Laura Restrepo

Laura Restrepo explora el mito de la Reina de Saba en Canción de antiguos amantes

Este es un libro de mitos y de una experiencia de Laura Restrepo con Médicos Sin Fronteras por Yemen, Etiopía y la frontera somalí -la geografía mágica y feroz del que alguna vez fuera el reino de Saba.

Ciudad de México, 21 de septiembre (MaremotoM).- Cada vez que la escritora colombiana Laura Restrepo saca una novela, siempre me emociona. No sólo por las nuevas propuestas que trae con la obra, sino también porque está interesada en lo que piensan los lectores, los periodistas, como una cercanía que propone muy entusiasta. La literatura se hace solo, pero siempre es comunitaria.

Tal así, que Canción de antiguos amantes (Alfaguara) refleja las obsesiones de esta escritora que ha hecho Historia de un entusiasmo, La Isla de la Pasión, Leopardo al sol, Dulce compañía, La novia oscura, La multitud errante, Olor a rosas invisibles, Demasiados héroes, Hot Sur y Pecado, en una constante búsqueda por dirimir la raíz literaria y por otro lado despertar al sistema literario del aburrimiento y propiciar un debate, una conversación.

Este es un libro de mitos y de una experiencia de Laura Restrepo con Médicos Sin Fronteras por Yemen, Etiopía y la frontera somalí -la geografía mágica y feroz del que alguna vez fuera el reino de Saba.

Cuenta la sinopsis: Obsesionado con la reina de Saba, Bos Mutas, un joven escritor contemporáneo, sale a buscar a la reina de Saba por el mundo, igual que hicieron a lo largo de los siglos personajes históricos como Salomón, Tomás de Aquino y Gérard de Nerval. Y aunque la reina de Saba resulta inasible, Bos Mutas encuentra en su lugar a la muy terrenal Zahra Bayda, una partera somalí. De esa manera, el tiempo real del presente corre paralelo al tiempo inmemorial del mito.

ENTREVISTA EN VIDEO A LAURA RESTREPO

“Es importante a cada tema buscarle su forma de expresión, darle vuelta no solamente para pensar en cómo la voy a contar. Todo cambia y las técnicas narrativas tienen que también cambiar. Busco que la narrativa esté a tono con los tiempos”, admite Laura Restrepo, en entrevista por zoom.

“En realidad el inicio de todo esto surge de un proyecto que hizo Médico sin Fronteras, que convocaron a nueve escritores, entre ellos Martín Caparrós, donde hay conflictos enquistados, para darles visibilidad y una narración lo más literaria posible. A mí me llevaron a Yemen, donde me encontré un punto de intersección tan interesante entre la reina de Saba, luego me fui a Somalia, intentamos entrar a Etiopía, pero no pudimos hacerlo y toda esa zona pertenece al mito”, dice la autora de Canción de antiguos amantes.

La novela se lee con mucha facilidad y gozo, sin mirar lo que tiene de experimental el trabajo. “Mezclando con libertad el reportaje, el mito, la literatura, la ficción, requería revivir ese mito de la reina de Saba en las mujeres que son las migrantes. Debía además mezclar los géneros, además que me contaran ellas su vida y encontrar ahí a la reina de Saba. En la literatura la busqué también, hasta en Tomas de Aquino vine a encontrarla, en los relatos espúreos de su vida se le mete la reina. La Reina de Saba es la primera mujer que aparece en la Biblia porque es sabia. Estas mujeres de carne y hueso te dicen que son descendientes de la Reina de Saba. Ahí me di cuenta de que tenía que nacer la historia, poniéndola como pata de cabra, como cabeza del destierro, de la búsqueda de ese lugar imposible para tener una vida posible”, expresa Restrepo.

Esta novela me gustó tanto que me hizo acordar a Mircea Cărtărescu, quien dijo que había escrito Solenoide, cuando tenía ya 60 años y no pensaba hacer nada mejor en su vida.

“Me encanta que lo menciones a Cărtărescu, que le dieron ese premio, tan merecido, porque todos los estamos leyendo con pasión. Creo que eso de llegar a los 60, a los 70, o hago un gran esfuerzo ahora y replanteo lo que estoy haciendo, porque de otro modo corres el riesgo de estancarte. Con Cărtărescu, El ruletista me pareció una de las narraciones perfectas que se hayan hecho en la literatura contemporánea”, afirma.

¿La cojera no pasa de moda? Todos los artistas que se han caído del escenario, desde Juan Gabriel a José Agustín, ¿Qué pensará Laura Restrepo de ese tema?

“Yo misma ando con problemas para subir y bajar escaleras, después de diez años, tengo mucho titanio en la pierna. En la tradición de la Reina de Saba, el hecho de la cojera, la pata de cabra o la pata de gansa, en las diferentes versiones que ha revivido el mito las llamaban las piegrande, es en ellas un símbolo de llegar pese a las dificultades. La cojera tiene un valor enorme”, revela.

Laura Restrepo
La historia de Boas Mutas, el narrador, tiene un poco de anécdota porque mi hijo me decía que hasta cuando la viejita heroica iba a contar la historia. Foto: Cortesía

“La historia de Boas Mutas, el narrador, tiene un poco de anécdota porque mi hijo me decía que hasta cuando la viejita heroica iba a contar la historia. Me quedé pensando y cambié al protagonista. Necesitaba a una persona que se pudiera enamorar de la Reina de Saba. No es el hombre malo y la mujer es buena, ese esquema que nos quita espontaneidad. Ella es doble, como tenemos que ser nosotras: buenas y terribles”, afirma.

“La partera somalí la hice igual a la guía que me acompañaba en esas zonas. En la propia incapacidad del narrador podía reflejarse un escritor ignorante de lo que está viendo. Y también el lector. Estás hablando de una zona muy lejana”, agrega.

Al preguntarle sobre Colombia, Laura Restrepo dice que es muy importante lo que está pasando allá y en gran parte de América Latina.

“Nosotros ante una Europa y un Estados Unidos tan enamorados de la guerra, esa negativa a negociar, asumiendo los riesgos de una población que sufre, es nefasta. Yo fui negociadora de paz de Colombia, para mí ha sido monumental el gobierno de Petro y sobre todo la vicepresidenta, una mujer increíble. América Latina tiene que buscar su camino, tiene que dejar de ver con ojos occidentales. Colombia tiene un intento novedoso, Que nosotros seamos la propia forma de vernos a nosotros mismos como parte integral, importante y renovadora del mundo”, afirma.

Laura Restrepo
Editó Alfaguara. Foto : Cortesía

Fragmento de Canción de antiguos amantes, de Laura Restrepo, con autorización de Alfaguara

Pequeña cosa que aparece

—Sopla duro este viento —digo.

—Déjalo soplar —dice Zah­ra Bay­da, que recela mi inclinación ansiosa.

Me ha traído hasta acá para que yo pueda mirar desde lo alto y asumir que he llegado al fin del mundo. Observo alrededor y no veo nada, mejor dicho, veo la nada.

—Ánimo, muchacho, como te llames —me apura Zah­ra Bay­da—, dale, mueve tus dos metros de estatura.

—Me llamo Bos Mutas —le recuerdo. Ya se lo he dicho varias veces.

—De acuerdo, Bos, o Mutas, o como te llames.

Nos encaramamos a la duna más alta. El viento es tan fuerte que amenaza con arrancarme la camisa. Éste debe ser el desierto más recio del planeta, el más cercano a Dios y más plagado de demonios, al menos eso dice ella, y asegura que por acá todavía viven eremitas recluidos en cuevas. Una ráfaga de viento le arrebata el turbante, que sale volando y haciendo cabriolas en el cielo, como un enloquecido pájaro de muchos colores.

—¡Mi turbante! ¡Atrápalo, muchacho! —me ordena.

—Atrápalo tú.

—Maldito viento —reniega.

—Déjalo soplar —me desquito.

Ahora Zah­ra Bay­da lucha contra su pelo, que al liberarse se ha vuelto un remolino loco. Yo ando en las nubes y no logro aterrizar, me anonadan estas inmensidades de arena amarilla que todo lo devoran. Deben devorar incluso sus propias orillas, haciendo que por mucho que andes, siempre estés en el centro. Se me refunden las coordenadas; ya me habían advertido que aquí iba a ver visiones y a aturdirme con los ecos.

Medio que cae la noche y medio que no se anima a caer; copos de oscuridad van bajando lentamente del cielo.

—Mira —le señalo a Zah­ra Bay­da un punto de luz que titila y se mueve al fondo, allá lejos, como una pequeña reverberación en el paisaje—. Mira, algo sube hacia nosotros.

—Déjalo subir.

Más abajo, en la vaguada, una mancha inmensa se extiende sobre la piel del vacío. Es el campamento de refugiados, con sus cientos de carpas amontonadas y parduzcas.

Zah­ra Bay­da me da explicaciones, datos, cifras, fechas. Pretende que yo entienda y esté al tanto. No le falta razón, más vale que me entere. Pero la cabeza me da vueltas, no me repongo del cansancio tras el larguísimo viaje. Sólo logro concentrarme en ese punto de luz que viene subiendo.

—¡Despierta, como te llames! —Zah­ra Bay­da chasquea los dedos a ver si espabilo.

Así me dice, como te llames. No la culpo, comprendo que mi nombre no es fácil, ¿y qué decir del suyo? Zah­ra Bay­da. Suena bien, pero según ella lo pronuncio mal.

—También yo te diré como te llames —le aviso, y contesta que le da igual.

Sólo unas pocas carpas se van iluminando allá abajo, en el campamento, como si los habitantes de las demás estuvieran conformes con la oscuridad y no quisieran ocuparse de prender la lámpara de aceite. Los llaman «los invisibles» y los mantienen segregados. Zah­ra Bay­da dice que desconfían de los campamentos, prefieren andar por los caminos a la buena de Dios, porque es mejor eso que hacinarse y esperar en cuclillas mirando hacia ninguna parte. Del campamento no sale una columna de humo, ni un ruido, ni siquiera un grito o un llanto de niño. Nada.

—Parece la ciudad de los muertos —digo.

—Y sin embargo ahí viven más de cien mil personas.

Todo permanece inmóvil, salvo el revuelo del viento en el pelo de ella. Siempre me asombra el pelo de la gente; tiene vida propia y se rebela contra la voluntad del dueño. La melena de Zah­ra Bay­da anda sin control, le azota la cara, se le mete en la boca, le tapa los ojos.

Insisto en señalar a Zahra Bayda la lucecita solitaria y movediza que veo en la distancia y que se empeña en seguir subiendo, como un reflejo flotante. ¿Alguien que viene del campamento con una linterna? Me pregunto cómo habrá podido traspasar la alambrada. Tal vez aprovechó la hora de más calor, cuando los guardias se amodorran en las garitas.

Este desierto debe ser el ombligo de la sequía incontenible que está arrasando el planeta y hará que los humanos nos volvamos litófagos y acabemos comiendo piedras, como la cacatúa de cresta amarilla y el lagarto blanco.

Zah­ra Bay­da habla con dolor; nació en esta parte del mundo y ésta es su querencia. Estudió por fuera, pero se apega a estas gentes. Busca palabras para explicarme la tragedia. Ella misma no acaba de comprenderla y sospecha que tampoco la comprenden quienes la padecen, solamente quienes la promueven, pero ésos la manejan desde lejos.

Zah­ra Bay­da dice que se han vuelto permanentes los campamentos provisionales como ése, convertidos en prisiones de facto y enormes arrabales de miseria. Ya no son lugares de paso. Quienes llegan buscando refugio acaban atrapados en las alambradas.

—A la larga se resignan, echan raíces en el aire y esperan —dice ella.

—¿Qué esperan?

—Algo. El aceite y la harina de su ración semanal. Una vacuna contra la peste, o una cura milagrosa.

Esperan algo que no va a llegar. Un salvoconducto, o un visado imposible. La carta de un conocido, noticias de su familia, lo que sea. En realidad, cualquier cosa. Una manta tal vez, o una medicina, un litro de agua embotellada, alguna señal.

El desierto murmura. Dice sus cosas en una vibración seseante, y me hace ilusión pensar que se trate de la música de las dunas. Me han contado que las dunas cantan como ballenas, o como flautas, y que a veces rugen como choque de armas, o aúllan como lobos. Me parece escucharlas… Siento que la arena me habla, pero su mensaje es cruel, como un último suspiro del tiempo.

—No es ninguna música de dunas, es el zumbido de los drones —dice Zah­ra Bay­da.

De nuevo tiene razón. Según el principio de simplificación de Ockham, si a tus espaldas suena un galope, no pienses que es una cebra, piensa que es un caballo. Y si lo que escuchas es un zumbido, no creas que son músicas: son drones.

La lucecita aquella que viene subiendo es un ser de carne y hueso, más hueso que carne. Un personajito menudo y nervioso, rápido de movimientos, que aparece y desaparece por las ondulaciones de la cuesta. Es una muchacha y viene rengueando. Tiene el pie izquierdo volteado hacia adentro. Pie zambo, que llaman.

—Equino varo. Pie equino varo —precisa Zah­ra Bay­da, que sabe de esas cosas; al fin y al cabo, ella es personal médico, tiene experiencia como midwife, es partera graduada.

Vale: pie equino varo. La chica que viene adolece de pie equino varo. Es muy joven, casi una niña, tan delgada que el vendaval podría elevarla. No habrá nacido aquí, porque viste con trapos de colores y trae la cara descubierta. Tiene la piel oscura y las facciones finas, y lleva sobre los hombros una improbable capa dorada.

La capa dorada revuela al viento centelleando con los últimos rayos de sol y le da a la niña un aire de quimera. Destellos de su capa inverosímil: ése es el pequeño fulgor que he visto venir.

Una chica con una capa dorada en el corazón del desierto, quién lo creyera. Como un espejismo. Una visibilidad flotante, una pequeña cosa que aparece, […] tentadora y misteriosa.[1] Me pregunto si habrá llegado a esta tierra por mar, junto con la gente de las pateras. Puede ser. Trae la cara embarrada de arena y la melena revuelta, oscura en las raíces y roja en las puntas, como teñida con alheña o requemada por el sol.

Su capa reluciente la convierte en hada o princesa, aunque a fin de cuentas no es ninguna capa ni vellocino de oro. Zah­ra Bay­da me explica que sólo se trata de uno de esos cortes de dos metros de plástico térmico y resistente, con la faz interna aluminizada y la externa dorada. Retiene el calor corporal y lo reparten los rescatistas entre los náufragos con hipotermia.

Así que no es manto de reina lo que arropa a la flaquita esta, ya ves, no todo lo que reluce es oro. Pero como si lo fuera: ella se envuelve con arrogancia imperial en su plástico térmico. Maneja con agilidad su pierna baldada y es muy inquieta; una hormiga atómica en medio de la parálisis general. Hay bravuconería en ella y actitud soberbia, agrandada, como si el infortunio la rodeara, pero no se atreviera a tocarla.

Otras mujeres, salidas de no sé dónde, también se han percatado de nuestra presencia y empiezan a llegar. Aprietan un círculo en torno a nosotros, agitando unas hojas escritas a mano. Zah­ra Bay­da me explica que son peticiones de auxilio. Las desplazadas las redactan en esos trozos de papel con la esperanza de entregarlas a alguien que pueda ayudar.

La chica de la capa dorada no se las va bien con las recién llegadas, las aparta a codazos, maldiciendo y ges­ticu­lando.

—¡Coja! —las otras le gritan y se apartan—. ¡Vete! Vuelve a tu lugar.

Ella no se intimida, al contrario, revira como esas gitanitas de la Via del Corso, en Roma, que te acosan para robarte. Me descoloca esta criatura de malas pulgas que por cuenta de nada me encara y me fulmina con unos ojos que no son implorantes, sino exigentes. Para colmo tiene en los ojos un brillo afiebrado y resulta difícil sostenerle la mirada. Alúmbrame, niña, con la luz de tus ojos, le digo sin que me entienda, y ella hace un mohín. Con el pie choneto dibuja sobre la arena un garabato que el viento enseguida borra. ¿Ojos con luz interior, como los de un gato? La comparación es manida pero inevitable.

Y, a propósito de gatos, me cuenta Zah­ra Bay­da que por aquí la gente los anda matando, por creer que son los portadores de la peste.

Esta niña lisiada me conmueve y bajo la guardia. Me pongo de su parte, quisiera ampararla, ¿por qué recelar de ella, tan alevosa pero tan vulnerable, apenas una más entre las damnificadas de la hecatombe, otra de las condenadas de la tierra?

Error de mi parte. La niña se comporta como araña acorralada y arroja manotadas de arena a la cara de la gente. Es una bellaca, esta aprendiz de Imperator Furiosa. Se las arregla para apartar a las demás rompiendo el círculo y aquí me cae y se protege tras mis piernas, usándolas de mampara.

—¿Vienes por mí, pendenciera?

Desde que la vi, supe que esta niña insufrible tenía algo que ver con mi destino. Me sujeta por la camisa y no me suelta, me puya el brazo con un dedo afilado de uña larga. Altanera, la nena, de barbilla echada hacia delante y bonita boca torcida en un gesto displicente. Y maraña rojinegra de pelo ensortijado que se bate al viento como una bandera anarquista, de las que rezan no hay rendición. Medio me fascina y medio me aterra, la nena, no sé qué hacer con ella, se pega a mí como una lapa. ¿Qué será lo que quiere, cuál es su bronca?

—¡Ey! Tú, mini Cassius Clay, deja de revolotearme alrededor como una jodida mariposa —le digo, pero sólo logro darle cuerda.

Es endemoniadamente bonita, la morena esta, bella y oscura como las tiendas de Q’dar.

—Macchiato —me corrige Zah­ra Bay­da.

—¿Qué cosa?

—Así llaman por acá al tono de piel de esta muchacha.

—¿Macchiato, como el café? ¿Así, en italiano?

Zah­ra Bay­da explica algo sobre el Ejército italiano, que vino a colonizar y luego se largó, dejando como legado la exacerbación de los odios, cerros de armas rotas y unas cuantas palabras como ésa, macchiato.

Y las ojeras de esta morena, sus pestañas de avestruz, la cicatriz que le marca la frente ¿tienen nombre en italiano o en alguna otra lengua? ¿Cómo se le dice a su agilidad endiablada y a su salvaje mata de pelo? ¿Y a esos aires suyos de criatura bíblica, y al hechizo que sobre mí ejerce? Todo eso ¿cómo se llama? Porque es bella, ella, bella y tremenda, inquietante atadito de huesos que se ha colocado detrás de mí y no me suelta, me utiliza como escudo para protegerse de las otras, que la amenazan y le gritan. Huele a humo, esta chica, y a sahumerio y a mar.

Realmente notable, su olor: fuerte y secreto. Un olor desterrado de Occidente a punta de desodorantes, detergentes y dentífricos. Olor a gente que pese a todo vive y se las arregla, y sacrifica el último camello para asar su carne, o pasa grandes hambres y camina enormes distancias y quema varitas de incienso, y orina y caga y sangra, se asea con aceite de lavanda, tirita de frío, se reconforta junto al fuego, ordeña una cabra y se toma la leche y cuando no hay que comer sacrifica la cabra. Mujeres que se cepillan el pelo hasta sacarle brillo y luego lo ocultan para que nadie lo vea. Y roban manzanas y granadas en huertos ajenos. Y copulan o duermen dejando en la estera el calor de su cuerpo, y sobrellevan la noche como buenamente pueden para llegar hasta la madrugada. A todo eso huele esta pequeña reina del manto esplendente, y el olor que exhala me enamora.[2] Todo eso pienso, tal vez no en el momento, pero sí después, y en todo caso no lo digo en voz alta.

Frente a esta pequeña fiera me debato en sensaciones encontradas: la lástima, la compasión, el embeleso, el fastidio. Y ella entretanto se dedica a atosigarme. Yo le gano en edad, dignidad y estatura, a su lado parezco un Goliat, y sin embargo ella sale triunfante. Ya Zah­ra Bay­da me ha hablado de ese rasgo común a toda víctima, a todo sobreviviente de la tragedia: cuando los demás vamos de ida, ellos ya vienen de vuelta. Debe ser porque poseen eso que algunos llaman el coraje de la desesperanza. O lo que viene siendo lo mismo, nec spe, nec metu, un latinajo que me gusta y traigo tatuado en el antebrazo: nec spe, nec metu, sin esperanza ni temor. Pero ya, nena, vete, que me desesperas. No hallo cómo sacármela de encima, y al mismo tiempo el roce de su piel me estremece.

—¿Dinero? ¿Es eso lo que quiere esta chica? —le pregunto a Zah­ra Bay­da, que intercambia unas palabras con ella.

—Dice que nació en Erigabo —traduce Zah­ra Bay­da.

—Qué más dice —pregunto, porque veo que la nena va soltando retahílas de palabras.

Erigabo, en la otra orilla del golfo. He leído sobre ese lugar, un territorio inhóspito y yermo, de donde todos huyen para escapar de la hambruna y la matanza. En un pasado mítico, Erigabo debió hacer parte del próspero reino de Saba, pero en la irrealidad de hoy es terreno sembrado de espanto.

—Pregúntale cómo se llama —le pido a Zah­ra Bay­da—. Pregúntale cuántos años tiene, ¿catorce?, ¿quince?

—Ya le pregunté, pero no lo dice. Se mosquean si te ven averiguando demasiado, les da por creer que eres agente del enemigo.

Está claro que esta niña huraña no va a responder y que yo no voy a enterarme. Era de esperar. Todo lo sobrecogedor que la vida me trae me llega de esta manera, de repente y sin nombre. Para apaciguarla, le doy una moneda. Ella me la rapa y se retira a examinarla aparte, donde no puedan arrebatársela. La mira por cara y cruz con profesionalismo de comerciante que calcula las ganancias del día. Le hinca el diente por si fuera falsa.

Ya está. Santo remedio. Creo que me libré de la nena. Pero no. Vuelve a caerme con más arrestos que antes, y ahora tira del pañuelo que llevo atado al cuello.

—Quiere que se lo des —me dice Zah­ra Bay­da.

—¿Esto? —pregunto desatando la tira de tela tuareg de color azul intenso con tres rayas negras que siempre llevo conmigo y que ya es como parte de mí; dicen que no me la quito ni para bañarme—. ¿Quieres mi pañuelo, niña? ¿Tanto agite por tan chico pleito? Si te lo doy, pequeña, ¿quedamos en paz? Vale. ¿Te gusta el regalito? Tómalo. Te lo dejo de recuerdo.

Me desprendo con pena de mi vieja mascada tuareg, y la niña enseguida la utiliza para recogerse el pelo. Se ve graciosa con ese trapo tan bárbaramente azul en la cabeza. Parece dar por cumplida su misión aquí en la cima, pierde todo interés en mí y se va corriendo por donde vino, llevándose mi pañuelo. Aparición que se desvanece.

Contra un cielo crepuscular rayado en negro, naranja y granate, veo cómo la niña se aleja sin que la disimetría de sus piernas le impida bajar a toda carrera. La capa dorada centellea tras ella como cola llameante de un pequeño cometa.

Alumbrar, potente verbo que viene de ad umbra, salir de la sombra, mismo origen de asombrar. La muchacha de Erigabo alumbra y asombra, entra y sale de las sombras a medida que se aleja cuesta abajo a brincos, esbelta y arisca como esas gacelas dorcas que son originarias de su tierra.

—¡Oye! —le grito cuando ya no me escucha—. ¿No serás tú la reina de Saba?

El llamado del deseo

En cuanto a mí, Bos Mutas, en realidad no sabría decir por qué me inquieta tanto la reina de Saba. Gérard de Nerval creía que la fascinación por ella es propia de un cierto grupo de elegidos, gentes excepcionales a las que la reina escoge para marcarlas con un beso en la frente, convirtiéndolas así en séquito de incondicionales. Desde luego no es mi caso, no soy quién para alcanzar ese señalamiento. Ni genio ni estúpido, ni guerrero ni santo, soy más bien de una normalidad aplastante; no hay en mí nada que amerite posar de elegido o recibir una marca de fuego en la frente, salvo, quizá, alguna tuerca suelta en la cabeza: es sabido que la reina escoge también a los lunáticos, será por eso que me persigue y que yo sigo enredado, prendado, pendiente de ella. A veces me pregunto si esa fascinación mía no será una forma de religión. Y por qué no, si al fin y al cabo la religión consiste en clavar obsesivamente la mirada en una imagen que está fuera de nuestro alcance.

—No eres el primero que se emboba con la reina de Saba, Bos Mutas —me dice Zah­ra Bay­da—, y no serás el último. Es una manifestación de locura, ¿sabes? Incurable, además. Y peligrosa, puede llegar a ser suicida.

—Sí, sí, estoy al tanto. Las ala­lei­shos dicen que…

—Las ala­lei­shos son unas viejas chismosas, juegan a mentir y a fabular —me interrumpe Zah­ra Bay­da—, mantente lejos, hay algo oscuro en ellas. Y no tomes en serio lo que digan.

—Pues yo les creo —me animo a contradecirla—. El propio Platón habló de los cuentos de nodrizas, dijo que mantenían viva la memoria del pasado.

—Pues créele a Platón, pero no a las nodrizas —Zah­ra Bay­da es hábil enredando la lógica.

Le he dicho que vengo a escribir mi tesis de grado sobre la reina de Saba y eso no le interesa, se burla aconsejándome que empiece la disertación como los cuentos de hadas, érase una vez, ¡oh!, érase una vez lo que era y también lo que no era.

Arrastro la obsesión por la reina de Saba desde los ocho o nueve años, cuando mis padres me llevaron en un crucero por el Nilo, allá por los tiempos en que nuestra familia aún tenía dinero y los barcos de lujo no iban como ahora, cargados de pasajeros infectados que portan la peste de puerto en puerto.

Sucedió una noche, en el compartimento de segunda clase de ese crucero por el Nilo de línea convencional. Después de la cena, presentaron en el salón de fiestas un espectáculo típico con elenco completo: música de cítara y tambores, antorchas y saltimbanquis. De pronto atenuaron las luces y el presentador pidió un fuerte aplauso para recibir a la reina de Saba, que ejecutaría para nosotros el sortilegio de los siete velos o danza del vientre. Era la primera vez que yo oía mencionar ese nombre, reina de Saba, y debí imaginar una abuela con corona, algo así como la reina Isabel envuelta en velos. Por eso quedé fulminado de rayo cuando vi aparecer a una mujerona más o menos joven y con una abundancia de carnes destapadas que fueron para mí como un continente desconocido. La música se aceleró y la mujer se soltó a bailar de una manera provocadora y extraña, con sacudidas espasmódicas, como una gran araña obscena y posesa.

Yo nunca había imaginado que podía existir algo así; tal vez lo único que me había causado un impacto semejante había sido la boa constrictora que un par de años antes un domador de serpientes me había enroscado al cuello, o el cráter en ebullición de un volcán que visitamos en Nicaragua. Pero ni siquiera eso; esto me conmocionaba todavía más. La acojonante entrada en escena de la reina de Saba me dejó pálido y clavado al sofá. La desnudez femenina me caía como descubrimiento sacro. Era de otro mundo ese personaje que mostraba unas partes anatómicas impresionantes, inimaginables, en medio de un revuelo de tules con brillo de lentejuelas. Todo como de circo, supongo, pero a mí debió parecerme costoso y suntuoso, propio de reina oriental. Al ritmo de una música cardíaca, ella sacudía todo ese montón de curvas y de carnes, toda esa tentación de vibrante piel morena con un desparpajo y una sensualidad que al niño que yo era lo dejaron marcado hasta el día de hoy.

Recuerdo el instante en que ella levantó un brazo y yo vi en su axila un poco de pelo; aquélla no era una axila como la de mi madre, lisa y rosada, sino ruda, cruda, peluda, más bien como la de mi padre. Y hasta mí llegó su olor.

Aquella mujer exhalaba un olor denso y salado, revoltura de misa, calzoncillo usado y paella valenciana. Lo interpreté como un llamado. O más bien una orden. Desde el primer instante supe que ella era un ser poderoso y que poseía una intensidad de terremoto o de incendio, o de película de hiperacción. Supe que si ella quisiera, podría destruir el universo. Quedé asustado y cautivado, ésas son las palabras exactas: yo, cautivado por ella; yo, su cautivo aterrorizado; yo, inerme y rendido ante ella, y más aún cuando se largó a ulular batiendo la lengua como una víbora y produciendo una algarabía aguda que debió sonar en mis oídos como el llamado del deseo: el canto irresistible y temible de las sirenas en los oídos de Ulises.

La mujer hacía tremolar sus carnes brillantes de sudor y de aceite. Sus pechos cobraban vida y yo no podía quitar los ojos de las ondulaciones de su panza prominente. Me parecía que estaba ante una diosa o ante una loca y me atrincheraba entre mi padre y mi madre, hundiéndome en el sofá y tragándome con los ojos a esa belleza venida de algún desierto, ella allí, llenando con su presencia mi vida, y yo enfrente, en un estado no sé si de éxtasis o de pánico, poseído por aquella mujerona apetecible y a la vez pavorosa, tan expuesta y entregada pero tan prohibida. Experimenté un ardor interno parecido al hambre, a la furia, a la ansiedad quemante, algo que de repente bullía en mí y que yo no reconocía ni le sabía el nombre, o digamos más bien que reina de Saba fue el primer nombre que pude ponerle al rapto sexual y caníbal, al fervor religioso, a la feroz apetencia.

No supe en qué momento se fijó ella en mí, el niño paralizado de espanto y maravilla. La cosa es que, sin parar de bailar, aquel monumento se vino directamente hacia donde yo estaba, extendiendo hacia mí su mano llena de anillos y de uñas rojas, mirándome de frente como con compasión, como con sorna, y había un cariño maternal en sus ojos que ofendió a mi ser masculino y me hizo sentir impotente y diminuto frente a ella. Pero enseguida me echó encima su cabellera de mechones negros y rojos, algo así como el asalto de Medusa sobre un pobre Perseo.

En mis oídos retumbaba mi propio corazón, pero alcanzaba a escuchar a mi padre que me decía, ánimo, hijo, baila con ella, compórtate como un caballero, ¿no ves que ella quiere bailar contigo? Sí, yo sí veía, claro que yo veía y claro que ella quería, ella insistía, ella me agarraba de la mano y me jalaba y yo no hallaba cómo zafarme. Yo sólo quería escapar, ponerme a salvo, protegerme de aquel embate. No quería ser un caballero y odié a mi padre, por muchas cosas pasadas, como obligarme a montar un caballo a pelo, o ganarme en todos los juegos, o llamarme flojo e inepto, o burlarse de mis notas en el colegio. Pero lo odié con toda el alma sobre todo por traicionarme entregándome a la bailarina de los velos mientras los demás espectadores se desternillaban de risa. Busqué la protección de mi madre y no comprendí por qué ella no salía en mi defensa. Mi último recurso fue el sofá, me parapeté entre sus cojines y me agarré de sus patas como el ahogado a la tabla. Cerré los ojos y me encomendé a Dios, diosito lindo, supliqué, ¡sálvame, perdóname, sálvame! Pero diosito no respondía y yo sólo escuchaba la risa del traidor de mi padre, y haciéndole cuarto, la risa de la bailarina aquella, áspera, desafiante, mística, mítica, irresistiblemente femenina. Hasta que ella se dio media vuelta y siguió con su show, sacando a bailar a otro turista menos reacio que hizo el papelón en la pista, como muñeco descoyuntado que trataba de imitar las ondulaciones del cuerpo de ella. Yo mientras tanto seguía encogido en el sofá, haciéndome el invisible, para que a ella no le diera por regresar a insistirme.

Luego su voz y su olor se fueron apagando a medida que se alejaba, ya olvidada de mí, para cerrar su número con un vibrato de toda su carnal persona y un revuelo de tules de todos los colores, hasta esconderse para siempre tras una cortina roja. Aparición que se desvanece.

Tengo borrado cualquier otro recuerdo de ese viaje a Egipto; creo que anduve como un zombi por entre momias, templos y pirámides, sin registrar mucho de todo aquello y poseído por una sola presencia: la de ella. ¿Así que ésa era la reina de Saba?

Un par de años más tarde, cuando mi padre ya nos había abandonado, dejándonos a mi madre y a mí en la pobreza, volví a ver a la reina de Saba. Este segundo develamiento tuvo lugar en una plaza de azulejos, en el momento en que mi madre y yo estábamos a punto de montarnos a un carro tirado por un caballo que nos pasearía por la parte antigua de esa ciudad. De pronto sentí una presencia inquietante y la reconocí enseguida: era ella, sin duda, aunque traía un aspecto distinto al de la primera vez, el de ahora era siniestro, como marcado por un signo nocivo. Siempre ha sucedido igual, tanto en esta segunda aparición como en la primera y también en las que vendrían después, siempre lo mismo. Obsesivamente, aunque con ligeras variaciones, la reina de Saba se manifiesta ante mí como amenaza y al mismo tiempo como tentación.

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En esta segunda ocasión, la reina tenía el pelo canoso y ensortijado y los ojos pintarrajeados. Me pareció mal encarada, aunque según el ángulo mejoraba bastante. Andaba vestida de rojo y mi sobresalto me llevó a verla semejante a Dana, o sea, Dana envuelta en velos rojos, siendo Dana en realidad Sigourney Weaver en el papel de Dana, esa fantasma ninfómana de Cazafantasmas que en un arrebato de erotismo caníbal empuja a la cama a Bill Murray y le ordena, quiero tenerte dentro de mí, y Bill Murray, más desparpajado que yo, le contesta, no puedo, no quepo, ya tienes al menos otros dos o tres ahí dentro.

Enseguida até cabos, Dana era una de las muchas caras de la reina de Saba, Dana era uno de sus muchos nombres, Saba resucitaba en esta Dana que se me iba acercando toda melindrosa y relamida en esa plaza de azulejos a ofrecerme un ramito de romero cuando mi madre y yo estábamos a punto de encaramarnos a un carro tirado por un caballo.

—Tómalo —me decía esta reina de Saba con apariencia de bruja, agarrándome tan fuerte del brazo que yo no lograba zafarme—. Es para ti, niño guapo, es un regalo que yo te hago.

A mí me sonó bien lo de niño guapo; por entonces era alto y desgarbado y tenía serias dudas sobre mi atractivo físico. ¿Niño guapo, yo? Caramba, muchas gracias. Susceptible al halago, y más si venía de Dana/Saba, lo asumí como un mandato y le recibí el ramito de romero, aunque en el fondo me daba cuenta de que ella me estaba tendiendo algún tipo de trampa; nadie, a menos que tenga doble intención, le dice niño guapo a un preadolescente flacuchento, de piel dañada y cero sexapil.

—¿Tú a mí no me regalas nada? —me dijo la reina, pellizcándome el brazo.

—¿Qué quieres? —le pregunté, supongo que con un hilo de voz.

—Dame tu reloj.

Sentí que tenía que obedecer y empecé a soltarme la correa de la muñeca cuando mi madre, que andaba pendiente, intervino haciéndome a un lado y acusando a Da­na de estar abusando de un niño pequeño. Yo, el pequeño niño abusado, le jalaba la manga a mi madre tratando de impedir el disparate que estaba cometiendo al insultar a esa mujer.

¡Cuidado, es la reina de Saba!, quise advertirle, pero mi madre no comprendió el peligro que eso entrañaba.

—¡Vete, zorra, lárgate, ladrona! —le gritaba a Dana, sacándose del bolsillo una moneda que le arrojó con desprecio.

La reina Dana escupió en la moneda, la tiró lejos y me fulminó con la mirada, señalándome con el dedo y pronunciando una maldición que me cayó literalmente encima, como si hubieran volcado sobre mí un baldado de agua sucia.

—Eres un niño estúpido —me gritó, ya alejándose—, yo te maldigo y nadie te va a amar.

Supuse que mi madre y yo habíamos ganado la batalla cuando nuestra enemiga se retiró humillada, pero a fin de cuentas el triunfo no fue tan completo. A mí me había afectado la rudeza de su augurio, eso de que nadie me iba a amar. Mi madre tuvo que abrazarme y consolarme.

—Yo te voy a amar por siempre —me aseguró, creyendo que con eso neutralizaría el conjuro.

Al parecer no lo logró, porque tres o cuatro años después, antes de que yo cumpliera los quince, todas las desgracias y las tristezas cayeron sobre mí, cuando un cáncer que desde hacía un tiempo atormentaba a mi madre, y que ella lograba mantener a raya combatiéndolo con tenacidad, al final le tomó ventaja, la derrotó y la mató.

Mi madre nunca lloró, ni siquiera en lo peor de la enfermedad, cuando padecía dolores insoportables. Recia y retrechera, no se permitía ablandarse ni aflojar, salvo ante un recuerdo que la atormentaba: el de una cierta niña pequeña de un país lejano.

—Era una nena preciosa —me contaba mi madre—, muy menudita…

Menudita pero con unos ojos inmensos, demasiado grandes para el tamaño de la cabeza, demasiado oscuros para ser inocentes, ojazos de fuego negro que la niña abría con ansiedad, como si comprendiera lo que estaba sucediendo, o tal vez porque no comprendía. No tendría más de cuatro años, tal vez cinco, y era una muñeca morena y delicada, de rasgos tan finos que parecía pintada con pincel, pero con una melena abundante y enmarañada que debía acaparar todas las energías de su personita.

Así la describía mi madre entre hipos y lágrimas. Mi dulce y aguerrida madre, que de joven había sido medio misionera, medio voluntaria, en todo caso siempre atraída por viajes a lugares emproblemados y empobrecidos, siempre comprometida en arranques redentores y caritativos. Mi madre lloraba hablándome de esa niñita. Decía que pese al paso del tiempo no podía olvidarla, por el contrario, cada vez se le volvía más corpórea y era como si la llevara adentro, y el sentimiento de culpa la perseguía desde ese día, en no sé qué paraje de este mundo desolado, en medio de una gran hambruna, en que se le acercó una madre con su pequeña hija, que se aferraba a su mano. La madre le dio a la niña una orden en su idioma, una orden que nadie entendió salvo la propia niña, que enseguida la acató con un valor impensable en alguien tan pequeño. Con una resolución de recluta que marcha a la guerra, se soltó de la mano de su madre y agarró la mano de la mía, que aún no era mi madre pero que algún día lo sería.

—Tómala, quédate con la niña, te la regalo —dijo la mujer echando a correr ante el asombro de mi madre, que seguía asiendo la mano de la pequeña sin acabar de entender lo que estaba pasando.

La mujer se escabullía con rapidez y cuando se hubo colocado fuera del alcance se volteó hacia mi madre y le gritó, llévatela, yo no puedo alimentarla, aquí se va a morir de hambre, llévatela, que está enferma, le rogó, tú puedes curarla, tú vives lejos, donde hay comida, tú puedes alimentarla, puedes educarla, es una buena niña, llévatela y cúrala, que está enferma.

Entonces mi madre reaccionó, comprendió la magnitud de lo que estaba en juego e intentó devolver a la niña persiguiendo a la mujer, pero ésta ya se refundía entre una masa de gente que se abrió como las aguas de un mar y enseguida volvió a cerrarse, engulléndola.

La niña no lloraba, sólo miraba alrededor con una seriedad de adulto, una suerte de solemnidad que no daba lugar a lágrimas, una decidida y rígida resignación de soldadito de plomo.

Había algo misterioso y sagrado en esa niña silenciosa. Durante todo el día mi madre permaneció con ella, las dos unidas en una especie de pacto de sobrevivencia, o complicidad y mutuo apoyo en ese instante de sumo desgarramiento y expectación. Cuántas veces no me habrá contado mi madre que la niñita era circunspecta, asombrosamente entera y compuesta en medio de semejante drama. Sólo delataba su perturbación esa mirada demasiado atenta que se detenía en cada ser, en cada objeto, como radiografiándolo todo. No quiso recibir comida ni decir nada, ni siquiera respondía cuando le preguntaban el nombre, y si le ofrecían juguetes, los recibía como por educación con su manita morena y enseguida los hacía a un lado, con esa delicadeza y suavidad de modales que sólo tienen los seres indefensos.

La mujer había gritado que la niña estaba enferma. ¿Pero de qué? Fiebre no tenía, salvo en la mirada. Según el examen clínico que enseguida le hicieron, mostraba algún grado de desnutrición y una palidez rara en pieles cobrizas como la suya. En general parecía bastante sana, aunque había en ella una manera de no intervenir, dejando pasar la vida sin pretender alterarla, como sin pedirle a la realidad más de lo que estuviera dispuesta a darle, y mi madre, sin ser médico y ni siquiera enfermera, supo enseguida que si de algo padecía esa nena era de incurable dolencia de melancolía.

—No voy a decir que la nena me mirara con cariño —me confesaba mi madre—, pero sí con tolerancia, con una especie de aceptación, como si en el fondo confiara en mí y en mi capacidad de asumir el compromiso que un fiero azar había casado entre ella y yo. Y yo la defraudé.

Habían permanecido largo rato la una frente a la otra, la pequeña paralizada como un venado ante las luces de un auto, sin protestar ni pedir, sólo ahí, aterida como un pájaro que acaba de golpearse contra un vidrio, sentadita muy quieta como si no supiera o, por el contrario, como si supiera demasiado bien. De pronto estiró la mano, rozó con la punta de los dedos el fular de seda azul que mi madre llevaba al cuello, atraída por la viveza de ese color intenso, y soltó por fin una palabra, la única que pronunciaría durante las horas que pasaron juntas. Azraq, murmuró, azul. Sólo eso, azul. Entonces mi madre se quitó el fular para pasárselo a la nena por los hombros y envolverla en él, y le dijo, te voy a llamar Azul, para mí, tú siempre serás Azul.

Entretanto, las otras personas que estaban allí adelantaban averiguaciones, procuraban una salida posible al impasse, buscaban infructuosamente a la madre de la criatura. Nadie sabía qué hacer.

Por fin, agotada, la niña cerró los ojos de pronto, como en el súbito adormecer de las golondrinas,[3] y ya era bien entrada la noche cuando se presentaron funcionarios de una organización humanitaria que ofrecieron hacerse cargo. Se llevaron a la niña, medio dormida y envuelta en la seda azul, y dejando a mi madre enferma de apego y de culpa.

Nunca volvió a saber de la chiquita y nunca se perdonó a sí misma. Yo intentaba tranquilizarla señalándole lo obvio, no puedes llevarte a una criatura así como así, hay controles, te lo impiden en el aeropuerto, rigen leyes de protección al menor, hubiera sido inadmisible, no puedes alzar de buenas a primeras con una niña que no es tuya…

Mi madre intentaba autojustificarse, pero fracasaba. Al punto de que la pequeña ausente convivía con nosotros en su extraña forma de inexistencia a través del vivo y lacerante recuerdo que de ella guardábamos, y que yo he conservado como herencia. Aunque mi madre siempre se refirió a ella como Azul, yo, fiel a mi obsesión, la llamé Sabita, imaginándola como una delicada y mínima reinita de Saba, frágil como un suspiro, irreal como un recuerdo, difusa como una vieja culpa. Vaga como el eco de un dolor.

Pata de Cabra

—¿Yo? Ni reina de Saba ni reina de nada —me dice Zah­ra Bay­da y se ríe—, pero mi primerísima abuela a lo mejor sí lo fue. Quién sabe. La abuela de la abuela, de la abuela, de la abuela, de la abuela de mi propia abuela, ésa sí, a lo mejor; al menos es lo que dicen todos, por aquí no hay quien no se crea descendiente del personaje.

Se podrían contar una a una hacia atrás las ciento veinte abuelas que han pasado por el mundo entre la abuela de Zah­ra Bay­da y esa otra antepasada perdida en la noche del tiempo. ¿Sólo ciento veinte abuelas? En realidad, poca cosa. Es como decir ayer.

Zah­ra Bay­da es partera graduada y trabaja en el Yemen como parte del equipo de Médicos Sin Fronteras. No le cae bien la reina de Saba, ni siquiera cree que haya existido, me dice que no le venga con cuentos, anda demasiado ocupada con gente de carne y hueso como para pensar en fantasmas. Aunque me confiesa que un par de veces ha soñado con ella.

—¿Ves? —le digo.

—Qué.

—Tú también sueñas con ella.

—No fueron sueños, fueron pesadillas.

En cambio, las viejas ala­lei­shos reverencian el legado de su célebre antepasada cuando se apiñan en la cocina y deliran mascando khat. Mascan y tascan y, a falta de muelas, trituran con las encías las hojas verdísimas hasta volverlas una gran bola de pasta, que almacenan en el moflete como turupe de infección molar. Las historias que cuentan nunca terminan y siempre empiezan igual: sucedió una vez, o tal vez nunca…

Tras horas mascando khat, ya al filo de la mañana, las viejas sienten llegar una presencia que les eriza la piel y les entibia el alma. Es una como perturbación del aire que les trae un atisbo de felicidad, o un amparo de gran poder, o un alumbramiento de hermosura sobrenatural. Enseguida lo detectan: es el beso de la reina. El beso antropófago, largo y profundo, ponzoñoso o perfumado. Debe ser como el beso venenoso de Rimbaud en el infierno, digo yo, que por primera vez pruebo el khat y sólo logro que me sepa amargo. Las abuelas dicen que el beso de la reina afiebra: hiela por fuera y quema por dentro. Me advierten que para algunos es beso bendito y para otros es beso maldito, y que nunca se sabe cuál te va a tocar.

Posesas, las ala­lei­shos anuncian: es ella.

Es ella, ya habita entre nosotras, ya regresó. Es la reina de Saba. Y como Saba significa mañana, ella es Señora del Amanecer, Lucero del Alba, Dueña de la Nada. Las abuelas repiten los muchos títulos de su santa antecesora y sonríen beatíficas. Es ella, ya está aquí, dicen, y se regocijan ante el esplendor de la visita.

La mítica reina de Saba, ¿cómo habrá sido en vida, cuando habitó en la tierra? Vital, imperiosa, viril y seductora, como describe Citati a las protagonistas de Las mil y una noches. Y también iracunda, montaraz y llevada de su parecer, engendro que fue de un mundo crudo y sangriento. Mujer de armas tomar, violentada y violenta: encarajinada. Bella como Jerusalén y temible como ejércitos en combate. Y con una herida por siempre abierta: el repudio de su madre y la expulsión del reino.

Ni femenina ni masculina. Algunos textos antiguos la describen como ídolo de ambos sexos, con senos y barba, pene y vagina. ¿Pudo haber sido la reina de Saba un ser doble y prodigioso, dotado de magnetismo indeterminado y descarga fulminante? A lo mejor, quién quita. Tal vez poseía el poder de toda la gama sexual.

¿Habrá sido tan bella como aseguran? Horriblemente hermosa, como toda criatura mitológica. Según el Cantar de los Cantares —donde la llaman Sulamita—, tiene ojos como palomas; vientre como gavilla de trigo o valle de lirios; melena como rebaño de cabras que brincan por la sierra; frente como una granada; senos como racimos de vid o gacelas gemelas. El juego de metáforas cobra sentido en el contexto del Cantar, pero resulta difícil de imaginar si lo consideras el retrato fiel de una mujer que ondula como el trigo y los lirios, brinca como las cabras y las gacelas, se ofrece como las uvas y las granadas. ¿Puede ser? Sí, puede ser, al menos así es para mí, Bos Mutas, que en el dislate de mi amor por ella la asocio a una alegre y loca manada de cabras, o de ninfas, que trepa por una ladera escarpada y brumosa. Creo que la reina de Saba se parece más a una cabra o a una ninfa que a la Gina Lollobrigida que la representa en Solomon and Sheba, la superproducción en tecnicolor de United Artists. Aunque me vale una Lollobrigida libre y loca como las ninfas y las cabras.

Princesa de la Mañana, Señora del Viento Sur, Balkis, Aurora Consurgens, Makeda, Leona Negra en cuya melena se enredan los siglos, Regina Sabae, y tal y tal… Pese a sus muchos títulos, no tuvo un nombre; según las ala­lei­shos, porque te sobra el nombre cuando no tienes quien te llame con afecto. Aunque también dicen que nombre sí tenía, pero tan secreto que ni siquiera su propia madre estaba al tanto, gesto de descuido y desamor, doloroso como una espina en el corazón de la hija, pero que a fin de cuentas le resultó favorable, porque no puede doblegarte quien no conoce las letras de tu nombre.

Por acá las viejas creen que si la reina de Saba no tuvo nombre, no fue por privación sino por proliferación, y que en vez de uno tuvo muchos, como les sucede a los seres que se transforman y no son únicos sino múltiples. Ella es todas y ninguna y al mismo tiempo ella es ella, la legendaria reina coja, y también es Sulamita, la obsesiva y sensual amante del Cantar.

Escondida tras sus muchos nombres, ha sido musa de poetas, de sonámbulos, de místicos y punkeros; diosa de drogadictos, de agonizantes, genios e iluminados; profetisa entre orates y sabios; bilis negra de melancólicos y artistas. Mujer entre todas las mujeres, pero no pura, ni virgen, ni bendita, sino ligada al eros, a los demonios, a los fantasmas y a las lenguas secretas, […] naciendo de la noche y viviendo de la noche, pero triunfando sobre las tinieblas.[4] Concebida en tiempos de monstruos y gigantas, creció libremente entre juegos terribles[5] y quedó marcada por aquel defecto variable que según unas abuelas fue simple cojera y, según otras, síntoma más severo, como pie izquierdo palmípedo de ganso, o pezuña hendida. Pata de Cabra: hay dualidad en el mito de esa mujer que es a la vez caminante y coja, nómada y baldada. Cabe la posibilidad de que el pie dañado fuera imaginario: representación corporal de ese daño irreparable, o herida por siempre abierta, que eran sus afectos truncados. Aunque sus seguidoras más devotas le bajan volumen al asunto y aseguran que se trató simplemente de excesiva pilosidad en las extremidades. O sea: una reina peluda, dotada de naturaleza híbrida entre humano y animal, viva encarnación de la leona de melena negra que mantienen enjaulada en el zoológico de Addis Abeba.

Mujer cubierta de pelo, ¿don divino o vergüenza, shame? ¿Signo excelente o desmerecimiento que acarrea castigo? La princesa de Saba produce sentimientos encontrados.

En el extremo opuesto a ella está su señora madre, la reina titular, a quien llaman la Doncella porque es cautivadora en su eterna juventud sin estrenar. No hay en la Doncella abismo ni hondura, todo su ser asoma a la superficie. Cada día contempla durante largas horas su rostro en el espejo, extasiada ante el brillo de su piel libre de vello y su pureza lampiña, lisa y pelada como cáscara de huevo, lo cual podría ser secreta frustración, porque nadie tiene más sed de sexualidad feroz que las criaturas que habitan los espejos… De nervios desequilibrados, de exasperado narcisismo, de cuerpo a un tiempo glacial y atormentado, andan siempre tras algo, no se sabe qué.[6]

La Doncella: epidermis de nácar, a salvo de imperfecciones o arrugas, con el brillo satinado de las pompas de jabón. Se precia de ser inmaculada y gloriosa porque no ha conocido varón, manteniendo frente a ellos la arrogante distancia de una diva. A todos los seduce con su esplendor, pero se somete con disciplina militar a sus propias rutinas de abstinencia y no accede a acostarse con ninguno. De la Doncella se dice que lucha contra el despertar de los sentidos con la misma bravura con que los varones combaten a las fieras durante la cacería. Y aquí viene el meollo del misterio: la Doncella rechaza toda actividad sexual, y aun así ha sido madre. Sin mediación de varón y por obra y gracia de birlibirloque, ella es la madre de Pata de Cabra. Si les preguntas a las ala­lei­shos sobre lo inusitado de ese embarazo, te lo explican en pocas palabras.

Así fue, dicen, así pasó, la Doncella quedó preñada siendo virgen y sin ayuda de hombre. Así sucedió, y por eso hay que creerlo.

O: hay que creerlo, porque así sucedió.

Pero los auspicios para su preñez no fueron favorables. Unos caracteres enigmáticos aparecieron en la noche del parto sobre los altos muros de piedra de Mamlakat Aldam, el palacio rojo de la Doncella, escritos por la mano de Dios, por la mano del destino o por la mano del mismísimo Banksy. No se sabe. Perturbadora aparición; algo así como el MANE, TEKEL, FARES que dedos invisibles trazaron en caracteres invertidos ante Baltasar, rey de Babilonia, durante una de sus orgías de lujuria y despilfarro, anunciándole el derrumbe de su imperio. O como el HELTER SKELTER que Charles Manson y su secta asesina garrapatearon en la puerta de una nevera tras la degollina con sangre de las víctimas.

Las palabras premonitorias de Mamlakat Aldam, el Palacio Rojo, no estaban escritas en safaítico ni en dadanítico, en arameo o árabe coránico, sino en el dialecto de los muertos. La propia Doncella no entendió lo que decían. Ni ella, ni nadie; tampoco los sabios que fueron consultados. Aquí las viejas aseguran que ese mensaje mural que tanto atemorizó a la Doncella decía NO TÚ, SINO ELLA: no la madre, sino la hija. O sea: tu hija será recordada por los siglos de los siglos y tú serás olvidada; sentencia tan dolorosa como la que le reveló el espejo mágico a la madrastra de Blancanieves, verdad de a puño que las desquició de envidia a ambas. En fin, sea lo que sea. Aunque nadie descifró los caracteres aparecidos en el Palacio Rojo, no por eso dejaron de surtir efecto, marcando con mal fario el nacimiento de la niña y predisponiendo a su madre contra ella. Así pasa con la letra escrita: aunque nadie la lea, basta con que esté ahí para que gravite como ley de bendición o condena.

Pata de Cabra, o Sheba, primogénita del reino de Saba, vino al mundo mediante parto sin dolor, sin coito ni fecundación, como simple suceso esterilizado y perfecto. ¿Perfecto? Perfecto hasta que su madre, la Doncella, contempló al ser recién salido de sus entrañas y se llevó el disgusto de la vida al ver que, pese a su rostro angelical, aquel bebé pegaba aullidos y adolecía de pie retorcido y piernitas cubiertas de pelo. Aparición desagradable. En ese pequeño ser de actitud desafiante, cuerpecillo velludo y pie cabruno, la Doncella creyó ver un castigo de involución del tipo cola de cerdo. Un regreso al caos primigenio.

—Pata de Cabra —respondió secamente cuando le preguntaron qué nombre le pondría a la niña—. Que se llame Pata de Cabra.

Preciándose de ser ella misma limpísima, delicadísima e inmaculada, la Doncella, llevada por un sentimiento de piedad y repulsión —más lo segundo que lo primero—, concluyó que la recién nacida era por naturaleza sucia y manchada, o maculada, y que ofendía la vista, el olfato y el decoro. Se negó a cogerla en brazos o darle pecho, y ordenó que las esclavas la lavaran todos los días en agua con vinagre y la frotaran con estropajo.

Cada vez que la pequeña Pata de Cabra buscó en su madre dulzura de contacto, o calor humano, encontró en cambio una fría lisura de piel enteramente depilada, un pulcro y neutro olor a lavandina, una dolorosa ausencia de sonrisas y una privación del suave y narcótico efecto de las caricias. La Doncella se negó a familiarizar a su criatura con sus propios y estrictos hábitos de higiene. No la entrenó en el uso de la bacinica ni le inculcó el disgusto ante sus excrementos, que todo ser civilizado debe mantener lejos de sí, aunque sean producto de sus propias tripas. Tampoco le enseñó a peinarse, ni a sonarse las narices, a jugar con muñecas o a taparse la boca al toser. No se ocupó de que la nena asumiera actitudes femeninas o modales de mesa, o adquiriera aptitudes musicales, habilidad para los juegos de azar o gracia en los bailes de salón. Ni siquiera la acostumbró a llevar rutinas diurnas y nocturnas, relegándola a la buena de Dios y dejándola hacer y deshacer a cualquier hora y como le viniera en gana.

De ahí que Pata de Cabra se iniciara en la vida como criatura sin límites, combinando en sí los opuestos. Asumió la pluralidad sin renunciar a nada, en una espléndida mezcla de lo humano y lo animal, lo sucio y lo limpio, lo vivo y lo muerto, lo pasado y lo futuro, lo blanco y lo negro. Tal como hace la propia naturaleza, Pata de Cabra acogía y fusionaba esto y aquello dentro de una gran unidad donde todo cabe y encuentra su lugar. Porque ella, pequeña princesa de Saba, siempre tuvo claro que en la mermelada del cosmos, el alfa y el omega se muerden la cola.

Siete años después del primer parto, la Doncella quedó embarazada de nuevo, pero esta vez los altos muros de piedra no amanecieron emborronados con ningún grafiti agorero. El cielo mandó señales amables y nació una niña amparada por toda suerte de bienaventuranzas, a quien la Doncella acogió en su helado seno, bautizó con el nombre de Alegría, o Alfarah, y la designó como heredera única y legítima de sus dominios. Si les preguntas a las ala­lei­shos si lo hizo como estocada mortal a su primogénita, te responden afirmativamente. Si les preguntas si es verosímil ese caso de doble concepción en una virgen, te responden con desparpajo.

—Si la Doncella pudo quedar preñada una vez, por qué no dos veces.

La pequeña Alfarah hizo honor a su nombre y creció como niña feliz. Pero no había sucedido lo mismo con su hermana mayor, Pata de Cabra. Muy al contrario. La Doncella no había querido que cundiera la voz de alarma ni se ofuscara el real cortejo con la noticia del deplorable resultado de su primer parto. Envolvió a la primogénita en una manta teñida con tres líneas negras sobre un fondo azul de saturación intensa, el color del éter luminífero, y ordenó que la enterraran viva a una hondura de diez codos, en un lugar distante de Mamlakat Aldam.

—Sáquenla de mi vista —sentenció—, sepúltenla en una fosa tan profunda que el hambre de las hienas no pueda desenterrarla.

Se refería, por supuesto, a las hienas anhelosas y carroñeras, poseedoras de grandes clítoris erectos como penes. La Doncella ¿mala persona?

—Mala, mala como la leche —responden las ala­lei­shos.

Tan mala que no conviene mencionarla. Cabe preguntarse qué crueldades pronuncia la Doncella con esos labios suyos, tan rojos y carnosos que parecen manifestación externa de una herida interna que le exige andar hiriendo a los demás. ¿Qué oculta tras la máscara de su belleza? Porque posee una hermosura sobrehumana, nadie lo niega. Aunque las ala­lei­shos aseguran que su máscara es doble: por delante, facciones perfectas y, por detrás, horríficas en grado insoportable. Dicen también que va envuelta en un manto de humo blanco, o de alba espuma, y que lleva en la siniestra una palma verde y en la diestra una copa de agua del olvido.

La Doncella se aseguró de que fueran cumplidas sus órdenes: para Pata de Cabra, la niña indeseada, no habría fiestas o banquetes, ni campos de estelas, tinajas de agua perfumada o estancias con colgaduras de seda. Bajo tierra sólo la esperaban una lúgubre luz de pozo, ejércitos de hormigas y un eterno desasosiego.

—Tus ala­lei­shos son unas viejas locas —me dice Zah­ra Bay­da—, y tu reina de Saba debió ser peor que ellas.

Mi desjarretada adolescencia

Con mi padre evaporado y mi madre muerta, a los catorce años quedé solo y perdido en el mundo, yo, Bos Mutas, sin casa donde vivir, sin poder pagarme los estudios y demasiado joven para sostenerme trabajando. Entonces tuve la suerte de que me recibieran como postulante en un monasterio dominico, donde acabé de educarme. Ciertamente no ingresé por vocación. Yo no era rezandero, como tampoco lo había sido mi madre, de quien había heredado una relación con Dios más o menos cordial, pero no estrecha. Digamos más bien que sin imponer condiciones, los frailes dominicos me brindaron techo, comida, estudios y acceso a una biblioteca. Como quien dice, una ganga, o un billete ganador de la lotería, que en aquel momento de extrema necesidad y a falta de otro horizonte me permitió abrazar la vida monacal, como medida fortuita; igual hubiera podido ingresar al Ejército, o convertirme en el borracho mendicante de la esquina.

En las noches demasiado largas y silenciosas del dormitorio colectivo de los novicios, tuve tiempo de sobra para cultivar mis encuentros de tercera fase con la reina de Saba, que a veces se me aparecía como halo benéfico que me acompañaba, otras como íncubo que me atormentaba. Reconozco que no faltaron crisis en las que yo me dejaba llevar por arranques de celos o reproches contra ella. Pero ella me perdonaba y, en mis momentos de mayor tristeza, surgía de la niebla ondulando los brazos y cantando: dime, niño solitario, por qué tanto dolor.

Supongo que, como aspirante a la vida religiosa, me correspondía adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pero yo adoraba en cambio a la reina de Saba. A fin de cuentas, por qué iba a confiar en dioses masculinos si no guardaba recuerdos paternos demasiado gratos; digamos que a mi padre le producía mal genio todo lo que yo hacía, como perder en los juegos, ser tímido con las mujeres, escribir con la mano izquierda, no saber chiflar y, sobre todo, usar piyama. A mi padre le molestaba que yo durmiera en piyama y no como hombre, o sea en calzoncillos, como él. Todo lo que tenía que ver conmigo lo desalentaba y lo desilusionaba, más en la línea de la desazón que de la rabia, pero en todo caso bastaba para hacerme la vida miserable.

La cosa es que ahora que estaba en el monasterio obligatoriamente tenía que rezar, y me sentía más seguro adorando a una deidad femenina; en eso emulaba a Gérard de Nerval, mi guía espiritual. Nerval, nervioso poeta, se dedicó a perseguir amantes imposibles, mujeres ilusorias del mundo del artificio, como divas de ópera, diosas orientales, actrices de teatro y toda clase de identidades lejanas y extravagantes. Enchufado en la misma neurosis, también yo me fui por esa línea, y así fue como Patti Smith se convirtió en la reina de Saba de mi desjarretada adolescencia.

Llevaba yo meses buscando, en los libros de arte de la biblioteca del monasterio, las reproducciones de los muchos cuadros que a lo largo de los siglos se han pintado de la reina de Saba, pero ninguno me convencía. Ni los que la retratan postrada de rodillas ante un rey más poderoso que ella, ni los que la pintan como prostituta oriental o santa penitente, o la cubren de castas vestimentas, o la desvisten y le adornan los tobillos con ajorcas y las narices con aros. Esas apariencias no me servían: simplemente no eran ella, en ninguna encontraba el aspecto real y verdadero, a la vez bello y extraño, fresco y arcaico, amable y temible, que la representaba, y me frustraba no poder ponerle cara a mi quimera. Hasta que me topé, por casualidad y en una revista cualquiera, con una fotografía de Patti Smith.

Apenas la vi, en mi cabeza sonó una voz pequeña que me dijo: es ella. Tuve el alucinado convencimiento de que Patti Smith, la diosa rockera del punk, era la nueva reina de Saba, novae reinae Sabae! Por fin lograba yo capturar la imagen de mi delirio místico y erótico. Lo tenía ante mis ojos: era una mujer agresiva y tentadora, de ambiguo atractivo andrógino, mirada fría y serena, loca melena negra, piernas kilométricas, torso delgado con pechos opulentos y un halo secreto que decía, nadie puede detenerme, nadie.

Me apegué a esa foto de Patti Smith como a un relicario, la recorté cuidadosamente y la guardé entre las páginas de mi ejemplar de La imitación de Cristo. Los demás postulantes también conservaban sus estampitas predilectas en misales y breviarios, pero en su caso eran motivos píos, como la Virgen del jilguero, pintada por Rafael. O El Buen Pastor, de Murillo, que mostraba a un niño sonriente abrazado a una oveja que también sonreía. Ésas estaban bien y eran simpáticas, pero había otras que no. Recuerdo en particular una llamada Niño del Dolor. Representaba a un chico de unos siete años que llevaba a cuestas la cruz de su martirio. ¡Yo, que me creía el auténtico niño del dolor, y éste me superaba ampliamente!

Regina Sabae. Casi treinta años después de su primera irrupción en mi vida durante aquel crucero por el Nilo, ella me seguía inquietando. Ella, o ello, o eso, o lo que fuera, anciana o niña, monstruo o diosa, leyenda o historia. De una manera u otra, ella era la clave de algo muy arraigado en mí, que sin embargo yo no podría conocer hasta que no lograra encontrarlo. No sabía a dónde me llevaría esa obsesión, pero estaba seguro de que me estaba llevando a algún lado.

No es que yo pensara permanentemente en ello. La aparición iba y venía, más intensa o difuminada, y por temporadas incluso se desvanecía por completo. Lo que quiero decir es que hay obsesiones que perseveran. Aunque se alejen, se las arreglan para regresar y a la larga no te abandonan. Alguien podría creer que para mí la reina de Saba ha sido una presencia fantasmagórica, como son los amigos imaginarios para un niño. Pero no. No es eso. Es más que eso, ella existe como persona clara y visible en mi ensueño constante, como realidad exactamente humana.[7]

Si cuando yo muera alguien me recuerda, podrá decir de mí: Bos Mutas fue el hombre que amó a la reina de Saba.

Más no sabría explicar, espero que por ahora baste.

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