David Gillham

LECTURAS | Ana Frank, de David Gillham

En Ana Frank, publicado por editorial Planeta, el escritor David R. Gillham responde a la pregunta como resultado de una investigación de seis años, en los que se documentó no solo sobre el personaje, sino sobre el mundo que la rodeó y consultó todo el material disponible al respecto para adentrarse en los momentos más trascendentes de su vida.

Ciudad de México, 13 de noviembre (MaremotoM).- Por décadas, El Diario de Ana Frank -uno de los libros más leídos en el mundo- ha compartido con millones de lectores la historia, sueños y vida de una adolescente judía que pasó dos años, junto a su familia, escondida de la persecución nazi en Ámsterdam y que, al ser descubiertos, fueron trasladados a campos de concentración, donde la joven murió de tifus en 1945. Pero ¿qué hubiera pasado si ella hubiese sobrevivido al Holocausto?

En Ana Frank, publicado por editorial Planeta, el escritor David R. Gillham responde a la pregunta como resultado de una investigación de seis años, en los que se documentó no solo sobre el personaje, sino sobre el mundo que la rodeó y consultó todo el material disponible al respecto para adentrarse en los momentos más trascendentes de su vida.

Gillham parte de la premisa de que Ana sobrevive al campo de Bergen-Belsen y se reencuentra con su padre, Otto Frank, con quien trata de recuperar una vida en la que las ausencias pesan: su hermana Margot murió a causa del tifus y  su amada madre por inanición, provocada por la raquítica dieta de los campos de exterminio, pero también porque guardaba sus sobrantes de pan para dárselos a sus hijas.

Los recuerdos se convierten en pesadillas y Ana suele “ver” a Margot entre las precarias y sucias condiciones en que vivieron en los campos nazis y los malos momentos se mezclan con su dolorosa nueva realidad, pues no comprende que su padre, a quien llama Pim, se case de nuevo a 16 meses de la muerte de su madre.

En una Ámsterdam que se esfuerza por recuperarse de la guerra y se convierte en centro de reunión en el que los sobrevivientes comparten sus experiencias y buscan darse ánimos, Ana también tiene ante sí una realidad con oportunidades, que se presentan de manera inesperada, recordándole que existe el amor y que son posibles sus sueños de convertirse en escritora.

“Quiero ser escritora”, admite. “Eso es lo que quiero. Eso no lo cambio. Y quizá sí tenga algo de talento, pero me da miedo que eso no sea suficiente. Creo que es mi deber contar esta historia porque, de lo contrario, ¿por qué viví todo eso? Pero ¿qué pasa si ahora soy demasiado débil o cobarde como para enfrentar lo que debo enfrentar?”

David Gillham
¿Qué hubiera pasado si Ana Frank hubiera sobrevivido? Foto: Cortesía

Fragmento de Ana Frank, de David Gillham, con autorización de Planeta.

SU ÚNICO Y VERDADERO CONFIDENTE

… todos los judíos neerlandeses ya están en nuestras manos.

Doctor Hans Böhmcker, comisionado del Reich alemán para la ciudad de Ámsterdam, 2 de octubre de 1941

1942

Merwedeplein 37

Fraccionamiento urbano

Ámsterdam Zuid

Países Bajos ocupados

Dos años desde la invasión alemana

Ana mira por la ventana abierta de su departamento en el tercer piso de la Merwedeplein, los codos recargados sobre el alféizar. El sol está acurrucado en un resplandeciente cielo azul. El pasto del prado central es de un verde exuberante. Es domingo al mediodía. Abajo, un cortejo nupcial elegantemente vestido se dirige a la oficina del magistrado y Ana, entusiasmada, está atenta a cada detalle porque simplemente adora la moda. La novia trae puesto un traje sastre perfectamente cortado con una falda ajustada y un sombrero de fieltro. Es un estilo adecuado para la guerra, elegante y sofisticado, sin adornos superfluos. Lleva un generoso ramo de rosas blancas. Las personas se asoman por sus balcones mientras los novios bajan por los escalones y posan para una cámara de cine, como si fuesen estrellas de la gran pantalla.

—Ana, aléjate de la ventana, por favor —le indica su madre. Reacia a hacerlo, Ana voltea la cabeza sobre el hombro y exclama:

—¡Ya voy!

Se imagina que algún día ella misma estará frente a las cámaras como una famosa estrella. igual que Greta Garbo o Priscilla Lane. Adora las películas y a las actrices, y algo que la enoja más que ninguna otra cosa es que los nazis hayan tenido la ocurrencia de prohibir que los judíos entren a los cines. Pero, después de la guerra, ¿quién puede decirlo? Quizá se convierta en otra Dorothy Lamour, perseguida en todas partes por fotógrafos ansiosos.

Su madre se vuelve insistente y empieza a corregirla con la cantaleta de siempre.

—Deberías estar poniendo la mesa para la comida. Y, además, simplemente no es de señoritas que estés allí con la cabeza fuera de la ventana como si fueras una jirafa fisgona. —Pero tampoco su mami puede resistirse a echar un discreto vistazo de jirafa, seguido de un leve suspiro—. Cuando yo me casé con tu padre, usé un maravilloso vestido de seda con una cola larga, larga. —Recuerda—. Decorado con el más encantador encajito belga, como de filigrana, importado expresamente.

—Yo jamás me voy a casar —decide anunciar Ana en ese mismo instante, lo que deja a su madre parpadeando, absolutamente escandalizada. En realidad, la intención de Ana no era más que vengarse de su mami de alguna forma en que sabía que le dolería. Pero la expresión en el rostro de su madre es de absoluta tragedia, como si Ana acabara de anunciarle que va a saltar por la ventana.

—Pero, Ana, tienes que hacerlo —le insiste—. Papá y yo debemos tener nietos.

—Bueno, Margot se puede encargar de todo eso —le asegura Ana con desenfado—. Para eso sirven las primogénitas.

—Ana —le reclama su hermana Margot desde la silla en la que está ojeando el libro de láminas de Rembrandt, un regalo de su omi en Basilea. Su pelo está peinado hacia atrás con un solo broche de plata que lo detiene. Preciosa como siempre, algo que hace enojar todavía más a Ana—. ¡Qué cosas dices!

Ana la ignora. —voy a ser famosa —declara—. Una estrella de cine famosa, seguramente, y viajaré por todo el mundo.

—¿Entonces las estrellas de cine que son famosas no tienen hijos? —pregunta su madre. Ana la ilustra, tratando de no sonar demasiado pedante.

—Claro que pueden tenerlos si eso es lo que quieren, supongo. Pero no es algo que se espere. Las personas famosas viven una existencia completamente distinta a la de la mayoría de la gente, que está feliz de vivir una vida aburrida.

—Las vidas felices no son aburridas, Ana —la instruye su madre. Ana se encoge de hombros. Sabe que su mamá siempre estuvo protegida por la manera en que la criaron. Que los Holländer de Aquisgrán eran una familia religiosa que observaba las normas kósher y que insistían en la respetabilidad; cualquier ambición que pudiera haber albergado más allá del matrimonio y la familia se habría visto eclipsada por los diktats de la tradición. De modo que trata de no ser demasiado condescendiente cuando dice:

—Eso quizá sea cierto para algunas personas, mami. Pero es diferente para aquellas que se entregan a los logros importantes.

En ese momento, su padre sale de la recámara. El querido Pim de Ana. Su amadísimo Hunny Kungha. Alto y delgado como carrizo, con ojos inteligentes y profundamente hundidos, y un bigote delgado. Solo queda una franja del pelo abundante de su juventud, pero la pérdida de este dejó expuesta una noble coronilla. Es tan diligente que incluso salió a atender algunos negocios este domingo por la mañana. Todavía trae puesta su delgada corbata azul, pero ya está usando su cárdigan de casa.

—Trabajo arduo y dedicación. Esa es la manera en que se alcanza la fama duradera —informa a todos los reunidos.

—Y talento —añade Ana, sintiendo la necesidad de contradecirlo de alguna manera, pero no de forma desagradable. Después de todo, Pim está de su lado. Así es como siempre ha sido. Margot y mamá podrán quejarse, pero Pim y Ana entienden. Entienden exactamente el tipo de destino fabuloso que le espera a la señorita Annelies Marie Frank.

—Sí, por supuesto, y talento.

—Sonríe—. Una cualidad que mis dos hijas poseen en gran abundancia.

—Gracias, Pim —dice Margot suavemente antes de volver a enterrar la nariz en su libro. Pero su mami no parece tan complacida. Quizá no le gustó quedar fuera del recuento de mujeres talentosas de Pim.

—Las consientes demasiado, Otto.

—Suspira, uno de sus reclamos favoritos—. Al menos Margot tiene la cabeza bien puesta sobre los hombros, pero ¿y nuestra pequeña parlanchina?

—Frunce el ceño, dirigiéndose a Ana, ¿a quién si no?—. Solo la hace todavía más insufrible.

Adentro, la luz del día blanquea el encaje del mantel mientras los adultos sacuden la cabeza sobre sus tazas de café y las rebanadas del pastel de chocolate de mami, hecho sin huevos, con harina de linaza en lugar de trigo, sustituto de azúcar, sustituto de cocoa y dos cucharaditas del preciado extracto de vainilla, pero con todo y todo no tan malo. Nadie jamás ha dicho que mami no sea una cocinera ingeniosa. Ana devoró su rebanada y ahora está sentada a la mesa abrazando a su adorado gatito atigrado, Moortje, mientras sus padres conversan con el tono aprehensivo y silencioso que adoptaron desde la ocupación.

—¿Y qué hay de esos pobres a los que mandaron al este? —se pregunta mami—. Se oyen historias horripilantes en la radio inglesa.

Ana aguanta la respiración y luego exhala. Por una vez está feliz de que no la incluyan en la discusión de los adultos. A menudo le dicen lo terriblemente exagerada que puede ser, pero ¿sería muy exagerado irse a su recámara y taparse los oídos con los dedos en este momento? No quiere oír nada más acerca del conquistador huno y de su comportamiento atroz; lo que quiere es elegir un regalo de cumpleaños.

Siente que la emoción recorre su cuerpo, por lo que se le dificulta estarse quieta y sentarse derecha a la mesa.

—Mamá, ¿podemos usar los cubiertos de plata de oma Rose para mi fiesta?

—Discúlpame, Ana —responde su madre, frunciendo el ceño—, te ruego que no interrumpas. Es de mala educación. Tu padre y yo estamos teniendo una conversación importante. Desagradable quizá, pero muy necesaria.

Pero Pim parece más que feliz de recordarles a todos, con su estilo gentilmente incisivo, que uno no debe creer todos los rumores que oye. Que no deben olvidar que los ingleses inventaron toda serie de atrocidades acerca del ejército del káiser durante la última guerra. «Propaganda», lo llama. ¿Y no debería su mami reconocer que él es el experto en el tema? Después de todo, fue oficial de reserva de artillería de campo para el gobierno del káiser.

No hay forma de disuadir a su mami. No está convencida de que todos los rumores que ha escuchado sean invento de los ingleses. Está segura de que los nazis están convirtiendo a los alemanes en criminales.

—Mira la forma en que bombardearon Róterdam —apunta. Una ciudad indefensa. ¿Y tiene que enlistar la horripilante avalancha de diktats que se han impuesto a los judíos desde que designaron como Reichskommissar, gobernador absoluto de la ocupación alemana, a ese bruto austriaco de Seyß-inquart?

El padre de Ana se encoge de hombros. Por supuesto, no es ningún secreto que, desde la ocupación, los alemanes han estado más que felices de tratar a los judíos de manera abominable. Cada semana se dan a conocer decretos en el Joodsche Weekblad, el órgano de difusión del invasor nazi, publicado por lo que los alemanes llaman el Consejo Judío. En sus páginas se encuentran los detalles de su persecución. A los judíos se les prohíbe esto y a los judíos se les prohíbe aquello. A los judíos se les permite ir de compras únicamente entre tal y tal hora. Los judíos deben obedecer el toque de queda; tienen prohibido caminar en las calles de esta hora a aquella. Los judíos que aparezcan en público deberán portar estrellas amarillas de dimensiones notables cosidas a su ropa. Pim, sin embargo, tiene mejores recuerdos de la vieja patria y hace concesiones al referirse a los buenos alemanes para distinguirlos de los truhanes de Hitler.

—Edith —le dice a su esposa, pronunciando su nombre con una autoridad calmada e íntima, su tono habitual—. ¿Quizá podamos dejar esto para otro momento? —pregunta, señalando con un ademán a las niñas. Pero Pim está equivocado si cree que la mera presencia de las niñas basta para disuadir a mami de su tema favorito: cómo se vio despojada de la vida que alguna vez tuvo. Quiere saber si a su marido se le olvida lo mucho que se le obligó a sacrificar y no solo se está refiriendo a visitar a sus amigos cristianos en sus hogares. Se refiere a lo mucho que se vio obligada a dejar atrás: los bellos muebles fabricados con madera de árboles frutales, las cortinas de terciopelo, las alfombras orientales tejidas a mano, la colección de estatuillas de Meissen de un siglo de antigüedad.

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Según la historia que tanto le gusta repetir, la familia alguna vez tuvo una enorme casa en el vecindario de Marbachweg de Fráncfort y mami tenía una sirvienta de casa, aunque Ana no recuerda nada de eso. Apenas estaba empezando a caminar cuando el temor a Hitler los hizo huir de Alemania para dirigirse a Holanda. Para Ana, su departamento aquí en el sur de Ámsterdam es su hogar. Cinco habitaciones en este perfectamente respetable complejo urbano de clase media en el Barrio del Río, ocupado por muy respetados refugiados burgueses de la comunidad judía alemana. Los niños ya empiezan a hablar en neerlandés, pero para la mayoría de los adultos que viven aquí el alemán sigue siendo la lengua en la que conversan a diario. incluso en este momento, la familia Frank lo está hablando en torno a la mesa, porque Dios no quiera que mami tenga que aprender una palabra más de neerlandés, a pesar de que el alemán se haya convertido en el idioma de sus perseguidores.

Al parecer, mamá rara vez se siente feliz, a menos que esté triste. Ana sospecha que cuando oma Rose murió, se llevó un trozo de mami con ella. El pedazo de corazón que la conectaba al mundo de su infancia, al confortable mundo de afecto, calidez y seguridad. Pero, después de la muerte de oma, mami pareció perder toda resiliencia. Quizá la muerte de una madre les puede hacer eso a algunas personas. Al menos, Ana puede compadecerse de su madre por esto. También Ana sigue lamentando la pérdida de su dulce abuela, de modo que puede tratar de imaginar el dolor que siente su madre. Pero no se atreve ni a imaginar lo que sentiría si alguna vez fuera a perder a su padre. Su único e incomparable Pim.

—¿No vamos a ir a la tienda? —pregunta Ana con un tono rápido e insistente.

—Ana, por favor. —Resopla su madre—. Suelta a ese gato. ¿Cuántas veces tengo que decirte que los animales no deben estar en la mesa?

Ana frota la piel atigrada de su gato contra la mejilla.

—Pero no es un animal. Es el verdadero y genuino Monsieur Moortje. ¿verdad que sí, Moortje? —le pregunta al tigrillo gris, que maúlla como confirmándolo.

—Ana, haz lo que te dice tu madre —dice Pim en voz baja, a lo que Ana obedece con un suspiro.

—Solo quería saber cuánto tiempo más tengo que estar sentada aquí, aburriéndome.

—¿Aburriéndote? —exclama su madre—. Tu padre y yo estamos discutiendo asuntos importantes.

—importantes para adultos —responde Ana, empecinada—. Pero los niños tienen un punto de vista distinto del mundo, mamá: uno que se basa en la diversión.

—¡Ah, vaya! ¿De diversión se trata, entonces? Pues eso sí que es una noticia importante —se mofa su madre con dureza, la línea de sus labios queda recta—. Lástima que los niños como tú no dirigen al mundo.

—Concuerdo con eso —dice Ana—. ¿Tú no, Margot?

—Hay cosas más importantes que la diversión —apunta su hermana. Como, por ejemplo, mami.

—Tu hermana ya tiene dieciséis años —explica su madre, de acuerdo con Margot—. Ya no es ninguna niña. Margot se encoge de hombros con desdén en dirección a su hermana.

—Simplemente no lo entiendes, Ana.

—Entiendo suficiente, muchas gracias. Lo que no entiendo es la razón por la que los adultos disfrutan tanto de rumiar lo peor que tiene que ofrecer el mundo.

—Acábate tus colecitas de Bruselas —le dice su madre, frunciendo el ceño. Ana hace el mismo ademán, su voz cargada de abatimiento mientras dice:

—No me gustan.

—Acábatelas de todos modos. Pim interrumpe con su voz calmada.

—Edith, quizá la niña pueda comer más zanahorias. En definitiva, no es algo que mami aprueba, pero se encoge de hombros.

—Claro. Por supuesto. Déjala que haga lo que quiera. Ana, parece que los niños dirigen el mundo después de todo. —Y a su marido le dice—: Es solo que uno debe preguntárselo, Otto. Quizá todo se trate de «propaganda» como te gusta sugerir, pero te tienes que preguntar cuántas niñas judías hambrientas hay en este instante, viviendo circunstancias terribles y que darían mucho por un plato de comida sana.

Nadie responde a esto último. ¿Cómo podrían? Muy seria, mami sorbe su café mientras Ana se sirve una pequeña porción de zanahorias en el plato, separándolas de las abominables choux de Bruxelles. Pim exhala, dejando salir una bocanada de humo de su cigarro. De nuevo, sugiere que cambien el tema de conversación.

El pobre de Pim cree que puede proteger a sus hijas de la horripilante realidad. imposible. Es más que evidente que las cosas no van bien para los judíos desde que los hunos ocuparon la ciudad. Y para una niña es todavía más evidente que están sucediendo cosas terribles. Ana no es tan inconsciente como lo cree todo el mundo. ¿Pero por qué obsesionarse con ello? Si Ana restringiera sus pensamientos de cada mañana a la acechante amenaza de las hordas alemanas apostadas en su precioso Ámsterdam, se sentiría paralizada y se ocultaría debajo de su cama, negándose a salir. Tiene que creer que el día de mañana amanecerá en libertad. Que el sol se asomará al amanecer a pesar del viejo Herr Seis y Cuarto, Seyß-inquart, asentado en lo más alto de la jerarquía nazi. Margot dice que es infantil por decir eso, ¿pero a quién le importa la opinión de una hermana? Y, en realidad, aunque estén sucediendo crímenes en contra de los judíos a miles de kilómetros de distancia o en el centro mismo de Ámsterdam, ¿qué puede hacer ella al respecto? Los crímenes en contra de los judíos son tan añejos como el Antiguo Testamento. ¿Y no tiene el deber ante Dios de disfrutar de la vida que le ha otorgado? Está a punto de cumplir los trece años y ni la Wehrmacht alemana puede impedir que eso suceda. Además, tiene una fe absoluta e inquebrantable en que Pim resolverá las cosas para todos ellos, como siempre lo hace. Mami no está del todo equivocada: hay muchos judíos en situaciones mucho, pero mucho peores que la familia Frank, y solo hay una razón para ello: Pim es demasiado inteligente como para permitir que se vean atrapados en la red de Hitler. Sin duda alguna, hasta mami puede darse cuenta de eso. Es una verdadera lástima que no pueda ver más allá de sus propios temores para darle a su marido el crédito que merece, en lugar de seguir quejándose del pasado. Se pensaría que una esposa haría al menos eso por el hombre con el que está casada. Y, en lo que a Ana respecta, no hay nadie sobre la Tierra que la pueda hacer sentir tan segura y amada como su papá. Y aunque pueda dolerle a su mami que Ana elija a Pim para rezar al momento de ir a la cama, no puede evitarlo. Sabe que mientras Dios y Pim estén a cargo, ella estará a salvo.

Después de recoger los platos, su padre se inclina hacia ella y le susurra las buenas noticias:

—ve por tu abrigo. Es momento de dejar atrás nuestros problemas.

Ana aplaude y envuelve a Pim en un abrazo, inhalando el aroma cítrico de su colonia. Sus padres le van a permitir elegir un regalo antes de su fiesta de cumpleaños. Todavía faltan horas antes de que empiece el toque de queda para los judíos, de modo que van todos a la tienda de artículos de papelería fina a unas cuadras de la casa: la biblioteca privada Blankevoorts en el 62 de la Zuider Amstellaan, uno de los lugares favoritos de Ana. Le fascina el aroma a tinta que tiene el lugar, las pulcras cajas de papel para escribir atadas con listón, el soñoliento gato anaranjado que se pasea por los anaqueles y que ronronea cuando lo acaricia. ¡Al menos los judíos todavía tienen permitido acariciar a los gatos!

Mami trata de dirigir la atención de Ana a un estuche para prensar flores y, después, a un álbum de recortes con encuadernación en cuero marroquí, pero Ana sabe exactamente lo que quiere. Elige un cuaderno de autógrafos encuadernado en tartán rojo que tiene un seguro que puede cerrarse con llave, porque su escritora favorita es Cissy van Marxveldt y está absolutamente cautivada por las aventuras de la audaz y joven heroína de la autora, Joop ter Heul. Joop lleva un diario secreto y dirige las diversas entradas a sus amigas: Phien, Loutje, Conny y, en especial, a su mejor amiga de todos los tiempos, Kitty. Ana piensa que esta es una idea fabulosa y planea divertirse como nunca con su propio diario de aventuras. Cuando es momento de irse, la voz alegre de Pim separa a Ana de su madre:

—¿Entonces la joven señorita ya tomó su decisión? El tono de desilusión matiza la respuesta de mami:

—Esto es lo que quiere. —Y se encoge de hombros.

Joods Lyceum

Stadstimmertuin 1

Ámsterdam Centrum

El llamado Liceo Judío, donde se ha decretado que asistan a clases todos los niños judíos, se encuentra en una deteriorada caverna de ladrillos rojos y arenosos al oeste del Ámstel. En las aulas, la pintura se descarapela de los techos; los pasillos apestan ligeramente a plomería enmohecida. Su maestro de matemáticas es un viejo pajarraco de lentes que habla neerlandés aceptable con el acento brusco y entrecortado de cualquier berlinés. Se rumora que fue miembro de la Real Academia Prusiana de Ciencias hasta que los alemanes la purgaron de todos los judíos. Sus alumnos le dicen el Ganso porque su apellido es Gander* y por el hábito que tiene de sonarse estrepitosamente con su pañuelo.

Ese lunes por la mañana, cuando el Ganso inicia la clase y baja un pizarrón limpio, voltea hacia el salón y, al darse cuenta del asiento vacío frente a su escritorio, espera que le den la muda explicación. Es un código que desarrollaron el maestro y sus alumnos. La mirada del maestro es la pregunta: ¿qué le sucedió al alumno que lo ocupaba? Los alumnos le responden con sutiles gestos de sus manos. Un puño cerrado significa «arrestado», un movimiento fluido hacia abajo significa que «se ha ocultado». «inmersión», le llaman. Onder het duiken. En esta ocasión, el Ganso hace una pausa breve y después prosigue, escribiendo una ecuación en el pizarrón.

Pero Ana detecta el aroma agrio del río que entra por las ventanas abiertas. No es que no quiera prestarle atención al maestro, pero es muy fácil que se distraiga —por una brisa, un aroma, un rayo de luz—, y entonces su mente se dirige a un rumbo distinto. Afuera, la belleza de la naturaleza la llama. Si pudiera, estaría sentada en el pasto, mirando cómo fluye el río. Es un secreto, pero convivir con la naturaleza le permite adentrarse en sí misma; no de una manera solitaria, sino, sobre todo, de una forma íntima que le hace reflexionar acerca de la Ana en su interior, la que no siempre es tan valiente ni confiada, ni alegre o insensible por completo. Piensa en lo mucho que se divirtió con su mami y Margot el sábado pasado horneando galletas. Se reían y bromeaban entre sí, y cuando Ana usó demasiado coco, su mami no la criticó para nada, sino que empezó a cantar una cancioncita acerca del monito que se había robado demasiados cocos de la palmera.

—¿Señorita Frank?

Es en esos momentos cuando Ana se pregunta si no está completamente errada acerca de su madre. Si en realidad su mami no está empeñada en encontrar todos sus defectos, sino que es generosa y amorosa y aprecia a Ana por como es. Por ser quien Dios la hizo ser.

—¿Señorita Frank? voltea al escuchar su nombre, solo para encontrar al Ganso mirándola furioso por debajo de sus tupidas cejas y con una expresión irónica en su rostro.

—¿De nuevo en el país de los sueños, señorita Frank? El salón entero emite risitas nerviosas.

—No, señor —responde, haciendo su mayor esfuerzo por no perder su dignidad, aunque puede sentir que se está sonrojando.

—Entonces, le ruego que me dé la respuesta para x en la ecuación —le pide el Ganso.

—Oh, señor Gander —contesta Ana—, estoy segura de que ambos sabemos que es poco probable que eso suceda. Y en esta ocasión, cuando el salón irrumpe en risitas de nuevo, Ana siente alivio. Es una victoria.

David Gillham
David Gillham. Foto: Cortesía

David R. Gillham: Estudió guion en la Universidad del Sur de California y se dedicó por más de diez años al negocio de los libros, después incursionó en la ficción. Actualmente vive en Massachusetts con su familia.  Es autor de City of Women, novela sobre el papel de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial y que se convirtió en un bestseller reconocido por The New York Times

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