Gabriela Cabezón Cámara

Las constelaciones de Gabriela Cabezón Cámara

Candidata al Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y al International Booker Prize, la autora de La Virgen Cabeza charla sobre su obra con Luis J. L. Chigo.

Ciudad de México, 1 de abril (MaremotoM).- El rostro de Gabriela Cabezón Cámara (Buenos Aires, 1968) aparece con el techo de una cabaña de fondo. Pide un par de minutos y nos deja, a Karime y a mí, con el techo en la pantalla. La luz del mediodía llena el espacio, allá es verano. Cuando regresa, pide disculpas y comienza la charla. Toma el dispositivo, enciende un cigarro y comienza a responder mientras da vueltas a la cabaña. Esta entrevista es un emblema personal: vemos los árboles, vecinos temporales de la escritora en sus vacaciones, se escuchan algunas aves en el fondo y también cierto rumor del aire.

No distinguimos en qué paisaje se encuentra. La calidad de transmisión es mala, a veces se corta audio o video, llega bastante a destiempo o se desconecta totalmente; por el alejamiento de lo urbano y por las compañías proveedoras del servicio. Paisaje e invasor. Invasor y decepción. Pero la ambientación refleja mucho de la autora.

Gabriela Cabezón Cámara comenzó sus días como periodista, según indican diversas fuentes. Algunos diarios son de renombre, publicará en ellos y otras revistas sus primeros textos, precedentes de sus novelas. La Virgen Cabeza, Romance de la negra rubia y Las aventuras de la China Iron, una trilogía trazada por el despojo, el desamparo y la violencia, pero también por la vivencia del rito y la divinidad frente a ello, así como de la búsqueda del paraíso.

La prosa de Cabezón Cámara ocupa ya un puesto relevante en la literatura contemporánea del español. Las aventuras de la China Iron le valió la candidatura al Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y la traducción al inglés al International Booker Prize.

Fuera de los reconocimientos, su literatura tiene una pretensión distinta a lo acostumbrada. Sin el puesto de intelectual, el ritmo deambula cercano a un mix de reguetón con aedos recitando la Ilíada. Este complejo movimiento de la lengua habla de una apropiación del presente y sus características. Estirar el pasado hasta donde más se puede y luego tirarse al abismo de lo contemporáneo, ¿quién dice que Platón no puede convivir con la cumbia? Gabriela Cabezón Cámara bien podría tramar ese agente de cambio. Aunque, como veremos, probablemente nos lo negaría.

–Es una constante de tu trabajo literario la resistencia social o individual ante el despojo de lo político. ¿Existe algo parecido a una “literatura de combate”?

–En los casos de mis novelas, el Estado aparece como una especie de ley del más fuerte. Es decir, un Estado cuya institucionalidad no puede proponer las mediaciones necesarias entre la fuerza del poderoso y la debilidad de los mucho menos poderosos. Es algo muy subrayado en nuestro subcontinente. El Estado no siempre está presente y no puede garantizar las mediaciones para impedir el desarrollo a lo bestia de la ley del más fuerte. De hecho, es un instrumento más de los poderosos.

–¿Existe un conflicto relacionado con tratar la política y la literatura al mismo nivel?

–La literatura no tiene por qué hacer nada en especial, no hay un imperativo a seguir. Podemos hacer un texto muy combativo y también uno que aparentemente no lo sea. Me correría mucho la ingenuidad de suponer la existencia de algún texto no político. La lengua es una de las materias más políticas del mundo humano, la usamos para comunicarnos entre nosotros. Eso crea la cultura y las comunidades imaginarias que nos organizan –Estados-Nación, partidos políticos. Es ingenuo pensar en un texto como no político, todos lo son. Después de eso, está el uso de la lengua como un fin en sí mismo, un uso no instrumental. Creo hacer literatura bajo ese concepto, modestamente. Trabajo la lengua con profundidad. Tengo una conciencia profunda de su materialidad y sonido. Juego todo el tiempo con eso. De hecho, aparecen cosas mientras escribo, un sonido me lleva a otro, y no porque las haya pensado en una secuencia lógica. Me interesa mucho esa materialidad. Antes que nada, soy una trabajadora de la materia de la lengua. En general, cuento historias con conciencia de las relaciones de poder. Eso ya es extra literario.

Gabriela Cabezón Cámara
Gabriela Cabezón Cámara Foto: Facebook

–Estas relaciones de poder se materializan en el lenguaje pero, en el caso argentino, tomas postura desde las villas, por ejemplo. ¿Cómo retomas este imaginario proveniente de los lugares menos esperados y prácticamente apartados de la literatura?

–Eso pasa en La virgen cabeza, un registro de lengua presente constantemente en la vida cotidiana de quienes viven en Buenos Aires y en muchas de las grandes ciudades argentinas. Una parte importante de la población vive en las villas. Antes, esa parte era la más pobre de todas; ahora, la gente más pobre vive en la calle. Un fenómeno cuyo inicio fue el menemismo, con el anterior gobierno neoliberal, anterior al de Macri. Nunca dejó de suceder, ni en los mejores momentos de distribución de la riqueza que tuvimos después. Ahora, con la pandemia, es un desastre. Además, es un registro de lengua presente en la música o con quienes charlas en la calle. Por otro lado, si en algún lugar está viva la lengua o en constante cambio y tiene una creación de neologismos exuberantes, es en los usos periféricos de la lengua, en los más marginados. Muchas veces, la gente pide no escribir de tal o cual forma, supuestamente porque no nos van a entender. Sucede, por ejemplo, en el periodismo industrial. “¿No me van a entender? ¡Tienen un dominio y una creatividad de lengua muy superior a la mía y al tuyo, careta!” –eso le dije al editor. Una cuestión despectiva pues parte de no escuchar. Lo mismo cuando dicen “la voz de los sin voz”. ¿Qué es “sin voz”? Todo mundo habla, lo que hay es gente que no escucha. Cambia el paisaje. Lo sabemos porque escuchamos cómo rompen las olas del mar. La entrevista se realizó en dos días. En el primero, con el bosque de fondo y después de preguntarle cómo hacer para que la literatura se combine con el ambiente –“¡Eso se lo dejo a un crítico literario como vos!”–, Gabriela recibe a alguien y no puede continuar con la charla. En el segundo día evitamos las agendas, pero ella pensó más en la repercusión de mis primeras preguntas. “Estas intersecciones son lamentables porque la literatura no guarda esa postura. Es decir, la literatura sólo se vuelve política cuando está escrita por mujeres, indígenas o marginados sociales. ¿Qué ocurre cuando en la tradición literaria el hombre se casa con una mujer? ¿Eso no es político? Como está establecido, no se cuestiona, pero en realidad ahí se manda un mensaje político. La literatura con tintes políticos es aquella que estrictamente respeta esos límites, que su tema central es la política misma. Me gusta pensar en constelaciones: una cosa me lleva a otra y no por voluntad propia. Las personas no controlan lo que hablan, nadie controla lo que habla. Cuando empiezas a desenvolver una idea, esta misma te lleva a otra y a otra sucesivamente y se arman las constelaciones. Incluso cuando imaginas algo sin aparente sentido, das siempre con una constelación. La literatura, los escritores, son siempre algo así: no se preconcibe algo, se da la vuelta y genera la constelación. Pero no es algo controlado. Se observa en nuestras literaturas originarias. En Argentina, Facundo le responde a Juan Manuel de Rosas y, aunque su intención es política, al final su escrito es mucho más valioso por la cuestión literaria, logra algo mucho más grande con sus planteamientos.” El mar vuelve a romper en el auricular.

–¿La presencia del neoliberalismo en la vida cotidiana es la razón de la existencia de una contraposición entre “lo alto” y “lo bajo” en La Virgen Cabeza?

–Los extremos de “lo alto” y “lo bajo” no son más que un correlato discursivo de estructuras sociales. Siempre lo fueron. Lo podemos ver en el Libro de Buen Amor: las cantigas “más cultas” y los cuentos de las serranas que violan al monje. Ese contraste habla del mundo. Aceptar pasivamente y sin cuestionar dicha estructura de alturas es aceptar la pirámide social como una especie de naturaleza. No me interesa eso. Naturaleza hay, existe, pero no está ahí. Son organizaciones sociales injustas padecidas históricamente. Por otra parte, todos estos registros se penetran unos a los otros todo el tiempo. Es un tráfico no acortado, no es posible que no se encuentren o se mezclen, al menos no constantemente. Me interesa esa especie de erotismo medio bestial y a veces violento de los distintos registros y usos de lengua. Me parece muy hermoso.

–Tanto como el erotismo, la religión cruza todas tus obras. ¿Qué te interesa de la religión para tomarlo como eje de tus novelas?

–Todos somos religiosos de una manera u otra, en el sentido de creer en cosas. No tenemos modo de corroborar su existencia efectiva, son entidades intersubjetivas: creemos en dinero, por ejemplo. El dinero es papel pintado. Si un día se dejara de creer en él, no sé qué pasaría. O creemos en los Estados-Nación, un constructo histórico sin tantos años de existencia. Desde hace cientos de miles de años vivimos esta donación, tan contentos. Tenemos ideas y creencias que nos organizan. Los liberales creen en la libertad del individuo por encima de cualquier otra cosa, así genere la muerte de miles de otras. Jeff Bezzos puede pagarles centavos a sus empleados y cagar de hambre a todo mundo, porque es libre y tiene derecho a imponer su fuerza a como dé lugar, sin importar lo que le pase a los demás. Etcétera. Esas creencias son poco objetivas: no hay nada en la biología del homo sapiens que ponga la libertad por sobre la comunidad, o la comunidad sobre el individuo o con lo que fuera. Podemos organizarlo de distintas maneras, siempre lo haremos con base en una de estas realidades intersubjetivas. Me genera interés la gran base de creencias que tenemos para vivir. Me podrás decir que las ciencias no la tienen. En un sentido no lo tiene y en otro sí, porque quienes financian los estudios científicos lo hacen en pos de sus propios intereses y creencias. El científico podrá estar aislado con su microscopio y querer saber sólo por saber, pero no quien le paga el microscopio de un millón de dólares. Lo hace por algo y para algo. La religión es el espacio donde se manifiesta más claramente. Toda la vida es social y organizada en creencias. Por las cuales incluso podemos llegar a dar la vida.

–En La virgen cabeza, Cleo fabrica una capilla andante demasiado lujosa para la Virgen, derrocha el capital que gana con la ópera cumbia. ¿El dinero es la religión más poderosa que existe?

–Es la cosa en común más fuerte que tenemos todos los seres humanos, por más diversos que seamos, y no deja de ser una creencia. Es un acto de fe: darle tu trabajo a alguien a cambio de unos papeles que podrían dejar de tener valor en cualquier momento. En distintos momentos de distintas historias nacionales, el papel moneda deja de tener valor, la gente deja de creer en él. Si alguien hace correr el rumor y ese alguien tiene el suficiente poder para hacerlo pasar como verdadero, una empresa que cotiza en la bolsa puede pasar a valer nada de un día para el otro. O todo el mundo deja de creer que los bancos pueden respaldar su dinero, lo sacan y se cae el sistema bancario y a su vez la economía. Se cae la creencia y la fuerza para sostenerla.

–La diversidad sexual pone a la literatura contra las cuerdas. La sexualidad por sí sola obliga a repensar si éste o aquél libro es misógino, por ejemplo. Platícanos de esta relación entre erotismo y diversidad sexual en tu literatura.

–Cada uno puede escribir lo que quiere. Todos somos capaces, si hacemos lecturas críticas. Confío mucho en eso. No juzgaría a alguien por un cuento misógino, pretendería más observar si está bien escrito. Si tuviera alumnos más jóvenes, les diría: “fíjense en este texto, ¿qué le ven de extraño? No sólo en su constitución textual, sino que llame su atención”. Trataría de llevarlos a ver esa misoginia. En cuanto a la diversidad sexual, soy lesbiana y me interesan las historias diversas. Me gustan más. No tengo ningún otro motivo para escribirlas. Y sí, creo en el derecho de todos y cada uno de escribir fuertemente lo que se quiera. Eso también es política. No sólo si escribes sobre la diversidad sexual, sino también el señor misógino que escribe cuentos misóginos toma una posición política, aunque sea su personaje.  Escribimos lo que queremos sin que nadie nos moleste. Eso sí, aguantarse las críticas.

Te puede interesar:  Centroamérica es una región que sorprendentemente respira y vive una frecuencia similar a México: Diego Olavarría

–Algunos opinan que la literatura relacionada con la diversidad sexual aparece porque es imperante hablar de ello bajo una agenda política. ¿Las agendas políticas causaron una ruptura dentro de la literatura?

–Hay quienes escriben con conciencia total de la lengua y hay quienes no, más allá de cualquier agenda. Hay grandes escritores, algunos más apegados a una agenda política y otros menos. Hay escritores no tan virtuosos en el ejercicio de literatura, más allá de las agendas.

–En Las aventuras de la China Iron, hay una reconstrucción: retomas al gaucho Martín Fierro para contar la otra historia. También en La Virgen Cabeza, Cleo habla de Homero y de Petrarca. ¿Cómo retomar la literatura del pasado para generar contrastes entre tus personajes?

–Estoy completamente de acuerdo con una compatriota de ustedes, Cristina Rivera-Garza, cuando habla de que no hay literatura que no sea una apropiación tanto de otros textos literarios como de otros discursos sociales. Uno no nace y arranca de cero. Leemos, escuchamos, cantamos canciones, hablamos con amigos y amigas, con la persona de las verduras, el policía. La lengua está llena de cosas cristalizadas, trabajamos siempre con una materia tanto nuestra como ajena. La lengua es como el aire: hacemos un uso individual del mismo, pero también nos contiene y es de todos, nos precede. La lengua tiene historia. Una cosa interesante es hacer evidente eso. A mí me gusta hacerlo, reconocerlo, “esto se hace de todos estos hilos”. Leo literatura de toda índole, pero por ahora me gusta dejar en evidencia los hilos que conforman el texto. Hay una naturalidad en las novelas de Gaby, propia de quien comprende cómo funciona el todo orgánico, muy a la manera de filósofo presocrático. Se trata de un punto medular para comprender cómo se manejan sus historias. “Todo” no es más palabra que concepto, al contrario, se complementan de manera sustancial para el surgimiento hasta de la violencia. Y poco a poco su narrativa compone un rompecabezas. Si el lector se rinde en las primeras páginas de La Virgen Cabeza, por poner un ejemplo, se perderá de esta cosmogonía de voces. ¿Por qué la naturaleza? ¿Se trata de una ontología para desenvolver su literatura? “No hay más ontología que la materialidad. Bueno, sí las hay, pero la pregunta es si necesitamos algo más. Somos carne y, sin el cuidado de la naturaleza, la carne se daña. Sencillamente, no se debe dañar a la naturaleza porque eso implica un daño a nosotros mismos. No podemos vivir fuera del planeta. La desconexión con la naturaleza proviene más de las grandes ciudades. Cada vez busco más espacios como éste, alejados de la ciudad. En 2019 me dieron una beca para estar en Berlín y me la pasé más en los parques que en cualquier otro lado de la capital alemana.” Por cierto, ya me dio permiso para llamarla Gaby. Y Gaby, quien seguramente del otro lado del teléfono contempla el azul –ya no podemos hacer videollamada, es todavía más complicado– reflexiona sobre la propiedad privada: “Creo que alguna forma de propiedad puede ser saludable. Individual y comunal. Pero siempre en función del bien común. Que el agua ya cotice en Wall Street indica que desean invadir aquello que nos pertenece a todos. Recientemente, en Argentina se quemaron hectáreas de una reserva natural con una biodiversidad enorme para colocar ahí un emporio ganadero. Lo mismo sucede con las mineras y otro tipo de empresas por el estilo. En Latinoamérica hay una enorme tradición de lucha colectiva e individual contra este tipo de acciones. Sucede al final de La Virgen Cabeza, donde la propiedad privada mueve a los villeros, no les deja quedarse en el lugar que les pertenecía.” A propósito, Gaby tiene su propio huerto. Sus seguidores de Instagram podemos observar el cultivo de algunos vegetales. Hay también un fuerte activismo por el campo, como el de Haidú Kowski, el cual también se puede observar en las redes sociales del escritor. ¿Qué opina de medidas como la de la reciente prohibición del glifosato en México? “Me parece una medida extraordinaria, pero debe ir acompañada de créditos blandos para los campesinos.” Una vez más, la humanidad al centro, sin que todos los ejes dejen de convivir.

–¿Gabriela Cabezón Cámara prefiere escuchar todo el tiempo?

–Me interesa mucho.

–¿A dónde se dirige el oído de Gabriela Cabezón Cámara cuando está en el conversatorio del mundo?

–En este momento, me interesa oír y leer –y tratar de pensar y comprender– las cosmovisiones de los pueblos originarios de Latinoamérica. Leo con mucho interés textos antiguos como el Popol Vuh, pero también textos contemporáneos como los del líder Yanomami Kopenawa y algo de la Asociación de Indígenas por el Buen Vivir, entre otros. Como cultura y como especie, ellos ya sobrevivieron a un apocalipsis generado primero por las conquistas y luego por la burguesía criminal que exterminaron a casi todos los pueblos originarios. Como argentina, fui educada en la creencia de que nosotros venimos de los barcos: es una negación infinita y violentísima de la realidad histórica. Parte de nosotros vino de los barcos y parte de nosotros ya estaba acá. Me interesa escuchar esa otra parte que también llevo en la sangre y con orgullo. Además, también me interesa leer a quienes intentan iluminar nuestra relación con la naturaleza, de la cual somos indudablemente parte. La carne, el agua que bebemos, el aire que respiramos y toda la intrincada, complejísima y maravillosa relación inter-especies constituyente del planeta en que vivimos. Por supuesto, fuera de eso me puedo pasar un rato divertidísimo escuchando reguetón. No se me acaba el mundo ahí.

–En su libro el Vaivén de las Malvinas, Fernando del Paso afirmaba que Argentina era el menos latinoamericano de los pueblos latinoamericanos. ¿Qué le responderías?

–Para responderle tendría que leer ese libro que no leí. Pero sí puedo responder a ese lugar común, y es falso. Es una ficción hiperviolenta, oculta un genocidio de dimensiones atroces y de magnitudes casi inimaginables. Continúa al día de hoy. En mi país se deforestan miles de hectáreas por año y en esas tierras vivía gente. Esas personas que vivían ahí pasan de golpe a ser pobres, a vivir en las periferias de las ciudades en condiciones de miseria y se les ignora como si no existieran. “Pobres los hace que les saques la tierra, les quemes el monte y les envenenes el río; pero no eran pobres, vos les robaste todo, hijo de puta.” ¡Eso les diría a quienes lo hacen, no a Fernando del Paso! Es un lugar común, es muy falso. Se basa directamente en genocidio, opresión y negación de la existencia del otro. Aparte, no tienes más que andar por Buenos Aires y por cualquier ciudad para darte cuenta que hay gente de todos los colores.

–El intelectual en Latinoamérica se resiste a escuchar otros discursos. ¿Te observas a ti misma como un intelectual que rompe estos estándares?

–Al principio de este año, Mariana Enríquez publicó un artículo donde contaba cómo la cuestionaban a ella como escritora, le preguntaban qué pensaba de la pandemia y la cuarentena. “Por haber escrito algunos libros no sé más que los demás”, afirma. Entonces, ese lugar de supuesto saber y autoridad me parece raro, injusto, está fragmentado y ya no lo posee una persona en particular. Uno puede saber de algo y el otro de otra cosa, y no veo por qué mi opinión sería más importante que la de cualquier otra persona en el mundo. Ni la mía ni la de cualquier escritor.

–Te pregunto precisamente por escritoras como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Fernanda Melchor o Alejandra Costamagna –listado en el cual también entras tú–, a quienes las instituciones culturales nombran el Nuevo Boom Latinoamericano. Se habla de un resurgimiento de la literatura latinoamericana con las mujeres como protagonistas –como si nunca hubiesen estado ahí.

–¡Albricias! Cualquier práctica creativa la podemos realizar todos los seres humanos y no solamente un grupo, por más dominante que sea. Es una buena noticia para todos. Sin lugar a dudas, las mujeres escribimos desde hace mucho; en México tienen a Sor Juana como evidencia innegable. Muchachos, ¿no se enteraron? ¿Qué pensaban? ¿Que Sor Juana qué? Es una mujer. Si las mujeres podemos escribir, todas las personas podemos hacerlo. Si no lo hacemos, es porque no nos interesa o se nos prohíbe o sólo nos interesa contarlo de forma oral, no escribirlo. Es curioso pensar que sólo un grupo puede escribir y que esa posibilidad está marcada por los genitales. Es como si fuera delimitado por el color del cabello o el tamaño de la nariz. Cada vez que lo escucho o voy a una feria y me toca la mesa consabida de la Literatura y las mujeres… ¡ay, Dios! ¡Es una boludez! ¿Y por qué no ahora hacemos una mesa de quienes hacen Literatura y usan short negro? De todas maneras, existe porque habla de un fenómeno, no porque la gente que organiza las ferias sea boluda. Se hacen cargo de las razones que hacían de esa práctica una especie de club de hombres, a la manera inglesa: de varones hechos y derechos en el sentido más tradicional. Va con nociones de clase y de orientación sexual. Ni hablar de cómo no se incluye a varones de grupos racializados. Esa práctica era una especie de apartheid y está bien terminarla. Celebro esta emergencia de las mujeres. Pero celebro todavía más que quienes quieran escribir encuentren ese espacio, sea mujer, no mujer, trans, rubios, racializados, las personas de menor poder adquisitivo –quienes tienen todavía menos posibilidades de entrar al medio. Romper ese apartheid y, de paso, terminar con la pobreza. Me parece una ambición justa y razonable. “¡¿Pero qué clase de entrevista es ésta?!”, dice la escritora cuando le pregunto exactamente en qué cree ella. Si configuramos la cotidianidad en creencias, era justo saberlo. No es enojo, al contrario, ríe mucho. “No sé en qué creo, pero debes saber que me hace feliz compartir momentos con la gente que amo.” ¿Y el amor? “Concuerdo con un escritor compatriota mío, Julián López: el amor es la ilusión de los mamíferos”. Uno no puede desaprovechar oportunidades como ésta cuando se trata de formar escritores jóvenes. A diferencia de muchos escritores de nivel internacional, Cabezón Cámara prefiere no desenvolver fácilmente el discurso, medita mucho y se retrae más hacia el lugar seguro. Como quien entiende que el activismo y las fuerzas de combate están en otro lado. Pero, de ahí a encontrar tibieza, es un largo camino. Lo sé porque le da a Karime un consejo para ser escritora y periodista: “Las mujeres deben crear redes. Te van a tratar como subalterna o como puta —desde un lugar despectivo hacia las putas— o como tonta. Hay que hacer redes con otras mujeres y personas diversas y muchachos que no sean machirulos.”

El mediodía ya quedó atrás en Argentina. Aquí la mañana golpea la ventana. Nos reímos porque la propuesta, en la segunda parte, era saber más de ella como persona y no tanto como escritora. La Literatura ya no fue lo estelar. Sin embargo, advierte que las candidaturas a los premios mencionados al inicio la hacen feliz.“Generan lectores. Estoy muy agradecida con ello. Es increíble que me manden mensaje lectores de Suiza, por ejemplo o de países que uno ni si quiera se imagina visitar algún día.“

Le pregunto si es cierto que, como dice Lilia Barajas, la edición de Nitro/Press de La Virgen Cabeza es de su especial agrado. La portada simula un estanque de carpas. “La edición argentina también me gusta mucho, pero sí, la de Nitro/Press me parece especial.”

Sirva esta entrevista para recordarle a Gaby Cabezón Cámara que prometió pasar por Puebla cuando vuelva a México. Micheladas y pulque fueron las condicionantes del trato. “¡Me gusta mucho México! De allá es mi mejor amiga y, antes de la pandemia, aprovechaba para ir cuando pudiera.”

Nos despedimos y a sus espaldas se escuchaba cómo rompía la última ola de mar.

Esta entrevista contó con la colaboración de Karime Montesinos.

Fuente: Neotraba / Original aquí.

Comments are closed.