Las músicas que salieron de las películas y se volvieron un gusto popular: Ennio Morricone

Murió Ennio Morricone, nacido en Roma en 1928 y muerto por supuesto en la capital italiana la madrugada de este 5 de julio. Dio sonidos inolvidables al cine, como ese silbido del El bueno, el feo y el malo por él que tendría que haberse llevado todos los galardones a la casa y esa guitarra eléctrica, tan distante en el mundo de las películas, pero para él tan normal.

Ciudad de México, 6 de julio (MaremotoM).- Murió el viejo legendario. El que había nacido en Roma hace 91 años y que decía que como él era de ahí, jamás se iría de Roma.

El que jamás aprendió a hablar en inglés y se dirigía en italiano a quien lo oyera. El fanático del futbol. El que odiaba (un tanto) a Quentin Tarantino, aunque por él se ganó el segundo Oscar. El primero había sido honorario, porque jamás le habían dado el premio en forma normal, quizás porque él “vivía en Roma”.

Dio sonidos inolvidables al cine, como ese silbido del El bueno, el feo y el malo por él que tendría que haberse llevado todos los galardones a la casa y esa guitarra eléctrica, tan distante en el mundo de las películas, pero para él tan normal.

Ayer vi Los monederos falsos, sobre una novela de André Gide, dirigida por Benoît Jacquot y la música era tan mala que a veces daban ganas de poner en silencio a la pantalla.

La música de las películas es un tema ríspido en el cine. Desde los puristas que no aceptan más que el silencio para comunicar sustancialmente el lenguaje de las imágenes sin ningún componente extra que las condicione, hasta aquellos que usan las melodías para acendrar los golpes bajos emocionales y conseguir reacciones de forma espuria.

Ennio Morricone
Murió a los 91 años. Foto: Cortesía Facebook

En el medio de ambos extremos se ubican los grandes compositores, aquellos que han hecho escuela, entre quienes sin duda destaca el recientemente muerto Ennio Morricone.

Factótum de bandas sonoras inolvidables, su trabajo habla de un cine con gusto a pasado aunque no por ello menos valioso. No es llamativo que el gran reciclador de la memoria fílmica Quentin Tarantino lo haya convocado para darle marco musical a varios de sus filmes, entre ellas Kill Bill 1 y 2 y por supuesto a aquella que le dio el Oscar: Los ocho más odiados.

Según Morricone, Tarantino era un “incoherente” a la hora de colocar la música y así lo dejó saber en una clase magistral en la Universidad de Cine de Roma, cuyos principales tramos recogió y difundió The Hollywood Reporter.

El gran compositor italiano, que tiene títulos señeros como El bueno, el feo y el malo, Por un puñado de dólares y Érase una vez en América (obra maestra de Sergio Leone), entre muchos otros, remarcó que jamás volvería a trabajar con el cineasta neoyorquino.

“No me gustaría volver a trabajar con él en nada. Me comentó el año pasado que quería volver a trabajar conmigo después de Inglorious Basterds, pero le dije que no podía porque no me había dado tiempo suficiente. Así que utilizó una canción que ya tenía escrita”.

“Trabajar con él es frustrante porque coloca la música sin coherencia y no puedes hacer nada con alguien así. Además, Django unchained no me gustó, demasiada sangre”, remarcó Morricone, aunque por supuesto, ¡volvió a trabajar con él.

Ennio Morricone compuso más de 500 partituras para cine y televisión, así como más de 100 obras musicales originales y es uno de los dos únicos compositores de cine en la historia que ha recibido el Premio de la Academia honorario por su logro de toda la vida. Los puntos destacados incluyen sus partituras para Once Upon A Time In The West, Once Upon A Time In America, A Fistful Of Dollars, The Untouchables, The Mission y, por supuesto, su conmovedora música para Cinema Paradiso de 1988.

La obra de Morricone para The Good, The Bad And The Ugly ocupa el puesto número dos en el Top 200 de las mejores bandas sonoras de películas jamás compuestas.

Ennio Morricone
La obra de Morricone para The Good, The Bad And The Ugly ocupa el puesto número dos en el Top 200 de las mejores bandas sonoras de películas jamás compuestas. Foto: Eniac Martínez / Cortesía

CUANDO MORRICONE ESTUVO EN MÉXICO

El escritor chileno Roberto Bolaño se imaginaba al paraíso como un sitio lleno de italianas e italianos. En 2008, el magnífico escenario del Auditorio Nacional, uno de los recintos musicales más hermosos del mundo, Ennio Morricone inició su primera gira de conciertos en México.

Muchas cosas conspiraron para que en una capital convulsionada y depositaria de infinitos universos tóxicos, tanto morales como de medio ambiente, se expresara hasta su cúspide sensorial la ceremonia de la música.

En primer lugar, el diseño del concierto fue de una meticulosidad y buen gusto absolutos, testimonios claros de que no hay talento sin técnica, no hay arte sin oficio y que la espontaneidad no es un valor estrictamente necesario para ejercer con alto hándicap la más inasible de las artes.

Siempre aparece algún o alguna distraída que confunde la improvisación del jazz con los gestos furtivos de un dadaísta con colitis o de una música automática que vertiera en el aire sus repertorios mágicos.

No faltará el que quiera comprar a precio de subasta neoyorquina las drogas que tomaba Pastorius en la creencia ignara de que ese vertiginoso transcurrir del alma a los dedos, eran fruto de una psicodelia química, jamás (Jaco nos libre de pensar semejante herejía) de las horas de ensayar y ensayar hasta sangrarse los dedos…

El diseño de Musica per el cinema, internacionalizado como está para poder transcurrir sin mayores obstáculos en los distintos escenarios del mundo, no permitía desplegar esa especie de mística que se genera con los públicos habituales y que mucha gente confunde con “frescura”.

Sin embargo, la música es también comunicación y el silencio como en velorio en el Auditorio Nacional (que tenía colmada su capacidad, calculada en 10 mil personas), fue otro de los acontecimientos imprevistos y majestuosos que hicieron del martes 27 de mayo de 2008 un día memorable.

Dinámico y arrogante (la arrogancia del guerrero, la aristocracia del artista en plenitud más allá de la edad), Ennio Morricone fue enunciando su discurso enraizado en la economía climática, esa sabiduría que otorga el transcurrir por muchas vías pero en varios trenes a bordo y que posibilita la pintura de un paisaje multi-sensorial.

La música del compositor italiano fue de la oscuridad a la luz, de los vecindarios cercanos a territorios extranjeros, del frío al calor y de la indiferencia a la euforia con paso firme y a la vez sutil.

Los intocables de Elliot Ness, los westerns legendarios con el inmenso Sergio Leone, la voz de la soprano sueca Susanna Rigacci (un toque excesivamente temperamental quizás para el refinamiento del que suele hacer gala el director romano, pero dueña de una voz cristalina y de un registro marciano): todo fue conducido con mano rigurosa y poética, con una concentración espeluznante, ese tipo de firmeza que no es inflexible, ese tipo de consistencia suave que no se diluye entre los dedos.

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No hubo ampulosidad hasta la segunda parte, pero en la primera destacó la rotundidad de la nostalgia viva, como si por un puñado de dólares retornaran con una presencia activa y activadora los feos, los sucios y los malos de aquellas películas de vaqueros que adoraban nuestros padres.

Ennio Morricone
Ennio Morricone en el Auditorio Nacional. Foto: Eniac Martínez / Cortesía

En la segunda parte, terció una épica majestuosa, tal vez algo grandilocuente, porque grandilocuente y majestuoso era el cine que dio cobijo a artistas de la talla de Morricone.

En relación a los filmes que dan sustancia a sus presentaciones por el mundo y a una vastísima discografía que inició en 1961, hay que decir que si las películas no son las de antes, su música tiene la fuerza optimista que nos puede hacer soñar con un futuro cinematográfico menos irrespetuoso con su propio pasado.

Estas, de todas maneras, son elucubraciones que no le hacen justicia a la verdadera esencia de la obra de Morricone que, sin dudarlo, es la actualidad. La música es presente, puede ayudarnos en el ejercicio de la nostalgia, en la elaboración de memorias y estadísticas, recuentos precisos de algo que pasó en tal fecha, en tal lugar, pero esos constituyen, por así decirlo, “daños colaterales”.

Cuando la música es música, lo que importa es el aquí y el ahora, la desnudez, la transformación del torrente sanguíneo, la verdad del momento en el que estamos vivos.

Morricone se puede escuchar sin ropas, tal vez ¿deba escucharse despojado incluso de los referentes que dieron origen a muchas de sus obras? ¿Es la película La misión, por ejemplo, tan buena como su banda de sonido?

¿Puede oírse Cinema Paradiso sin que el rostro de Totó marque las pulsaciones y temperaturas de la melodía?

Julio Rivarola, el líder de Music & Frontiers, el responsable de aquella visita legendaria, quien recuerda esos momentos históricos.

–Cierras los ojos y piensas en aquella gira mexicana de Ennio Morricone, ¿qué primer recuerdo viene a tu mente?

–Pura magia, porque es un hombre de una intensidad humana extraordinaria. Con una sabiduría histórica en cuanto a música para cine. Lo que más recuerdo de él es su gran afición al futbol y sobre todo la paz que transmite su persona.

–¿Cómo llegaste a contratarlo?

–Fue una idea que tuve durante varios años y que no fue nada fácil realizarla, porque Morricone no es un hombre que se mueva con los códigos del mainstream, del show business. No era fácil dar con y él y que los agentes que lo manejan me hicieran caso. De hecho, no me hacían caso. Durante un año estuve mandando correos, hasta que me enteré de que su manager iba a estar en Nueva York, tomé un avión y fui a verlo. Sin cita, ni nada. Ahí lo convencí.

–¿Cómo lo convenciste?

–Ellos no hablan de dinero ni esas cosas. No es el tema central en las conversaciones. Lo que quieren saber es quién eres, qué experiencia tienes y qué propuestas llevas para Morricone. Cómo era la idea. Morricone llevaba dos años tocando en vivo. Nunca antes lo había hecho. No estaba acostumbrado a hacer giras. Las cifras eran muy altas, se trataba de 200 personas que venían de Europa, más otras 100 que debíamos poner aquí, por lo que estábamos hablando de una gran producción. Le llevé el plan a la gente de Nueva York, me dijeron que sí al mes y estuvimos durante un año y medio preparando todo.

–¿Él pedía cosas extraordinarias?

–No, para nada. Era un hombre muy religioso. Venía acompañado por su familia y su única petición estrambótica, por decirlo así, que tampoco es tan rara, es viajar en aviones que tuvieran primera clase. Fuera de eso, era un hombre muy fino, muy preciso, pidió una suite presidencial, nada raro respecto a la comida ni peticiones extrañas en el catering. El problema fue resolver la logística para traer a la Orchestra Roma Sinfonietta, creada especialmente para él. Una orquesta que suena a Morricone, era más práctico traerla de Italia que armar una aquí. Lo que sí hicimos aquí fue armar un coro de 100 voces con la dirección del maestro Gerardo Rábago y de hecho Morricone dijo que fue ése el mejor coro que tuvo durante sus giras.

–¿Qué sentiste cuando ganó el Oscar?

–Primero lo que quiero decir es que Ennio Morricone era un hombre muy prolífico; una cosa es oír un soundtrack de una película, pero ha sido uno de los compositores para cine que hizo salir su música de la pantalla. Son músicas que entraron en el gusto popular y la gente joven muchas veces conoce las melodías, pero no ha visto las películas en las que se originaron. Su manager nos dijo que no se podía pasar imágenes de las películas en los conciertos, pero la realidad es que a la hora de los shows, lloraba con la música y no necesitaba de las imágenes para emocionarse. Con respecto al Oscar, por supuesto que fue un acto de justicia. Vi la película de Tarantino y la música es un Morricone al ciento por ciento, esas orquestaciones densas, esas melodías penetrantes, era un hombre con gran oficio. Lo que más me sorprende y emociona es la calidad de su trabajo a los 87 años de edad que tenía. Ennio ea alguien que estaba metido en el estudio de grabación todo el día y su trabajo era incesante. No paraba. Es una cosa realmente impresionante.

 Ennio Morricone
Julio Rivarola, el empresario que trajo a Ennio Morricone a México. Foto: Collage

–¿Crees que el público mexicano valoró realmente su presencia aquella vez?

–Por supuesto que sí. Nos quedamos totalmente cortos. Calculábamos llenar un Auditorio Nacional, con 10 mil butacas, el boleto costaba 2200 pesos el más caro; se vendieron las entradas totales dos meses antes y por cuestiones de logística no se pudo hacer otra función. Lo sorprendente fue lo que pasó en las afueras del Auditorio Nacional, cuando un montón de personas que no tenía boleto, muchas de ellas disfrazadas de los personajes de sus filmes, escuchaba lo que podía. Los boletos en la reventa alcanzaron una cifra de 14 mil pesos.

“Tengo muchos discos de Los Beatles, pero más tengo de Ennio”, admitió en la imposición de la estrella en el Paseo de la Fama el director Quentin Tarantino.

Desde la década de 1960, el músico italiano compuso más de 450 bandas sonoras de películas, incluyendo películas como The Battle of Algiers, 1900, Exorcist II, The Mission, The Untouchables y Bugsy.

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