Las dramáticas últimas horas de un líder social en Colombia

Estremecedor relato del cronista Juan Miguel Álvarez sobre una de las tragedias de este 2020 en nuestro país hermano, Colombia.

Por JUAN MIGUEL ÁLVAREZ / BaudóAP  

ilustración: Angélica Correa Osorio

Ciudad de México, 31 de diciembre (MaremotoM).- “Noche de domingo. El calendario marca el 29 de julio de 2018. En el televisor corre el noticiero. En una casa con paredes de esterilla y piso de tierra están sentadas al comedor dos mujeres. Mamá e hija. 44 y 19 años. La luz amarrilla del foco cae recta sobre las cabezas. La puerta que da a la calle está abierta para que el aire corra. La hija se lleva la cuchara a la boca, conversa, sonríe. Luego, ambas ven pasar una moto que avanza lento. Lleva dos hombres jóvenes que miran hacia el interior de la casa”.

“Buscan algo, pero siguen de largo. La hija vuelve a concentrarse en su plato. La mamá, en cambio, siente incertidumbre o miedo, siente que una fuerza invisible le jala el pelo como si le quisiera advertir algo. No sabe de nadie que le quiera hacer daño a ella o a su familia, pero el caserío está peligroso. Hace menos de nada asesinaron a un vecino llamado Herminson y la gente se encuentra intimidada.

Esto sucede en la inspección de Fragüita, tres horas al sur de la ciudad de Florencia. Desde hace unos meses rondan hombres armados con fusiles y pistolas. Son antiguos miembros de las Farc que no se acogieron al proceso de paz, que se quedaron como disidentes y reinan al sur del piedemonte amazónico. Vigilan que continúe el negocio del cultivo de coca y la minería contaminante de oro en la orilla del río Caquetá.

Minutos después, la moto vuelve a aparecer y se detiene. El parrillero se baja y saluda desde el marco de la puerta. Con una voz suave, casi adolescente, pregunta por el señor Raúl Buitrago Perdomo, esposo y papá de estas dos mujeres.

—¿De parte de quién? —pregunta la mamá. El joven da un nombre al azar: Edgar Quiñones. La mamá dice que Raúl no se encuentra en la casa, que está en una reunión.

—¿Para qué lo necesitan? —vuelve a preguntar la mamá.

—Es un tema personal.

La hija se para del comedor y descarga el plato vacío en la cocina. De espalda a la puerta, escucha que el joven vuelve a preguntar por su papá. Ella se voltea y lo mira con detalle: el joven es alto y grueso, de piel morena. Luce motilado militar, pero con el pelo de los parietales decorado con caminos de cuchilla. Viste camisa oscura y pantalón negro. Y ella cree distinguir que porta una navaja sujeta de la correa.

—No está. Anda en una reunión —contesta ella.

Raúl es el vicepresidente de la junta de acción comunal de Fragüita y desde la media tarde ha estado discutiendo los gastos de la junta, el presupuesto del caserío.

El joven da media vuelta sin despedirse. La moto arranca.

Ambas quedan preocupadas y ahora es la hija quien siente un vacío en el pecho. La mamá le pide a la hija que vaya por Raúl a la reunión, que le advierta de esos dos hombres. La hija sale de la casa y camina pegada a las paredes para que no la vean. No hay alumbrado público y las vías son de piedra molida. Una cuadra después, ve pasar a la moto a toda velocidad. La hija pregunta por Raúl en la casa del presidente de la junta. Le dicen que ya se fue y que no saben para dónde.

La hija se dirige, entonces, hacia la casa de la tesorera de la junta y cuando está a punto de tocar la puerta vuelve a pasar la moto. La hija sigue derecho para que los jóvenes no vean en qué casa va a tocar. Más adelante dobla por una bocacalle y se regresa hacia la casa de la tesorera. Raúl está ahí adentro, sentado. La ve y le sonríe. La hija le hace señas para que se desprenda de la reunión y vaya con ella. Raúl no hace caso y se queda sentado. Para ese momento, la hija ya está muy asustada. Los jóvenes de la moto le parecen amenanzantes y ha visto que entraron al billar del frente. La tesorera nota que la hija de Raúl está sobresaltada, presume que algo malo sucede y cierra la puerta. La hija avanza hacia donde Raúl y le habla de esos dos jóvenes, le dice que ni ella ni su mamá saben quiénes son. Lo cual es una rareza porque en esa localidad todos se conocen. Son menos de 1000 habitantes.

—¿Y qué les dijo su mamá? —pregunta Raúl. La hija le resume el momento en que los dos jóvenes fueron a la casa. Que era para un tema personal y de parte de un tal Edgar Quiñones. Raúl dice no haber escuchado ese nombre antes.

Transcurre media hora, tiempo en el que la hija, Raúl y la tesorera especulan quiénes pueden ser los de la moto y para qué lo buscan. Pasadas las ocho de la noche, suena dos tiros en la calle. Alarmada, la hija se le tira encima a Raúl creyendo que habían disparado a través de la puerta. Raúl se ríe con nervios, mira a su hija y dice:

—Qué hija tan berraca tengo yo.

Transcurre otra media hora y el marido de la tesorera abre la puerta y ve que ya no hay nadie por ahí. En el billar tampoco se ve gente. La hija llama a su mamá por el celular, pero no contesta. Le dice a Raúl que espere, que ella va a ir hasta la casa a hablar con la mamá para decidir qué van a hacer. En el camino, la hija se topa con su esposo y ambos van a la casa de la mamá. Lo primero que la mamá les pregunta es por los dos disparos. La calman diciéndole que esos tiros no fueron para Raúl. Conversan las posibilidades, pero no saben cómo actuar, no saben qué indicarle a Raúl, no saben qué es menos riesgoso. La mamá le dice a la hija que le pida a Raúl que pase la noche en la casa de la tesorera, que espere a que salga el sol porque las calles están muy oscuras. Al otro lado del auricular, Raúl responde que no, que no tiene por qué esconderse, que él no le debe nada a nadie. Para no contradecirlo, la hija le propone que la espere, que ella va a regresar por él y que la va a acompañar su esposo. Raúl acepta.

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La hija y su esposo salen de la casa de la mamá y caminan las dos cuadras que los separan de la casa de la tesorera. A punto de llegar, la hija ve la moto con los dos jóvenes al pie del billar. Como si nunca se hubieran ido. La hija le cuenta a su esposo. Su esposo le dice que llame a la mamá para que tenga la puerta abierta apenas vuelvan. Pero la hija decide regresar corriendo, mientras su esposo se queda medio escondido entre las sombras a unas dos puertas de la casa de la tesorera.

—¡Mamá, páseme las llaves! —grita la hija.

La mamá sale de adentro de la casa y le pasa las llaves. En eso suenan varios disparos. Cortos y secos. La mamá siente que es ella la que los está recibiendo. La hija se queda en blanco. Y en seguida escuchan un alarido. El desgarro de un hombre. La hija reconoce la voz de su esposo diciendo: “Lo mataron… lo mataron”. La mamá corre hacia la casa de la tesorera. La hija hace lo mismo, pero la detiene un tío que sale de una casa vecina. La hija grita desesperada: “papá…papá” y logra zafarse del abrazo del tío. Unos metros más delante de la casa de la tesorera ve a su mamá entregada al llanto, tirada sobre el cuerpo acribillado de Raúl. Y al verlo sangrante y muerto al pie suyo, cae en shock.

El esposo de la hija narra que él no se dio cuenta del momento en que Raúl salió de la casa de la tesorera y se puso a su lado. Se saludaron. El esposo le advirtió que ahí estaban los dos jóvenes de la moto que lo habían ido a buscar. Raúl le dijo que él no debía nada, que no tenía por qué tener miedo. Empezaron a caminar. Raúl, por la autovía de piedra molida. El esposo, pegado a la pared de las casas. De repente, un hombre se les acercó por la espalda y le disparó a Raúl siete u ocho veces. El esposo vio caer a Raúl, lo vio tendido boca abajo en el piso, miró el arma humeante y escuchó que el sicario le dijo “corra, por sapo”. Y eso hizo: a lo que le dieran las piernas.

La mamá, la hija y el hermano menor, que llegó corriendo a la escena, se quedan un rato largo acariciando el cuerpo de Raúl. Lo besan, lo abrazan. Lloran con furia. Los vecinos se agolpan en torno a la familia. Les dan ánimo. La hija alcanza a levantar la mirada y distingue entre los cuerpos erguidos las figuras de los dos jóvenes de la moto. Entiende que están comprobando la muerte de Raúl. La hija baja la mirada y cuando vuelve a buscarlos ya no los ve.

A pesar de que la gente llama, la policía nunca aparece. Nadie viene a hacer el levantamiento de Raúl. Y la mamá sabe que si ella no recoge el cuerpo, podrá quedar ahí tirado no se sabe hasta cuándo. Así que entre ella, la hija y su esposo, y el hermano menor cargan a Raúl hasta la casa. La mamá quita pocillos y enseres de una mesa rectangular, y la sitúa en el centro de la casa. Allí acuesta el cuerpo de Raúl luego de limpiarlo. Como la mesa no es muy larga, las piernas de Raúl quedan en el aire. Lo velan esa madrugada y parte del día siguiente. Siempre pendientes de limpiar la sangre que escurre por las heridas. Luego tocan la puerta, son las autoridades judiciales. Se llevan el cuerpo para la necropsia. Al cabo de la diligencia, la familia le da sepultura.

***

En la noche del asesinato, varias paredes de la localidad vecina de Yurayaco aparecieron rayadas con letreros de aerosol que decían: las farc están vivas, frente 49. También pusieron nombres propios, uno de los cuales fue “Manuel”, quizás una referencia al fundador de esa guerrilla Manuel Marulanda Vélez. Al día siguiente, la prensa nacional tituló: “Los siguen matando: nuevo líder social es asesinado en Caquetá”, “Asesinan a Raúl Buitrago, defensor de reservas ambientales en Caquetá”, “No cesan los crímenes contra líderes sociales”. Según la plataforma de periodismo La paz en el terreno, este homicidio fue el número 223 de líderes sociales tras la firma del acuerdo de paz con las Farc. Quince días más tarde, los dos jóvenes de la moto fueron abatidos por el ejército, mientras se encontraban en el municipio vecino de Piamonte, al sur del Cauca. Y una semana después, la hija y su esposo debieron salir desplazados luego de que al esposo lo empezaran a intimidar tocándole la puerta de la casa, diciendo su nombre en voz alta y advirtiéndole que si no dejaba Fragüita le iba “pasar lo mismo que a su suegro”.

Raúl tenía 46 años y había sido cultivador de coca en una finca de dos hectáreas de su propiedad montaña adentro. Tras el acuerdo de paz, se afilió a la Coordinadora Nacional de Cultivadores de Coca, Amapola y Marihuana (Coccam) para acogerse al programa de sustitución de cultivos, pidió un crédito de 10 millones de pesos y se puso a sembrar plátano. Era miembro del comité ambiental de la asociación de agricultores Portales de la Fragua, se oponía a las exploraciones petroleras que vienen llevándose a cabo en la región y había denunciado la destrucción del río Caquetá por la minería mecanizada. Como vicepresidente de la junta, Raúl estaba al tanto de un dinero destinado para el acueducto que se había perdido en manos de algún líder de la comunidad.

Cuando los investigadores de la policía le preguntaron a la hija por qué creía ella que habían asesinado a su papá, contestó: “Yo sé que mi papá era lider social. Él iba a las reuniones para después informarle a la comunidad, a los campesinos del corregimiento y de la inspección. Considero que fue por hacer parte de esa asociación [Coccam]. Una mira tanta muerte de esos líderes, que los matan, los dejan por ahí botados y sin dar motivo. Mi papá nunca recibió una amenaza, nunca le dijeron váyase, nada”.

  • Este reportaje fue escrito por el cronista Juan Miguel Álvarez. La ilustración es de Angélica Correa Osorio. El autor ha ganado en dos ocasiones el Premio Simón Bolívar y escribió el libro Verde tierra calcinada.
  • Este trabajo fue publicado originalmente en BaudóAP agencia pública (https://baudoap.com/), el pasado 25 de noviembre, medio independiente que gestiona y desarrolla proyectos innovadores de cobertura periodística relacionados con medio ambiente; memoria, paz y conflicto; género e inclusión.

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