Fiestas de fin de año

Las fiestas de fin de año | El valor del tiempo

¿Es obsceno brindar en medio de una pandemia que multiplica las muertes? ¿Se trata de “pasar” las fiestas, como suele decirse, o de aprovecharlas para pensar en lo que se suele olvidar o soslayar en medio del ritmo vertiginoso en que vivimos? Por ejemplo, la posibilidad de cambiar las cosas.

Por Federico Lorenz

Ciudad de México, 1 de enero (MaremotoM).- Si no fuera por estos días en los que la actividad cesa debido a la Navidad, ¿cuánto tiempo le dedicaríamos a aquello que nos distingue como seres humanos, es decir, a amar (en distintos grados y formas) y a pensar? Creyentes o no, cristianos o no, místicos o escépticos, en esta parte del mundo el ritmo de la vida diaria se detiene o al menos aminora su velocidad para que nos encontremos con quienes vamos a celebrar o, por lo menos, pasar las Fiestas.

Entre la Nochebuena y el Año Nuevo disponemos de una semana, quizás un poco más, durante la que dedicamos tiempo a reunirnos con los demás. Tiene mucho de exigencia, desde ya. La extensión de lo que inicialmente era una ocasión religiosa a los distintos ámbitos de sociabilidad hace que los encuentros de fin de año arranquen a mediados de diciembre, a veces antes, transformándose en una exigencia más. Sin embargo, todas esas ocasiones son otras tantas marcas de dos elementos muy importantes por su escasez: la certeza de una dimensión espiritual en la que los recuerdos y los lazos se nutren y nos aguardan y la recuperación de la idea de que el tiempo, en tanto construcción humana, es algo modificable a nuestro favor y no solo otro eslabón que hemos forjado para nuestra cadena.

Hay mil objeciones a estas ideas: el carácter mercantil que han adquirido hace tiempo las festividades; para algunos, la pérdida de su sentido religioso (¿quién canta hoy un villancico?), lo europeo céntrico del asunto, visible en la ingesta de cantidad de comidas pensadas para el clima propio de otro hemisferio; la enorme asimetría que hace que miles de congéneres no tengan nada con qué celebrar, o nada que festejar. Todas esas refutaciones son válidas y no pretendo discutirlas, porque esta no es una reivindicación de la Navidad ni del Año Nuevo, sino de momentos que nuestra cultura ha construido para que allí pasado, presente y futuro, los ausentes y los presentes, se encuentren. Para que la idea de la finitud ante las ausencias potencie el deseo de la vida; para que el recuerdo de momentos felices nos lleve a buscar otros, para que la introspección ponga los dolores en perspectiva.  Pienso que solo eso, vale la pena después de casi dos años de vivir bajo pandemia, lo más parecido a algunas de las grandes catástrofes colectivas que llevaron a la Humanidad, en el pasado, a esperar el Apocalipsis, quizás, pero lo que me interesa más, a soñar futuros posibles, y actuar en función de ellos.

 

No es obsceno brindar en medio de la Muerte, si dedicamos un minuto a pensar en los que ya no están, los que conocimos, y los que no, los que quisimos, y aquellos que ni siquiera son un nombre en nuestra memoria, pero sí en la de otros semejantes. No es obsceno, es la vida, y por eso en tanto tal debe ser honrada. Las fiestas, que podemos vivir y no solo pasar, son un momento, entonces, para recordar que somos humanos, y hacer algo con eso. Lo cierto, entonces, es que cada una de las posibles objeciones a la reivindicación de un tiempo para detenerse y celebrar, anclado en una celebración en particular, tiene una respuesta y no solo no impugnan, sino que alimentan la idea central que me interesa desarrollar: que durante unos días el cambio en el ritmo del mundo que vivimos, al menos por unos días, es tangible y vivible.

 

No es esa una oportunidad para despreciar. Porque casi todo está hecho, durante la mayoría de nuestros días, para construir, por acumulación, la idea de que las cosas no se pueden modificar, que el día a día es el orden natural de las cosas. Pero justamente la reinterpretación de una celebración milenaria, su re significación simbólica y social, es el mejor ejemplo de esto que señalo: que los cambios, aunque demanden mil años, son posibles. Hace tiempo que el capitalismo, con esa nueva herramienta que es la digitalización del mundo, nos viene robando el tiempo, al volverlo mercancía y a nosotros con él. No deja de ser algo para celebrar entonces que algo tan antiguo como una superposición de festividades de distintas religiones y tradiciones, más propio del pensamiento mágico, tenga aún la fuerza para señalar que hay otras formas de pasar el tiempo, que es el primer escalón para recuperar la facultad de vivir el tiempo. Puede parecer un juego de palabras, pero en realidad es una cuestión fundamental. Las personas dominadas por ritmos ajenos a ellas pierden contacto con el mundo. Mientras tanto, la información que llega en distintos formatos por diferentes medios digitales va, de a poco, reemplazando a la realidad como la conocemos. La virtualidad reemplaza a la experiencia sensible y tangible, en una nueva y placentera forma de alienación: dejamos de ser personas para transformarnos en algoritmos leídos por una plataforma que nos ofrece música, películas o libros. “Aparecen”  en nuestras redes ofertas de aquellas cosas que hemos intentado encontrar mediante algún buscador minutos antes. Creemos que buscamos información, nos volvemos adictos a ella, la consumimos, la compramos, pero es ella la que nos busca a nosotros. Estamos siendo cazados, reunidos en un enorme corral alojado en algún servidor. Una celebración, la marca ritual del tiempo de lo sagrado, es un agujero en esa red, es la llamada de la selva, un eco que nos repite que  el tiempo tiene otra duración y que nos devuelve al mundo específicamente humano de la memoria y de los afectos.

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Hablaba de cambios que toman mil años. Una forma de traducir esto es, por ejemplo, pensar que iniciaremos proyectos, nos embarcaremos en acciones colectivas, cuyas consecuencias, probablemente, no disfrutaremos nosotros. Hacemos bromas sobre esto: las “promesas de Fin de Año”. Bienvenidas sean. Porque proyectamos todo el tiempo. Somos humanos por proyectar, esa mezcla de deseo, imaginación, e inteligencia puesta a su servicio. Lo hacemos, por ejemplo, para nuestros hijos. Para los demás, para los que nos sucederán. Imaginar esa sucesión, ese ceder la posta, es una idea muy potente.

Pensemos en una noche, esperando que den las doce, para que sea Navidad, para que sea Año Nuevo. ¿Qué quiero darte, hijo? ¿Te gustó este libro que te recomendé, hija? ¿Recordará alguno de mis estudiantes lo que hablamos en nuestras clases, dentro de veinte o treinta años? ¿Será mejor todo cuando yo ya no esté? Abuelo, te sorprendería la cantidad de veces que les hablé de la Colección “Robin Hood” a mis alumnos, esos libros amarillos que están ahora mismo a mis espaldas y que durante años, encontré cada Navidad en el arbolito (sí, esa tradición del  Norte; sí, ese tipo vestido de rojo que antes era verde y que una marca de gaseosa cambió aparentemente para siempre). Papá, pude entenderte, creo que ni siquiera necesito perdonarte. Y así, cada uno de nosotros, inicia su cuenta regresiva hacia sus doce, de este año.

En estos días, como soldados que regresan de una incursión en las líneas enemigas, revisamos si estamos enteros. Quiénes han vuelto y quiénes no. Quiénes nos faltan. Los que volvemos, recordamos a los que ya no pueden hacerlo, que es la forma en la que permanecerán entre nosotros. El paso del tiempo los embellecerá, triste privilegio de los muertos.

¿Lo recuerdan? Hace poco menos de dos años, en esta parte del mundo hacíamos bromas sobre los murciélagos de Wuhan. La vida tiene extrañas maneras de darnos lecciones. No todos evocaremos ese verano de 2019, las vísperas de la pandemia, con el mismo ánimo. Muchas, muchas familias están cargadas con dolores nacidos de la peste, otras tantas están agotadas del esfuerzo por evitar el daño económico. No hay año en los que alguna familia no celebra una llegada, o haga el duelo por una ausencia reciente; sin embargo, son pocas las ocasiones en que millones de ellas están afectadas por el mismo suceso: una guerra, una catástrofe colectiva, un virus agresivo y letal. Es una clara advertencia de que estamos todos embarcados en la necesidad de mejorar este mundo.

“Las fiestas”, como un bajo continuo, atraviesan esos distintos acontecimientos están atravesados por las fiestas, ubicados en las cronologías que hemos inventado para medir el tiempo y narrar la Historia. Estos son buenos días también para eso. Contar, usar la palabra, lo que nos hace humanos. Dar, recibir, lo que nos lleva a reconocernos en los demás. Recuperar el tiempo, en estos días en los que todo parece más lento. No es una ilusión. Es la señal de que hasta cierto punto, nuestras horas, hasta las vísperas de la última, son lo que decidamos hacer con ellas.

Fuente: Socompa / Original aquí.

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