wollstecraft de una sociedad igualitaria, equilibrada en la que hombre y mujer crezcan juntos, dista de la visión desesperanzadora e inevitable de su hija Mary.

¿Acaso no lo estamos, todos, solos, frente a mares furiosos?

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