Confinamiento

LAS BAJAS PASIONES | La vida sigue y nosotros en la incertidumbre

Reconozco en su voz el esfuerzo de la paciencia que reconozco en mí cuando uno de mis alumnos de Crítica insiste en que Simone de Beauvoir es hombre y ni siquiera enciende su cámara para verlo a la cara mientras asegura que es un autor y no una autora, para verlo luego de dos clases que no se conecta y en las que leímos fragmentos de El segundo sexo. Magali, me llama así mi alumno, no maestra, no doctora y yo lo dejo pero sé por qué lo hace.

Xalapa, Veracruz, 26 de mayo (MaremotoM).- Conecto la aspiradora y acepto que sí tengo miedo, le digo a mi hijo que tome el tubo y aspire su recámara. Pongo agua a hervir, en media hora estará la pasta. Siento miedo y por las mañanas llega a la cama, nos abrazamos, percibo su aliento de niño de 10 años, despejo sus ojos de los pelos largos porque quiere pelos largos y además no hay quien los corte. Aspiro su piel lavada de la noche anterior cuando leímos Momo, casi terminamos la parte en la que el maestro Hora explica que la enfermedad de la muerte es cuando nada te hace sentir feliz ni triste, dejas de moverte y de desear.

Está aquí, mi hijo, y lo puedo contener. Lavamos ropa, ahora al sol. Me llama mamá más que nunca, papá, más que nunca, todo el tiempo. La computadora, la clase, me desconecté, me dice y yo le pido que se haga para allá, fuera de la pantalla, que yo también soy maestra y tengo que dar clase, guarda silencio por favor, que te calles tantito, no me grites, me increpa, pues guarda silencio que estoy conectada. Estrés, respiro y me disculpo, explico. Escucho a su guía Montessori virtual pedir una y otra vez a los mismos niños cada día cada semana que dejen de chatear y que respeten. Reconozco en su voz el esfuerzo de la paciencia que reconozco en mí cuando uno de mis alumnos de Crítica insiste en que Simone de Beauvoir es hombre y ni siquiera enciende su cámara para verlo a la cara mientras asegura que es un autor y no una autora, para verlo luego de dos clases que no se conecta y en las que leímos fragmentos de El segundo sexo. Magali, me llama así mi alumno, no maestra, no doctora y yo lo dejo pero sé por qué lo hace.

Confinamiento.

De lo bueno, mi hijo aprendió a andar en bicicleta. Lo dejo libre afuera de la casa y ahora temo su caída porque no usa casco y no lo obligo, entonces la contradicción. Se barre la llantas en la piedritas y rueda, él sí sabes cómo hacerlo, yo en cambio me tropecé dos veces en el primer mes de confinamiento y me abrí la misma rodilla, no la rota, la otra, me sigue doliendo el codo al estirarlo pero no me fracturé, sólo volvió la tristeza del desequilibrio.

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De lo bueno, mi hijo aprendió a andar en bicicleta. Lo dejo libre afuera de la casa y ahora temo su caída porque no usa casco y no lo obligo, entonces la contradicción. Foto: Cortesía

Muchos problemas con eso.

A las siete de la mañana, a veces minutos antes, Kokoro la bóxer de ocho meses golpea el vidrio para entrar, la dejo porque se acostumbró a dormir dentro en su colchón una hora más. No hay para qué levantarse tan temprano, tampoco tarde porque son dos perras y tienen que hacer su rutina matutina y nosotros trabajar. Ladran mucho, Niebla que era de la calle, ladra como chihuahua y la otra la muerde, anuncian nuestro paso por la calle, quisiera pasar desapercibida y que los otros perros no les contesten.

Sé que es una fortuna vivir fuera de cualquier ciudad, podemos caminar y ver parvadas de tucanes, o escuchar a un halcón, despertar con la algarabía de las chachalacas y los cotorros y dormir con el estridular de las chicharras.

Nunca como en este tiempo bizarro los amigos que viven lejos han sido tan cercanos. Zoom. Whatsapp. Misma narrativa. Legítimo cariño y suficiente nostalgia. Florance con su bebé recién nacido en París en donde está también Carlos en un hospital; Fréd en CDMX hablando de los pequeños instantes de libertad nos recordó que los sobrevivientes de los campos de concentración tenían rutinas, así que él todos los días compra sus periódicos aunque deba desinfectarlos mientras piensa en su bebé de meses a su lado; Natalia con ley seca en Mérida y dos hijos y mil grados de calor; en Ciudad Juárez Cachi y Ricardo contándonos sobre la muerte de una amiga por COVID; en Obregón Carlos René Padilla y Yuyú nos cuentan que los narcos siguen matando; en Aguascalientes Imanol Caneyada y Adri pasean cinco perros por las tardes en el campo; en Tehuacán el querido Haghenbeck ganando batallas de salud al lado de su esposa e hija; en Culiacán, el maestro Elmer que nos da un zape porque él sí escribe y decimos que nosotros no podemos y en la capital Parra, amado Parra en su laberinto fuma y con paciencia nos sonríe a través de la cámara.

Hablamos también con José Luis Rico, eran las cuatro de la tarde y para él en Helsinki las once de la noche, estaba en una cabaña con su esposa y amigos y resulta que allá la diversión es el sauna, sudar y luego tirarse al agua helada, nos reímos y recordamos la serie de Sorjonen, el idioma y que el otro día entendimos rata, rotta, dice Güicho, porque viene del sueco, y que el finés escrito es indescifrable. Me lo imagino con Emma desnudos corriendo al lago de aguas congeladas, en la oscuridad porque sólo tienen como cinco horas de luz y recuerdo todas las series Netflix en Islandia y Lappeerranta.

Francesca, desde Milán, me dice que está haciendo un curso sobre control del virus, que ojalá lo hubieran ofertado dos meses atrás, me cuenta que le harán el test de anticuerpos por su trabajo y quien no tiene trabajo y tampoco dinero para pagarlo, de nuevo quedará excluido, el clasismo de la pandemia. Y dice entusiasta que el festival que organiza con un grupo de amigos cada año en verano en un pueblo de la Liguria, tenía antes del COVID-19 el tema que ella propuso sobre el confín pero no saben si se hará este año. Confín, me explica, en latín, es la línea de separación, entre el cielo y el mar, la tierra y el mar, la tierra y la tierra, mi cuerpo y el del otro, ¿por qué no hablar de esto? El encierro y la casa. En cambio, frontera es el espacio que existe y rodea un confín. Nos enviamos tanto cariño y creo que pasará más tiempo del imaginado para volver a abrazar a mi amiga italiana o a cualquiera de mis amigos que viven en Xalapa.

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Lavo los trastes del desayuno, César los de la cena, los tres hacemos limpieza de la casa, pero a mí me ocurre que miro a detalle y encuentro que hay moho debajo del escurridor de platos, hay pelusas y pelos de perro en el rincón detrás del mueble ese y de aquel también y al aspirar descubro entonces que en el zoclo se acumuló el cochambre entonces voy por un trapo y lo lleno de líquido oloroso y ya que estoy en ese cuartito de lavado, no soporto verlo lleno de polvo, así que barro y el bote grande se quedó chorreado por la basura que se llevaron ayer (y sufro por los trabajadores de la basura, qué haríamos sin este servicio y ellos no tienen la opción que nosotros sí y me hace sentir pésimo), dejo el trapo, la escoba y mejor tomo el bote negro y la manguera y el cloro, mucho cloro, me pica la nariz, y de repente me obsesiono con la idea de que puedo morir intoxicada, seguro que el bazo y el hígado están llenos ya de químicos que aspiro y que me tomo (más alcohol y más tafil), me doy por satisfecha con el bote, regreso al origen, el zoclo, la pelusa, el mueble que vuelve a su lugar y busco qué más hacer, siempre hay más.

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Foto: Cortesía Diario Vasco

Me rasco un piquete, otro de los diez en el cuerpo, mi esposo y mi hijo estamos siempre picados en esta época, pueden ser pulga, chaquiste, zancudo o arañas que en la noche atacan. COVID pero también dengue. Entonces, a media tarde, viendo una película, recibimos la noticia de que un vecino y papá de un compañero de primaria de Rodrigo, bajó de plataforma Pemex con COVID, ahora toda la familia está aislada y con síntomas. Hoy les hice las compras y fue triste dejar las bolsas sin tocarnos, sin un abrazo.

La cabeza me duele al leer la nota de IMCINE. Cambio las sábanas de las dos camas y estoy enojada por los constantes ataques contra los espacios del arte y las ciencias. Contesto correos de alumnos que me confían que la computadora se descompuso o que duermen en la sala. Aquella muchacha que se pelea con la madre, aquel que corrió al padre por violento. Me angustio, cómo apoyarlos además de las palabras que les escribo de aliento. ¿Qué sienten ellos? ¿Qué futuro vislumbran? Recortes de becas, fideicomisos y trabajos fijos y no es la pandemia. ¿Cómo ver a los ojos a mis estudiantes y prometerles nada?

Recojo las cacas de la bóxer y no festejo que se hayan retractado con lo del Fondo para el cine porque sé que está todo en la mira y me vuelvo a enojar al leer que consideran como lujo, corrupto, superfluo, innecesario, falto de compromiso, oscuro, conspirativo, el arte y sus actantes, que se confunde austeridad con pobreza del alma. En un país con el nivel de corrupción de un siglo, lo conspicuo permea en todos los rincones, pero ha sido demasiado fácil irse contra el ámbito del arte y los científicos, ¿por qué no la minería, por ejemplo, o los voraces complejos hoteleros? ¿Por qué los trabajadores en las plataformas PEMEX siguen activos, no los dejan parar y cuando regresan a tierra contagian a toda su familia?

Por años intenté leer La carretera de Cormac McCarthy y como vi la película, sabía de qué iba, lloraba en las primeras diez páginas recordando la tesis de la historia: tras la hecatombe, una familia de tres miembros debe sobrevivir al hambre y a los grupos de caníbales, una pistola y dos balas, la madre opta por el suicidio colectivo, pero el padre no quiere matarlos, así que ella les deja la pistola y se entrega a la noche. El niño y el hombre emprenden un viaje hacia el sur, escapando del invierno y de la muerte. Yo me identifico con la madre y logré, la semana pasada, leer La carretera en día y medio. Sólo lloré al final agradecida por semejante obra literaria.

El diálogo del niño y su padre resuena en mi mente atiborrada de angustias ajenas porque hay techo, comida, sueldo, regadera, salud, hasta cuándo y quiénes no, quiénes nos quedaremos en la carretera.

Comimos mangos, muchos mangos que no llegarían a la central de abastos de la gran ciudad. Temprano en las mañanas se percibe el aroma del mar, es raro, pero ese viento de la costa nos hace sentir que ahí está, esperando, en movimiento siempre. Cansada de pensar y hacer todo esto que narro cada día, me gusta ver las luciérnagas en el confín de la noche. La vida sigue y nosotros en la incertidumbre.

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