Las mudanzas, los fantasmas y los gatos

Santiago de Chile, 21 de marzo (MaremotoM).- Las mudanzas ocupan un puesto privilegiado en la lista de circunstancias que desencadenan divorcios, mano a mano con enfermedades, desocupación o los cimbronazos que provoca la cuarentena. En lo personal, las mudanzas me gustan, particularmente el preliminar de la búsqueda. Es una lástima que los “temas de seguridad” prohíban en casi cualquier ciudad del mundo tocar directamente el timbre donde aparece un cartel de venta o alquiler. Pasar por una inmobiliaria, por el contrario, supone una mujer que coordine la visita a la propiedad (pocos hombres realizan el trabajo proletario de mostrar la casa). Lo que disfruto, seré honesta, es entrar en una casa ajena, en especial si permanece ocupada. Los espacios tienen su carácter, siempre conservan indicios que se resisten a la intención de sus habitantes cuando tienden las camas o cierran armarios desordenados en atención a las visitas. Descarto lo evidente: profesión, intereses, edad, hobbies. Esas señales se expresan abiertamente y, por lo tanto, solo reclaman cualidades interpretativas básicas. Una vez visité un departamento que compartían cuatro amigos jóvenes, muy bien portados, como dijo la mujer de la inmobiliaria, subrayando el orden y la discreción que reinaba en el lugar. Los equipos para hacer ejercicios, bicicleta fija, aparato de abdo y cascos de bicicletas estaban desparramados por toda la casa y aunque en cada pieza había algún adorno, solo uno, las  fotos personales brillaban por su ausencia, suplantadas por imágenes de una página del New York Times (probablemente del día del nacimiento del propietario) o  ese cuadro de un jugador de futbol americano hecho para engalanar una sala de juegos, a la derecha de una mesa de billar y detrás de un bar escueto. Es lo evidente, ya lo señalé. Pero las casas tienen la propiedad de absorber el carácter o el estado de sus habitantes, son incisivas en su capacidad para vaporizar lo que los protagonistas quisieran exhibir y concentrar en toda su evidencia lo que se obstinan por borrar. Es el caso de los deportistas que presumían su actividad física, ellos mismos se hubieran asombrado de saber que su casa gritaba a los cuatro vientos la falta de sustancia, cierta frivolidad o ausencia de carácter de sus habitantes que, después de todo, es común en personas jóvenes cuando todavía no han chocado contra ninguna intensidad diferente, algún desvío o más directamente una fragilidad o perversión que requiera ser escondida, al menos, disimulada.

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Entre las peores visitas que recuerdo está una casa gris donde una abuela hibernaba arrumbada en su silla de ruedas. Desde su posición en el fondo del pasillo, emitía un ronquido profundo, ahogado y furioso, propio de un animal atrapado. La entrada estaba ataviada por un hermoso piano que le había pertenecido. Así lo explicó su hija, subrayando la continuación improbable entre la mujer del ruido y la del piano. Cuando me fui, mientras caminaba unas cuadras, tomaba el metro y volvía a mi departamento, tuve la certeza de que en la casa aquel ronquido continuaba, sin interrupción ni término.

Otra casa que visité pertenecía a una pareja que había acomodado el lugar con muebles y ornamentos reciclados. En el centro de la sala habían ubicado una heladera vieja transformada en repisa para fotos. Las sillas eran todas diferentes, una más alta, otra tapizada con mimbre y una tercera con terciopelo. Sin estar rotas, al igual que los sillones y la mesa denotaban el paso del tiempo. La estantería de la cocina estaba hecha con cajones de verduras y en un costado se apilaban botellas vacías de jugo de fruta cuyo interior estaba relleno de cartones cortados en pedazos minúsculos. Eran ladrillos ecológicos destinados a una asociación que fabricaba casas sustentables. La pareja se mudaban fuera de la ciudad para iniciar un emprendimiento de producción de miel. Los  imaginé de inmediato en el Sur, ella vestida con una blusa fresca, protegida apenas bajo un sombrero con tul y expuesta a las picaduras de abejas, sin dinero para comprar la ropa que el trabajo requería. Entonces noté las plantas del balcón marchitas, o directamente muertas. Algunas macetas contenían tierra resquebrajada de tan reseca. La mujer desvió la mirada, callada por primera vez, como si la hubiera sorprendido rascándose el trasero. Supe de inmediato que mentía. Hasta el malvón era un cadáver raquítico. No se mudaba para iniciar nada en el sur o por lo menos no porque lo quisiera.

Hasta el siglo pasado, cualquier casa burguesa contenía un tercio de los muebles que se encuentran en los departamentos de hoy. Por eso no hay mudanza que se precie sin una selección inicial que discrimine “lo que se lleva” de “lo que se deja”. Después tocará espantar a los fantasmas que, como los gatos, son más fieles a la casa que a sus dueños.

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