Fernanda Melchor

LAS BAJAS PASIONES | Una crónica de los marginados

Xalapa, 22 de mayo (MaremotoM).- Temporada de huracanes  (Mondadori, 2017) de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), ha tenido un valioso reconocimiento por la crítica destacando su frenético lenguaje, la intensidad poética y el mosaico de violencias configurado entre sus personajes y las acciones. Esta novela que lleva ya siete reimpresiones y ha sido traducida a idiomas como francés y alemán, le otorgó en 2019 el Premio Anna Seghers en Alemania, galardón que se suma al recibido en 2018 por el Pen Club a la excelencia periodística y literaria, por su compendio de crónicas Aquí no es Miami (primera edición 2013) publicado por Almadía/Producciones El Salario del Miedo/UANL.

A pesar del éxito de Temporada de huracanes, la novela aún necesita de lecturas que profundicen en las diversas violencias, el tema del despojo y la exclusión en el que ha quedado, por ejemplo, el estado de Veracruz, tras doce años de saqueo por parte de los gobiernos en curso. Temporada de huracanes tiene eco en la recepción de un lector universal, pero los ríos subterráneos que configuran un imaginario territorial y cultural, son plenamente reconocibles para un lector local. De ahí la doble recepción y la multiplicidad de significados. Lo que identifica entre sí al puñado de individuos en esta novela, adolescentes o jóvenes de no más de 20 años, adictos en su mayoría, es el tema del marginado.

La antropóloga chilena-mexicana Larissaa de Lomnitz, en su clásico libro Cómo sobreviven los marginados(1975) a propósito de las periferias latinoamericanas nombradas, dependiendo la zona geográfica, como colonias de paracaidistas, barriadas, villas miseria, favelas, callampas o rancherías, enfatiza en la necesidad de distinguir entre el término de marginalidad (entendido como la ausencia de un rol económico articulado con el sistema de producción industrial) y la pobreza que implica una situación de escasos recursos. La marginalidad de grupos sociales “sobrantes” se entiende como un concepto estructural, en tanto que están fuera de los procesos económicos y sociales; y la pobreza como una cuantitativo. Los marginados son los excluidos, los desempleados. Me resulta interesante regresar a un estudio de caso antropológico (Lomnitz trabajó con un grupo social en una barriada de la CDMX en los años 70´s) con tanta distancia y descubrir de qué forma se han recolocado las fronteras de la marginalidad.

Fernanda Melchor
La autora recapitula enfoques y políticas que fueron adoptadas como estrategias contra la marginalidad. Foto: FIL en Guadalajara

La autora recapitula enfoques y políticas que fueron adoptadas como estrategias contra la marginalidad, por ejemplo, el construir grandes y modernos complejos habitacionales; o las teorías de otros sociólogos y antropólogos que observaron la marginalidad como un “estado de pasaje transitorio” hacia la integración: campesinos migrantes que se quedaban en los márgenes; sin embargo, el hecho de que existiera una segunda generación de nacidos en estas barriadas, desmintieron dichas teorías.

Para Lomnitz es el estudio del antropólogo norteamericano Oscar Lewis la clave para comprender estos procesos sociales, me refiero al término de “cultura de la pobreza”. Luego de trabajar con personas de escasos recursos en México, Perú y algunas ciudades norteamericanas, Lewis propuso una lista de más de sesenta características compartidas, por ejemplo, odio a la policía, desconfianza hacia el gobierno, fuerte orientación hacia vivir el presente, nula planificación del futuro, desapego a la iglesia, etc., que llevan a estas personas a una condición de inseguridad crónica de empleo y de ingresos, situación que será heredada a sus hijos a través de marcas culturales. Lo peculiar es que en esos años, década de los 70, la marginalidad se identificaba en las orillas de las urbes como CDMX, a propósito del fenómeno de migración que escindía a nuestro país en dos: un sector moderno con industria, servicios y/o producciones agrícolas de riego y buen temporal, y un sector rural de agricultura de temporal así como poblaciones urbanas sin recursos como los de una capital.

A más de cuarenta años de esta apreciación, la marginalidad urbana no ha sido ni una “transición” hacia la incorporación ni un fenómeno de lo urbano; todo lo contrario, Lomnitz dio en el punto al unir los términos y plantear que se hablara de una marginalidad de pobreza. La novela de Fernanda Melchor precisamente trabaja con un grupo de personajes que existen desde y a partir del despojo, son los marginados de un ya marginal pueblo en un muy exiguo estado. Y ahí radica la mutación de una marginalidad urbana a un país de marginados en el presente. Lomnitz concluyó en su estudio:

La relación de la marginalidad urbana con el sistema urbano industrial es intersticial y es dependiente. Su situación está simbolizada por la de una sirvienta que vive en casa del amo pero no comparte ni su mesa ni su cultura: es de origen campesino y vive en un rincón apartado al que nadie se asoma. La sirvienta no es considerada como miembro de la familia urbana, no tiene seguridad de empleo y su alimentación y trato dependen de la benevolencia de sus patrones. De la misma manera, los marginados viven en los espacios sobrantes o intersticiales del radio urbano; desempeñan labores u ocupaciones que por serviles o tradicionales no son codiciadas por la fuerza laboral urbana; se alimentan y visten de las sobras de la economía urbana; hacen su casa de los desechos industriales urbanos y carecen de las garantías mínimas del proletariado urbano que incluyen leyes del trabajo y del seguro social. […] La tesis de este libro sostiene que el marginado sobrevive gracias a una organización social sui generis, en que la falta de seguridad económica se compensa mediante redes de intercambio recíproco de bienes y servicios.

Temporada de huracanes
Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Los personajes de Temporada de huracanesviven la marginalidad desde ella misma y a través de una cultura de la pobreza en la que sobreviven, precisamente, gracias a una red de intercambios que no tienen que ver con las mejoras industriales o laborales, son intercambios que fortalecen la decadencia de los individuos dominados por agentes del poder como son la adicción y el sexo.

Desde la marginalidad simbolizada por la autora con toponímicos apócrifos en una geografía veracruzana, la trama es relativamente sencilla, Melchor la rescata de una antigua nota roja en la que una mujer dedicada a la brujería, había sido asesinada por su amante. El cuerpo de “la Bruja” del pueblo La Matosa, aparece flotando en un canal y así la llamaban, la Bruja, porque la madre fue la original mujer que hacía todo tipo de trabajos blancos y negros, luego su hijo, la vestida, el choto, el maricón, el putoheredó el trono y la casa y la supuesta herencia, monedas de oro escondidas en la derruida propiedad donde se juntaban el Luismi, Brando, Munra y otros del pueblo, a beber y drogarse con la mariguana y los hongos que la misma Bruja cosechaba, cocaína o pastillas que ella misma repartía como si fueran caramelos.

Esta novela, como en Falsa liebre, aventaja las linealidades de las tramas para explotar y explorar la construcción de personajes, pero es en Temporada de huracanesen donde su autora consolida un  lenguaje orgánico y a la vez gongorista, que provoca que el libro queme en las manos y, definitivamente, no reúne felizmente a sus lectores en una misma opinión:  hay aquellos que opinan que tanto sexo herrumbroso no se justifica para fines de la historia; los que amaron las reincidencias de sexo cochambrosoy el leguaje frenético; los que sostienen que no hay historia, sólo lenguaje; y los que juzgan que es una de las mejores novelas de los últimos años.

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Lo cierto es que Temporada de huracanesno deja indiferente a quien se sumerja en sus páginas, con el calor, la asfixia y la lista de brutalidades varias, porque ocurren asesinatos, pedofilia, violaciones, abortos, sodomía, tortura, maltrato infantil, y también hechizos, que a este punto, lo gótico resulta un paraje bucólico con los otros horrores. El mal en los personajes es el código machista y misógino en el que la violencia del falo determina y penetra a cualquiera de los personajes. Al igual que la naturaleza mancillada por la contaminación y la pobreza de La Matosa, los cuerpos de Norma, de Luismi o de Brando, rechinan y crujen en desnutrición y enfermedad; los cuerpos son extensiones del cuerpo de la Bruja, ese dolor punzante, frase que recuerda a la descripción de Pedro Páramo como un rencor vivo, que se niega a disolver. El final no es la captura predecible de los adolescentes a manos de los corruptos policías, el final es la certeza de que no existe ningún tipo de posibilidad ni de esperanza para ese puñado de seres escupidos en medio de un trópico insano. Para mí, la parte de mayor trascendencia en la novela, es la historia de Norma, justo a la mitad. Leer esta cadena de violencias en donde el cuerpo de la niña será una y otra vez desechado en la ligereza y banalidad de existencias nihilistas, es el reconocimiento poético de realidades  cercanas a la pulsión de muerte.

Como género discursivo secundario (Mijaíl Bajtín) la novela engulle comunicaciones culturales más complejas, creando un estilo cuyo elemento de unidad genérica, continuando con Bajtín (), es el enunciado. Los párrafos de largo aliento de la novela de Melchor, transmutan el enunciado en un efecto estilístico de glosas varias, entonces, donde existe un estilo existe un género y el de Melchor es sórdido-negro en tanto que una posibilidad para los chicos de La Matosa de obtener su verdad, es imposible: ellos creían que la Bruja tenía un tesoro, creían –quizá no- que eso era lo que buscaban, pero en realidad, simplemente estaban, vivían, fornicaban, quizá sin llegar a la reflexión del pensamiento, como decía Hanna Arendt, quizá sin percatarse de su solitud:

Mamááááááááá, gritaba el hombre, perdóname, mamá, perdóname, mamita, y aullaba igual que los perros pisados por los camiones mientras se arrastraban, aún vivos, hacia la cuneta: mamááááááááááááá, mamiiitaaaaaaa. Y Brando –encogido en su rincón, el hueco entre la pared y el excusado de la celda, el único lugar que alcanzó a reclamar como propio cuando los hombres de Rigorito lo aventaron al interior de los separos- pensó, no sin cierto regocijo, que tal vez era Luismi el que gritaba, Luismi quien aullaba preso de una congoja devoradora, Luismi berreando hasta vomitarse mientras le reventaban las tripas a tablazos para que confesara. El dinero, querían saber dónde estaba el dinero, qué habían hecho con el dinero, dónde lo habían escondido, y eso era lo único que le interesaba al marrano asqueroso de Rigorito, y a los putos policías que tundieron a Brando hasta hacerle escupir sangre para después arrojarlo al calabozo aquel que olía a orines, a mierda, al sudor acedo que despedían los infelices borrachos, acurrucados como él contra las paredes, roncando o riendo en susurros o fumando mientras lanzaban miradas voraces en su dirección. (p. 153)

Brando es un personaje que lucha contra sus impulsos, desea a Luismi pero no quiere asumirse como homosexual a pesar de que tiene estas prácticas con la Bruja (sólo, dice Brando, si ella le hacía una felación o él la penetraba por el culo); lucha con su deseo de escapar a Cancún, reunir 30 mil pesos y comenzar una nueva vida, pero se reprime y no cuenta a nadie hasta que sí lo hace con Luismi y le propone que ese dinero se lo roben a la Bruja.

El asesinato de la Bruja es una sostenida tortura protagonizada por Brando y Luismi, en complicidad con el Munra. La Bruja morirá, finalmente, cuando Brando coloca en las manos de Luismi un cuchillo (símbolo fálico)  y lo obliga a terminar con la agonía el travesti.

En la casa de la Bruja, la aparición post mortemde un gato negro que brama, el apagón de luces y el mentado cuarto en el segundo piso imposible de abrir y supuesta guarida de las monedas de oro, dan un toque gótico que inaugura el pasaje de la captura de los chicos que serán torturados y asesinados en manos de los policías. La novela cierra con la alusión a las fosas clandestinas en Veracruz. Un personaje último El Abuelo, el sepulturero encargado en “hablar con los muertos” que nadie reclama, les habla para calmarlos, para decirles que no deben tener miedo  porque el sufrimiento en vida ha concluido. El Abuelo celebra las primeras gotas de lluvia, el inicio de la temporada de huracanes, las grandes lluvias que amansan el calor e invita a sus muertos a buscar la estrella en el firmamento, la luz que los sacará de ese agujero por siempre.

Este final me hace evocar la imagen de “Saturno devorando a su hijo”, la terrorífica pintura de un Goya muy cercano a la muerte ya. Saturno desesperado y ajado que aniquila a su progenie por temor a ser destronado. Cada acto de exterminio que implica la pedofilia, la violación, la tortura, el asesinato, la desaparición, es una mordida de Saturno. Autofagia moderna. Canibalismo sistémico. El arte da su propia luz y eternidad a los laberintos humanos. La mención de las fosas, como la Sábana Santa, es la metáfora de la presencia en la ausencia. Los colectivos en Veracruz, el más icónico, Solecito,  han rascado en la arena en busca de indicios de sus hijos secuestrados y asesinados; hay una retórica de la ausencia en los que buscan: no lo hacen a partir del vacío, sino en la oscuridad, porque en todo momento, el que busca tiene en la mente la imagen del ser amado y siente su presencia y  resonancia en un tiempo paralelo. No es el vacío, es la bruma que no permite encontrar, la noche más cerrada y larga que nos ha tocado vivir.

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