Agatha Christie

LECTURAS | Agatha Christie, 100 años de sus historias: Muerte bajo el sol

Con 66 novelas de detectives y 14 libros de cuentos, Agatha Christie es una de las escritoras y escritores más leídas de todos los tiempos y en todos los idiomas, con miles de millones de ejemplares vendidos y una vigencia permanente.

Ciudad de México, 5 de marzo (MaremotoM).- La hemos escuchado nombrar desde niñas. El misterio y el miedo por los crímenes se llama, precisamente, Agatha Christie. Ahora, hace 100 años de su primera novela y es entonces cuando Grupo Planeta reedita su mítica colección.

Desde el sello booket, ya están El misterioso caso de Styles, Cita con la muerte, Diez negritos y Los elefantes pueden recordar.

Ahora es el turno de Muerte bajo el sol, maldad y falsas apariencias en este nuevo caso de Hércules Poirot.

Un hotel alejado del caos de la ciudad es el sitio que ha escogido Hércules Poirot para relajarse. El ambiente es idílico hasta que aparece Arlena Stuart, la mujer de uno de los huéspedes. Joven, descaradamente bella, famosa actriz y con un talento especial para crear problemas por donde pasa, se convierte rápidamente en centro de críticas y celos por parte de las mujeres y en objeto de deseo de los hombres. Cuando Arlena aparece muerta, todos en el hotel parecen tener una buena coartada y las sospechas pronto recaen en Mr. Redfern, al que el resto de los huéspedes consideran su amante. Hércules Poirot tendrá que echar mano de nuevo a su legendaria astucia para desentramar un crimen en el que las apariencias juegan un papel clave.

Agatha Christie nació en Torquay, Inglaterra, en 1891. Recibió la típica educación victoriana impartida por institutrices en el hogar paterno. Tras la muerte de su padre se trasladó a París, donde estudió piano y canto. Durante un viaje por Oriente Medio conoció al arqueólogo Max Mallowan, con quien se casó ese mismo año; a partir de entonces pasó varios meses al año en Siria e Irak, escenario de Ven y dime cómo vives y de algunas otras de sus novelas policiales como Asesinato en Mesopotamia e Intriga en Bagdad. A partir de 1953 ganó celebridad con las adaptaciones teatrales de sus novelas en el West End londinense. En 1971 le fue concedida la distinción de Dama del Imperio británico. Murió en 1976.

Con 66 novelas de detectives y 14 libros de cuentos, Agatha Christie es una de las escritoras y escritores más leídas de todos los tiempos y en todos los idiomas, con miles de millones de ejemplares vendidos y una vigencia permanente. Sus novelas, plagadas de misterio, muerte e intriga, forman parte del adn de varias generaciones de lectores desde sus comienzos hace cien años hasta nuestros días.

Agatha Christie
Maldad y falsas apariencias de Hércules Poirot. Foto: Cortesía

Fragmento de Muerte bajo el sol, de Agatha Christie, con autorización de Planeta

Capítulo 1

Cuando el capitán Roger Angmering, en el año 1872, edificó una casa en aquella isla frente a la bahía de Leathercombe, esto se consideró el colmo de la excentricidad por su parte. A un hombre de buena familia, como lo era él, le correspondía a ser posible una mansión decorosa, levantada en medio de amplios prados, con algún riachuelo que susurrara.

Pero el capitán Roger Angmering tuvo sólo un gran amor: el mar. Por eso edificó su casa (una vivienda de paredes macizas y grandes ventanas) sobre aquel pequeño promontorio barrido por los vientos y frecuentado por las gaviotas.

El capitán no se casó; el mar fue su primera y última esposa, y a su muerte la casa y la isla pasaron a un primo lejano. El primo y sus descendientes se preocuparon muy poco del legado, y con el tiempo la propiedad y los terrenos mermaron, como también la fortuna de sus herederos.

En 1922, cuando se puso de moda ir a la costa durante las vacaciones, y el litoral de Devon y Cornualles dejó de considerarse lo suficientemente cálido para pasear en verano, Arthur Angmering no halló comprador para su incómoda casona de Georgia, pero, en cambio, consiguió un buen precio por los terrenos del capitán Roger.

La sólida finca fue ampliada y embellecida. Una calzada de cemento unió tierra firme a la isla. Toda su superficie se llenó de «paseos» y «rincones». Se construye- ron dos pistas de tenis y varias terrazas soleadas que descendían hasta una pequeña bahía adornada con plataformas y trampolines. El hotel Jolly Roger, la isla de los Contrabandistas y la bahía de Leathercombe emergieron en todo su esplendor. Y desde julio hasta septiembre (con una corta temporada por Pascua), el hotel Jolly Roger estaba por lo general lleno hasta la buhardilla. Fue ampliado y mejorado en 1934 con la adición de un espacioso comedor y algunos cuartos de baño. Los precios subieron.

La gente decía:

—¿Ha estado usted alguna vez en la bahía de Leathercombe? Hay allí un hotel realmente encantador en una especie de isla. Todo muy confortable, y nada de excursionistas y autocares. Buena cocina y demás. Debería usted ir.

Y la gente iba.

Se hospedaba en el Jolly Roger una persona importantísima (a su juicio, al menos). Hércules Poirot, resplandeciente en su traje blanco de dril, con un sombrero panamá inclinado sobre los ojos y los bigotes magníficamente engominados, se recostaba en una especie de tumbona perfeccionada, mientras contemplaba los bañistas de la playa. Una serie de terrazas conducían a ella desde el hotel. En la playa había flotadores, colchonetas, lanchas neumáticas y barquitos de vela, pelotas y juguetes de plástico. De la orilla arrancaba un gran trampolín y tres plataformas a diferentes distancias de la misma.

Entre los bañistas, algunos estaban en el mar, otros tendidos al sol y los demás embadurnándose el cuerpo con aceite.

En la terraza inmediatamente superior, los que no se bañaban se sentaban a charlar sobre el tiempo, la escena que tenían delante, las noticias de los periódicos de la mañana y otros temas que les resultaban interesantes.

A la izquierda de Poirot, un incesante torrente de palabras fluía de los labios de la señora Gardener con una cadencia suave y monótona mientras las manos de la dama movían vigorosamente las agujas de tejer. Un poco más allá, su marido, Odell C. Gardener, tendido en una hamaca y con el sombrero inclinado sobre la nariz, lanzaba una breve afirmación cada vez que era requerido a ello por su esposa.

Agatha Christie
Grupo Planeta reedita su mítica colección. Foto: Cortesía

A la derecha de Poirot, la señorita Brewster, una mujer atlética, de pelo grisáceo y agradable rostro curtido, hacía comentarios malhumorados. Las voces de la señorita Brewster y de la señora Gardener se mezclaban y recordaban a un perro pastor cuyos cortos y estentóreos ladridos fuesen interrumpidos por el incesante y agudo gruñido de un pomerania.

—Yo le dije a mi esposo —estaba explicando la señora Gardener— que está bien viajar y conocer muchos sitios, pero que, al fin y al cabo, ya hemos recorrido toda Inglaterra y que lo que ahora necesitábamos era un lugar tranquilo, a la orilla del mar, y relajarnos. ¿Verdad que esto es lo que dije, Odell? Sólo relajarnos. Porque noto que he de relajarme. ¿No es cierto, Odell?

El señor Gardener contestó desde detrás de su sombrero:

—Sí, querida.

La señora Gardener prosiguió con su tema.

—Cuando se lo mencioné al señor Kelso, de la agencia Cook’s… Él nos arregló el itinerario y nos dio tantas facilidades, que yo no sé qué habríamos hecho sin él… Bien, pues, como iba diciendo, cuando se lo mencioné, el señor Kelso comentó que no había nada mejor que venir aquí. Un lugar de lo más pintoresco, dijo, retirado del mundo, y al mismo tiempo muy cómodo y selecto en todos los aspectos. Y, como no podía ser de otro modo, el señor Gardener reaccionó al momento y preguntó cómo andaba esto de condiciones sanitarias. Porque, lo crea o no, monsieur Poirot, una hermana del señor Gardener fue a parar una vez a un hospedaje muy selecto, le dijeron, y en el mismo corazón de un parque; pero ¿me creerá usted si le digo que no tenía más que un baño seco? Esto, naturalmente, hizo que el señor Gardener desconfíe de estos lugares retirados del mundo, ¿verdad, Odell?

—¡Oh, sí, querida! —confirmó el señor Gardener.

—Pero el señor Kelso nos tranquilizó enseguida. Las condiciones sanitarias, dijo, eran lo mejor de lo mejor, y la cocina, excelente. Y ahora estoy segura de que es así. Pero lo que más me gusta de este sitio es su intimidad, ya sabe usted lo que quiero decir. Como es un lugar pequeño nos hablamos todos, y todo el mundo se conoce. Si tienen algún defecto estos ingleses, es que son un poco altivos hasta que le tratan a uno un par de años. Aparte de eso, no se me ocurren personas más amables. El señor Kelso nos habló de la gente tan interesante que viene aquí, y veo que tenía razón. Está usted, monsieur Poirot, y la señorita Darnley. ¡Oh! No sabe usted lo que me emocioné al enterarme de quién era usted, ¿verdad, Odell?

—Cierto, querida.

—¡Ja! —dijo la señorita Brewster, y su exclamación sonó como una explosión—. Qué emocionante, ¿verdad, monsieur Poirot?

Hércules Poirot levantó las manos rechazando aquellas palabras. Pero no fue más que un gesto de cortesía. El chorro de palabras de la señora Gardener continuó incontenible:

—Verá, monsieur Poirot, Cornelia Robson me habló mucho de usted. El señor Gardener y yo estuvimos en Badenhof en mayo. Cornelia nos contó aquel incidente en Egipto en el que Linnet Rigdeway halló la muerte. Cornelia dijo que era usted maravilloso y yo sencillamente no veía el momento de conocerle, ¿no es cierto, Odell?

—Sí, querida.

—La señorita Darnley es también una mujer maravillosa. Compro muchas de mis cosas en Rose Mond, que es su nombre comercial. Sus trajes son muy elegantes. Tienen un corte admirable. El traje que yo llevaba ano- che se lo compré a ella. Creo que es una mujer encanta- dora en todos los sentidos.

—Y de porte muy distinguido —murmuró el mayor Barry quien, sentado un poco más allá de la señorita Brewster, había tenido hasta entonces sus ojos saltones clavados en las bañistas.

La señora Gardener movió las agujas y éstas entrechocaron.

—Tengo que confesarle una cosa, monsieur Poirot —prosiguió la señora Gardener—. Fue toda una sorpresa saber que se encontraba usted aquí… Por supuesto que estaba encantada de conocerle, el señor Gardener lo sabe, pero se me ocurrió que tal vez se hallara usted aquí…, bueno, por cuestiones profesionales. ¿Comprende a lo que me refiero? Yo soy terriblemente sensible, como el señor Gardener podrá decirle, y no sé si sería capaz de soportar verme en medio de un crimen, sea del tipo que sea.

El señor Gardener se aclaró la garganta.

—Sí, monsieur Poirot —dijo—, mi esposa es muy sensible.

Las manos de Poirot se agitaron en el aire.

—Permítame asegurarle, madame, que me encuentro aquí con el mismo fin que ustedes: para distraerme, para descansar, para pasar las vacaciones. La idea de un crimen no se me pasa por la cabeza.

—No hay cuerpos en la isla de los Contrabandistas

—intervino la señorita Brewster, con un ladrido ronco.

—Eso no es estrictamente cierto —replicó Poirot—. Mírelos allí, tendidos en fila. ¿Qué son? No son hombres ni mujeres. No hay nada personal en ellos. No son nada más que… ¡cuerpos!

—Algunos pertenecen a muchachas muy bonitas

—comentó el mayor Barry—. Aunque tal vez un poco flacas.

—Sí, pero ¿qué atractivo hay en ellos? ¿Qué misterio? Yo soy viejo, de la vieja escuela. Cuando era joven apenas se enseñaban los tobillos. ¡Era tan sugestivo entrever fugazmente unas enaguas abullonadas! La suave turgencia de una pantorrilla…, una rodilla…, una liga con blondas…

—¡Es usted un poco travieso! —exclamó el mayor Barry con su voz ronca.

—Son mucho más prácticas… las prendas que vestimos ahora —dijo la señorita Brewster.

—¡Oh, sí, monsieur Poirot! —convino la señora Gardener—. A mí me parece que nuestros muchachos y muchachas llevan ahora una vida mucho más natural y saludable. Se pasan todo el día juntos y… y… —la señora Gardener se ruborizó ligeramente, con pudor— y no piensan en nada de lo que pensaban antes, no sé si me explico.

—Ya lo sé, y ¡me parece deplorable! —dijo Hércules Poirot.

—¿Deplorable? —preguntó la señora Gardener.

—¡Sí, deplorable acabar con la ilusión…, el misterio!

¡Hoy todo está normalizado! —Indicó con un gesto de la mano las figuras recostadas de los bañistas—. Esto me recuerda muchísimo el depósito de cadáveres de París.

—¡Monsieur Poirot! —exclamó la señora Gardener, escandalizada.

—¡Cuerpos tendidos sobre losas… como reses de carnicero!

—Pero, monsieur Poirot, ¿no está siendo un poco exagerado?

—Sí, es posible —admitió Poirot.

—Aun así —añadió la señora Gardener, moviendo las agujas con energía—, estoy de acuerdo con usted en un punto. Estas muchachas tendidas al sol se exponen a que les crezca pelo en piernas y brazos. Se lo he dicho a Irene…, a mi hija. «Irene», le dije, «si te tiendes al sol de ese modo, te nacerá pelo por todas partes: pelo en los brazos, pelo en las piernas y pelo en el pecho, ¿y qué parecerás entonces?». ¿Verdad que se lo dije, Odell?

—Sí, querida —contestó el señor Gardener.

Todos guardaron silencio, quizá imaginándose a Irene cuando la profecía se hubiese cumplido.

—Se me ocurre una cosa —dijo la señora Gardener, enrollando su labor de punto.

—¿Qué, querida? —preguntó el señor Gardener, levantándose con cierta dificultad de la hamaca y cogiendo la labor y el libro de su mujer—. ¿Le apetecería acompañarnos a tomar un refresco, señorita Brewster?

—Ahora no, gracias.

Los Gardener se alejaron hacia el hotel.

—¡Los maridos estadounidenses son admirables! —comentó la señorita Brewster.

El reverendo Stephen Lane ocupó el sitio de la señora Gardener.

El señor Lane era un clérigo alto y vigoroso, de unos cincuenta años. Su rostro estaba bronceado y sus pantalones de franela gris oscuros eran informales y algo desaliñados.

—¡Maravilloso país! —exclamó con entusiasmo—. He ido desde la bahía de Leathercombe hasta Hartford y he vuelto por los acantilados.

—Día de mucho calor hoy para caminar —dijo el mayor Barry, que nunca paseaba.

—Pero es un buen ejercicio —intervino la señorita Brewster—. Todavía no he hecho hoy mi sesión de remo. No hay nada como remar para los músculos del vientre.

Los ojos de Hércules Poirot se posaron con cierto re- mordimiento en la protuberancia que ocupaba el centro de su persona.

La señorita Brewster, al percatarse de la mirada, añadió bondadosamente:

—Se desharía usted pronto de eso, monsieur Poirot, si remase usted un rato todos los días.

—¡Gracias, mademoiselle! ¡Detesto las embarcaciones!

—¿Las embarcaciones pequeñas?

—¡Las embarcaciones de cualquier tamaño! —cerró los ojos y se estremeció—. El movimiento del mar no me resulta agradable.

—¡Pero si el mar está hoy tranquilo como un estanque!

—En el mar no existe realmente eso que llaman calma —replicó Poirot con convicción—. Siempre, siempre hay movimiento.

—Si quiere saber mi opinión, el mareo no es más que una cuestión de nervios —opinó el mayor Barry.

—Usted tiene sangre de marinero —dijo el clérigo, sonriendo—, ¿no es así, mayor Barry?

—Sólo me mareé una vez… ¡y fue cruzando el canal de la Mancha! No hay que pensar en ello, ése es mi lema.

—El mareo es una cosa verdaderamente muy extraña

—intervino la señorita Brewster—. ¿Por qué unas personas sienten sus efectos y otras no? Parece injusto. Además, en el asunto nada tiene que ver la salud real del sujeto. Personas muy enfermizas son buenos marineros. Alguien me dijo en cierta ocasión que el fenómeno guarda alguna relación con nuestra médula. Hay también personas que no pueden soportar las alturas. Para eso no soy muy buena, pero la señora Redfern es todavía peor. El otro día, en el sendero del acantilado que conduce a Hartford, se aturdió por completo y tuvo que aferrarse a mí. Según me contó, una vez se quedó paralizada a mitad de camino en la escalera exterior de la catedral de Milán. Al subir no le había pasado nada, pero al bajar sintió un acceso de vértigo.

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—Entonces hará bien en no bajar por la escalera de la cala del Duende —observó Lane.

La señorita Brewster hizo un mohín.

—A mí también me asustaría bajarla —declaró—. Aquello está bien para los jóvenes. Los hermanos Cowan y la señorita Mastermans suben y bajan por allí y se divierten de lo lindo.

—Ahí viene la señora Redfern de tomar su baño —anunció Lane.

—A monsieur Poirot le agradará —observó la señorita Brewster—. No es de las que toman baños de sol.

La joven señora Redfern se había quitado el gorrito de baño y se ahuecaba el cabello. Era rubio ceniza y su piel tenía ese tono pálido que combina tan bien con ese color de pelo. Sus piernas y brazos eran muy blancos.

—Parece a medio cocinar entre las otras —dijo el mayor Barry con una risita ahogada.

Envolviéndose en su largo albornoz, Christine Redfern atravesó la playa y subió los escalones que conducían a la terraza. La expresión de su rostro era bastante seria, demasiado para su edad. Tenías las manos y los pies pequeños y delicados.

Al llegar a la terraza sonrió a todos, se dejó caer en una de las hamacas y se ciñó el albornoz alrededor del cuerpo.

—Se ha ganado usted la admiración de monsieur Poirot —dijo la señorita Brewster—. No le gusta la gente que se tuesta al sol. Dice que son como carne puesta a secar o algo parecido.

Christine Redfern sonrió con melancolía.

—¡Ojalá pudiera tomar el sol! —dijo—. Pero no consigo ponerme morena. Sólo me salen rojeces por todo el cuerpo y pecas espantosas en los brazos.

—Mejor es eso que no que le saliera pelo hasta en la planta de los pies, como le sucede a Irene, la hija de la señora Gardener —dijo la señorita Brewster, y en respuesta a la mirada interrogadora de Christine, prosiguió—: La señora Gardener ha estado en plena forma esta mañana. No ha dejado de charlar un momento.

«¿No es verdad, Odell?» «Sí, querida.» Hizo una pausa y continuó:

—Me hubiera gustado, monsieur Poirot, que le hubiese usted seguido la corriente un poco. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no le dijo usted que se encuentra aquí investigando un asesinato particularmente horrendo, y que el asesino, un maniaco homicida, se encuentra sin duda entre los huéspedes del hotel?

Hércules Poirot suspiró.

—Mucho me temo que se lo hubiera creído —dijo. El mayor Barry ahogó una risita:

—No me cabe la menor duda —afirmó.

—No, ni siquiera la señora Gardener habría creído posible que un crimen tuviera este lugar como escena- rio. ¡No es la clase de sitio en la que se encuentra un «cuerpo»! —intervino Emily Brewster.

Hércules Poirot se revolvió ligeramente en su asiento.

—Pero ¿por qué no, mademoiselle? —preguntó—. ¿Por qué no puede encontrarse lo que usted llama un «cuerpo» en la isla de los Contrabandistas?

—No lo sé —contestó Emily Brewster—. Creo que algunos lugares son más probables que otros. No es éste el tipo de sitio donde… —se interrumpió al no saber cómo expresar su punto de vista.

—Es un sitio romántico, sí —convino Hércules Poirot—. Todo respira paz. Brilla el sol. El mar es azul. Pero olvida usted, señorita Brewster, que la maldad acecha en todas partes bajo el sol.

El clérigo se agitó en su asiento. Se inclinó hacia delante. Sus ojos azules se iluminaron.

La señorita Brewster se encogió de hombros.

—Oh, naturalmente que me doy cuenta de eso, pero aun así…

—Aun así, ¿éste sigue pareciéndole un lugar poco probable para un crimen? Olvida usted una cosa, mademoiselle.

—La naturaleza humana, supongo.

—Eso, sí. Eso, siempre. Pero no es eso lo que iba a decir. Iba a observar que aquí todos estamos de vacaciones.

Emily Brewster lo miró con perplejidad.

—No comprendo —dijo.

Hércules Poirot le sonrió con dulzura y agitó el dedo índice en el aire con énfasis.

—Supongamos que tiene usted un enemigo. Si lo asesina usted en su piso, en su despacho, en la calle… eh bien, tendrá usted que justificarse, dar alguna explicación. Pero aquí, a la orilla del mar, no es necesario que nadie justifique nada. Usted está en la bahía de Leathercombe, ¿por qué? Parbleu!, es agosto, uno va a la playa en agosto, está disfrutando de sus vacaciones. Es muy natural que esté usted aquí, que el señor Lane esté aquí, que el mayor Barry esté aquí y que la señora Redfern y su esposo estén aquí. Porque en Inglaterra es costumbre ir a la costa en agosto. No hay que dar más explicaciones.

—Bien —admitió la señorita Brewster—; ésa es ciertamente una idea muy ingeniosa. Pero ¿qué me dice de los Gardener? Son estadounidenses.

Poirot sonrió.

—Hasta la señora Gardener, como nos dijo, siente la necesidad de relajarse. Y como ahora viven en Inglaterra no tienen otro remedio que pasar unos quince días a la orilla del mar… como buenos turistas y nada más. Ella disfruta observando a la gente.

—Me da la sensación de que a usted también le gusta hacerlo —murmuró la señora Redfern.

—Confieso que sí, madame.

—Y me parece que sabe usted observar mejor que los demás —añadió ella, pensativa.

Hubo una pausa. Stephen Lane se aclaró la garganta y dijo con cierta solemnidad:

—Me interesa, monsieur Poirot, algo que ha dicho usted hace un momento. Que la maldad acecha en todas partes bajo el sol. Ha sido casi como si citara el Eclesiastés. —Hizo una pausa y parafraseó—: «Y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez su corazón durante su vida.» —Su rostro se iluminó con un resplandor fanático—. Me he alegrado de oírle a usted decir eso. En nuestros días, nadie cree en la maldad. Se considera, a lo sumo, como una mera negación del bien. El mal, dice la gente, lo hacen aque- llos que no conocen nada mejor, que están menos evolucionados, que son más dignos de lástima que de censura. Pero, monsieur Poirot, el mal es real. ¡Es un hecho! Y creo en el mal como creo en Dios. ¡Existe! ¡Es poderoso! ¡Recorre la tierra!

Se calló. Su respiración se había hecho más agitada.

Se enjugó la frente con un pañuelo.

—Perdonen —dijo—. Me he dejado llevar por un arrebato.

—Comprendo lo que quiere decir —declaró Poirot con calma—. Y estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto. El mal recorre la tierra y puede ser reconocido como tal.

El mayor Barry se aclaró la garganta.

—Hablando de este asunto, recuerdo que algunos faquires de la India…

El mayor Barry llevaba en el hotel Jolly Roger el tiempo suficiente para que todos conocieran su tendencia inevitable a embarcarse en largas historias hindúes y de ahí que enseguida se pusieran en guardia. Tanto la señorita Brewster como la señora Redfern se apresuraron a interrumpirlo:

—¿Es su marido aquel que nada, señora Redfern?

¡Tiene un estilo magnífico! ¡Qué gran nadador!

La señora Redfern, por su parte, exclamó:

—¡Oh, miren! ¡Qué barquita más encantadora hay ahí abajo, con esas velas rojas! Es la del señor Blatt, ¿verdad?

El bote de las velas rojas cruzaba en aquel momento el extremo de la bahía.

—Fantástica idea la de las velas rojas —rezongó el mayor Barry ahora que se había alejado la amenaza de la historia del faquir.

Hércules Poirot miró con curiosidad al joven que acababa de llegar a la orilla nadando. Patrick Redfern era un excelente ejemplar humano. Esbelto, bronceado, con hombros anchos y caderas estrechas, emanaba de su persona una especie de satisfacción y alegría que resultaba contagiosa; una sencillez innata que se ganaba las simpatías de todas las mujeres y de la mayoría de los hombres.

Permaneció un momento en la orilla, sacudiéndose el agua y levantó una mano para saludar despreocupada- mente a su esposa.

—¡Ven aquí, Pat! —le gritó ella.

—Voy.

Se alejó un poco para recoger la toalla que había dejado sobre la arena.

Fue entonces cuando pasó por delante de ellos una mujer que bajaba del hotel a la playa.

Su llegada despertó la misma expectación que una entrada en escena.

Además, caminaba como si lo supiese. Ni rastro de timidez. Parecía muy acostumbrada al efecto invariable que producía su presencia.

La mujer era alta y delgada. Llevaba un sencillo traje de baño blanco, sin espalda, y cada centímetro expuesto de su piel exhibía un bello y uniforme bronceado. Era perfecta como una estatua. Sus cabellos, de un llameante castaño rojizo, ligeramente rizados sobre el cuello. Su rostro poseía esa leve dureza que aparece cuando han llegado y se han ido los treinta años, pero en conjunto, el efecto que producía su persona era de juventud…, de soberbia y triunfante vitalidad. La expresión de su rostro tenía una inmovilidad oriental, acentuada por la inclinación de sus ojos azules. Sobre la cabeza llevaba un fantástico sombrero chino de cartón verde jade.

Comparadas con ella, las demás mujeres de la playa parecieron de pronto borrosas e insignificantes. Y de la misma e inevitable manera, las miradas de todos los hombres presentes se posaron sobre ella y la siguieron.

Los párpados de Hércules Poirot se abrieron, y su bigote tembló con júbilo. El mayor Barry se incorporó y sus ojos saltones sobresalieron aún más a causa de la emoción. A la izquierda de Poirot, el reverendo Stephen Lane soltó el aire con un leve silbido y se enderezó en su asiento tieso como un palo.

El mayor Barry musitó con voz ronca:

—Arlena Stuart, así se llamaba antes de casarse con Marshall… La vi en Come and Go poco antes de que aban- donase la escena. Es algo digno de admirarse, ¿verdad?

—Es bonita, sí —dijo Christine Redfern, lentamente y con frialdad—. Pero ¡tiene algo de belleza salvaje!

—Hace poco hablaba usted de la maldad, monsieur Poirot —dijo Emily Brewster de repente—. ¡A mis ojos esa mujer es la personificación del mal! Mala de la cabeza a los pies. Resulta que sé muchas cosas sobre ella.

—A mí me recuerda a una muchacha de Simla —dijo el mayor Barry, rememorando—. Tenía también el cabello rojizo. Era la mujer de un subalterno y lo revolucionó todo, vaya si lo hizo. ¡Los hombres andaban locos por ella! ¡Y a las mujeres, por supuesto, les habría encantado sacarle los ojos! Más de un matrimonio se fue al garete por su culpa. —Acompañó el comentario de una risita maliciosa y añadió—: El marido era un buen tipo. Veneraba la tierra que ella pisaba. Nunca vio nada… o fingió que no lo veía.

—Esas mujeres son una amenaza, una amenaza para… —dijo Stephen Lane, en voz baja pero rebosante de indignación.

Se calló. Arlena Stuart había llegado a la orilla. Dos jóvenes, poco más que unos muchachos, se levantaron de un salto y se acercaron a ella con entusiasmo. Arlena se quedó allí parada, sonriente.

Su mirada se deslizó más allá, hacia el sitio donde estaba Patrick Redfern.

Fue, pensó Hércules Poirot, como observar la aguja de una brújula. Patrick Redfern se desvió, sus pies cam- biaron de dirección. Tanto si quiere como si no, la aguja tiene que obedecer las leyes del magnetismo y girar ha- cia el norte. Y los pies de Patrick Redfern lo llevaron hacia Arlena Stuart.

Ella lo esperó allí, sonriéndole. Luego empezó a andar lentamente por la orilla, junto a las olas. Patrick Redfern se unió a ella y la acompañó. Arlena se tendió junto a una roca, Redfern se dejó caer sobre la arena, a su lado. De repente, Christine Redfern se puso en pie y se encaminó hacia el hotel.

Después de su marcha se produjo un breve silencio, algo violento.

Emily Brewster lo rompió al fin:

—¡Pobre muchacha! ¡La compadezco! Llevan casados sólo uno o dos años.

—La muchacha de Simla, de la que hablé antes —intervino el mayor Barry—, rompió un par de matrimonios felices. Una pena, ¿no creen?

—Hay un tipo de mujer —dijo la señorita Brewster— al que le gusta destrozar hogares. —Guardó silencio, y añadió al cabo de unos minutos—: ¡Patrick Redfern es un imbécil!

Hércules Poirot no dijo nada. Seguía contemplando la playa, pero no miraba a Patrick Redfern y Arlena Stuart.

—Bueno, será mejor que vaya a recoger mi barca —anun- ció la señorita Brewster, y se marchó.

El mayor Barry miró a Poirot con auténtica curiosidad con aquellos ojos suyos de pescado.

—Bien, Poirot —dijo—, ¿en qué piensa? No ha abierto la boca. ¿Qué opina de la sirena? ¿Demasiado bonita?

—C’est possible —contestó Poirot.

—Usted es perro viejo. ¡Conozco a los franceses!

—¡Yo no soy francés! —replicó Hércules Poirot con frialdad.

—Bien, pero no me diga que no tiene usted ojo para las mujeres bonitas. ¿Qué le parece ésta?

—Que no es joven —contestó Poirot.

—¿Y eso qué importa? ¡Una mujer tiene la edad que aparenta! Y ésta lleva los años de maravilla.

Hércules Poirot hizo un gesto de asentimiento.

—Sí —dijo—, no hay que negar que es bonita. Pero no es la belleza lo que importa, a fin de cuentas. No es la belleza lo que hace que todas las cabezas, excepto una, se vuelvan en la playa para mirarla.

—Comprendo, querido amigo, comprendo —afirmó el mayor no muy convencido, y entonces preguntó con repentina curiosidad—: ¿Qué está usted mirando tan fijamente?

—Estoy mirando la excepción —contestó Hércules Poirot—. Al único hombre que no levantó la cabeza cuando ella pasó.

El mayor Barry miró en la dirección en la que lo hacían los ojos de Poirot, hacia un hombre de unos cuarenta años, rubio y tostado por el sol. Tenía un rostro agradable y sereno y estaba sentado en la arena fumando una pipa y leyendo el Times.

—¡Oh, aquél! —exclamó el mayor—. Aquél es el marido. Es Marshall.

—Lo sabía —dijo Hércules Poirot.

El mayor Barry rio entre dientes. Él también era un solterón. Estaba acostumbrado a pensar en el marido desde tres ángulos solamente: como el obstáculo, como el inconveniente o como la salvaguardia.

—Parece buen muchacho —dijo—. Tranquilo. ¿Me pregunto si habrá llegado ya mi Times?

Se puso en pie y se encaminó hacia el hotel.

La mirada de Poirot se desvió lentamente hacia el rostro de Stephen Lane.

Stephen Lane observaba a Patrick Redfern y Arlena Marshall. De pronto se volvió hacia Poirot. Había un destello fanático en sus ojos.

—Esa mujer —dijo— es la maldad hecha persona.

¿Lo duda usted?

—Es difícil asegurarlo —contestó Poirot sin prisa.

—Pero ¿es que no siente usted en el aire, a su alrededor, la presencia del mal?

Hércules Poirot asintió inclinando suavemente la cabeza.

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