Andréi Kurkov

LECTURAS | Abejas grises, de Andréi Kurkov

“Un Bulgákov contemporáneo. Un Murakami ucraniano.”-The Guardian. Andréi Yuryevich Kurkov (San Petersburgo, 1961) es autor de diecinueve novelas, entre las que destacan el éxito de ventas Muerte con pingüino, El jardinero de Ochákov (galardonado con el Prix des Lecteurs) y Abejas grises (Alfaguara, 2022). Su obra ha sido traducida a cuarenta y dos idiomas y ha recibido los premios Gogol, el Premio del Escritor del Año concedido por los libreros con motivo de la Feria del Libro de Ucrania, el Premio Hombre del Año en Ucrania, el premio Halldór Laxness y el Sibling Scholl Prize y ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor en Francia.

Ciudad de México, 3 de noviembre (MaremotoM).- En Malaia Starogradovka, un pueblo de apenas tres calles en la zona gris de Ucrania, la tierra de nadie disputada en 2014 entre las fuerzas ucranianas y los separatistas prorrusos, solo quedan dos residentes: Serguéi Sergueich, inspector de seguridad retirado convertido en apicultor, y Pashka Jmelenko, amigo y rival suyo desde sus días de escuela. Sin electricidad, con poca comida y bajo la constante amenaza de los bombardeos, el único placer que le queda a Sergueich son sus abejas, aletargadas por el invierno. Con la llegada de la primavera, tendrá que alejarlas de la zona gris para que puedan recolectar su polen en paz, una misión que lo llevará a conocer a combatientes y civiles de ambos lados de la línea de batalla. Su bondad y su impecable brújula moral irán desarmando a todos los que se crucen en su camino, convirtiendo la salvación de sus abejas en una metáfora sobre la vida en tiempos de guerra.

Andréi Kurkov
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de Abejas grises, de Andréi Kurkov, con autorización de Alfaguara

1

El frío despertó a Serguéi Sergueich sobre las tres de la madrugada. La estufa, tipo salamandra, que él mismo se había fabricado fijándose en una fotografía de la revista Mi bella dacha, con su puertecita de cristal y sus dos hornillas, había dejado de dar calor. En los dos cubos de hojalata que estaban al lado no quedaba ya nada. Serguéi bajó la mano hacia el que tenía más cerca y los dedos solo palparon polvo de carbón.

«Magnífico», protestó somnoliento. Se puso los pantalones, metió los pies en las zapatillas de casa que se había confeccionado a partir de un par de botas viejas de fieltro, se echó por encima el abrigo de piel de oveja, agarró los cubos y salió al patio.

Se detuvo detrás del cobertizo, ante una pila de carbón, y los ojos se le fueron a la pala: brillaba mucho más ahí fuera que dentro de la casa. Los terrones de carbón empezaron a caer y a golpear en el fondo de los cubos. Al poco, ese fondo quedó cubierto, el eco de los golpes se desvaneció y el resto de los terrones siguió cayendo en silencio.

En algún sitio, lejos, sonó un cañón. Medio minuto después hubo otro estallido, que parecía venir de la dirección contraria.

«Los tontos estos no se van ni a dormir… Estarán calentándose las manos», gruñó Sergueich.

A continuación, regresó a la oscuridad de la casa y encendió una vela. El aroma cálido, agradable y meloso de la cera le dio en la nariz y los oídos se le calmaron con el leve y reconocible tictac del reloj despertador que había sobre el estrecho alféizar de madera.

En las entrañas de la salamandra aún quedaba un poco de calor, aunque no el suficiente para que el carbón helado prendiese sin ayuda de astillas y papeles. Cuando al fin las largas y azuladas lenguas de fuego comenzaron a lamer el cristal manchado de humo, el dueño de la casa volvió a salir al patio. El ruido del bombardeo lejano, casi inaudible en el interior de la vivienda, llegaba entonces hasta los oídos de Sergueich procedente del este. Sin embargo, al poco, otro sonido más próximo llamó su atención. Se paró a escuchar bien y oyó un coche que pasaba por una calle cercana. El vehículo recorrió cierta distancia antes de detenerse. En el pueblo solo había dos calles —una con el nombre de Lenin y la otra con el de Tarás Shevchenko—, aparte de la travesía Iván Michurin. Sergueich vivía en la calle Lenin, en un aislamiento que no le generaba ningún orgullo. Eso significaba que el coche había transitado la calle Shevchenko. También allí quedaba solo una persona: Pashka Jmelenko, que se había jubilado anticipadamente, como Sergueich. Los dos hombres tenían más o menos la misma edad y habían sido enemigos desde los primeros días de escuela. El jardín de Pashka daba a Górlovka, por lo que estaba una calle más cerca de Donetsk que el de Sergueich. El jardín de Sergueich miraba en la dirección contraria, a Sláviansk, y descendía hasta un campo de cultivo, que primero se hundía para luego subir hacia Zhdánivka. En realidad, desde el jardín no se veía Zhdánivka, que quedaba oculta tras un montículo de tierra, pero sí se oía a veces al ejército ucraniano, que había cavado refugios y trincheras en ese montículo; e, incluso sin oírlo, Sergueich era consciente en todo momento de su presencia: estaban allí, en sus refugios y trincheras, a la izquierda de la plantación forestal y del camino de tierra por el que antiguamente pasaban tractores y camiones.

El ejército llevaba allí ya tres años, mientras que los muchachos de la zona, junto con las fuerzas militares rusas internacionales, bebían té y vodka en sus refugios más allá de la calle de Pashka y de sus jardines, más allá de los restos del viejo campo de albaricoques plantado en época soviética, y más allá de otro campo de siembra que la guerra les había arrebatado a sus trabajadores, como el que quedaba entre el jardín de Sergueich y Zhdánivka.

El pueblo llevaba dos semanas enteras en silencio. Ni un solo disparo. ¿Se habrían cansado? ¿Estarían guardando los proyectiles y las balas para más adelante? A lo mejor no querían molestar a los dos últimos residentes de Malaia Starogradovka, que se aferraban a sus casas con más tenacidad que la de un perro a su hueso favorito. El resto de la gente del pueblo quiso marcharse en cuanto empezaron los combates; y lo hicieron, porque temían por su vida más que por sus propiedades, y el miedo más fuerte se impuso. Sin embargo, la guerra no había hecho que Sergueich temiese por su vida, solo le había creado confusión y una indiferencia repentina ante todo lo que lo rodeaba. Era como si hubiese perdido todos sus sentimientos, todos sus sentidos, salvo uno: el sentido de la responsabilidad. Y ese sentido, capaz de generarle una preocupación horrible en cualquier momento del día, se centraba únicamente en una cosa: sus abejas. En todo caso, las abejas aún estaban hibernando. Las colmenas tenían un revestimiento interior de fieltro y unas láminas de metal que las cubrían por fuera. Pese a que se encontraban dentro del cobertizo, podía colarse algún estúpido proyectil perdido por alguno de los flancos. La metralla atravesaría el metal, aunque quizá después no tuviese fuerza suficiente para perforar las paredes de madera y resultar mortal para las abejas, ¿no?

2

Pashka se presentó en la puerta de Sergueich a mediodía. El dueño de la casa acababa de vaciar el segundo cubo de carbón en la estufa y había puesto la tetera a calentar. Tenía planeado tomarse un té a solas.

Antes de dejar pasar a la inesperada visita, Sergueich colocó una escoba delante del hacha «de seguridad» que tenía junto a la puerta. Nunca se sabía. Quizá Pashka tuviese una pistola o un Kaláshnikov para defenderse y, si veía el hacha, esbozaría esa típica sonrisilla suya, como insinuando que Sergueich era tonto. Pero el apicultor no disponía de nada más con lo que protegerse. Nada. Todas las noches colocaba el hacha debajo de la cama, y por eso a veces conseguía dormir con tanta calma, tan profundamente. Aunque no siempre, claro.

Sergueich le abrió la puerta a Pashka y dejó escapar un resoplido no muy amistoso, espoleado por unos pensamientos en los que había acumulado una montaña entera de rencores hacia su vecino de la calle Shevchenko. Según parecía, esos resentimientos no iban a prescribir nunca. Tan solo ver a Pashka despertaba en Sergueich el recuerdo de los mezquinos trucos que tan a menudo utilizaba ese hombre, lo sucio que era peleando y cómo se chivaba a los profesores, cómo nunca había dejado que Sergueich se copiara de él en los exámenes. Cualquiera pensaría que después de cuarenta años Sergueich habría perdonado y olvidado. ¿Perdonar? Quizá. Pero ¿cómo iba a olvidar? Había siete niñas en la clase y solo dos niños, Pashka y él, así que eso significaba que Sergueich nunca había tenido un amigo en la escuela, solo un enemigo. «Enemigo» era una palabra muy fuerte, claro. En ucraniano se puede hablar de vrazheniatko, es decir, de una «amistosa enemistad». Eso se acercaba más a la idea. Pashka era un enemigo nimio, inofensivo, de esos a los que nadie tiene miedo.

—¿Cómo va la cosa, Grich? —saludó Pashka a Sergueich, un poco tenso—. Sabrás que anoche conectaron la corriente…

Mientras hablaba, echó un vistazo a la escoba para ver si podía usarla para quitarse la nieve de las botas. La agarró, vio el hacha y los labios se le torcieron en esa sonrisilla suya.

—Mentira —respondió Sergueich en tono calmado—. Si hubiera sido así, me habría despertado. Tengo siempre todas las luces encendidas. Es imposible que no me diera cuenta.

—Seguramente no te despertaste. Por Dios, si serías capaz de seguir durmiendo aunque te cayera una bomba… Además, solo la conectaron media hora. —Enseñándole el móvil, añadió—: Mira, ¡está cargado entero! ¿Quieres llamar a alguien?

—No tengo a nadie a quien llamar —respondió Sergueich sin mirar el teléfono—. ¿Quieres un té?

—¿De dónde sacas té?

—¿De dónde? Pues de los protestantes.

—Hay que joderse. El mío se me acabó hace tiempo.

Se sentaron a la mesita de Sergueich. Pashka estaba de espaldas a la salamandra y a su tubo largo de metal, que irradiaban calor.

—¿Por qué está tan flojo el té? —se quejó el invitado mientras miraba la taza; a continuación, en un tono de voz distinto, más afable, añadió—: ¿Tienes algo para picar?

El cabreo asomó en los ojos de Sergueich.

—A mí no me traen ayuda humanitaria por las noches…

—Ni a mí.

—¿Y entonces a ti qué te traen?

—¡Nada!

Sergueich resopló y le dio un sorbo al té.

—¿No fue nadie a verte anoche?

—Lo viste…

—Sí. Salí a por carbón.

—Ah, bueno, entonces viste a nuestros muchachos —dijo Pashka, y asintió—. En misión de reconocimiento.

—¿Y qué querían reconocer?

—A los ucros puercos…

—¿Ah, sí?

Sergueich se quedó mirando fijamente los esquivos ojos de Pashka, que se rindió de inmediato, como si estuviese entre la espada y la pared.

—Vale, es mentira —confesó—. Eran unos tíos que decían venir de Górlovka. Me ofrecieron un Audi por trescientos pavos. Sin papeles.

—¿Se lo compraste? —preguntó Sergueich con una sonrisa.

—¿Te crees que soy imbécil? —Pashka negó con la cabeza—. ¿Te crees que no sé cómo va el tema? Me llego a dar la vuelta para ir a por el dinero y me ponen una navaja en la espalda.

—¿Y por qué no se pasaron por aquí?

—Les dije que yo era el único que quedaba. Además, ya no se puede ir en coche entre Lenin y Shevchenko. Está el cráter ese grande, donde cayó el proyectil.

Sergueich se limitó a mirar el ladino semblante de Pashka, propio de un carterista viejo: uno que se hubiera vuelto miedoso y asustadizo tras innumerables arrestos y palizas. Miraba a Pashka, que a sus cuarenta y nueve años parecía diez mayor que él. ¿Era por su tez terrosa? ¿Por las mejillas ajadas? Parecía que hubiese estado afeitándose toda la vida con una cuchilla roma. Sergueich lo miraba y pensaba que, si no hubiesen acabado los dos solos en el pueblo, nunca habría vuelto a hablar con él. Habrían continuado con sus vidas paralelas en calles paralelas y no habrían intercambiado ni una sola palabra. De no haber sido por la guerra.

—Hace ya tiempo que no oigo disparos —dijo el invitado en un suspiro—. Aunque por la zona de Hatne solo disparaban las armas gordas de noche y ahora lo están haciendo también durante el día. —Echó entonces un poco la cabeza hacia delante y añadió—: Oye, si nuestra gente te pide que hagas algo, ¿lo harías?

—¿Quién es «nuestra gente»? —preguntó Sergueich en tono irritado.

—No te hagas el tonto. Pues nuestra gente, la de Donetsk.

—Mi gente está en mi cobertizo. No tengo a nadie más. Tú tampoco eres nada «mío» precisamente.

—Anda, déjate de historias. ¿Qué pasa? ¿Estás falto de sueño? —Pashka arrugó los labios—. ¿O es que a tus abejas se les ha congelado el aguijón y la estás pagando conmigo?

—A mis abejas ni las mientes…

—Oye, no te equivoques, que no siento más que respeto por tus bichos. ¡Solo estoy preocupado! Es que no entiendo cómo sobreviven al invierno. ¿No pillan frío en el cobertizo? Yo no pasaría de una noche.

—Mientras el cobertizo se mantenga de una pieza, estarán bien —dijo Sergueich, suavizando el tono—. Las tengo vigiladas, las miro a diario.

—Y cuéntame: ¿cómo duermen ahí dentro en las colmenas? ¿Como las personas?

—Sí, como las personas. Cada abeja en su camita.

—Pero el cobertizo no lo caldeas, ¿no?

—No les hace falta. Dentro de las colmenas están a treinta y siete grados. Se caldean ellas solas.

Una vez que tomó ese rumbo apícola, la conversación se hizo más afable. Pashka pensó que debía marcharse mientras la cosa fuese bien. De ese modo, quizá llegaran incluso a despedirse, no como la vez anterior, cuando Sergueich le dijo cuatro frescas y lo mandó a paseo. Pero entonces a Pashka se le ocurrió una pregunta más.

—¿Tú te has parado a pensar en la pensión?

—¿Y qué tengo que pensar? —Sergueich se encogió de hombros—. Cuando acabe la guerra, la cartera me traerá los cheques de tres años. ¡Eso sí que va a ser vida!

Pashka esbozó una sonrisilla. Pese a que le apetecía pinchar más a su anfitrión, logró controlarse.

Antes de salir por la puerta, volvió a cruzar la mirada con la de Sergueich.

—Mira, ya que está cargado… —Le tendió el móvil de nuevo—. A lo mejor deberías llamar a tu Vitalina.

—¿«Mi» Vitalina? Lleva sin ser «mía» seis años. No.

—¿Y a tu hija?

—Vete, anda. Ya te lo he dicho: no tengo a nadie a quien llamar.

3

«¿Qué será eso?», se preguntó Sergueich en voz alta.

Estaba en la linde de su huerto, frente a aquel campo blanco de siembra que descendía como una lengua lisa y amplia antes de subir hacia Zhdánivka, también poco a poco. Allí, en el horizonte nevado, se encontraban las fortificaciones ocultas de las tropas ucranianas. Sergueich no las veía desde donde estaba. Quedaban muy lejos y, en cualquier caso, su vista dejaba mucho que desear. A la derecha, en una suave pendiente ascendente, en la misma dirección, se extendía un cortavientos de árboles, a veces frondoso y otras más escaso. En realidad, el cortavientos no empezaba a elevarse hasta que no llegaba el giro hacia Zhdánivka. Antes de ese punto, los árboles crecían en línea recta bordeando el camino de tierra, que en esos momentos estaba plácidamente cubierto de nieve, en vista de que nadie lo había recorrido desde el inicio del conflicto. Antes de la primavera de 2014, se podía llegar por esa carretera hasta Svitle o Kalinivka.

Por lo general, eran los pies de Serguéi Sergueich, y no sus pensamientos, los que lo llevaban hasta la linde del huerto. A menudo paseaba por el patio para supervisar su parcela. Primero se asomaba al cobertizo a ver cómo estaban las abejas, y luego al destartalado garaje para ver cómo estaba su vieja ranchera Lada de color verde. Seguidamente, se acercaba al montón de carbón de llama larga, que menguaba de tamaño todas las noches, aunque aún le daba confianza en tener un mañana y un pasado mañana caldeados. A veces, los pies lo conducían hasta sus frutales, y entonces hacía una pausa junto a los árboles de manzanas y albaricoques que hibernaban. Y a veces también, aunque con menos frecuencia, se veía de pronto en la linde misma, con la interminable costra de nieve crujiendo y deshaciéndose bajo sus pies. Ahí las botas nunca se le hundían mucho, porque el viento del invierno siempre se llevaba la nieve rodando al campo de siembra, hacia la pendiente y el giro de la carretera. Nunca quedaba mucha nieve en terrenos más altos, como allí, en el huerto de Sergueich, por ejemplo.

Era casi mediodía, momento ya de volver a entrar en casa, pero un punto concreto del campo, en la pendiente que subía hacia Zhdánivka y las trincheras ucranianas, mantenía perplejo a Sergueich y no lo dejaba ir. Un par de días antes, la última vez que había salido hasta el final del huerto, el campo blanco níveo estaba impoluto. No había nada más que nieve, y, si lo mirabas el tiempo suficiente, empezabas a escuchar ruido blanco: un tipo de silencio que se apodera de tu alma con sus manos gélidas y no te la suelta hasta pasado mucho rato. El silencio que rodeaba a Sergueich, por supuesto, era de una índole especial. Los sonidos a los que te acostumbras, a los que ya no prestas atención, también se funden en el silencio, como el ruido de un bombardeo lejano, por ejemplo. Incluso en esos momentos (Sergueich se obligó a escuchar mejor) estaban disparando en algún lugar, a la derecha, a unos quince kilómetros; y también a la izquierda, a no ser que eso fuera el eco.

—¿Es una persona? —se preguntó Sergueich en voz alta, fijándose en aquel punto del campo.

Durante un momento, le dio la impresión de que el aire se había vuelto más transparente.

«¿Y qué otra cosa iba a ser? —pensó—. Si tuviera unos prismáticos… Ya me estaría calentando en casa… A lo mejor Pashka tiene».

Y entonces sus pies lo llevaron tras sus pensamientos: a casa de Pashka. Lo condujeron bordeando el filo del cráter junto a la casa de los Mitkov, y luego avanzó por la calle Shevchenko, siguiendo las huellas del coche sobre el que Pashka podía haber dicho la verdad o, con las mismas posibilidades, haber mentido como un bellaco; con ese hombre era todo lo mismo.

—¿Tienes prismáticos? —le preguntó Sergueich a su enemigo de la infancia cuando este abrió la puerta, sin tan siquiera ofrecerle un saludo.

—Sí, claro. ¿Para qué los quieres?

Pashka también decidió ahorrarse los saludos. Qué sentido tenía desperdiciar palabras.

—Hay algo en mi parte del campo. Quizá sea un cadáver.

—¡Espera! —Los ojos de Pashka se iluminaron con el brillo de la curiosidad—. ¡Un momento!

Dejaron atrás el cráter de la casa de los Mitkov. Por el camino, Sergueich miró al cielo. Le pareció que ya estaba oscureciendo, aunque ni siquiera los días más cortos del invierno acaban a la una y media. A continuación, echó un vistazo a los prismáticos viejos y enormes que colgaban de una correa de piel marrón y descansaban sobre el pecho abultado de Pashka, cubierto por piel de oveja. Desde luego, el abrigo de Pashka no habría abultado así si el hombre no se hubiese subido las solapas, que se alzaban como una valla en torno a su fino cuello para protegerlo del viento gélido. Por debajo, el resto del abrigo lo llevaba arrugado.

—¿Dónde está?

Pashka se llevó los prismáticos a los ojos en cuanto llegaron a la linde del huerto.

—Allí, en línea recta y un poco a la derecha, en la pendiente.

Sergueich señaló hacia el punto.

—Vale. ¡Ah, lo veo!

—¿Y qué es?

—Una baja. Pero ¿quién es? No le veo los galones… Está tumbado en una posición rara.

—Deja que eche un vistazo.

Pashka se quitó los prismáticos y se los pasó a Sergueich.

—Toma, apicultor… A ver si tú tienes mejor vista.

Lo que desde lejos parecía una mancha oscura resultó ser verde. El hombre muerto estaba tumbado sobre el costado derecho, con la espalda vuelta hacia Malaia Starogradovka, lo que significaba que miraba a las trincheras ucranianas.

—¿Distingues algo? —preguntó Pashka.

—Sí. Un soldado muerto. Pero, si era de los suyos o de los otros, cualquiera sabe.

—Ya.

Pashka asintió al responder y el movimiento de la cabeza dentro de aquel cuello alzado provocó una sonrisa en Sergueich.

—¿De qué te ríes? —le dijo Pashka con recelo.

—Pareces una campana del revés ahí metido. Tienes la cabeza demasiado pequeña para esos lujos…

—Pues es que no tengo otra —espetó Pashka—. Aparte, cuesta más que una bala acierte en una cabeza pequeña. A una chola tan grande como la tuya no le fallaría nadie ni a un kilómetro…

Avanzaron con esfuerzo por el huerto, los frutales y el patio delantero hasta la cerca, en la calle Lenin, en silencio todo el camino, sin mirarse una sola vez. Sergueich le preguntó a Pashka si podía quedarse los prismáticos un par de días. Pashka aceptó y luego se marchó hacia la travesía Michurin sin mirar atrás.

4

Esa noche, Serguéi Sergueich no se despertó porque tuviese frío él, sino porque lo tenía otra persona, en su sueño. Para ser más precisos, soñó que él era el soldado muerto. Caído y abandonado en la nieve. A su alrededor, una helada terrible. Su cuerpo inerte estaba cada vez más rígido, y de golpe se convirtió en piedra y empezó a irradiar frío. En el sueño, Sergueich estaba tumbado en el interior de ese cuerpo de piedra. Estaba ahí y sentía ese terror frío tanto dentro del sueño como fuera de él, en su propio cuerpo. Lo soportó todo el tiempo que el sueño lo mantuvo atrapado, pero, en cuanto comenzó a debilitar su agarre, Sergueich se levantó de la cama. Esperó a que los dedos le dejaran de temblar del frío que había aguantado en el sueño, luego echó a la estufa unas nueces de carbón que sacó del cubo y se sentó a la mesa, en la oscuridad.

«¿Por qué no me dejas dormir?», susurró.

Estuvo media hora quieto y los ojos se le fueron ajustando lentamente a la oscuridad. El aire de la habitación se estratificó en horizontal: los tobillos se le quedaron fríos mientras los hombros y el cuello se le calentaban.

El apicultor suspiró, encendió una vela amarilla, fue al ropero y abrió la puerta izquierda. Acercó más la vela. Allí, entre las perchas vacías, estaba el vestido de su mujer, de su exmujer. Vitalina lo había dejado ahí a propósito. Una indirecta clara y meridiana: uno de los motivos de su marcha.

Bajo la tenue luz que arrojaba la temblorosa lengüita de fuego, el estampado del vestido no era fácil de leer, aunque a Sergueich tampoco le hacía falta hacerlo. Tenía grabado a fuego aquel estampado nada elaborado, aquella humilde trama: unas columnas gruesas y muy juntas de hormigas rojas grandes que subían y bajaban por un tejido azul cielo; por su aspecto, serían miles. ¡Menuda cosa, un inventor de ropa teniendo una idea así! No, claro, no podía ser algo simple y bonito, como cualquier otro vestido, con lunaritos, margaritas o violetas…

Sergueich apagó la menuda llama como acostumbraba a hacerlo, con el pulgar y el índice de la mano derecha. El dulce hilo de humo de despedida que emitió la vela le llegó a la nariz. Regresó a la cama. Bajo la manta estaba abrigado, con una calidez que debería dar lugar a sueños cálidos, no a sueños que te penetran con un terror frío.

Los ojos de Sergueich parecieron cerrarse por cuenta propia. Y entonces, con los ojos cerrados, mientras se quedaba dormido, volvió a verlo: el vestido de las hormigas. Solo que no estaba colgado del ropero. Estaba en Vitalina; le llegaba por debajo de las rodillas. Las hormigas rojas parecían corretear arriba y abajo del tejido porque Vitalina iba caminando por la calle Lenin y el vestido se agitaba con la brisa. En realidad, no iba caminando: iba nadando. Como la primera vez que la mujer había salido del patio de la casa. La primera vez que había salido sin más, podría decirse, como para presentarse a la calle y al pueblo entero, como si fuese una especie de documento importante cuya mera visión debía hacer que todo el mundo se apartase y se quedase mirando. Vitalina aún no había terminado de deshacer sus bolsas y maletas ese primer día tras mudarse de Vínnytsia, pero el vestido de las hormigas lo había sacado de inmediato, para plancharlo, ponérselo y emprender el camino a la iglesia que había al final de la calle. Sergueich intentó detenerla, le suplicó que se vistiera con otra cosa, pero nada sirvió… Desde luego, era complicado lidiar con la personalidad de Vitalina y con su predilección por las cosas «bonitas». Imposible, incluso.

La mujer creía que Serguéi iría a pasear con ella por la calle, pero él se detuvo en la cancela, demasiado avergonzado para acompañar a su esposa y a las hormigas rojas.

Así que Vitalina salió sola, caminando con garbo, incluso con arrogancia, atrayendo a todos los vecinos a sus verjas, ventanas y puertas. Malaia Starogradovka era por entonces un pueblo lleno de vida, con casi todos los patios de las casas envueltos en risas de niños…

Huelga decir que, durante los días siguientes, Vitalina fue la comidilla del pueblo, y no para bien.

Sin embargo, después de todo, Sergueich no se había enamorado de Vitalina ni la había hecho su esposa por un vestido. Estaba mucho mejor sin esa cosa puesta, y era toda suya… Una pena que aquello no durase tanto como él esperaba.

En cualquier caso, el sueño que engulló a Sergueich le mostraba ese primer paseo de Vitalina por el pueblo, pero distinto, no como había ocurrido de verdad. En el sueño, Sergueich sí caminaba junto a ella, la llevaba cogida de la mano y saludaba a todos sus vecinos, asintiendo, aunque los ojos de la gente estaban clavados en el vestido de hormigas, como las moscas pegadas a las cintas adhesivas que se cuelgan en verano sobre las mesas.

En el sueño, llegaban a la iglesia, aunque no entraban por la puerta abierta. En vez de eso, rodeaban la casa de Dios y accedían a los terrenos del cementerio, donde las cruces y lápidas silenciosas borraban cualquier deseo de sonreír o de hablar en alto. Serguéi llevaba a Vitalina a las tumbas de sus padres, que no habían llegado a cumplir los cincuenta, y luego le enseñaba las de sus otros parientes: la hermana de su padre y el marido de esta; su primo junto a sus dos hijos, muertos los tres en un accidente de tráfico, por conducir borracho; e incluso su sobrina, a la que habían llevado al final del cementerio, sobre el barranco, y todo porque su padre había reñido con el presidente del consejo municipal, que se vengó de la mejor manera que pudo. Cuando vives en un sitio el tiempo suficiente, acabas teniendo a más familiares bajo tierra que sobre ella.

La memoria le recordó al durmiente, cautivado por el sueño, que sí habían llegado a visitar el cementerio en la vida real. Fueron al segundo o tercer día de llegar Vitalina al pueblo, y la mujer se había vestido con propiedad: de negro riguroso. Ese color le sentaba de maravilla, había pensado Sergueich entonces.

Se oyó un estallido fuerte al otro lado de la ventana. Sergueich se sobresaltó y perdió el hilo del sueño. El cementerio desapareció, Vitalina y el vestido de hormigas se esfumaron y él mismo se desvaneció. Era como si el proyector hubiese partido la película.

Pero Sergueich no abrió los ojos.

«Habrán volado algo —pensó—. No ha sido muy cerca, solo que con un arma de gran calibre. Si hubiese ocurrido cerca, me habría tirado de la cama. Y, si el proyectil hubiera impactado en la casa, me habría quedado sumido en mi sueño, que es más acogedor y cálido que la vida. Ahí el vestido de hormigas tampoco parecía tan irritante… Hasta me ha llegado a gustar».

5

—¡Es que lo tienen delante de sus narices! —Pashka no ocultaba su airado desconcierto—. Deberían llevarse el cuerpo.

Un viento frío y penetrante soplaba desde la dirección de la iglesia bombardeada. Pashka parecía estar apretando la cabeza contra los hombros en un intento por ocultarse del viento tras el cuello alzado del abrigo. El perfil indignado del hombre le recordaba a Sergueich a los ardientes revolucionarios que aparecían en los libros de texto soviéticos.

Estaban otra vez en la linde del huerto. Pashka llevaba toda la mañana enfurruñado, desde que le había abierto la puerta a Sergueich una hora antes, sin invitarlo a pasar. Aun así, había aceptado acompañar a su enemigo de la infancia al borde del huerto y se había vestido rápido.

—Bueno, sí, que no te va a dejar dormir —había dicho Pashka en un gruñido—. Pero ¿a mí ese qué más me da? Por mí, que se quede ahí. Dentro de nada estará bajo tierra.

—Pero es un ser humano. Los seres humanos, si no están vivos, deberían descansar en una tumba en condiciones.

—Ya tendrá su tumba —había respondido Pashka con desprecio—. Todos tendremos las nuestras cuando llegue la hora.

—Mira, si nos escabullimos hasta allí, podríamos arrastrarlo hasta los árboles y quitarlo de en medio.

—¡Yo no voy a escabullirme a ninguna parte! Que quienes lo mandaron allí vayan a por él.

La rudeza del tono de voz de Pashka le indicó al apicultor que no tenía sentido seguir discutiendo.

—Dame los prismáticos —le pidió Pashka.

Miró a través de esas lentes durante un par de minutos, retorciendo los labios. No le gustaba lo que veía más que a Sergueich, pero las ideas que esa imagen inspiraba parecían ser de índoles muy distintas en uno y en otro.

—Si estaba huyendo de ellos, eso significa que es un ucro —razonó Pashka en voz alta mientras bajaba los prismáticos—. Y, si estaba yendo hacia ellos, es que es de los nuestros. Si supiéramos con seguridad que es de los nuestros, les diríamos a los de Karuselino que viniesen por la noche a llevárselo. Pero ¡está tumbado de lado! ¿Quién sabe hacia dónde caminaba o de dónde huía? Por cierto, Grich, ¿oíste anoche la explosión?

—Sí.

Sergueich asintió.

—Creo que le dieron al cementerio.

—¿Quién?

—¡Y yo qué sé! Oye, ¿te queda té?

Sergueich se mordió el labio. No veía forma de decirle que no, después de haberlo arrastrado hasta allí, pero desde luego era lo que quería hacer.

—Sí, vamos.

El apicultor iba por delante de Pashka, pensando en dónde servir el té. Si utilizaba una caja de cerillas, su invitado se ofendería, pero un tarro de mayonesa… Eso era demasiado té.

Los dos se sacudieron las suelas contra el umbral de hormigón para quitarse la nieve.

Al final, Sergueich utilizó un tarro de mayonesa, aunque no lo llenó entero.

—¿Todavía quieres los prismáticos o ya has visto suficiente? —le preguntó Pashka, intentando parecer agradecido.

—Déjamelos un poco más —respondió el apicultor.

Esa vez, se despidieron en términos amistosos.

Cuando Pashka se había ido, Sergueich salió al cobertizo para visitar a sus abejas en hibernación y asegurarse de que todo estaba en orden. Luego, se asomó al garaje para echarle un vistazo al coche. Pensó en arrancar el motor, para ver qué tal, pero decidió que quizá eso molestase a las abejas, situadas justo detrás de la pared de madera; el cobertizo y el garaje estaban pegados como hermanos gemelos, casi bajo el mismo techo.

El temprano ocaso invernal ya se acercaba. Sergueich había apilado carbón para la noche, echó medio cubo en la estufa, cerró la puertecita de cristal y puso un cazo lleno de agua en una de las hornillas. Había previsto cenar alforfón cocido con sal y luego leer un libro a la luz de las velas. Tenía muchas velas; más que libros. Sus libros eran viejos, de la época soviética, y residían tras un cristal, en el aparador, a la izquierda de la vajilla de porcelana. Eran viejos, sí, pero fáciles de leer; tenían letras grandes que se distinguían bien, y todo quedaba muy claro porque las historias que contaban eran sencillas. Las velas, por su parte, estaban en un rincón: dos cajas llenas, con las velas dispuestas en hileras muy apretadas y separadas entre sí por papel encerado. Ese papel por sí solo tenía mucho valor; podía usarse para encender un fuego bajo la lluvia, incluso con un huracán. Una vez que prendía no había manera de apagarlo. Después de que un proyectil impactase en la iglesia leninista (todo el mundo la llamaba «leninista» porque estaba al final de la calle Lenin) y el edificio, entero de madera, ardiera por completo, Sergueich se acercó al lugar a la mañana siguiente y encontró dos cajas de velas en la construcción anexa de piedra que la explosión había abierto en canal. Se llevó las cajas a casa: primero una y luego la otra. Dad y recibiréis. Eso decía la Biblia. Durante años y años, Serguéi había donado la cera de sus abejas a la iglesia, precisamente para que el sacerdote pudiera hacer velas. Él había dado y dado, y entonces recibió aquellas velas como regalo del Señor. Llegaron en un momento de necesidad, con la luz cortada, por lo que le servían de mucho, ya que las bombillas eran inútiles. También eso era una labor sagrada, al fin y al cabo: iluminar la vida de un hombre en tiempos de oscuridad.

6

Tras varios días calmados, sin viento, vino una noche inusualmente oscura, que no llegó por propia iniciativa, sino traída por la agitación del cielo, invisible desde la penumbra invernal de abajo. Allí arriba, unas nubes densas apartaron a sus vecinas más ligeras y de pronto empezaron a arrojar una nieve esponjosa. Los copos caían al suelo, cubierto de nieve vieja, endurecida ya por el viento seco.

Sergueich, bostezando, alimentó la estufa con otro trozo de carbón de llama larga y seguidamente apagó una vela amarilla de iglesia con dos dedos. Parecía haber hecho ya todo lo que tenía que hacer antes de irse a la cama. Solo le quedaba taparse con la manta hasta las orejas y dormirse hasta que la mañana o el frío lo despertasen. Aun así, el silencio, a causa de la nevada, parecía en cierto modo incompleto. Y, cuando el silencio está incompleto, surge, caprichoso, el deseo de completarlo. Pero ¿cómo? Sergueich se había acostumbrado hacía mucho al sonido de los bombardeos lejanos, que había pasado a ser una parte integrante del silencio. Sin embargo, la nevada (una visita mucho menos frecuente) había bloqueado ese ruido con sus murmullos.

El silencio, por supuesto, es una cosa arbitraria, un fenómeno auditivo personal que la gente ajusta y sintoniza para sí misma. Al principio, el silencio de Sergueich no era muy distinto al de otras personas. Ese silencio absorbía con facilidad el zumbido de un avión volando por el cielo y el canto nocturno de un grillo que había entrado por una ventana abierta. Al final, todos los ruidos que no provocan irritación ni te sobresaltan se funden con el silencio. Así ocurría con el silencio de Sergueich en tiempos de paz. Y así ocurría con su silencio en tiempos de guerra, en el que los sonidos militares suprimían y desplazaban a los pacíficos y naturales, pero, en su debido momento, también se alojaban bajo las alas del silencio y dejaban de llamar la atención.

Esa noche, Sergueich estaba tumbado en la cama, preso de una extraña ansiedad provocada por la nevada, que parecía demasiado ruidosa. En vez de caer dormido, se quedó allí pensando.

Y, una vez más, sus pensamientos regresaron al hombre muerto del campo, aunque en esa ocasión la mente de Sergueich se apresuró a aportarle alegría, al sugerir que el muerto pronto desaparecería de su vista. Al fin y al cabo, una nevada tan intensa como aquella lo cubriría todo durante mucho tiempo, hasta el deshielo primaveral. Y en primavera cambiarían las cosas: la naturaleza despertaría y el canto de los pájaros ahogaría el fuego de los cañones, porque los pájaros estarían cerca y los cañones permanecerían por ahí, muy lejos. Y solo de vez en cuando, por algún motivo desconocido —quizá por ebriedad o somnolencia—, los artilleros soltarían por accidente un par de proyectiles sobre Malaia Starogradovka. Una vez al mes, a lo sumo. Y esos proyectiles caerían donde no quedaba nada con vida: en el cementerio, en el patio de la iglesia o en el edificio abandonado y sin ventanas de la antigua administración de koljós.

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Y, si la guerra continuaba en primavera, Sergueich le dejaría el pueblo a Pashka y agarraría a sus abejas (las seis colmenas) para irse donde no hubiese conflicto; donde los campos no estuviesen marcados por cráteres, sino cubiertos de alforfón o flores silvestres; donde pudieras pasear sin miedo, por el bosque, entre praderas y por caminos rurales; donde hubiese mucha gente y, aunque nadie te sonriera, la vida resultara más fácil y cálida sencillamente porque había mucha gente.

Pensar en las abejas le relajó la mente a Sergueich y pareció acercársela más al sueño. Se acordó de un día que atesoraba con cariño en el recuerdo y en el corazón: el día en el que el antiguo gobernador, jefe del Donbás —y de casi todo el país—, lo había visitado por primera vez.[1] Eso sí que era un hombre al que podías comprender en todos los sentidos, al que podías comprender y en el que podías confiar, como un ábaco viejo. Había llegado en un jeep, con dos escoltas. La vida por entonces era totalmente distinta, tranquila. Aún les quedaban diez años por delante, si no más, antes del comienzo del silencio militar. Todos los vecinos habían salido de la nada para ver con envidia y curiosidad cómo aquella mole de hombre entraba por la cancela de Sergueich y le estrechaba la mano con su mitón gigante. Quizá incluso alguno hubiese escuchado al gobernador preguntar:

—Es usted Serguéi Sergueich, ¿no? ¿Podría echarme una siesta sobre sus abejas? ¿Es un invento suyo?

—No, lo inventó otra persona. Lo vi en una revista de apicultura. Pero la cama sí la he construido yo —respondió orgulloso el apicultor.

—Bueno, vamos a echarle un vistazo —dijo en un tronido el invitado, con una sonrisa cruda pero amistosa.

Y entonces Sergueich lo condujo hasta los frutales, donde había seis colmenas colocadas dorso contra dorso en filas de dos. Estaban cubiertas por una lámina de madera, sobre la que descansaba un colchón fino relleno de paja.

—¿Me quito los zapatos? —preguntó el invitado.

El anfitrión miró los zapatos de su visita y se quedó helado del asombro. Eran de punta afilada, con una forma exquisita y del color de la madreperla: iridiscentes como una lámina de petróleo sobre un charco de agua bajo la cegadora luz del sol, solo que mucho más nobles que el petróleo. Su madreperla relucía con tanta luminosidad que por encima de ellos el aire parecía derretirse, como cuando hace muchísimo calor; y, al derretirse y perder su absoluta transparencia, el aire añadía volumen y una intensidad extraordinaria tanto al color como a la forma de los zapatos.

—No, no hace falta —dijo Sergueich negando con la cabeza.

—Le gustan, ¿eh? —comentó el gobernador con una sonrisa.

Esas palabras obligaron al anfitrión a apartar los ojos de los zapatos.

—Sí… Nunca había visto nada tan bonito —confesó Sergueich.

—¿Qué número calza usted?

—El cuarenta y dos.

El gobernador asintió, se acercó a la colmena situada en medio y se puso de espaldas a ella. Había un banquito de madera en la base de la colmena. El gobernador se subió en el banquito y, con cuidado, se colocó encima del colchón fino. Se tumbó sobre el costado derecho, estiró las piernas y luego miró a Sergueich con cierto gesto infantil, como un colegial que mira a un maestro estricto.

—¿Es mejor que me tumbe bocarriba o bocabajo? —preguntó.

—Bocarriba se alcanza la máxima conexión entre el cuerpo y las colmenas —respondió Sergueich.

—Muy bien. Pues voy a empezar con mi siesta. Puede irse. Yo lo aviso luego —dijo el antiguo gobernador.

Miró entonces de reojo a sus escoltas, que estaban a poca distancia de la cama de abejas. Uno de ellos asintió para indicar que se había enterado.

Sergueich regresó a la casa y puso la televisión; por entonces, aún había electricidad. Intentó distraerse, aunque era incapaz de apartar sus pensamientos de aquel invitado gigantesco y tan importante. Tenía miedo de que las patas de las colmenas se hundieran bajo el peso del hombre. Tomó un poco de té para calmarse, pero no podía dejar de preocuparse por la fragilidad de las colmenas. Después de todo, cuando las había fabricado, su única preocupación había sido la comodidad de las abejas; por entonces no sabía nada aún sobre los beneficios para la salud de dormir encima de esas criaturas.

Tras la siesta, en señal de gratitud, el importante invitado le dio a Sergueich trescientos dólares y una botella de vodka. A partir de ese día, quienes siempre habían despreciado al apicultor o sencillamente habían obviado su existencia comenzaron a saludarlo con cordialidad, como si un arcángel lo hubiese tocado con un ala.

Un año después, también a principios de otoño, el gobernador le hizo una segunda visita. Para entonces, Sergueich había construido un pequeño cenador en torno a la cama de abejas; era ligero y plegable: se podía montar y desmontar en una hora. Además, había hecho el colchón aún más fino, de tal manera que la paja no bloquease ni la más mínima vibración generada por los cientos de miles de abejas que había debajo de él.

El gobernador parecía cansado. En esa ocasión, lo acompañaban diez escoltas y había esa misma cantidad de coches aparcados junto a la verja de la calle Lenin. Sergueich no tenía ni idea de quién había en esos vehículos ni de por qué no salían de ellos. Esa vez, el jefe del Donbás durmió sobre la cama de abejas, o estuvo ahí tumbado, cinco o seis horas seguidas. Al marcharse, no solo le dio a Sergueich un sobre con mil dólares, sino que además lo abrazó con todas sus fuerzas. Un auténtico abrazo de oso. Como quien se despide de un amigo muy querido.

«Bueno, se acabó. Los golpes de suerte no se repiten. No va a venir más», concluyó Sergueich.

Era una reflexión sensata por varios motivos, y uno de ellos, muy banal: a esas alturas, había gente anunciando camas de abejas en todas las capitales de distrito. La competencia era feroz y Sergueich, por su parte, no se anunciaba en ningún sitio. Sí, todos los vecinos del pueblo sabían que el gobernador había ido desde Kiev hasta allí para dormir encima de las abejas de Sergueich, y difundieron la noticia entre sus amigos y parientes de otros pueblos y ciudades, por lo que quienes deseaban dormir encima de «las abejas del gobernador» se presentaban en la puerta de Sergueich con una frecuencia que otros apicultores solo podían envidiar. Aun así, Sergueich no infló el modesto precio que solía aplicar y a los clientes más agradables incluso los invitaba a té con miel. A sus clientes les gustaba charlar con él sobre esto y aquello, sobre la vida en general. Por aquel tiempo, Sergueich no tenía a nadie en casa con quien hablar: su esposa y su hija se habían marchado ya, aprovechando una ocasión que él estaba en el mercado mayorista de productos frescos de Górlovka. Le dejaron el corazón herido. Pero Sergueich perseveró. Reunió toda su voluntad en el puño de una mano y no permitió que las lágrimas que le habían brotado en los ojos le rodaran por las mejillas. Siguió con su vida, y esa vida era tranquila y satisfactoria. En verano, disfrutaba del zumbido de sus abejas y, en invierno, de la paz y de la tranquilidad, de la blancura nívea de los campos y de la absoluta quietud del cielo gris. Podría haber vivido así hasta el fin de sus días, pero algo se interpuso. Algo irrumpió en el país, en Kiev, donde nada había ido nunca del todo bien. Irrumpió con tal brusquedad que el país entero se cubrió de dolorosas grietas, como una lámina de cristal, y de entre esas aberturas empezó a brotar sangre. Ese fue el inicio de la guerra, cuyo sentido, desde hacía ya tres años, seguía siendo un misterio para Sergueich.

El primer proyectil impactó en la iglesia y a la mañana siguiente la gente comenzó a marcharse de Malaia Starogradovka. En primer lugar, los padres mandaron a sus esposas e hijos a sitios donde estuvieran a salvo, allí donde tenían parientes: Rusia, Odesa, Mikoláiv. Luego, se marcharon los propios padres; unos se hicieron separatistas, y otros, refugiados. Los últimos a los que se llevaron fueron los ancianos y ancianas. Los sacaron de allí llorando y maldiciendo. El ruido fue horrible. Y entonces, un día, todo quedó tan callado que Sergueich salió a la calle Lenin y el silencio casi lo ensordeció. Era un silencio pesado, como fundido en hierro. Sergueich tuvo miedo de repente de haberse quedado solo en el pueblo. Se dispuso a recorrer con mucha cautela la calle, asomándose a todas las verjas. Tras una noche de fuego de cañones aquel silencio le pesaba, le aplastaba los hombros como una bolsa llena de carbón. Todas las puertas estaban tapiadas con tablones. Algunas de las ventanas estaban cubiertas con maderas contrachapadas. Llegó hasta la iglesia, a menos de un kilómetro de su casa. Luego cruzó hacia Shevchenko, la calle paralela, y emprendió el regreso con piernas temblorosas. De pronto, oyó una tos y se emocionó. Sergueich se acercó a la verja de la que procedía el ruido y ahí estaba Pashka, sentado en un banco, con una botella de vodka en la mano izquierda y un cigarrillo en la derecha.

—¿Qué haces ahí? —le dijo Sergueich.

Nunca, nunca habían intercambiado un saludo.

—¿Que qué estoy haciendo aquí? ¿Se supone que tengo que abandonarlo todo o qué? Mi sótano está a reventar. Si las cosas se ponen feas, puedo refugiarme ahí abajo.

Esa fue la primera primavera de la guerra, y estaban ya en el tercer invierno. Durante casi tres años, Pashka y él habían mantenido el pueblo con vida. Si todo el mundo se marchaba, nadie regresaría. De ese modo, seguro que la gente acabaría volviendo, bien cuando todo el sinsentido de Kiev terminase, o cuando las minas hubieran desaparecido y dejaran de caer proyectiles.

7

Dos noches y dos días habían transcurrido desde la nevada. Durante ese tiempo, Sergueich solo había salido a por carbón. Los pies se le hundían suavemente en la reciente alfombra de nieve. Sin embargo, algo lo sorprendió: aquí y allá vio unos parches desnudos en los que asomaba la costra de nieve antigua. Bueno, después de todo no había sido una tormenta de nieve como tal, solo una nieve que caía libre, a su antojo, y luego se desplazaba y volaba a uno y otro lado. O quizá una racha de viento bajo se hubiese llevado la nieve hasta alguna barrera natural, donde se habría amontonado formando ventisqueros. De todos modos, Sergueich no tenía ningunas ganas de buscar esos ventisqueros.

La tetera estaba hirviendo. Una estufa de carbón no se puede apagar tan tranquilamente como una cocina de gas, así que la tetera tenía que quedarse ahí, hirviendo ociosa, hasta que Sergueich la retirase con ayuda de un viejo paño de cocina, para no quemarse. Sirvió un poco de agua en una taza de Mobile TeleSystems que tenía el característico logo de la compañía de servicios móviles y le añadió algo de alegría al líquido hirviente con una pizca de té. A continuación, levantó un tarro de miel de un litro del suelo.

«Quizá debería invitar a Pashka —pensó, bostezando. Y luego—: Mejor no, que entonces tendría que ir hasta la otra punta del pueblo».

Todavía no se había acabado la primera taza cuando en algún lugar cercano resonó una explosión. Las ventanas temblaron tan ruidosamente que a Sergueich le dolieron los oídos.

«¡Putos cabrones!», gritó en tono amargo, y soltó la taza sobre la mesa con un golpe, derramando parte del té. Seguidamente, corrió hasta la ventana que tenía más cerca para ver si se había roto. No.

Las otras ventanas también estaban intactas. Pensó en salir y comprobar dónde había caído el proyectil; quizá hubiese aplastado la casa de algún vecino.

«Bah, a tomar viento… Lo más importante es que la mía sigue en pie», concluyó Sergueich, y regresó a la mesa.

Si hubiese habido una segunda explosión, la cosa habría sido distinta. Sergueich se habría ido directo al sótano, como había hecho tres años atrás, cuando los proyectiles empezaron a llover de la nada sobre Malaia Starogradovka.

Quedaban aún dos horas antes de la temprana puesta de sol de febrero. Y también eso era sorprendente: el hecho de que el proyectil hubiese caído en el pueblo de día. De haber sido de noche, se podría haber atribuido a un error. Pero ¿de día? ¿Estaban borrachos o qué? ¿Aburridos del silencio? ¿Y de quiénes estábamos hablando, en cualquier caso: de los que había en Karuselino o de los que estaban embutidos entre el pueblo y Zhdánivka?

Sergueich diluyó sus amargos pensamientos en miel y se sintió mejor. Rellenó la taza y sonrió al ver el logo. También su móvil era de esa compañía; si no, no habría tenido la taza, claro. Solo que el teléfono, junto con el cargador, no era ya más que un peso muerto en el aparador. Si volvía la luz, lo cargaría y comprobaría si aún había cobertura en la zona. De todos modos, si tuviera luz y cobertura, le surgiría otra cuestión: ¿a quién iba a llamar? ¿A Pashka? Era más barato ir hasta su casa andando. Además, Sergueich no tenía el número de Pashka. Y para llamar a su ex, Vitalina, necesitaría escoger las palabras con mucho cuidado, y con mucha antelación, quizá incluso escribirlas en un trozo de papel y leérselas en alto… De otro modo, Vitalina seguramente le colgaría. Al menos podría preguntarle cómo le iba a su hija. Y, si Vitalina y él llegaban a hablar, podría preguntarle por la vida en Vínnytsia. ¿Cómo era que Sergueich nunca había ido a visitar a su familia política? ¿Que nunca hubiera ido a ninguna parte en sus cuarenta y nueve años de vida, podría decirse? Los únicos lugares que había visitado eran Górlovka, Yenákiyeve, Donetsk y las tres o cuatro docenas de ciudades y pueblos mineros a los que lo habían mandado por trabajo antes de darle la incapacidad. El suyo había sido un puesto importante: inspector de seguridad. A algunas minas bajó veinte veces o más. Había respirado tanto el aire de esos sitios velando por su seguridad que acabó jubilado por enfermedad a los cuarenta y dos. La silicosis no es ninguna broma, aunque el hecho de que sea tan común entre la gente que trabaja bajo tierra la convierte en algo similar a una gripe. Gente que tose, nada más…

Un puño golpeó en la puerta.

Sergueich se estremeció, pero de inmediato se rio y se le fue el miedo: ¿quién iba a ser sino Pashka?

Abrió la puerta y vio la cara de su enemigo de la infancia, pálida como la muerte y desencajada por la tristeza. «Le han dado a la casa de Pashka», pensó Sergueich horrorizado.

—Se han cargado la mitad de la casa de los Krasiuk y les han hundido el cobertizo —lo informó Pashka con voz temblorosa.

—Hum —respondió Sergueich en gesto comprensivo.

Invitó a pasar a Pashka. Lo sentó a la mesa, le sirvió un té y le dio una cucharilla para que se sirviera la miel que quisiese.

Sergueich entendía bien el miedo de Pashka. Los Krasiuk vivían a dos casas de la suya. Si el proyectil había impactado allí, las ventanas de Pashka habrían desaparecido, sin ninguna duda.

El invitado levantó entonces la vista para mirar a su anfitrión.

—Oye, Grich, ¿me dejas pasar la noche aquí?

—Por mí no hay problema. ¿A tu casa le han dado también?

—Las ventanas. —Pashka suspiró—. Todas, enteritas. He tenido suerte: ¡un trozo de cristal me ha pasado zumbando junto a la cara y ha aterrizado en el aparador! Justo me estaba preparando para comer, echándoles manteca de cerdo a las patatas.

Pashka se quedó callado y miró precavido a los ojos de Sergueich. El anfitrión entendió el motivo del repentino silencio de su visita: Pashka se había ido de la lengua. No paraba de quejarse diciendo que pasaba mucha hambre y de golpe parecía que tenía comida de sobra. Sergueich sonrió en sus pensamientos, aunque no con la boca. Seguía sintiendo lástima por su enemigo de la infancia: una casa fría, con doce bajo cero fuera. Si la casa permanecía veinticuatro horas sin ventanas, harían falta tres días para volver a caldearla.

—Muy bien. —Sergueich asintió—. Puedes quedarte a pasar la noche, pero hay que ir a arreglar las ventanas o te tendrás que mudar aquí para siempre.

—¿Y de dónde voy a sacar los cristales?

—Muy listo no eres, ¿no? —dijo en tono calmado el apicultor—. Demasiado vago para pensar. Cuando a una persona le falla el corazón, o la entierran o buscan un donante. ¿Es que no lees la prensa?

—¿Y qué tiene eso que ver? ¿Donante de qué?

—Bueno, las herramientas las tengo —dijo Sergueich, pensando en alto—. ¿Qué casa está vacía pero sigue conservando todas las ventanas?

Pashka estaba encantado: había pillado la idea de Sergueich.

—¡La de Klava Zhivotkina! ¡Se murió mucho antes de la guerra! —dijo, y de inmediato el entusiasmo se le borró de los ojos—. Pero vivía en una choza vieja, con unas ventanas diminutas. Necesitamos unas más grandes… ¿La de Arzamian?

—¿Está muerto? —preguntó Sergueich en tono cauteloso.

—No lo sé —dudó Pashka—. Pero se ha ido, eso seguro. Se marchó a Rostov, creo. No es ruso, vaya, ni tampoco ucraniano. Es armenio.

—¿Y qué? Vivía aquí y eso significa que es uno de los nuestros. ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos si volviese? Sigue pensando…

—¡Los Serov! —exclamó muy contento Pashka—. ¡La bomba esa se los llevó por delante! ¡A todos, incluso a los críos!

—Sí.

Sergueich asintió, frunció el ceño y soltó un hondo suspiro. Se acordó de que los Serov habían sido los primeros en huir. Ni siquiera habían esperado a que cesara el bombardeo. Y ahí fue cuando el proyectil les dio de lleno, en la misma carretera, al salir del pueblo. Les aterrizó en el centro de su sedán Volga. Y el Volga seguía allí, destrozado, en el camino de tierra.

—Muy bien. —Sergueich levantó la vista y miró a su invitado—. Acábate el té y vamos. Calculo que habremos terminado antes de que anochezca. Tengo un buen cortavidrios.

8

La gratitud de Pashka por las ventanas nuevas y la noche pasada en la casa de Sergueich tenía sus límites. Dejó que el apicultor se quedase los prismáticos un poco más de tiempo, pero por supuesto no le ofreció ni una pizca de la manteca que había mencionado. Y Sergueich echaba mucho de menos el sabor de esa manteca. No era que estuviese desesperado ni nada… Si Pashka no hubiese pronunciado esa palabra, Sergueich ni siquiera habría pensado en ella. Pero en ese invierno de guerra, con velas de iglesia y sin electricidad, cualquier mención de placeres pasados despertaba el anhelo. Si Pashka hubiese sacado a colación el pescado seco en salazón, y no la manteca de cerdo, Sergueich no se habría torturado pensando en ese alimento, aunque desde luego las carencias en su casa eran casi infinitas. Podías pasarte una eternidad enumerando las cosas que Sergueich no tenía a mano, ni tampoco en el sótano. Por el contrario, era muy fácil relatar las cosas que sí había en su casa: miel, vodka, bebidas varias elaboradas por él, remedios a base de polen de abeja y otras delicias apícolas. Guardaba asimismo en alguna parte (no recordaba bien dónde) una botella de coñac Oktiabrski, de Crimea. Si Sergueich hubiese sido tan bocazas como Pashka, habría tenido que repartir hacía mucho todas sus reservas con su enemigo de la infancia. Aunque, para ser sinceros, en realidad Sergueich no veía ya a Pashka como un enemigo. Cada vez que se encontraban, aunque se peleasen, Sergueich se sentía más y más próximo a ese hombre. En ciertos sentidos se habían convertido en hermanos, pero no de sangre, gracias a Dios…

Se oyó un toque suave en la puerta.

«Vaya, vaya, qué cosas —se dijo Sergueich con una sonrisa—. Ayudas a una persona y de pronto empieza a actuar un poco más civilizadamente».

Cogió de la mesa una vela encendida y se dispuso a dejar pasar a Pashka.

Sin embargo, cuando abrió la cerradura y la puerta, se vio ante la oscuridad de la noche y frente a una silueta con una cara que no era la de Pashka, sino un rostro más joven, con unos ojos tensos que reflejaban la llama de la vela de iglesia.

Sergueich se quedó paralizado. Y, allí de pie, poco a poco se dio cuenta de que el desconocido iba vestido de camuflaje y tenía un fusil automático colgado al hombro, con el cañón corto apuntando al suelo.

—Disculpe, sé que es tarde… y que llego sin avisar —dijo el desconocido, con un tono de educada vergüenza en la voz.

El apicultor entendió que era poco probable que el desconocido fuese a matarlo o a robarle. Si no, ¿por qué disculparse? Suspiró y acercó más la vela, que sujetaba con la mano derecha, a aquella visita inesperada, que desde luego era muy joven, veintidós o veintitrés años.

—¿Puedo pasar? —preguntó el desconocido.

—Claro, si se quita las botas y deja el fusil junto a la puerta —respondió Sergueich.

Habló de un modo exageradamente severo, pese a notar que la voz casi le temblaba de miedo. En definitiva, estaba ordenándole a un soldado que soltara su arma.

—Puedo quitarme las botas. Pero no tengo permitido dejar el arma desatendida —dijo el joven.

—Muy bien, con las botas vale —replicó Sergueich.

Cerró la puerta, bajó el cerrojo al gancho, miró el par de botas altas que estaban junto a la pared y a continuación invitó al desconocido a sentarse a la mesa.

—¿Un poco de vodka? —preguntó por cortesía.

Se dio mentalmente un guantazo en la boca por mostrar esa excesiva hospitalidad.

—No, gracias. —El joven negó con la cabeza—. Aunque sí me tomaría un té.

Sergueich asintió.

—Marchando un té.

Le pareció que una vela no era suficiente para dos personas. Sacó dos más y las encendió.

—Marchando ya el té —repitió, y se asomó a ver la cara del desconocido, para asegurarse de que no se le hubiese escapado nada a la luz de una sola vela—. ¿Cómo se llama?

—Petro.

—¿Y de dónde es usted?

—De Jmelnitski.

—Ah —dijo Sergueich, con tono de haber entendido algo importante—. Del ejército ucraniano, entonces.

El joven asintió.

—¿Artillería?

Petro negó con la cabeza.

—¿Y usted cómo se llama?

—¿Yo? Serguéi Sergueich. Puede llamarme Sergueich. Entonces se llamará usted Petr, no Petro.

—No, es Petro. Así lo pone en mi pasaporte.

—Bueno, en mi pasaporte pone que soy Serguich Serguiyovich y yo digo que soy Serguéi Sergueich. Esa es la diferencia.[2]

—Seguramente no esté usted de acuerdo con su pasaporte —sugirió Petro.

—No, yo estoy de acuerdo con mi pasaporte, pero no con el nombre que ha elegido para mí.

—Pues yo estoy de acuerdo con mi pasaporte y con el nombre que ha elegido para mí —dijo el invitado nocturno con una sonrisa.

Era una sonrisa fácil, de las que desarman incluso, aunque el fusil siguiera colgado en el respaldo de la silla.

—A lo mejor está usted de acuerdo porque el nombre de su pasaporte es el mismo que tiene en la vida —replicó Sergueich pensativo—. Si a mí me pasara igual, tampoco le llevaría la contra a mi pasaporte. Bueno, Petro, cuénteme… ¿A qué debo su visita? ¿Quiere algo de mí?

—Pues sí —dijo el joven—. Quería conocerlo. Llevo ya más de un año viéndolo y no sabía ni su nombre.

—¿Dónde me ha estado viendo? —le preguntó Sergueich, atónito.

—Con los prismáticos —respondió el joven, titubeando un poco—. Se supone que tengo que vigilar el pueblo. Habría venido antes, pero durante el día es peligroso. En realidad, tampoco se me permite venir de noche, aunque el riesgo es menor.

—¿Qué tipo de peligro cree que podemos suponer durante el día?

—Usted personalmente, ninguno. Pero los francotiradores que nos tienen los nervios machacados (y que con gusto nos harían lo mismo en la cabeza), mucho. Hace tres días se pusieron a dispararnos a discreción desde la iglesia.

—Por aquí no pasa nadie —afirmó Sergueich muy convencido—. Habría visto las huellas. No estoy todo el día metido en mi casa.

—Cuatro han muerto ya este año, tres heridos —respondió Petro con calma, y se rascó tras la oreja.

A continuación, dejó con torpeza el pasamontañas sobre la mesa. Sergueich acabó de preparar el té. Sirvió una taza para su invitado y otra para sí mismo.

—¿Y cómo van las cosas por ahí, por Ucrania? ¿Hay manteca de cerdo suficiente para todo el mundo? —preguntó.

—Sí, claro. —El joven no pudo evitar sonreír—. A veces a mí me llega un poco también. La traen los voluntarios. Respecto al país, pues como siempre… Gente a la que estafan, calles y ciudades que cambian de nombre… Pero dicen que las cosas van a mejorar después de la guerra. Ya no necesitaremos permisos para ir al extranjero.

—Si no os matan, claro —dijo Sergueich torciendo los labios.

Entonces, se contuvo. Lo que había dicho sonaba a que deseaba que alguien muriese. Decidió cambiar de tema.

—¿Qué nombres están cambiando?

—¿No se ha enterado? —Petro abrió los ojos de par en par y su sonrisa dejó a la vista unos dientes fuertes—. Ah, se me olvidaba que no tienen electricidad, así que no ven la televisión…

El anfitrión asintió en gesto triste.

—Sí, la luz se fue hace mucho tiempo. ¿Vendrán a arreglarla?

—Lo dudo. Es demasiado peligroso ahora mismo. Y, de todas maneras, seguramente sea mejor que no vean la televisión; mejor para sus nervios.

—No se preocupe por mí. Tengo unos nervios de acero —presumió Sergueich—. Fui inspector de seguridad en minas. ¿Es consciente de lo que hace falta tener para eso?

Los ojos del joven mostraron un brillo de admiración.

—¿Y usted qué hacía antes de todo esto? —le preguntó Sergueich.

—Me dedicaba al turismo. A la hostelería. Quería mudarme a Crimea y montar un hotelito.

—Un poco tarde para eso —se lamentó Sergueich con un gesto de la mano—. Yo nunca he estado en Crimea, aunque siempre he querido ir: darme un baño en el mar, tumbarme en una playa, volver bronceado… Tengo un amigo allí. Nos conocimos en una convención de apicultores. Un tártaro llamado Ajtem Mustafáiev. Apicultor como yo. Me invita cada dos por tres, pero nunca ha cuajado…

—Bueno, algún día —dijo el joven, quizá en un intento por consolar a Sergueich.

—Puede ser. —El apicultor no sonó convencido. Se le oscureció la mirada y añadió—: Oiga, ¿por qué no han recogido el cuerpo ese del campo? Está allí, cerca de ustedes.

—¿El camuflado? —preguntó Petro tenso.

—Sí, ese. A lo mejor ahora está cubierto de nieve. Ayer no miré.

—No, no está cubierto —dijo el joven, y suspiró—. El viento barrió la nieve. No es de los nuestros y es demasiado peligroso mandar a gente ahí fuera. Podría haber trampas de cuerdas bajo la nieve. Quizá incluso hayan metido trampas en el cuerpo. Que los sepas vayan y lo recojan. Es de los suyos.

—Que corran a por él para aprovechar y machacarlos, ¿eh? —replicó el anfitrión en tono malicioso.

—Si vienen desarmados, con un trapo blanco, dejaremos que se lo lleven.

—¿De verdad? Ellos dicen que no es de los suyos —comentó Sergueich, y de inmediato se arrepintió.

—¿Y cuándo le han dicho a usted eso? —preguntó Petro entrecerrando los ojos.

La mirada se le tornó fría y hostil.

—A mí no me lo han dicho. Se lo dijeron a Pashka, mi vecino, el de la calle Shevchenko. Fueron a verlo y él les preguntó.

—Ajá —murmuró el joven, como sacando conclusiones—. Pues, si no es de los suyos ni de los nuestros, entonces formará parte de la tercera fuerza.

—¿Qué es la «tercera fuerza»? —preguntó el apicultor.

—A saber. Nosotros creemos que están de nuestra parte, porque luchan sin insignia. Y los otros dicen lo contrario, que nos combaten a nosotros. Quizá sean fuerzas especiales de algún otro lado que luchan contra ambos bandos. Por eso nosotros celebramos cuando se cargan a alguno de allí y ellos se emocionan cuando desde nuestra retaguardia alguien lanza una granada contra uno de nuestros vehículos de combate de infantería…

—¿Quiere llevarse algo de miel? —preguntó Sergueich.

—Bueno, todavía no me voy. De todos modos, no me hace falta miel. Aunque quizá tome un poco ahora, con el té.

—Sí, sí, claro.

Volvió a implantarse el silencio y el apicultor no sintió ganas de romperlo. Sin embargo, tras unos minutos, se interesó de nuevo por el cambio de nombre de las calles.

—¿Qué nombres les están poniendo? —dijo casi en un suspiro.

—Si se llamaban Marx o Lenin, ahora llevan el nombre de Bandera o de algún escritor —respondió el soldado.

—Yo preferiría un escritor —dijo Sergueich—. Por cierto, esta es la calle Lenin.

—Cuando acabe la guerra, le pondrán otro nombre.

—¿Y si quiero elegir el nuevo nombre yo?

—Sin problema. Solo tendrá que llegar a un acuerdo con el resto de la gente que viva en la calle y luego llevarlo al consejo municipal.

—Eso se alargaría mucho —se quejó Sergueich—. Mucho…

—Bueno, creo que voy a ir yéndome.

Petro desenganchó el fusil del respaldo de la silla y se lo echó al hombro. A continuación, cogió el pasamontañas con la mano izquierda y metió la derecha en el bolsillo de su cálida chaqueta de camuflaje para sacar una granada RGD-5. La dejó junto a su taza de té.

—Para usted —dijo, y miró con respeto a su anfitrión—. No está bien presentarse en casa de nadie con las manos vacías, sin un regalo…

—Pero, em… —murmuró Sergueich—. ¿Para qué necesito yo eso?

—Para defenderse. Y si no la utiliza, cuando la guerra haya acabado, entiérrela en el huerto. Ah, y si quiere puedo cargarle el móvil. Tenemos un generador de lujo: ¡da hasta para que funcione una lavadora!

Sergueich se quedó atónito, aunque solo un instante. Sacó el móvil y el cargador del cajón del aparador y se los dio a Petro.

El soldado se puso en pie y se los guardó en el bolsillo de la chaqueta. Luego, cogió otra cucharada de miel del tarro y se la llevó a la boca; dejó la cuchara reluciente con unos ávidos lametones.

—Si alguna vez necesita ayuda, ate un trapo blanco a la rama de uno de sus frutales para que yo pueda verlo —le dijo el joven al anfitrión, antes de salir a la oscuridad.

—¿Un trapo blanco? —repitió el apicultor en un suspiro.

Cerró la puerta y apagó dos de las tres velas. El inesperado encuentro con un militar le había subido el ánimo, y eso lo sorprendió. Era como si acabase de ver algo interesante en la televisión.

«Un buen tipo —pensó, mirando la granada—. Debería haberle hecho más preguntas».

9

A la mañana siguiente, a Sergueich le dolía horrores la cabeza. Por la mueca de su cara podría haberse pensado que le dolían a la vez todos los órganos internos. Ya había bebido agua fría de la tetera y se había puesto una cucharadita de azúcar en la boca hasta que se había derretido. Sin resultado. Los ojos, llenos de enfado, regresaban una y otra vez a la mesa, en la que desde media noche había una botella abierta de vodka Kazyonka, de fábrica, y un vaso de chupito. ¿Por qué puñetas había decidido celebrar la llegada de su inesperada visita militar? Por otro lado, estuvo bien empezar la celebración después de que su invitado se hubiera marchado, adentrándose en la noche oscura. Si la visita se hubiese unido a la celebración, quizá nunca hubiera logrado volver a su refugio… Entretanto, a Sergueich le seguía palpitando la cabeza. Se quejaba del dolor. No solo le dolía, sino que además estaba indignado. A ver, ¿cuánto había bebido? Cinco chupitos a lo sumo. Eso significaba que él no tenía la culpa del terrible estado en que se encontraba. Era culpa del vodka; estaría adulterado. Lo había comprado en la tienda del pueblo antes de la guerra. ¿Y qué iba a hacer? No había médicos cerca, ni medicinas, aparte de los remedios de las abejas. Además, la tienda había cerrado hacía tiempo; ni siquiera podía ir a maldecir a la tendera por venderle veneno.

Sergueich fue renqueando hasta el aparador y sacó la caja de remedios apícolas. Desenroscó un tarrito lleno de polen de abeja, cogió una cucharadita y la echó en una taza. A continuación, añadió agua de la tetera y una cucharadita de miel. Removió el líquido hasta que se mezcló todo bien y se lo bebió a sorbos lentos.

En apariencia, funcionó. O bien el ruido de la cabeza bajó de volumen o bien sus pensamientos lo igualaron, y con ello se hicieron más claros e inteligibles. Y el primer pensamiento que escuchó con claridad le dio miedo: «¿Dónde está la granada?».

Los ojos —temerosos ya, más que irritados— regresaron a la mesa. El regalo del soldado no estaba allí.

Sergueich abrió los cajones del aparador. Nada. Se puso a caminar nervioso por la habitación, a zancadas, mirando bajo la almohada, buscando por todos los rincones. Miró incluso en los cubos del carbón. Entonces se acordó de que por la noche había salido al patio.

Se colocó las botas y se asomó por la ventana. Fuera aún había luz; era la una y media. La nieve del patio estaba pisoteada. Las huellas conducían al cobertizo de las abejas que hibernaban y al garaje, y llegaban incluso a la puerta de la cancela.

Mientras seguía sus propias huellas y se asomaba al cobertizo y al garaje, el dolor de cabeza fue remitiendo.

«Aparecerá. No he podido llevarla muy lejos», pensó Sergueich, y con eso se permitió regresar a la casa.

Sin embargo, una vez allí dentro, le sobrevino una nueva preocupación. Los prismáticos, sobre el alféizar, le recordaron al hombre muerto en el campo de siembra.

«Tengo que quitarlo de en medio», decidió Sergueich, y sintió en el pecho un sorprendente arrebato de valentía.

Agarró los prismáticos y fue hasta la linde del huerto. Por las lentes vio al hombre muerto tumbado en la misma posición que antes, con la espalda vuelta a Malaia Starogradovka, es decir, a él, a Sergueich.

El apicultor regresó a la casa, se sentó a la mesa y escribió una nota: «Pashka, he salido a ocuparme del cadáver, a lo mejor lo cubro un poco. Si me matan, ven a sacarme de allí de inmediato. Entiérrame junto a mis padres. Luego puedes quedarte con mi casa y con todo lo que hay aquí. Adiós».

Diez minutos después, Sergueich bajaba corriendo por el campo blanco, agachado, pegado a la tierra. En la mano derecha, abrigada por un mitón, llevaba una pala de zapador. Cuanto más bajaba por el campo nevado hasta la línea tras la cual empezaba a ascender su otra mitad, más miedo sentía. Al llegar a la zanja cubierta de nieve (conque ahí era adonde había ido a parar la nieve nueva de su huerto), Sergueich miró al cielo; estaba tan bajo que cualquiera lo habría podido confundir con el techo del gimnasio de un colegio a oscuras. La penumbra vespertina presionaba la nieve blanca y la volvía gris.

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