Amelie Nothomb

LECTURAS | Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb

Ciudad de México, 2 de enero (MaremotoM).- El último grito en programas televisivos de entretenimiento se llama “Concentración”. Un equipo de televisión hace una redada por las calles de París para reclutar a los participantes de este reality show, escogiendo aleatoriamente entre la población. Los participantes serán trasladados al plató en vagones precintados, como los que transportaban a los judíos durante la época del exterminio nazi y serán internados en un campo en el que otros concursantes desempeñan el papel de kapos. Bajo la estricta vigilancia de la cámara de televisión los prisioneros serán golpeados y humillados de cualquier modo, todo es válido mientras suban los niveles de audiencia. El momento más esperado llega cuando, cada semana, los telespectadores pueden participar en el concurso gracias al televoto: sin moverse de sus casas pueden eliminar-ejecutar a uno de los participantes del show.

Pannonique, una estudiante de belleza sobrecogedora, es reclutada y se convierte en el número CKZ 114 en el campo de concentración televisado. El primer maltrato en este siniestro lugar consiste, pues, en la pérdida de identidad, en la supresión del propio nombre. Zdena, una mujer sin empleo que, cómo no, también ha recibido nueva identidad, descubre en Pannonique a su doble antagónico y se enamora perdidamente de ella. El bien y el mal formando una pareja fatal: la víctima y el verdugo, y también la bella y la bestia. Cuando la audiencia tiene que votar, se arma un estrepitoso revuelo mediático, pero aunque los telespectadores protestan, todos votan, y sale a la luz el sadismo hipócrita e inconsciente del público que deplora el horror pero es incapaz de perderse una entrega. Mientras tanto, Pannonique y el resto de participantes se juegan la vida…

Una violenta sátira de la telerrealidad, el voyeurismo, la ignominia, la (fácil) buena conciencia, la denuncia moralizante. Una historia que sirve como crítica de un mundo brutal y crudo, de hipocresía biempensante, donde el individuo ha perdido toda libertad de acción porque de cualquier cosa se puede obtener un beneficio: un mundo en el que incluso la denuncia del sistema pertenece al sistema. A través de estas páginas terribles nos llega la metáfora de una sociedad en la que el sufrimiento se convierte en espectáculo.

Amelie Nothomb
Ácido sulfúrico, de Anagrama. Foto: Cortesía

Fragmento de Acido sulfúrico, de Amélie Nothomb, con autorización de Anagrama

Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo.

No era necesaria ninguna cualificación para ser detenido. Las redadas se producían en cualquier lugar: se llevaban a todo el mundo, sin derogación posible. El único criterio era ser humano.

Aquella mañana, Pannonique había salido a pasear por el Jardín Botánico. Los organizadores llegaron y peinaron minuciosamente el parque. De pronto, la joven se encontró dentro de un camión.

Eso ocurrió antes del primer programa: la gente todavía no sabía qué les iba a ocurrir. Se indignaban. En la estación, les amontonaron en vagones de ganado. Pannonique vio que les estaban filmando: varias cámaras los escoltaban, sin perder ni el más mínimo detalle de su angustia.

Entonces comprendió que rebelarse no sólo no serviría de nada sino que resultaría telegénico. Así pues, durante todo el viaje se mantuvo fría e inmóvil como el mármol. A su alrededor, lloraban niños, gruñían adultos y se sofocaban ancianos.

Les desembarcaron en un campo parecido a los no tan lejanos campos de deportación nazis, con una diferencia nada baladí: habían instalado cámaras por todas partes.”

Para ser organizador tampoco era necesaria ninguna cualificación. Los jefes hacían desfilar a los candidatos y seleccionaban a aquellos que tenían “un rostro más significativo”. Luego había que responder a cuestionarios de actitud.

Zdena, que en su vida había aprobado un examen, fue admitida. Experimentó un inmenso orgullo. En adelante, podría decir que trabajaba en televisión. Con veinte años, sin estudios, un primer empleo: finalmente su círculo íntimo iba a dejar de burlarse de ella.

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Le explicaron los principios del programa. Los responsables le preguntaron si le resultaban chocantes.

–No. Es fuerte –respondió ella.

Pensativo, el cazatalentos le dijo que se trataba exactamente de eso.

–Es lo que la gente quiere –añadió–. El cuento y el tongo se han acabado.

Superó otros tests en los que demostró que era capaz de golpear a desconocidos, de vociferar insultos gratuitos, de imponer su autoridad, de no dejarse conmover por las lamentaciones.

–Lo que cuenta es el respeto del público –dijo uno de los responsables–. Ningún espectador se merece nuestro desprecio.

Zdena asintió.

Le atribuyeron el grado de kapo.

“–Te llamaremos kapo Zdena –le dijeron.

El término militar le gustó.

–Menuda pinta, kapo Zdena –le lanzó a su propio reflejo en el espejo.

Ni siquiera se dio cuenta de que ya estaba siendo filmada.

Los periódicos no hablaban de otra cosa. Los editoriales estaban al rojo vivo, las grandes conciencias pusieron el grito en el cielo.

El público, en cambio, pidió más desde la primera entrega. El programa, que llevaba la sobria denominación de Concentración, obtuvo un récord de audiencia. Nunca el horror había causado una impresión tan directa.

“Algo está ocurriendo”, comentaba la gente.

A la cámara no le faltaban cosas que filmar. Paseaba sus múltiples ojos por los barracones en los que los prisioneros estaban encerrados: letrinas, amuebladas con jergones superpuestos. El comentarista destacaba el olor a orina y el húmedo frío que, por desgracia, la televisión no podía transmitir.

Cada kapo tuvo derecho a algunos minutos de presentación.

Zdena no daba crédito. Durante más de quinientos segundos, la cámara sólo tendría ojos para ella. Y aquel ojo sintético presagiaba millones de ojos de verdad.

–No desaprovechéis esta oportunidad de mostraros simpáticos –les dijo un organizador a los kapos–. El público os ve como unas bestias primarias: demostradles que sois humanos.

–Tampoco olvidéis que la televisión puede ser una tribuna para aquellos de vosotros que tengáis ideas, ideales –apuntó otro con una sonrisa perversa que era la viva expresión de todas las atrocidades que esperaba oírles proferir.

Zdena se preguntó si tenía ideas. La confusión que bullía dentro de su cabeza y que ella denominaba pomposamente su pensamiento no la aturdió hasta el punto de concluir con una afirmación. Pero pensó que no tendría ninguna dificultad para inspirar simpatía.

Es una ingenuidad corriente: la gente ignora hasta qué punto la televisión les afea. Zdena preparó su discurso delante del espejo sin darse cuenta de que la cámara no tendría con ella la indulgencia de su propio reflejo.

Amélie Nothomb nació en Kobe (Japón) en 1967. Proviene de una antigua familia de Bruselas, aunque pasó su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, principalmente en China y Japón, donde su padre fue embajador; en la actualidad reside en París. Desde su primera novela, Higiene del asesino, se ha convertido en una de las autoras en lengua francesa más populares y con mayor proyección internacional. Anagrama ha publicado El sabotaje amoroso (Premios de la Vocation, Alain-Fournier y Chardonne), Estupor y temblores (Gran Premio de la Academia Francesa y Premio Internet, otorgado por los lectores internautas), Metafísica de los tubos (Premio Arcebispo Juan de San Clemente), Cosmética del enemigo, Diccionario de nombres propios, Antichrista, Biografía del hambre, Ácido sulfúrico, Diario de Golondrina, Ni de Eva ni de Adán (Premio de Flore), Ordeno y mando, Viaje de invierno, Una forma de vida, Matar al padre, Barba Azul, La nostalgia feliz, Pétronille, El crimen del conde Neville, Riquete el del Copete y Golpéate el corazón.

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