Imanol Caneyada

LAS BAJAS PASIONES | Unicornios y vagabundos: las distopías de Imanol Caneyada

 “Dios produce sustancias de la nada y las sustancias producen accidentes por virtud de los cambios de sus mismas limitaciones”. Leibniz, Teodicea, 1710

Xalapa, 10 de mayo (MaremotoM).- Sobre la agresividad humana concurren tratados y estudios desde varios escenarios disciplinarios, pero el de la etología es, a mi parecer, una de las perspectivas más sugerentes en tanto la conexión de lo humano con lo animal. Uno de los padres de la etología, el austríaco Konrad Lerenz (2015) hacia la década de los 80 sostenía que la función decisiva de las costumbres y las ritualizaciones culturales es contener la innata agresividad humana, el pretendido mal. En sus múltiples observaciones del comportamiento de especies, como el ganso, peces, moscas, etc., identifica el ritual como un vínculo entre los individuos, no como una expresión. Lorenz ejemplifica con el macho de una especie díptera parienta de la mosca caníbal que antes de acoplarse atrapa a otro insecto y se lo regala a su novia; así, mientras ella lo devora, el macho puede aparearse sin peligro de ser él la cena. En otra especie norteamericana, el macho teje una especie de algodón de azúcar telarañoso, relleno de insectitos, todo un bocadillo atractivo para su mosca, atrayéndola a la vez que la distrae para preservar la vida, la unidad. Los buenos modales, la educación y la urbanidad, sí que importan para evitar que nos matemos (más) día a día.

Existe, por supuesto, la antítesis a este reclamo de amor y amistad: la violencia sistémica, concepto propuesto por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han quien en 2013 revisa el concepto de violencia para desarrollar su tesis de la violencia sistémica. El mayor éxito del neoliberalismo fue el de hacernos nuestros propios explotadores, jefes y verdugos. La obsesión por la buena vida nos somete a una histeria de la supervivencia, “una sociedad de zombis que no son capaces de vivir ni de morir”. Los algodones de azúcar telarañosos nos rodean, hagan sus propias analogías.

La tesis que propone Imanol Caneyada en su penúltimo libro La fiesta de los niños desnudos (Tusquets, 2017) se sustenta en la siguiente pregunta: ¿te atreverías a dejar tu “buena vida” dentro del sistema capitalista para ser un indigente?, a la que le seguiría, ¿y, como por qué?

Imanol Caneyada nació en San Sebastián en 1968 y desde hace más de veinte años decidió radicar en el norte de México, en Hermosillo Sonora, donde se desarrolló como periodista y en los últimos años, como un sólido narrador. Ganador del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández (2011), no ha dejado de publicar cuento y novelas de las que destacan Las paredes desnudas (Suma, 2013), Tardarás en morir (Suma, 2015), Hotel de arraigo (Premio Fuentes Mares, Suma, 2016), Un camello en el ojo de una aguja (Los bastardos de la uva/Secretaría de cultura) y la reciente 49 Cruces blancas (Planeta, 2018). No es exagerado coincidir con la opinión del también narrador Francisco Haghenbeck cuando describe a Caneyada como el mejor prosista del país más allá del género negro, porque en él Haghenbeck y quien se acerque a su obra descubrirá “a un experto de la literatura policiaca, lector de crítica afilada, periodista de mirada punzante, pero ante todo un autor impecable, poseedor de una prosa sobresaliente y envidiable. Hoy no sólo es cómplice, también se coronó como la voz de la razón entre el caótico panorama nacional”.

La fiesta de los niños desnudos es una novela que llamó la atención de la crítica no sólo por el estilo definido de su autor, un estilo descarnado en lo que narra pero con un lenguaje cuya precisión no exenta lo poético. En la novela, el tema del rito y la ceremonia está presente a la par de una constante búsqueda del sentido ontológico de la felicidad. Esto en Caneyada no es nuevo, otros libros como Las paredes desnudas y Un camello en el ojo de la aguja, exploran el sentido del ser religioso, el sentido del ser exiliado de su propio centro. Criptográficamente, en el título La fiesta de los niños desnudos se esconde la vida y obra del compositor francés Erik Satie, autor de Las Gimnopedias, tres breves piezas publicadas en París en 1888. El significado de gymnopédies hacen referencia a las festividades religiosas celebradas en Esparta, durante el verano, en honor a Leto (el Olvido), madre de Apolo y Artemisa. La novela de Imanol Caneyada está dividida también en tres partes haciendo guiño con las piezas de Satie: Lent, (Heureux), et douloureux. Los título originales son Lento y doloroso, Lento y triste, Lento y grave. En la propuesta de Caneyada desde el inicio se conecta entre paréntesis la felicidad. Continuando con la estructura de tríada, comparto mi lectura de la vida de Gregorio Cárdenas alias el Chamuco.

1.El momento Unicornio: un bosque de malvivientes

“No me toques, soy un unicornio, ¿qué no ves?”. Este es la frase de inicio de la novela, pero este unicornio no es multicolor, es un indigente que se ha colado al vestíbulo de un hospital de lujo en donde hay un piano de cola. El indigente es la Mónada Perfecta, Dionisio, y toca Un sospiro de Franz Liszt con una maestría que, en efecto, maravilla a quienes lo escuchan. Llama la atención que el personaje se haya autodenominado como un unicornio. Este ser fantástico hoy es el símbolo del espíritu libre de la generación de los Milennials, la explosión iridiscente, dice la youtuber Lynette Conée, mágica y multidimensional de la felicidad; ser único como unicornio. En La fiesta de los niños desnudos, el unicornio es un símbolo sarcástico de lo vacuo. El pianista mágico que en lugar de olor a fresas y moras, emana fétidos aromas medievales, será un mensajero de la muerte oportuno para el personaje principal, Gregorio Cárdenas, músico mediocre que vela la repentina caída en coma de su padre en ese hospital. Obsesionado con su infancia y fracaso, Gregorio de 38 años odia a su progenitor, se sorprende de que, casi mágicamente, el padre sale del coma al escuchar al mendigo tocar el piano. Un día más los encuentra en el vestíbulo, unicornio y padre, tocando a cuatro manos la Gymnopédie nº 1 de Satie. Los aplausos de la gente ahí concurrida, el abrazo que entre sí se regalan los virtuosos músicos, la expresión del padre de satisfacción que excluye a cada segundo al hijo relegado, hacen que Gregorio explote de envidia, rencor y legítimo odio.

Al unicornio lo llaman Dionisio y el precio por matar al viejo pianista, al padre, es que Gregorio abandone su vida y se mude al Bosque, donde vive una comunidad de indigentes bajo el comando y protección de la Mónada Perfecta.

No queda claro si, en efecto, Dionisio asesina al padre de Gregorio (lo sabemos hacia el cierre de la novela), la consigna se cumple y Gregorio decide dejar a la esposa que detesta, a la hija adolescente que también repudia, a la humillación de su propia alumna a quien trata de abusar sexualmente. Gregorio se va, sin nada, al Bosque, una reserva en medio de la apócrifa ciudad San Jacinto Río Muerto.

El desarrollo del perfil sociópata de Gregorio Cárdenas nos es dado a sutiles cuentagotas. La narración está dominada por la primera persona, así que él mismo se devela desde la infancia pero sin atraer demasiado la atención de su narratario. Sabemos que a los 11 años de edad, al ver a un gato agonizar, tiene su primera erección. La pulsión de la muerte frente a Eros, el reconocimiento desde la infancia de la coexistencia del otro. Después, durante la adolescencia, hay otro capítulo que acentúa su predisposición al mal, en un arrebato de misoginia, ataca sexualmente a una amiga quien luego se suicida. De este suceso, como de la muerte del padre, Gregorio dice “quise padecer alguna clase de tristeza pero no fui capaz”.

La manipulación narrativa, sin embargo, logra crear vínculo con el lector a través de la empatía del marginado, el desadaptado, el fracasado, el rechazado, el que no tiene cabida en un mundo de alta exigencia. Recuerdo un breve relato del único decadentista mexicano Bernardo Couto, “¿Asesino?”, la historia de Silvestre Abad que narra el gozo de haber matado a una niña de alta sociedad, sentir entre sus manos la suavidad de la piel, los rizos de la pequeña, el calor y aroma de su cuerpecito. Silvestre Abad es, como la creación del Dr. Frankenstein, la personificación del monstruo, la no convivencia con el diferente que finca la idea de nosotros y los otros, trasladando el conflicto a la interiorización, al desprecio del yo y la autodestrucción. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han señala que los dos grandes males del siglo XXI es la depresión (y habría que añadir la ansiedad) y el síndrome de bournout, como una exagerada y pesada relación con uno mismo: “El cansado sujeto de rendimiento también se atormenta a sí mismo. Está cansado, harto de sí mismo, de la guerra consigo mismo. Incapaz de desplazarse fuera de sí mismo, de dirigirse al otro, de confiarse al mundo, se recoge en sí mismo, lo cual, paradójicamente, lo conducen al socavamiento y al vaciamiento del yo. Se consume en una rueda de hámster en la que da vueltas sobre sí mismo cada vez más rápido” (íbid., p. 55).

La distopía de la novela nace de la idea de Gregorio reinventándose al ejecutar un acto de emancipación, cuando en realidad, el Chamuco será el autor de una violencia autogenerada creyéndose dueño de su libertad.

Al llegar al Bosque, Gregorio escucha hablar a la Mónada Perfecta, con todas las reservas que su conciencia dictó al reconocer en el otro lo que quizá distinguía en él mismo: la locura en la mirada. Gregorio se pregunta si la Mónada Perfecta es un asceta en tiempos en los que nadie renuncia a los placeres del mundo, se pregunta si es posible aún que exista la filosofía. A Dionisio lo rodean los jóvenes, como un dios Baco, lo escuchan hipnotizados y extasiados:

-La herida que nos inflige el padre es tan potente como un disparo de escopeta en el pecho –predicaba en ese momento-. Todos ustedes la han vivido en carne propia. Vejaciones, abusos, golpes, insultos, humillaciones. Todos ustedes son una herida sangrante que el mundo ve con desprecio. Son víctimas de un patriarcado que exalta el poder. Poder sobre los otros. Poder sobre el hijo, la esposa, el débil, el enfermo. Yo los invito a liberarnos de esa tiranía. Cada uno de ustedes es un ser inmenso, lleno de gracia. Un plan perfecto, un diseño divino que no tiene que pedir perdón por existir, ni dar explicaciones ni justificar sus actos. Nosotros, los olvidados, los parias, somos el hombre del mañana” (p. 59).

Así llega Gregorio al parque, le es asignado el refugio de un compañero recién fallecido, entra a ese “vientre inmundo” que olía a viejo y rabia y siglos de pobreza, comenzará la metamorfosis al Chamuco.

2.El plan de la Mónada Perfecta

Como un mesías pero del siglo XXI, Dionisio tiene el plan de llevar su “obra” a más confines del universo. Su misión es mantener la unidad de su comuna fuera del sistema patriarcal y capitalista, vivir en libertad pero con responsabilidades hacia el interior de su pequeña sociedad que, paradójicamente, está estructurada de manera falocéntrica. Todas lo amamos, a Dionisio, dice Brisa, la bailarina de aro del grupo de los chavos tragafuegos. La misión de Brisa es retener al Chamuco a costa de lo que sea, inclusive, de acostarse con él y hacerle creer que lo amaba.

La Teodicea. Ensayos sobre la bondad del Dios, la libertad del hombre y el origen del mal de Gottfried W. Leibniz, fue publicada hacia 1710. En este tratado filosófico, el pensador alemán se cuestiona sobre el origen del mal y su relación con Dios, postulando el sentido de almas, entelequias o formas primitivas, sustancias o mónadas que no pueden nacer naturalmente ni perecer. Las formas accidentales son las que permiten la modificación de la materia, no su destrucción, puesto que, frente al cambio perpetuo, la sustancia simple –la mónada- sigue siendo la misma: “Las mismas razones que prueban que nuestra alma no forma nuestras ideas, ni mueve nuestros órganos: probarían también que no pueden formar nuestros actos de amor, ni nuestras voliciones, etcétera. Podría añadir: nuestras acciones viciosas, nuestros crímenes”.

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Imanol Caneyada explora el tema de la fundación de las iglesias paralelas a la liturgia judeo-cristiana. Tal como lo hizo en su momento Luis Arturo Ramos en su novela La mujer que quiso ser Dios (Castillo, 2000), Caneyada recrea la piedra angular de los juegos de la fe: el mito fundacional a través del milagro, el iluminado, lugares sagrados y un puñado de devotos ansiosos por sentir amor. El ser humano es un animal rationale pero también de búsqueda (animal quarens) porque, según Robert Torrance “la búsqueda es ante todo un trascenderse consiente, una aspiración deliberada hacia una meta propuesta como principio, si bien en modo alguno inalterable”[6]. En la novela de Ramos, el narrador es el hijo de la Fundadora de una Iglesia en La Antigua, Veracruz. La Madre de esta iglesia, con astucia y refinada inteligencia, transforma la casualidad en milagro, la tragedia en prueba de fe y el capital en diezmo. Como en La fiesta de los niños desnudos, en la obra de Ramos se subraya que lo importante es la narrativa: cómo contamos una historia, en este caso, la Mónada Perfecta, o la Madre de la Iglesia de la Espera. El discurso juega un papel importante, porque al paso de los eventos, debe quedar alguien que haga el recuento, edite, atesore, recree y al final legitime como palabra sagrada. Pero ambas novelas también apuntan al nacimiento de las nuevas religiosidades en periodos históricos de tensión. La antropóloga Guadalupe Vargas Montero, a propósito de La mujer que quiso ser Dios, analiza la génesis de iglesias a través de:

los fenómenos sociales finiseculares que marcan hitos en los sistemas de creencias. Las semejanzas en los sentimientos de desesperanza, temor, vacío, etcétera, que padece la sociedad, más los procesos de secularización de las sociedades avanzadas, al parecer caracterizan, entre otros, los fines de siglo en las sociedades occidentales. Este paradigma hace que podamos establecer algunos paralelismos entre los siglos XIX, XX y XXI, vinculados al surgimiento de nuevas religiosidades, de nuevos movimientos espirituales.

En la novela de Caneyada, el narrador nos sitúa en una ciudad de provincia mexicana que podría ser Hermosillo o cualquier otra, pues en el paisaje urbano actual las poblaciones de personas en situación de calle comparten características similares, el tiempo es el contemporáneo, podría ser incluso finisecular del XX o la primera década del XXI. Tan solo en la Ciudad de México, de acuerdo con el reportaje de Filiberto Cruz (Excélsior), en diciembre de 2018 fueron contabilizadas casi 7 mil personas que viven en las calles de las cuales el 90.1% son hombres y el 9.9% mujeres, integrados por gente migrante de otros estados, indígenas, enfermos mentales o discapacitados y de la comunidad LGBTTTIQ. De acuerdo con el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la ciudad de México (COPRED), la población callejera se definen como: “un grupo social diverso, conformado por niñas, niños, personas jóvenes, mujeres, hombres, familias, personas adultas mayores o personas mayores, personas con discapacidad y otras con diversos problemas de salud y adicciones. En general, el término se refiere a toda persona o grupos de personas con o sin relación entre sí, que subsisten en la calle o el espacio público utilizando recursos propios y precarios para satisfacer sus necesidades elementales”[9]. Las poblaciones callejeras son identificadas como un sujeto histórico que configura la identidad cultural de la exclusión social. Es justo este “amasijo” de identidades el foco de atención de la novela: un grupo heterogéneo en edades y sexos, en historias de vida y orígenes, que se autodenominan comunidad, no familia, que se identifican como excluidos, teniendo que recrear sus propias normas y ritualizaciones para pertenecer a una sociedad que nadie desea ver.

La escena en la novela de Caneyada de alto simbolismo es el “bautizo” que recibe Gregorio Cárdenas, entre aguardiente de caña Viva Villa y Coca-colas, más de cien seguidores de Dionisio, como una gran familia de Osho, los rajnishes o “gente naranja”, se reúnen en torno al fuego, a un costado del tronco caído que hace la serte de trono de la Mónada Perfecta, hermanados por los fétidos olores que despiden sus cuerpos. En el momento más álgido de los cantos y el alcohol, Dionisio, el pianista, el unicornio, le pide a Gregorio que se desnude; son los otros los que lo despojan de sus ropas de afuera, la piel que en ese círculo no necesitará más: “Sentía el calor de las llamas en mi cuerpo fofo proyectando sombras gigantes entre los árboles del parque. No me avergonzaba de mi desnudez. Al contrario, sentía una especie de conexión íntima con los demás y un deseo abrumador de permanecer desnudo frente a sus ojos. Nadie se burlaba de mi carne expuesta.” (p. 81).

Este, sin duda, es un momento de felicidad rutilante que será coronado con las palabras de la Mónada al llamarlo un hermano más que se une a la comunidad, un miembro más, bajo la consigna de “lo que des, recibirás con creces”. Acto seguido una docena de hombre rodean a Gregorio que está en rodillas, sacan sus penes, lo orinan a manera de bautizo y Gregorio llora con el desconsuelo de un recién nacido que pide ser abrazado. Al finalizar, toda la comunidad recita sus propios mandamientos y lo lanzan del parque al mundo a robar, a traer su prueba de iniciación.

A partir de este momento (segunda parte del libro, Heureux), Gregorio será el Chamuco y su descenso es una espiral: más actos hace para posicionar y justificar su estadía en el Bosque, más bajo va cayendo en su oscura constitución. El personaje de Brisa, la veinteañera que pertenece al grupo de malabaristas tragafuegos, entabla una relación pivote con el narrador, que lo lleva a experimentar instantes de felicidad y placer desconocidos hasta ese momento de vida. Brisa es la extensión de la mano de Dionisio, ella lo lleva a entender la subestructura de la urbe y la urdimbre de los limpiaparabrisas, estatuas vivientes, vendechicles, escupefuegos, los territorios de las esquinas, plazas y aceras, el encuentro del equilibrio entre la mendicidad y la amenaza latente para el resto de la “sociedad”. El enemigo: el policía. No hay una contraposición de civilización y barbarie en la ciudad y el Bosque. Ambos espacios tienen sus jerarquías, reglas y filosofía. Conforme el cuerpo del Chamuco resiente la ausencia del agua y el jabón, la lectura se torna escatológica, vamos sintiendo y oliendo algo que, según el narrador, con el paso del tiempo te vas acostumbrando a sentir. Los indigentes serán vituperados (borrachos, cochinos, flojos, lacras), apedreados, señalados, marginados y negados como el monstruo de Frankenstein o el asesino de Bernardo Couto. Es claro el rechazo y odio social, lo que la filósofa española Adela Cortina ha acuñado como aporofobia, el neologismo que da nombre al miedo, rechazo o aversión a los pobres, que destaca el fenómeno mundial de la aversión al pobre, no por ser extranjero, no por ser nacional o de otro color. Los humanos en situación de calle y límite son objeto de burla y violencia y esto no tenía nombre, pero sí que existe. Caneyada osicla entre el discurso mesiánico y utópico y la reflexión social y distópica. Dionisio se autoproclamaba la Mónada Perfecta, autor de obras (asaltos y ataques al sistema), proveedor de armonía, equilibrio y protección. El capital en esta comunidad no es el dinero, sino la capacidad de sustentar el lugar de cada miembro por su valor arcaico, su capacidad de matar antes de ser muerto, una economía arcaica de la violencia, como la define Byung-Chul Han (p. 35). Chamuco matará y creerá que su lugar frente a la Mónada, frente a Brisa se afianza, nada más equivocado. El descenso está anunciado.

3.Y doloroso…

El personaje del Chamuco, hacia la tercera y última parte de la novela, sufre una disociación. El otro emerge en cada acto de violencia extrema como el de degollar a una mujer, golpear a Brisa, matar a pedradas a una adicta al cristal y ser autor intelectual de la muerte del padre. La gran epifanía deviene en el instante en el que es rechazado y nuevamente expulsado del universo femenino Brisa, cuando le revela que se acercó a él porque Dionisio lo pidió: “Y yo por Dionisio haría cualquier cosa, hasta coger contigo, puto maricón” (p. 195). La pregunta sobre el origen del mal busca sus respuestas en algo más antiguo, la memoria reptileana, la agresividad y crueldad inherentes al ser humano. Y aquí la mención intertextual en la novela La fiesta de los niños desnudos del caso de la adolescente norteamericana Sylvia Likens, repunta la reflexión de toda la novela: no sabemos lo que hacemos. Un estado de aparente no conciencia frente al impulso irrefrenable de ganarle a la muerte, incluso a través de la desaparición y extinción del otro, una violencia narcisista. Sylvia Likens es mencionada en la novela a propósito de la crueldad, no hay mayor comentario sobre el caso, pero investigando en internet sobre esta víctima, la recepción del texto de Caneyada se amplía escalofriantemente, esta adolescente fue asesinada, torturada y violada por una mujer madre de seis hijos, quienes junto con otros jóvenes e incluso niños de 10 años de edad, asistieron a las torturas espeluznantes que llevaron a la muerte a Likens, con tan sólo 16 años. Cuando se llevó a cabo el juicio contra los torturadores y les preguntaron por qué habían hecho algo así, contestaron no saber.

“Las decisiones se toman degollando al otro, al enemigo”, (p. 70) escribe Byung-Chul Han al hablar de política y violencia, siendo esta última un elemento aniquilador del espacio y de la actuación. Toda la exposición de encadenadas disociaciones de Chamuco, al ser exteriorizadas en la narración, terminan interiorizándose en el personaje quien vuelve a mudar de piel, se despoja de todos los del Parque, incluyendo a la Mónada y emprende su regreso a la semilla, viviendo la tercera y última vida. Un principio de sobriedad como opción liberadora, un acto político, un acto de resistencia apócrifo: la Iglesia Única de los Pobres es el cierre perfecto del mismo sistema del poder: la víctima y el culto.

Regresa al sistema: Gregorio Cárdenas regresa a la casa paterna, rompe con la estructura de su familia y la Mónada Perfecta será su propia hija, una santa urbana new ager de 16 años, una fuerza femenina virgen que atrapa al unicornio y restaura el equilibrio, protector de la vida. Fundación de la Iglesia de los Pobres.

A manera de conclusión, quisiera señalar que Imanol Caneyada junto con Ricardo Vigueras, también español y el argentino Roberto Bardini, han fabulado un espacio imaginario paralelo al mexicano. Vigueras lo hace con Nuestra señora de la Sangre, Caneyada con San Jacinto Río Muerto. Ambos autores de origen español adoptan México como su lugar de vida y de literatura. Hay un salto entre la novela Un camello en el ojo de la aguja (Caneyada, 2017) situada en el País vasco, con palabras en euskera y un final en algún punto de la frontera de México y Las paredes desnudas en donde de lleno la acción ocurre en un corredor fronterizo y el lenguaje se matiza. Tanto en Vigueras como en Caneyada es visible su formación clásica y elaborada del lenguaje, es el origen, la escuela; pero también es visible la transformación y apropiación de un habla endémica a sus personajes y narradores. La dimensión léxica y sintagmática no abandona el universo creado por sus autores, antes bien, son la punta del iceberg de los imaginarios fronterizos y metafóricos.

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