Ernesto Lumbreras

LECTURAS | Ábaco de granizo, de Ernesto Lumbreras

Página tras página, entre leyendas del pasado y realidades del presente, entre excursiones a míticas haciendas y visitas a los negocios importantes de la localidad, entre generosos niños-monstruo y ancianas avaras que llevan al banco costales de monedas de veinte centavos, el pequeño Ahualulco de Mercado de Ernesto Lumbreras se fija en nuestro imaginario personal hasta hacernos sentir que fue allí donde pasamos nuestros primeros años.

Ciudad de México, 8 de noviembre (MaremotoM).- Ábaco de granizo es un recorrido por Ahualulco de Mercado –pueblo natal de Ernesto Lumbreras–, por sus paisajes y por sus calles, que paso a paso se nos vuelven familiares, con personajes como don Panta, quien conduce un “manantial portátil” para llevar agua a domicilio, y su ayudante enano, de quien se cuenta que suele transformarse en un mancebo rico para robarse a las muchachas más bellas de la región. Recuerdos que la imaginación transforma en relatos inolvidables donde no hay límites entre poesía y narrativa, y donde los hechos reales y los ficticios se confunden para instalarnos en un universo maravilloso.

Página tras página, entre leyendas del pasado y realidades del presente, entre excursiones a míticas haciendas y visitas a los negocios importantes de la localidad, entre generosos niños-monstruo y ancianas avaras que llevan al banco costales de monedas de veinte centavos, el pequeño Ahualulco de Mercado de Ernesto Lumbreras se fija en nuestro imaginario personal hasta hacernos sentir que fue allí donde pasamos nuestros primeros años.

Ernesto Lumbreras es poeta, ensayista y crítico de arte. Premio Poesía Aguascalientes por Espuela para demorar el viaje (1992) y Premio Mazatlán 2020 y Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2021 por Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921. Entre sus libros de ensayo se encuentran La mano siniestra de J.C. Orozco (2015), Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (2015) y El vidente amateur. Nociones elementales de la materia poética (2021).

Ernesto Lumbreras
Editó Era. Foto: Cortesía

Fragmento de Ábaco de cenizas, de Ernesto Lumbreras, con autorización de Ediciones Era

 

  1. Arroyo El Cocolisco

Para Eugenio Partida

DESPUÉS DE SAN ISIDRO LABRADOR, si el señor de los rayos y de las anteojeras favorecía su caudal, incorporaba a mi curriculum vitae el título de alférez de fragata de un afluente del Leteo. Sólo entonces, su colección de ahogados sumaba a mi estadística algún esperpento de botella en mano o una Ofelia mordida por los mastines del amor. Y en ciertos vados, el carretón de mulas, incluso, el tractor estrella de la John Deere, maniatados al empuje de la lanza y la velocidad primera, no se atrevían a dar el mortal paso en su vorágine de los mil diablos, a cual más libidinoso y deslenguado.

De julio a agosto, sus aguas color chocolate son hipnóticas y oraculares. Desde el Puente de Fierro de la vía del tren, no he dejado de mirarlas con mis ojos de desnudar manzanas y con mis ojos de socorrer ánimas que cruzan la corriente cantando el miserere. La amenaza de amanecer –en el meridiano del día menos pensado–, con la alcoba a modo de balsa y la caoba del comedor reducida a estanque de ranas, me aterra todas mis vidas para desbordarme en nuestro arroyo, “piloto de la oscuridad y del sueño”, a bordo del más párvulo de mis barcos de papel.

Durante el largo vals del estiaje, el otoño fue siempre uno de nosotros; zambullida la melena rubia, no tuvo preguntas para el demorado cauce donde se hundió, también, el pañuelo de la canción más cursi. Luego vendría el invierno de bigotes de escarcha a desprender las insignias navieras de nuestro Danubio; con trascabos y maquinaria de bombeo, levantaría uno a uno los espejos de agua para orillarnos a una temporada de abstinencia y tedio.

Cuando retorne “la estación violenta”, la risa de mujeres lavanderas –de pendulares pechos que el insomnio multiplica– estallará en pretiles de orgiásticas espumas hasta tocar con furia la celda de nuestro aburrimiento. Mezquita de reptiles y cátedra del sol contra el platonismo de la luna, cada una de esas piedras nos dirá, con el agua hasta el cuello –y su lavandera de turno en calidad de juez de nuestros clavados–, que sí, que otra vez, que nuevamente, como el año pasado y hace un siglo, la historia del verano se repite.

  1. La Colorada

Para Laura Rodríguez, una de las guapas pelirrojas

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UN LARGO MOSTRADOR ATENDIDO por un hombre calvo y tres bellísimas pelirrojas. Muchos parroquianos pidiendo un litro de aguarrás, cinco docenas de tuercas para tornillos de cinco pulgadas, dos medidas de maíz del ocho y un kilo de alpiste, una carretilla y dos zapapicos, una barra de jabón para los piojos, una lámpara de carburo y una reata de cabresto lo suficientemente larga para colgarse de un mezquite.

Medían y pesaban, envolvían y cobraban dando siempre de pilón sus ojos de arrayanes verdes. Pensé un día en comprar toda la tienda, hasta el último clavo, añorando para mí la eternidad de sus pecosas manos, diestras y sutiles al instante de llenar y cerrar los cucuruchos de papel; en esos movimientos de elemental papiroflexia, mi alma cambiaba de ángel de la guarda y mi piel se asumía como una estación de aguijones, por más que un albañil o un fontanero fueran los beneficiarios directos de tales prodigios manuales.

Con todo, aguardaba mi turno, los codos en el mostrador y la vista puesta en las llamas escarlatas que iban y venían de la trastienda, que subían y bajaban la escalera pegada a los estantes; en mi puño cerrado, mi único tostón derretía su cobre y en mi garganta seca las palabras de mi pedido vocalizaban quedamente, una y otra vez, con tal de trasmitir aplomo y virilidad al momento de encontrarme frente a uno de los bellos rostros con aura de fuego: “Veinte centavos de municiones, veinte de pólvora y diez de un mech…”. Cortada la inspiración por un súbito relevo de mi encargo, pusilánime y ruin, cambiaba en el aire mi parlamento: “Ah, sí, los otros diez, sí, los otros diez, bueno, me los da de anzuelos, don David”.

Una derrota más para mi adolescencia llevaba a casa; allá me aguardaba mi depresión de célibe con sus látigos de ceniza; el mechón colorado, por más ensayos y buena fortuna, quedó pendiente en mi vida a imagen y semejanza de la liberación de Jerusalén.

  1. La huarachería de don Cuco

CON VISTA A LA CALLE, el negocio ocupaba varios puestos del Mercado Municipal. Allí, tres o cuatro empleados, uno casi siempre con la boca llena de clavos, cortaban cueros y entramaban correas para fijarlas a la baqueta y a la suela de una llanta vieja.

Bajo la vigilancia jovial y alburera de don Cuco, gigantón de mejillas de manzana y voz de tiro de mina, el local parecía más un centro bohemio que un solemne y fatigoso taller aplicado en fabricar las sandalias de Mercurio; se notaba que en cualquier momento, con el guiño de una broma subida de color o el silbar de una canción ranchera, saltarían a la mesa fabril –con la aprobación entusiasta del dueño– la botella de aguardiente y la baraja española.

Sin jerarquías entre oficiales y aprendices, la más preclara de las huaracherías del rumbo calzaba, también sin jerarquías, a los indios, criollos y mestizos, todo ellos a cual más de exigentes y de patas rajadas. Ya fueran de garbancillo, tres correas, paletero o petatillo, los huaraches de aquellos olvidados talabarteros marcaron los caminos y empedrados de la comarca, con sus calmosos ires y venires, persuadidos de un siempre gratificante “saber llegar”. Pero un día de tizne y rabia, nos invadieron las chancletas y los Converse, las botas de casquillo y los choclos de gamuza, y el modelo del hermano Francisco, de enlodadas alpargatas, volvería al desván de todos los fantasmas.

Contra la traidora sofisticación de los tiempos modernos, conservo un recuerdo de aquel recinto. Bajo un encantamiento olfativo, tal vez de alfalfa seca o de crines de caballo, sentado en un equipal inmutable, con la risotada fraterna de don Cuco oyéndose en todo el changarro, vi crecer año con año la horma de mi pie.

 

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