Julián Herbert

LECTURAS | Ahora imagino cosas, de Julián Herbert

“¿Herbert escribe memorias? ¿Ensayos? ¿Novelas? Sus libros son mash-ups de recuerdos, investigación y ornamentación ficcional, marcados por una cálida falta de respeto por los géneros -como es la vida.” The New York Times.

Ciudad de México, 28 de octubre (MaremotoM).- Si, como dijo Alfonso Reyes, el ensayo es el centauro de los géneros, la crónica es un mestizo más exótico o salvaje: el grifo de la literatura.

Este libro es una jaula sin barrotes donde merodean algunas de esas criaturas: la marchita eternidad de Acapulco y la vocación de Mazatlán como food court del alma; una temporada de rockstar en el desierto y un recuerdo del Mundial de Alemania 2006 robado por el autor a un examante de su novia; un hotel en Shanghái donde toca la banda de jazz más antigua del mundo y la visita de la reina de Inglaterra al puerto de La Paz, Baja California Sur; el brutal asesinato de una adolescente chilena en la región del Maule y un retrato a mano alzada del Fiscal de Hierro, persecutor de guerrilleros suicidas, homeópatas marxistas y gavillas narcomatriarcales que protagonizó la lucha contra la delincuencia organizada en los años setenta en Nuevo Laredo.

Las ocho narraciones de este libro realizan una de las suertes mayores de la literatura: ir de lo íntimo a lo general o viceversa. También nos recuerdan que no hay promesas sin resaca.

Julián Herbert
Ahora me imagino cosas, editado por Literatura Random House. Foto: Cortesía

Fragmento de Ahora imagino cosas, de Julian Herbert, con autorización de Literatura Random House

Acapulco Timeless

Sylvia y yo trepamos al yate Acarey a las nueve de la noche. Queremos bailar, ver las luces decadentes de la Zona Dorada desde el corazón de la bahía, beber alcohol adulterado y besuquearnos al aire libre, con la insolencia torpe de la que sólo son capaces los estudiantes de bachillerato y los turistas.

Tampoco andamos solamente de paseo: traspusimos recién la puerta de lámina que conduce a la gente perdida al Bar del Puerto, en el zócalo, donde me entrevisté con un policía turístico cuyo nombre no puedo revelar. Me contó que es licenciado en Ciencias de la Comunicación y que gana un sueldo muy bajo; se siente subempleado. Me contó que cobra ochenta pesos a cada patrullero por desbloquear las frecuencias de los radios oficiales que les da el Ayuntamiento, lo que permite al usuario hablar sin costo a Canadá con sus parientes o dar pitazos estratégicos a los cárteles del crimen. Me contó que no existe personal suficiente para dar mantenimiento a las cámaras de vigilancia del municipio. Me contó que, para no poner en riesgo de despido a ningún elemento de la corporación, la policía acapulqueña manda siempre a los mismos candidatos a tomar los exámenes de control y confianza implementados por la autoridad federal. Me contó que no tiene uniforme porque su jefe y el director de policía están peleados, así que el presupuesto se destinó a otra cosa.

Mañana haré un recorrido por el Polígono D: distópicas barriadas posrurales cortadas a tajo por el bulevar Vicente Guerrero, la avenida por la que circula el Acabús, un moderno transporte público que atraviesa el maxitúnel no sólo para llegar más rápido desde la periferia lumpen hasta la zona hotelera, también para pasar debajo de la carne humana en descomposición sin tener que mirarla.

La tradición porteña de la violencia cansa, y cuando no te cansa es una caricatura criminal.

—Tengo unos primos que vivían en la cañada de Los Lirios —me confió Virgilio en nuestro primer encuentro; bebíamos expresos en el Starbucks de Las Torres Gemelas—. Siempre hablaban de robos, de la gente a la que habían golpeado. Yo me decía: estos costeños son delincuentes por naturaleza. Tardé años en comprender que tanta sangre no viene en la sangre: viene de la historia social.

La banda del yate toca pésimas canciones de Luis Miguel mientras a bordo flotamos en brazos de la vulgaridad y la indolencia. Sylvia y yo estamos sentados en la tercera cubierta. Conforme nos alejamos del embarcadero, intento descifrar para mi novia las luces de la costa: “Aquello es el Acapulco Plaza, ése ha de ser Elcano y este otro, el Presidente…”. Existen pocos lugares que me conmuevan tanto como la playa de mi pueblo natal. Es una beldad a tientas donde se mezclan el erotismo adolescente y el lujo decrépito, los hoteles que cauterizaron la visión del océano, la infranqueable puerta del Baby’O (“la disco más increíble de planeta” según Carlos Pietrasanta, alias Gardel, su eterno director), un prostíbulo llamado La Huerta y el fantasma de mi madre, Grandmaster Flash y un videoclip de Duran Duran en la pantalla gigante de Le Dom, el patinadero y Marlén, mi novia por la que perdí una muela en un pleito: un semicírculo de destellos contra el que choca, grácil, el agua salada y primordial de la memoria.

—Llevamos siete décadas intentando estrangularla —le digo histriónicamente a Syl—. Y mírala: sigue siendo la bahía más bonita de México.

Descendemos a la primera cubierta y bailamos, porque están tocando una de La Sonora Dinamita. Pienso en los señores que a veces publican consternadas crónicas sobre morir en Acapulco, el peligro en las calles, la droga, la prostitución infantil, el resentimiento y los damnificados, la podredumbre y las autodefensas: ¿acaso esas personas nunca bailan? ¿No han aspirado el tufo a ostión de la entrepierna de costeña? ¿No han visto a los costeños agarrándose la verga a toda hora: en el mercado, en las cantinas, en los quicios de las puertas? ¿No ordenaron margaritas en el hotel El Mirador mientras los clavadistas saltaban de La Quebrada, no comieron paletas de nanche en la avenida Cuauhtémoc bajo una humedad del ochenta por ciento, no fueron al pozole un jueves por la tarde ni al hotel de Johnny Weissmüller un domingo? No soy insensible al presente, pero tampoco puedo resignarme del todo a no ser el Scott Fitzgerald Región Cuatro de mi pueblo. Siento que algo recóndito quedará del Acapulco arruinado y sin embargo glamoroso y romántico que atisbé en mi niñez. Quiero encontrarlo.

Por otro lado, la crudelísima guerra entre facciones y microfacciones de algo que ya no sé si llamar crimen organizado me recuerda al Guerrero rural de los años setenta: una pila de históricos fracasos rebeldes y oficiales. No digo esto para exculpar a los cárteles: por supuesto que son criminales y los principales responsables de la plaga de plomo que aqueja al país. No creo que la violencia guerrerense del presente sea una fatal consecuencia histórica, pero sí creo que el fracaso en el combate a esa violencia tiene que ver, al menos en parte, con una carencia de reflexión histórica.

Acapulco es un lujo derritiéndose al sol: es todos los episodios de su historia al unísono. Acapulco es timeless como el yate Acarey, esta nave de los locos cuya cheesy embriaguez anhelé de más joven por creerla suntuosa. Desde aquí, Sylvia y yo vemos pasar los edificios de la Costera Miguel Alemán: negros icebergs rellenos de luz artificial que se pudren de miedo bajo la noche sola.

* * *

Es mediodía. Virgilio y yo caminamos rumbo al pedestal en forma de ola que sostiene a la Diana Cazadora. Nuestro plan es recorrer, a pie y en camión, parte del Polígono D: un enclave de cañadas al noreste de Acapulco donde se localizan las colonias Emiliano Zapata, Paraíso, Las Cruces, Ciudad Renacimiento, Libertadores y Simón Bolívar. En el vórtice de estos tradicionales barrios bravos y pobres, la autoridad estatal decidió construir hace tiempo —con un tino que resultaría risible si no fuera ominoso— el Centro de Readaptación Social (CERESO) de Las Cruces.

—La primera vez que vi un cuerno de chivo fue en la tele —dice Virgilio—, el día que se dio a conocer el EPR. Me sorprendió que una guerrilla local tuviera armas de ese calibre. Pero la primera vez que los acapulqueños supimos lo que era un rifle de asalto fue en el 2006, aquí en la esquina: un tipo venía bajando en una pick-up por Farallón del Obispo y, al dar vuelta en la Diana, un comando lo atacó. De él no dejaron nada. Es el primer recuerdo que tengo de la narcoviolencia en Acapulco. Luego pasó la balacera en La Garita y la ciudad se hundió en el caos.

Virgilio es periodista; trabaja en medios impresos y ha escrito un par de libros. Después de leer el primer draft de esta crónica, me autorizó a publicarla con la condición de no revelar su nombre. Sustituí su identidad con el seudónimo Virgilio por obvias razones.

En Farallón del Obispo tomamos un destartalado ruta que nos subirá hasta la colonia Emiliano Zapata. Mientras brincoteamos sobre los asientos del camión, pregunto a mi guía quién cree que orquestó el tiroteo de julio pasado dentro del penal, que dejó un saldo de 28 muertos. Responde con aplomo, pero en tono bajito y echando un rápido vistazo alrededor:

—Mejor ahorita que lleguemos allá arriba te platico.

Miro al resto de los pasajeros e intento adivinar quién de ellos podría ser un halcón del CIDA, de los Rojos o de la Barredora. Cualquiera, por supuesto.

Cruzamos Acapulco desde la Costera, pasando por el centro, hasta la periferia situada en las lomas al Oriente, donde se unen los accesos al puerto que vienen del estado de Morelos y de la Costa Chica.

Uno de los aspectos que enmarcan la violencia acapulqueña contemporánea es la accidentada disposición orográfica y de trazo vehicular que envuelve la bahía. Acapulco cuenta con una suerte de amurallamiento natural hecho de cerros. Las distintas facciones de la delincuencia organizada que pelean por la plaza coparon la parte superior del área urbana, y ahora guardan una severa vigilancia sobre el núcleo turístico y comercial que se afincó desde muy temprano al pie de las colinas, en esa angosta franja de atardeceres y playas un poco eloi que aparece en las películas viejas. Incluso algunos de los barrios elevados y otrora bien avenidos —por ejemplo Mozimba, al Poniente, o la Bonfil, cerca de donde estuvo alguna vez la residencia del cantante Luis Miguel—, son ahora focos penetrados por la narcoautoridad. Lo único que se les ha ocurrido a las instancias oficiales para recuperar de manos de los poderes fácticos algunos trazos de este Acapulco histórico ha sido facilitar, en 2012, la filmación —en el zócalo y los barrios de La Candelaria y La Pinzona— de un videoclip donde Jennifer Lopez y Wisin y Yandel hacen algo que quisiera ser parkour en compañía de dobles, muchos cortes de cámara y una tonada insulsa.

Virgilio y yo descendemos del camión en la última parada, el punto más alto de la colonia Zapata, y nos devolvemos cuesta abajo caminando; hacemos trazos que quisieran ser concéntricos, mas son sólo un zigzag entre las calles de tierra. (Es entonces cuando pienso por primera vez que soy un Dante Región Cuatro derritiéndose al sol junto a una sombra.)

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Ambos oteamos en busca del monumental edificio de hormigón gris que, sabemos, se yergue en algún sitio a nuestros pies: el penal de Acapulco. Mi compañero nota que ambos vestimos pantalón de mezclilla y camisa azul claro.

—Eso es bueno —decide—. Así, si nos paran y preguntan, les decimos que somos del INEGI.

Nadie nos para. El barrio luce tranquilo: perros huevones y uno que otro bravo, mujeres en short lanzando a la calle baldes de agua sucia, niños descalzos que corren hacia sus casas con los pies quemados y llevando un kilo de tortillas en la mano, chavos y viejos sentados junto a una caguama, algún balón que intenta sin fortuna armar una cáscara al interior de la máquina sofocante del día, hecha de humedad y sol. Me dan ganas de preguntarle a un desconocido dónde puedo conectar perico, a ver si así se pone en marcha la baraja de los acontecimientos. No lo hago por respeto a mi guía: él es un periodista escrupuloso, trabaja inmerso en la comunidad y vive aquí. Yo en cambio soy un periodista impuro, un escritor que está de paso en la ciudad.

Al poco rato, ambos tenemos empapadas de sudor las camisas. Hemos caminado durante más de una hora. Virgilio me describe algunos aspectos de la violencia en el puerto: desde el narcomenudeo y la extorsión (los delincuentes acostumbran presentarse ante sus víctimas con un recado escrito a mano y el obsequio de una bala) hasta el negocio de maquinitas de videojuegos en las misceláneas: incluso esto es controlado por las mafias locales. Me habla también de las autodefensas lideradas por Bruno Plácido Valerio (qué nombrazo de tribuno) y de los tejemanejes y chapulinazgos que decoran la política local. Más que al lenguaje de un reportero de la nota roja, el de Virgilio se asemeja al de un sociólogo o trabajador comunitario: sé que me voy a equivocar a la hora de recrearlo, porque rehúye el cinismo pero también el habla coloquial. Me pregunto cómo puede saber tanto del lado oscuro de la vida acapulqueña y, a la vez, mantener un fraseo en el que prevalecen el decoro y la ecuanimidad. Supongo que una manera de lograrlo es siendo, como es él, un hombre decente.

Ésta habría sido una caminata pintoresca de no ser por el filo de alerta que percibo a cada paso en la mirada de mi anfitrión. De pronto damos una vuelta y terminamos en un callejón sin salida. Aprovechamos para tomar un poco de aire. Retomamos la marcha y al poco rato, luego de trepar una cuesta —estamos ya en una colonia distinta, tal vez Libertadores— lo vemos por fin allá abajo: es el penal de Las Cruces con sus cercos de alambre plateado, su perímetro de cañadas rectangulares, sus torres de cristal casi negro y sus muros grisáceos. Más que un presidio, parece a lo lejos la ciudad infernal de Dite o una fortaleza de orcos sacada de El señor de los anillos. Virgilio sonríe, respira y, mientras señala el edificio, marca un número en su teléfono celular. Sospecho que conversa con una mujer: sus ademanes y el tono de su voz lo delatan.

—¿Qué crees? Ando aquí por tu barrio. Traje a un escritorzuelo para que conociera —dice esto y me sonríe con una complicidad que me desarma—. Sí, ya sabes cómo son. No es chilango: es una mezcla rara de norteño-acapulqueño. Sí. Luego te traigo un libro suyo. Dedicado.

Se despide y cuelga.

De nuevo descendemos por calles desiertas y buscamos una tienda de abarrotes donde comprar cerveza. Mientras bordeamos un parquecito de juegos infantiles recién pintados por el municipio, vuelvo a preguntar:

—¿Quiénes son los responsables de la balacera que hubo en el penal en julio?

—Yo supongo que el Cártel Independiente de Acapulco; un ajuste de cuentas con grupos adversarios. Un periódico local sabía que en el enfrentamiento se usaron armas de fuego, pero no quiso publicar la información hasta que no salió a declarar el gobernador Astudillo. Lo que el gobernador omitió es que en el enfrentamiento no se usaron pistolas sino rifles de asalto.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me consta: los escuché.

De golpe encuentro un hilo narrativo del que no sé cómo tirar.

—Pero el enfrentamiento fue después de medianoche. ¿Qué hacías tú dentro del penal después de medianoche, Virgilio?

Intuyo que Virgilio se da cuenta de que acaba de cometer una indiscreción.

—Nunca dije que estaba adentro.

Quiero hacer más preguntas, pero él me ignora y señala hacia un expendio:

—¿Nos tomamos una chela?

Contesto que sí. Estoy sudando como un cerdo.

* * *

Mi papá le pegó a Barry White. Es una historia chistosa y vergonzante que nunca supe poner por escrito, aunque la vierto de vez en cuando en una plática. Es casi nada: Gilberto Herbert —años más tarde cambiaría su apellido al de Membreño— emigró a Acapulco desde la Costa Grande; era de Tecpan de Galeana. Tuvo un primer empleo como repartidor de una farmacia y, tras casarse con mi madre —una prostituta a la que retiró de La Huerta para mandarla a estudiar corte y confección—, consiguió colocarse de bellboy (decía mi madre que lloraba por las noches: “¡Me visten de payaso!”) en el hotel Pierre Marqués del magnate Paul Getty. Pronto ascendió a recepcionista.

Una noche de los años setenta, un huésped volvía al Pierre recién desembarcado de la disoluta oscuridad acapulqueña; era el cantante Barry White. Papá cubría el turno tercero. Sabía que el artista estaba hospedado con ellos y planeaba pedirle un autógrafo. No sé si Barry venía ebrio o de mal humor o si mi padre fue imprudente o qué. El caso fue que se hicieron de palabras, al joven don Gilberto le salió lo tecpaneco y púmbale: sentó de nalgas al cantante de un puñetazo en la nariz. Fue despedido de inmediato. Pero Acapulco es timeless: años más tarde, cuando el carácter de mi madre ya nos había separado para siempre, el señor Membreño regresó a trabajar al hotel. No de recepcionista y mucho menos de bellboy: fue nombrado gerente de reservaciones. A la larga llegó a ser uno de los ejecutivos hoteleros más seductores y eficientes del puerto, y hasta la fecha sobrevive un puñado de personas de la industria que lo recuerdan con afecto. Murió en 2010. Tengo la impresión de que no era un mal tipo.

Mamá nos sacó de Acapulco cuando yo era pequeño. Decía, sin dar más explicaciones, que el puerto era hermoso para vivir la juventud (se refería por supuesto a su juventud), pero una pesadilla para criar a los niños. Nos fuimos al norte: primero a Nuevo León, después a Coahuila. En los ochenta mi familia cayó en desgracia económica y mi hermano mayor volvió a Acapulco: quería buscarse la vida en el medio hotelero. Demasiado orgulloso para acudir a papá, buscó a mi tío Martín Romero y a David Rabiela, amigos de don Gilberto. Ellos lo emplearon y le enseñaron el oficio. Cuando accedió a un puesto solvente, Jorge nos trajo a mis hermanos y a mí a vivir con él.

Era 1985. Yo tenía catorce años y pasaba el tiempo entre la escuela (la secundaria federal Amado Nervo) y la vagancia: break dance, cintas fluorescentes para los tenis Converse, mixtapes y Atari y marihuana en las esquinas. Tenía un vecino al que le habían metido un plomazo en una nalga y me quedaba claro que había que huirle siempre a los soldados, siempre: en cualquier circunstancia. Fuera de eso, Acapulco me parecía una ciudad supersegura, por cuyas calles podías pasear de madrugada sin arriesgarte a mucho más que recibir un bofetón. Luego vino septiembre y, con él, el terremoto. Mamá entró en pánico; nos ordenó abandonar el puerto de inmediato, como si éste fuera a colapsar (cosa que eventualmente sucedió). Odié a mi madre durante meses por haberme expulsado del paraíso playero y por obligarme a vivir en un desierto que hoy adoro.

Poco antes del temblor, durante my own private, época dorada en Acapulco, pasé algunas tardes en el departamento de personal del hotel Las Torres Gemelas, cuyo gerente era mi tío Martín Romero (un tipo idéntico al cantante Alberto Vázquez, por cierto). Me daban unos centavos y el acceso a la piscina a cambio de un trabajo simple: retirar del reloj checador las tarjetas de los empleados que serían despedidos ese día. Como la mayoría de los contratos eran provisionales, éste era el modo sutil en que la empresa ordenaba a los trabajadores no presentarse a trabajar al día siguiente. O nunca. Después, la compañía tardaba meses en pagar a esta gente los últimos salarios devengados. Mi tío Martín era un hombre bonachón que decidía a quién correr cada mañana haciendo una regla de tres simple entre el nivel de ocupación turística, el número de empleados en servicio y lo que le dictara su reverenda gana. Más que contratar, su función era despedir gente, y lo hacía con gozo. Pienso en esto a contraluz de los años, y me pregunto cómo es posible que los ejecutivos hoteleros de entonces no hayan imaginado que este tipo de prácticas acabarían en lo obvio: despeñando a un sector de la fuerza laboral acapulqueña en los brazos del crimen.

* * *

Creo que los microrregionalismos guerrerenses son un índice de información relevante para analizar un sector del tejido social de Acapulco. Nosotros, por ejemplo: mi familia vivió siempre en la colonia Aguas Blancas (donde estaba el antiguo penal acapulqueño) o en Mozimba, más en alguna otra casa cercana a la avenida Ejido. Esto se explica, al menos en parte, porque los rumbos y las relaciones afectivas de mi madre eran vecinos a la zona de tolerancia, y porque mi padre provenía de la Costa Grande —hacia la colindancia de Guerrero con la Tierra Caliente michoacana—; es común encontrar migrantes de esa región en los barrios occidentales de Acapulco. En cambio en el Polígono D, al Oriente, proliferan vecinos que descienden de migrantes de la Costa Chica —hacia la colindancia con Oaxaca, vía Pinotepa Nacional—. Esto no es un absoluto, pero sí algo que podría afectar las alianzas familiares, el tipo de oficios, la gastronomía, incluso la filiación con determinados grupos criminales: la presencia de la Familia Michoacana y de sus allegados es quizá más constan…

Julián Herbert (Acapulco, 1971) es autor de cinco libros de poemas; de las novelas Un mundo infiel Canción de tumba; de los libros de cuentos Cocaína (manual del usuario) y Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino. Su obra ha ganado importantes premios, en México y en el extranjero, y ha sido traducida a diversos idiomas.

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