Imanol Caneyada

Las instituciones de justicia en México están diseñadas para que no funcionen: Imanol Caneyada

Mezcla de géneros, Fantasmas del Oriente refleja lo que es siempre motivo esencial para el autor: el racismo mexicano y cómo contar la historia más allá de lo oficial.

Ciudad de México, 23 de marzo (MaremotoM).- Un hombre tiene que tener edad para escribir novelas. Eso es lo que le pasa ahora a Imanol Caneyada, un escritor vasco pero devenido mexicano, que vive en Aguascalientes y que ha realizado Fantasmas del Oriente (Planeta)

Claro que Caneyada es un escritor a tiempo completo y que ha sacado libros fantásticos como La fiesta de los niños desnudos (Tusquets)  y 49 cruces blancas (Planeta), pero en este libro y en este tiempo pareciera ser que el autor está dispuesto a una nueva vida y a una nueva mirada sobre su obra.

Mezcla de géneros, Fantasmas del Oriente refleja lo que es siempre motivo esencial para el autor: el racismo mexicano y cómo contar la historia más allá de lo oficial.

Como Julián Herbert (La casa del dolor ajeno), como Beatriz Rivas (Jamás, Nadie), Imanol trata aquí el tema de los chinos que llegaron al norte de México y que son convertidos en esclavos en las minas de Sonora.

“Con astucia y tras años de intenso trabajo, los hermanos consiguen la libertad y amasar una pequeña fortuna como comerciantes, pero el gobierno posrevolucionario muy pronto les recuerda que no son bienvenidos”, narra la sinopsis.

“Cien años después de que a su familia le fuera robado todo, Iturbide Ayón regresa a Sonora para reclamar justicia. En una batalla personal por recuperar su legado, Iturbide cruzará su camino con el de Leonor, una inexperta policía ministerial que enfrenta sus propios estigmas por ser el único elemento incorruptible de la corporación. Juntos descubrirán que el racismo que una vez casi acaba con la familia de Iturbide está más presente que nunca y amenaza con poner en riesgo su vida”, cuenta la novela, en algo que no es venganza, sino justicia.

–Has hecho una novela histórica, con una novela de aventuras y en el medio una novela negra… ¿esa fue la intención?

–Sí, fíjate que sí, la idea de que convergieran varios géneros, quería que fuera una novela histórica pero no me sentía cómodo ni capaz. Esta idea de la novela de aventuras, que tenía muchas ganas de poner a los personajes de viajar y la idea de divertirme porque venía de 49 cruces blancas. La voz de los personajes, divertirme un poco con ella, encontré este tono más ligero, fársico, está planteada como una especie de juego, a pesar que está atravesada por el racismo y por el machismo.

–Tanto Beatriz Rivas como Julian Herbert escribieron sendos libros en homenaje a los chinos…cuesta mucho acercarte históricamente a esto, ¿verdad?

Hay investigaciones tremendas, pero están en círculos muy reducidos y especializados. Hay artículos especializados, que enfocan temas muy específicos de todo este terrible episodio histórico de México al principio del siglo XX. Me parece muy sano que la literatura coquetee con temas históricos desde la ficción. La ficción es muy poderosa para poner estos temas sobre la mesa. Hace falta más divulgación, para que llegue a los mexicanos, porque la construcción del relato histórico tiene un montón de omisiones. El poder excluye a un montón de grupos que colaboran a construir una identidad mexicana. Tenemos una concepción los mexicanos demasiado de víctima. Pero no de victimarios. Hay muchos episodios de la historia de México que nos muestra como victimarios, como los de China, como los japoneses, como los alemanes y en la actualidad el tema de los centroamericanos.

–Una de las cosas que me desunen de los argentinos que vinieron durante el tiempo de la dictadura, es que siguen alabando a México como el gran recibidor de extranjeros y no vemos precisamente el trato que se da a los centroamericanos…

–Sin dejar de reconocer la generosidad en determinado momento, con los argentinos, los chilenos, los españoles, también hay que decir que México ha sido selectivamente generoso. No ha recibido con los brazos abiertos a otras comunidades y nacionalidades, nuestra generosidad empieza a flaquear. Incluso a nivel interior, el trato que se le ha dado a las comunidades indígenas en México. Tuvo que haber un levantamiento armado en Chiapas, en 1994, para que la sociedad mexicana reconociera que había otros pueblos en México.

Imanol Caneyada
Falta divulgación de los hechos históricos. Foto: Cortesía

–Claro que mucho de ese reconocimiento me parece más simbólico, que práctico

–Totalmente. Tenemos pueblos originarios de museos. Tenemos grandes museos dedicados a la cultura prehispánica, el orgullo del pueblo azteca, de los pueblos mayas, tenemos un Instituto de Antropología e Historia muy grande, con enormes presupuestos, pero es como ahí, en el museo. Cuando se trata de las comunidades de carne y hueso desaparece este orgullo y los seguimos viendo con mucho desprecio como indios.

–¿Iturbide Ayón es una persona vengativa?

–Fíjate que no. Yo lo veo más como un justiciero. Es muy ingenuo, quijotesco, disparatado. Alguien que enarbola la verdad histórica en este afán por reivindicar a sus antesapasados. Por momentos, el personaje nada en las aguas del absurdo total.

–La policía no servía para nada desde hace bastante

–Toda esta parte del sistema de la estructura de poder, en esta novela desde el humor están retratadas de manera muy cáustica. Hay un mecanismo que funciona en México de manera muy compleja para que no funcione. Las instituciones de justicia en México están diseñadas para que no funcionen.

Imanol Caneyada
Fantasmas del Oriente, editada por Planeta. Foto: Cortesía

Fragmento de Fantasmas del Oriente, de Imanol Caneyada, con autorización de Planeta

UNO

El hombre que caminaba por la calle Serdán con una lona bajo el brazo y una mochila a la espalda se llamaba Iturbide Ayón. los ojos, entrecerrados por los rayos del sol de esa mañana de principios de febrero, rasgaban su cara de pómulos saltones: una reminiscencia genética que muy pronto terminaría por meterlo en serios problemas. Si ese hombre estaba vivo, si cuarenta y cinco años atrás había sido un feto expulsado a tiempo del vientre de su madre en un hospital de Mexicali, era porque su abuelo, toda su vida, se había comportado como un canalla. el apellido del hombre que caminaba por la calle Serdán con una lona bajo el brazo derivaba del cantonés Yang, convertido en Ayón por una cuestión de supervivencia. Iturbide cargaba con un nombre que en realidad no era un nombre sino un apellido. Su padre, ya en el lecho de muerte, le confesó que el funcionario del registro civil que le había conseguido el acta de nacimiento falsa a cambio de una buena cantidad de dólares le había gastado una terrible broma. Póngale a su hijo el nombre más patriótico de los nombres para ahuyentar toda sospecha. ¿Cuál es ese nombre?, preguntó el padre. Iturbide, en honor al primer emperador de México. Y así quedó en el papel, Iturbide Ayón Ley, nacido en los Algodones, Baja California. Realmente el hombre que acababa de reanudar su marcha sobre la calle Serdán con una lona bajo el brazo había nacido en el barrio chino de Mexicali. En 1933, su padre, Juan Ayón (Yang Jen), en brazos de su madre, la prostituta Dolores lizárraga, y el abuelo de iturbide, Yang Gao, pudieron escapar de las Guardias Verdes gracias al derecho de pernada que se atribuyeron los cruzados. Mientras los nacionalistas antichinos violaban a las putas del prostíbulo regentado por el abuelo Gao, ellos pusieron pies en polvorosa hasta llegar a Mexicali y esconderse en la Chinesca. El hermano de Gao, Yang Tao, no corrió con la misma suerte.

Iturbide Ayón cruzó la calle cuando divisó el letrero que atravesaba la fachada de unos grandes almacenes que ocupaban media cuadra: «electrodomésticos Garzón». Observó los amplios escaparates que exhibían lavadoras, secadoras, licuadoras, bicicletas, motos, cortadoras de césped, hornos de microondas, estufas. Sonrió para sí, una sonrisa que vaticinaba un terremoto en esa calle del centro de Hermosillo donde habían asesinado a su tío abuelo ochenta y cuatro años antes. Se situó frente a la entrada de la tienda, desplegó la lona de dos metros de largo por uno de ancho, la extendió en el suelo y se sentó a un lado con las piernas cruzadas y la mirada perdida en el horizonte.

En la lona estaba escrito con letra de imprenta roja sobre un fondo negro el siguiente mensaje: “Exijo que la familia Garzón le devuelva a la familia Yang todo lo que le robó hace ocho décadas y pida perdón”.

Nada más decía el texto, de cuyas letras escurría la tinta roja como si goteara sangre. Un efecto que a Iturbide le pareció muy significativo. Ayón había ensayado muchas frases, había puesto y quitado palabras hasta dar con esa oración compuesta, síntesis de una historia turbia y silenciada que muy pronto saldría a la luz, al menos, eso pretendía. Comenzó a estudiar la reacción de la gente que pasaba frente a la lona. Sufrió una pequeña decepción: la mayoría, absorta en sus celulares, continuaba su camino sin prestar atención al mensaje. Recurrió al rasgo de sus antepasados más significativo: la paciencia. Respiró profundamente varias veces y se dispuso a esperar.

Dos horas después, tiempo en el que poco a poco sintió que se convertía en asfalto, seguía sin suceder nada. Le dio sed. De la mochila extrajo un termo y se sirvió un poco en la tapa, que hacía las veces de taza. Al darle el primer sorbo, frente a él se detuvo un sujeto no muy alto, no muy gordo, no muy feo, no muy moreno, no muy canoso. Transmitía una sensación de curiosa insignificancia. Vestía un gastado traje negro de dos piezas, camisa blanca y corbata floreada, algo inusual en esas latitudes. los ojos, cafés y crueles, contradecían su aspecto. Estudiaba a Iturbide Ayón con una inverosímil piedad, como si la repulsa que le provocaba fuera una forma de redención.

Disculpe, caballero, ¿podría regalarme un poco de café, si es usted tan amable?

es té, té de jazmín. El sujeto se encogió de hombros.

Lástima que no sea blanco, dijo. El té blanco está considerado en Oriente la bebida de la inmortalidad, elixir de los dioses, pero su producción es muy escasa hoy en día. Regáleme un poco, si no le importa, insistió.

El hombre leyó el reclamo extendido en el suelo, alzó la vista a la fachada de los grandes almacenes, volvió a leer el mensaje y sonrió afablemente. Sus labios conservaron unos segundos la sonrisa mientras sus ojos opacos la desmentían. Iturbide no supo muy bien si estaba ante alguien inofensivo.

¿Sabía usted que hubo un tiempo en el que los consideraban una amenaza, la amenaza amarilla, una peste venida de Oriente? Imagino que sí, por eso está usted aquí, ¿verdad? Muy interesante, muy interesante. Pero la familia Garzón es muy poderosa en esta ciudad, también lo sabe, ¿verdad? Solo tendrían que tronar los dedos para hacerlo desaparecer.

El hombre hizo una pausa, parecía considerar sus palabras. Por eso apruebo su dignidad y su valentía, aunque lo pongan en peligro. Soy Adalberto Capomo, maestro jubilado. ¿Me regala un poco de té? Aún traigo el frío de la noche en los huesos.

Iturbide le sirvió del termo en la taza de plástico que además servía de tapa. El señor Capomo se estremeció con el brebaje y se sentó al otro extremo de la lona.

Si no le importa, le haré compañía, soy un viejo con todo el tiempo del mundo. Me gustaría ser testigo de este experimento que acaba de echar a andar. Los pasos que lo han traído hasta aquí son añejos. Hay mucho dolor y sufrimiento detrás de esas palabras, silenciados, invisibles. Y luego está el olvido, ¿verdad? Olvidamos pronto, lo olvidamos todo; la memoria nos duele, nos estorba, y quién quiere tener un pasado cuando podemos disponer del futuro a nuestro antojo, ¿verdad? Pero usted ya sabe todo eso, de otra forma no estaría aquí. También sabe que a nadie le gusta que desentierren a los muertos, ni a los propios muertos. Olvidamos pronto, sí, murmuró Iturbide. Tiene mucha razón, pero le juro por la memoria de mi abuelo Yang Gao que de aquí no me mueve nadie hasta que le regresen a mi familia lo que le pertenece y pidan perdón por lo que hicieron.

Adalberto Capomo le extendió la taza a Iturbide de forma reverencial y le indicó con el mentón que le sirviera más. Iturbide obedeció a pesar de su deseo de que el hombre aquel se largara. el señor Capomo se encogió de hombros dando por terminada la charla. Se puso a tararear “Por una cabeza”.

Para entonces media docena de viandantes había reparado en la escena y aguardaba alguna clase de desenlace. un estudiante de preparatoria había grabado con su celular buena parte de la conversación. una hora después colgaría el video en sus redes sociales…, la maquinaria virtual se ponía en marcha.

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el tumulto alertó al guardia de seguridad de electrodomésticos Garzón. Se acercó a la estrafalaria pareja y leyó el mensaje escrito en la lona. La situación sobrepasaba su entrenamiento. El guardia de seguridad no era dado a tomar la iniciativa, así que prefirió regresar a su puesto. En ese momento, el gerente matutino cruzaba furibundo la tienda, indignado, colérico, pues se trataba de un hombre de su tiempo.

¿Qué hace ese par de indigentes en la entrada del negocio?

Córrelos ahora mismo.

Disculpe, señor Iruretagoyena, pero no están haciendo nada malo dentro de la tienda, ahí en la calle yo no puedo hacer nada, tendrá que llamar a la policía.

Para lo que sirve la policía en esta ciudad…

el señor Iruretagoyena libró las escalinatas de la entrada y se plantó frente al mensaje. Después de leerlo espetó a los intrusos: No sé qué broma es esta… Tú, chamaco baboso, deja de grabar. Ahorita mismo agarran sus cosas y se me largan.

El señor Capomo, en un tono didáctico que delataba sus años en el aula, aludió al derecho de libre tránsito y al de la libre manifestación consagrados en la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos.

¿Hay alguien por encima de usted en el negocio?, preguntó Iturbide.

¿Pero qué dices? No, no hay nadie, soy el gerente matutino; bueno, sí, los dueños del negocio, pero ahora no se encuentran. Váyanse a la chingada de aquí y no vuelvan nunca.

¿Podría decirles a los señores Garzón que no pienso moverme hasta que no cumplan con mi petición?

¿Qué es…?, quiso saber el señor Iruretagoyena.

Que le regresen a la familia Yang lo que le pertenece por derecho. es decir, la tienda completita de la que usted es gerente matutino, si tenemos en cuenta los intereses acumulados en ochenta años.

La media docena de curiosos se había convertido en una docena. Tras sus celulares escondían un gesto colectivo, como si todos coincidieran en que en ese instante se encontraban en otra ciudad, en otro país. Alguien, oculto entre los morbosos, gritó:

¡Pinches Garzones corruptos!

Disculpe, dijo el gerente matutino, nervioso ante tantas cámaras, no me había dado cuenta de que usted sufre alguna clase de discapacidad mental; pero en electrodomésticos Garzón no discriminamos a nadie, ni a usted, agregó señalando al señor Capomo. ¿Por qué no le pasan a mi oficina y charlamos con calma de sus necesidades? Seguro que encuentran algo que les interese entre nuestra extensa gama de electrodomésticos.

No, no, no, ni lo sueñe, dijo Adalberto mientras se ponía en pie. No creo que mi presencia ahí dentro tenga alguna utilidad, ¿cierto? Aquí lo espero, joven Yang, no vaya a ser que ya no salga. lo acompaño con mucho gusto, dijo Iturbide, siempre y cuando me asegure que podré hablar con los señores Garzón.

Por supuesto, horita mismo los mando buscar. Y ustedes, mitoteros, ya váyanse, que espantan a la clientela.

Iturbide Ayón se introdujo en electrodomésticos Garzón con una solemnidad pacata, como si el espíritu de su antepasado Yang Tao lo contemplara desde una pantalla plana o una lavadora vertical.

DOS

La cadera de Leonor no terminaba de acostumbrarse al peso de la pistola, una Glock 30 que el comandante le había vendido al poco tiempo de incorporarse al servicio. No quiso saber cómo ni de dónde había salido esa arma, esa declaración de principios, como solía decirle su jefe mientras sonreía dúctil; una mueca que parecía condensar el abecé de la profesión, pero que al mismo tiempo insinuaba el desprecio que esta le provocaba, como si hubiera llegado a ella desnudo, huérfano, temblando de asco. Leonor, por el contrario, había elegido ese oficio con mucho de fe y de ingenuidad.

Diez años atrás, cuando estudiaba el último semestre en la preparatoria Venustiano Carranza de empalme —un puerto cuyo nombre indica una vieja circunstancia: nacer en empalme es como nacer en un taxi o en un avión—, cierto día un oficial de la policía municipal se presentó en la escuela a impartir una charla sobre sus funciones. Nadie en el salón de clases le prestó mayor atención que a una corriente de aire que hubiera atravesado la puerta y luego desaparecido. Pero a Leonor aquello de proteger y servir a los ciudadanos, incluso con la vida si era necesario, le despertó lo que a fin de cuentas pretendía aquella visita: una vocación. Después de la charla Leonor decidió hacer el servicio social en la comandancia municipal. Un factor, en apariencia intrascendente, fue que el oficial de policía le pareció un tipo irresistible, una especie de Pedro infante actualizado, con su pulcro uniforme y su sospechosa afición al bolero. Después

de cumplir con el servicio social y graduarse de la preparatoria, Leonor fue contratada como operadora de radio. Poco a poco se adentró en el mundo de las claves, los calibres, los fusiles, las pistolas, los informes, los llamados, la adrenalina, la sinfonía de sirenas en los operativos, además de perder la virginidad en el asiento trasero de una patrulla con el oficial. El sujeto estaba casado y después del sexo apresurado —tres minutos—, doloroso e insatisfecho —para ella—, él no volvió a dirigirle la palabra. Leonor, a sus dieciocho años, aprendió un par de cosas sobre los hombres que se prometió nunca olvidar. A causa de un retraso en la menstruación que anunciaba un bebé indeseado pero que terminó en un susto, se acercó a la iglesia evangélica Bautista a la que pertenecían sus padres y abrazó la fe con el fervor propio de una iglesia evangélica.

No es que la cadera de Leonor no se acostumbrase al peso de su arma. Más bien no se acostumbraba al contacto del metal y el polímero. A veces la chica olvidaba que llevaba la pistola colgada a la cintura. De repente sentía el cañón traspasar la tela y acariciar su piel como si fuera el dedo de un monstruo de las profundidades marinas, el tentáculo de un pulpo gigante, y respingaba. En general sus compañeros no se percataban del sobresalto.

esa mañana Leonor revisó su atuendo frente al espejo e hizo lo que hacía cada mañana: desenfundó la Glock al más puro estilo del Viejo Oeste, apuntó al reflejo y, como si enviara un beso al vacío, juntó los labios para murmurar un pum. Leonor nunca había disparado su arma contra una persona, de hecho, nunca había disparado su arma contra nada más allá de las siluetas en las prácticas de tiro, escasas debido a la austeridad presupuestal. Un año atrás se había incorporado al Departamento de Asaltos de la Agencia Ministerial de investigación Criminal (AmIc), por lo que se trataba de una novata a la que le asignaban comisiones menores: hurtos en casas perpetrados por adictos a la piedra, asaltos a viandantes, robos de celulares a estudiantes. Durante ese tiempo solo una vez echó mano de la pistola. Perseguían a un adolescente semidesnudo, loco de cristal, presunto responsable de una serie de asaltos perpetrados en la colonia Hacienda de la Flor. Leonor y su compañero Evaristo lo acorralaron en un callejón. el delincuente sacó un machete corto y lo blandió sobre su cabeza. los dos policías extrajeron sus armas y apuntaron al prófugo. Leonor, en apego al protocolo, trató de convencerlo de soltar el machete, de no oponer resistencia a la detención. El adolescente la observó como si contemplara un videojuego y le gritó a una presencia imaginaria que los burritos de frijol eran los más ricos del mundo mientras tasajeaba el aire con el machete. El agente Evaristo disparó tres veces. Un proyectil se incrustó en el pómulo izquierdo del machetero, dos más en el pecho. Leonor soltó un grito desgarrador. luego comenzó a caminar alrededor del cadáver como una autómata. Primero en un silencio de pólvora, después recitando el Salmo 7 por el alma del joven frito. Evaristo alcanzó a sacarla del trance sacudiéndola de los hombros mientras le gritaba que era el pellejo de ellos o el del malandro. Ya que logró recuperar la calma, Leonor le recriminó a su compañero que era un tarado: se trataba de un pobre chamaco asustado con un miserable machete, dónde quedaba eso del uso de la fuerza racional, oportuna y proporcional.

Acostúmbrate, le contestó Evaristo. Son órdenes del comandante, hay que matarlos en caliente. Con la pendejada del nuevo sistema judicial no hay manera de encerrarlos, así que… Evaristo no terminó la oración. Una turba de vecinos se había formado a su alrededor. Leonor vio en sus ojos una noche sin estrellas, un páramo oscuro y silencioso, una peligrosa ausencia de coraje. Los ojos de un robot la contemplaban. Sintió que se le secaba la boca, que tragaba en seco una lija. Para fortuna de Leonor aparecieron tres patrullas de la policía municipal, con lo que la reunión de vecinos se fue disipando como si hubieran sufrido un cortocircuito en sus cerebros y de repente no supieran por qué estaban ahí. Esa noche el comandante la convocó a su oficina y le habló de la confianza, el compañerismo, la necesidad de cuidarse las espaldas unos a otros. Leonor trató inútilmente de apelar a las enseñanzas de la academia y a los cursos de capacitación sobre el nuevo sistema acusatorio penal. El comandante replicó que en la teoría todo eso sonaba muy bonito, pero, en la calle, su vida y la de sus compañeros dependían de una respuesta rápida y contundente. la despidió pidiéndole que pensara muy bien si estaba hecha para la corporación, que tal vez ese no era su lugar, que casarse y criar hijos era tan emocionante como una carrera en la policía. Eso también se lo decían su madre y el pastor de la congregación, cuyo hijo la había acosado hasta que se mudó a Hermosillo para ingresar al instituto Superior de Seguridad Pública del Estado. Al día siguiente, el comunicado de la Fiscalía General de Sonora detallaba que dos agentes de la Agencia Ministerial de investigación Criminal, cuando se hallaban en el cumplimiento de su deber, fueron sorprendidos por tres presuntos delincuentes fuertemente armados, por lo que, al responder a la agresión en legítimo uso de la fuerza, lograron abatir a uno de ellos mientras que los otros dos se dieron a la fuga.

Desde entonces Leonor transitaba por el oficio como si ante ella se extendiera un lago congelado cuya frágil superficie se resquebrajaría bajo la mínima presión. La chica apestaba a rectitud, a honradez, a decencia. Un hedor parecido al de la guayaba, no había forma de ocultarlo. Acababa de cumplir un año en la agencia, pero el comandante la mantenía alejada de los grandes casos y de su anhelo más secreto: el Departamento de Homicidios.

Esa mañana abordó su vieja pick up Silverado, herencia del padre, roja y brillante, un viejo símbolo de algo que a Leonor le daba algún tipo de certeza, y se puso rumbo a la base como cada mañana. Al llegar, veinte minutos después, la secretaria le informó que el comandante la esperaba en su oficina.

el comandante era muy joven para el cargo, acababa de cumplir los cuarenta. Reunía todos los requisitos para la nueva imagen de la recién creada Fiscalía General del estado en sustitución de la Procuraduría de Justicia. Era licenciado en derecho, era delgado, era alto y fotogénico. Los viejos judiciales, corruptos y brutales, a sus espaldas lo llamaban el Cura. Y a Leonor, cada vez que se sentaba frente a su jefe, le daba la sensación de, en efecto, estar frente a un sacerdote católico lascivo, de esos que poblaron su niñez antes de la entrega de sus padres al culto evangélico.

Tengo un caso para usted, le anunció. Nos ha llegado una denuncia formal de los Amigos del Parque Metropolitano por el robo sistemático de tortugas y patos de la laguna del mencionado parque. Hágase cargo. Como tenemos un montón de carpetas de investigación en curso y muy poco personal, no le asignaré a ningún compañero; está sola en esto.

¿Robo de patos y tortugas, comandante? ¿está hablando en serio?

Por supuesto. Como le dije, se trata de una denuncia formal de una asociación muy respetada. Algunos de sus integrantes son personas allegadas a la señora gobernadora, así que espero que descubra a los ladrones o la causa por la que están desapareciendo los animalitos.

Con todo respeto, comandante, pero este robo le corresponde a Abigeato, ¿no le parece?

Técnicamente el abigeato es el robo de ganado, categoría en la que no entran ni los patos ni las tortugas. espero que encuentre rápido a los culpables, imagino que han de ser unos adolescentes haciendo travesuras.

O alguien que odia a los patos y las tortugas, apuntó Leonor.

No diga tonterías, agente. ¿Quién puede odiar a los patos y las tortugas?

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